09 abril, 2013

LA DECADENCIA DE LA DEMOCRACIA BURGUESA

Capítulo extraído del ensayo de Claude Bitot:
Investigación sobre el capitalismo llamado triunfante.
Título original: Enquête sur le capitalisme dit triomphant
Traductor: Emilio Madrid Expósito
Primera edición en español: Julio de 2002
Ediciones Espartaco Internacional


II
LA DECADENCIA DE LA DEMOCRACIA BURGUESA

Breve evocación

Por democracia en régimen capitalista no hay que entender “el gobierno del pueblo”, como su sentido etimológico podría hacer creer. Ciertamente, el poder político parece salido del pueblo, puesto que es él el que con sus sufragios designa a sus representantes en el parlamento. Pero es olvidar que el pueblo está dividido en clases y que en una sociedad de clases, “los pensamientos de la clase dominante son también, en todas las épocas, los pensamientos dominantes, o dicho de otra manera, la clase que es la potencia material dominante de la sociedad, es también la potencia dominante espiritual. La clase que dispone de los medios de la producción material dispone, al mismo tiempo, de los medios de la producción intelectual, de suerte que, lo uno conlleva lo otro, los pensamientos de aquellos a los que se les niegan los medios de la producción intelectual, están sometidos por eso mismo a esta clase dominante” (Marx-Engels, “la Ideología alemana”). Por consiguiente, se podrá hacer votar a las clases dominadas tanto como se quiera, que la burguesía, es decir, la clase que en la sociedad capitalista dispone del poder material y espiritual, sabiendo por adelantado que las opiniones de las clases dominadas le estarán sometidas, estará siempre segura de que las elecciones, por tanto, el poder político, irán siempre en su dirección. Una tal democracia no es, pues, más que formalmente “el gobierno del pueblo”; en su contenido es burguesa.

Las “libertades públicas” que en una tal democracia han sido instituidas (de opinión, de expresión, de reunión, de asociación) son todas igualmente formales. Como la burguesía es la clase dominante que “dispone de los medios de la producción intelectual” (escuelas, universidades, prensa, radios, televisiones, casas editoriales), le es fácil evocar la “pluralidad de las opiniones”, que de hecho significa pluralidad de las opiniones burguesas, es decir, su difusión completa, con toda su diversidad y matices, a través de los grandes medios y bajo la batuta de toda una miríada de políticos, periodistas, intelectuales, mientras que las ideas contrarias a la sociedad burguesa, revolucionarias, se ven al mismo tiempo relegadas necesariamente a la marginación, pues no pertenecen a la clase dominante.

En cuanto al parlamento, su función esencial es permitir a las distintas fracciones de la burguesía hacer valer sus intereses específicos. Las diversas “sensibilidades” y otras “familias políticas” pueden así venir a debatir y votar las leyes que les convienen, lo que da lugar a toda suerte de maniobras y de retoques burdos. Ciertamente, en el hemiciclo hay una izquierda y una derecha, pero esto no significa que haya cara a cara dos fuerzas antagónicas, sino simplemente que existe un campo más conservador (“la derecha”) que el otro (“la izquierda”), queriendo este último hacer evolucionar algo la sociedad burguesa con ayuda de ciertas reformas, sin ponerla en tela de juicio evidentemente, a fin de consolidarla aún mejor.

De “la democracia social” a la “democracia de mercado”.

A este cuadro de la democracia burguesa que acabamos de bosquejar rápidamente, hay que aportar, no obstante, un cierto correctivo. En el marco del capitalismo moderno, especialmente a partir de los años 30, la democracia tomó un aspecto algo social. Después de la gran crisis de 1929 fue necesario, por razones de estabilidad social, tener un poco más en cuenta los intereses de las clases populares, sobre todo los de la clase obrera. El Estado se puso entonces a jugar un cierto papel redistributivo: por medio de los partidos de izquierda, pero no exclusivamente (así en Francia el partido de derecha gaullista después de 1945), la clase burguesa consintió ciertas reformas, tales como la protección social, las vacaciones pagadas, las jubilaciones, etc. Esto tuvo por efecto redorar el blasón de la democracia burguesa, que había sido algo empañado durante los años 30. A partir de entonces, las “políticas” socialdemócrata o democristiana (como en Alemania con “la economía social de mercado”) encontraron su realización.

Ahora bien, son precisamente estas “políticas” las que vacilan ya. Atenazado por la caída de su tasa media de ganancia, el capital emplea en lo sucesivo toda su energía en restaurar algo esa tasa. Por eso, cada vez acepta menos ser puncionado por estas “políticas” como ocurría antes a través del famoso “Estado-providencia”. A grito limpio reclama menos impuestos y cargas que pesen sobre las empresas. De golpe, los gobiernos se ven obligados a revisar a la baja sus políticas presupuestaria, fiscal, social. Y si por casualidad se le ocurre ir aunque sólo sea un poco en contra de los intereses del capital –“de los mercados”– éste presiona agitando el espectro de la huida de los capitales o bien el de las deslocalizaciones, o desplazamientos de empresas, “mundialización” obliga...

“La política de Francia no se decide en la Bolsa”, se vanagloriaba en otros tiempos De Gaulle. Hoy, semejante jactancia es totalmente incongruente. A guisa de “política”, todo se resume en saber cómo van a reaccionar “los mercados”.

Evidentemente, los gobiernos intentan todavía dar el pego. Como, por ejemplo, el primer ministro L. Jospin que acaba de decir: “sí a la economía de mercado, no a la sociedad de mercado”. Esto forma parte de lo mejorcito del charlatanismo, pero qué importa, si, sobre todo, no hay que desesperar a la Bolsa, tampoco hay que desesperar completamente a los electores... Dicho esto, se plantea una cuestión: si los gobiernos ven que su margen de maniobra política se encoge como la piel de zapa, si están incesantemente bajo la vigilancia “de los mercados”, si están obligados a rendirles cuentas por la menor de sus decisiones, ¿quién gobierna realmente?

En un ensayo titulado “la izquierda imaginaria y el nuevo capitalismo” (edición B. Grasset, 1999), dos periodistas, G. Desportes y L. Mauduit, uno en Libération, el otro en Le Monde, tienen el mérito, a pesar de sus lloriqueos sobre la “decadencia de la política” y “la pérdida de los valores republicanos”, de levantar una punta del velo: “Cada cual adivina entonces que, en esta partida que se juega (de hecho, ¡ya está jugada!) entre los mercados y el poder público, se perfila en última instancia una cuestión decisiva: ¿Quién dirige el país?¿Es aún el gobierno? O, a la cabeza de gigantescos conglomerados, ¿esos verdaderos “jefes de Estado privados”, según la expresión del economista Jean-Paul Fitoussi?”. He aquí que hemos llegado de lleno a eso que se llama, para utilizar el argot actual, “la democracia de mercado”, compuesta por magnates de las finanzas, los banqueros, jugadores de bolsa, especuladores, PDG (Presidente Director General) de las multinacionales y otros “jefes de Estado privados”: todo este bello mundo discute, sopesa, especula para saber lo que conviene hacer o dejar de hacer y después dicta a los “políticos” la orientación que conviene tomar, aun cuando estos últimos todavía fingen estar ahí para algo. “El gobierno moderno no es más que un comité que gestiona los asuntos de la burguesía”, escribía el Manifiesto comunista; con la “democracia de marcado”, el capital, tomando cada vez más directamente las cosas en sus manos ¡llega casi a prescindir de sus “gerentes”!

De una tal situación resulta un concierto de lamentaciones. Toda clase de buenas almas, imaginándose que podría ser de otro modo, suben a la tronera para denunciar esta “impotencia de los políticos”, su “capitulación ante las potencias del dinero” y su falta de “voluntarismo”.

Mientras tanto, si se echa un vistazo a los sondeos, estos apenas son tranquilizadores para los políticos. Como el de la Sofres aparecido en Le Monde del 18/11/99, que lleva por título: “La desconfianza de los franceses hacia los políticos sigue siendo muy profunda”. Un tal sondeo, “alarmante”, nos muestra que “el rechazo de la política es masivo” pues el 57 % de los preguntados muestran hacia esta última “desconfianza”, el 27 %, “fastidio”, el 20 %, “repugnancia”, contra sólo un 26 % que responden a “la esperanza”, 20 % “al interés” y 7 % “al respeto”. Evidentemente no es más que un sondeo, pero aun así son mucha gente los que tienen un juicio negativo sobre la política y los políticos.

A partir de ahí, viéndose los gobiernos cada vez más reducidos a jugar el papel de títeres en la escena, en la que los verdaderos actores están entre bastidores, soplándoles su sempiterno “pensamiento único”, mientras que a aquellos les toca el papel de entretener a la galería, el público se cansa, como acabamos de ver, hasta el punto de que un tal cansancio se traduce en lo que los expertos politólogos llaman un “déficit democrático”. Veamos de qué se trata.

El “déficit democrático” o la decadencia de la democracia burguesa Semejante “déficit”se traduce en primer lugar en el ascenso del abstencionismo. Incluso si en Francia las elecciones presidenciales todavía despiertan el interés, no se puede decir lo mismo de las legislativas (no hablemos de las europeas, que fracasan estrepitosamente, siendo la tasa de abstención, en junio de 1999, superior al 50 %, mientras que en Alemania y en Inglaterra alcanzaba las cifras astronómicas del 70 y 80 %): mientras que la tasa media de abstención entre 1958 y 1978 era del 20 %, en las elecciones legislativas de 1993 era del 34,7 % de los electores inscritos, habiendo 12 millones que se abstuvieron o bien votaron nulo (1,4 millones). En las últimas legislativas de 1997, esta tendencia al alza se ha confirmado.

No obstante, hay que aportar una precisión. En Francia la tasa de abstención se calcula sobre el número de los electores inscritos en las listas electorales, pero como el número de los no inscritos ronda el 10 %, se llega a una tasa de abstención real próxima al 50 % si se añaden las papeletas nulas. Entonces se puede medir en su justo valor el porcentaje de los partidos: así, el que obtiene el 25 % de los votantes (lo que en las condiciones actuales es una cifra muy respetable), en realidad no representa más que el 12,5 % del cuerpo electoral en edad de votar; esto da una idea del grado de representatividad de los otros partidos que consiguen el 10 % o menos de los votantes... Los americanos, más lógicamente, calculan la tasa de abstención a partir del cuerpo electoral en edad de votar. Pero tampoco obtienen mejores resultados. Mientras que tal tasa, en los años 60, era del 40 % aproximadamente, hoy supera alegremente el 50 %. Dicho de otro modo, en “la democracia más grande del mundo”, ya no es más que una minoría la que vota...

Las tasas de abstención no son más que medias nacionales, con todas las clases mezcladas. Pero si se observa el abstencionismo según las diversas categorías “socioprofesionales”, para hablar como el Insee (Instituto Nacional de Estadística y Economía), está claro que cuanto más pobre se es, más se abstiene uno; de un modo general, la tasa de abstención es más elevada entre los obreros y los pequeños empleados que entre los cuadros de las clases medias; y puesto que evocamos el abstencionismo entre la clase obrera, no está menos claro que éste sería aún más elevado cuando se sabe que en 1995 el 27 % de los obreros votaban por el Frente nacional de Le Pen, es decir, emitían una especie de voto de protesta “populista” contra el ambiente “políticamente correcto”.

Por tanto, si se cuantifica el “déficit democrático” en términos de abstencionismo electoral, se puede decir que éste, por ahora, es del orden del 50 %. ¡Un pobre resultado para sociedades que no dejan de airear su democracia al mundo entero!

Si ahora nos giramos hacia los partidos políticos, ¿qué se constata? Ya por el hecho de sus pocos adherentes se han visto obligados a hacerse financiar por el Estado, P. “C”. F. (Partido Comunista Francés) incluido. Pero ahí no está lo más grave: sean de izquierda o de derecha, están “en crisis de identidad”. Llanamente, ya no saben muy bien cuál es su razón de ser, al haberse desdibujado sus puntos de referencia. Pero, ¿cómo asombrarse de ello cuando se sabe que el verdadero poder está en otra parte, entre los “jefes de Estado privados” que, imponiendo su “pensamiento único”, se encargan de ponerlos en la misma longitud de onda, tanto si son de derecha como si son de izquierda, aunque finjan aún que se pelean?

Ahí igualmente una tal “crisis de identidad” de los partidos es más acusada en los que tenían una base popular importante. Así, en Francia, esta crisis afecta de lleno al partido de derecha gaullista (RPR) cuya profesión de fe era “el agrupamiento popular”. La adhesión de este partido a la Europa de Mastrique y su conversión al liberalismo, él, que en otros tiempos era más bien económicamente dirigista, no son extraños a esta pérdida de audiencia entre las capas populares. A la izquierda, si el Partido “socialista”, partido de las clases medias, no se desenvuelve demasiado mal electoralmente hablando, no ocurre lo mismo con el P. “C”. F., ex “partido de la clase obrera” cuyos adherentes se han derretido y cuyo número de electores se ha hundido, pasando de “20 % en 1975 a 8 % aproximadamente hoy. Ahí la “crisis de identidad” llega a su apogeo. Yendo de “mutación” en “mutación”, el jefe de tal partido, R. Hue, llega a declarar en una entrevista a la Tribune del 15/3/99, que “los comunistas no son enemigos del mercado”.

Nosotros queremos, en un movimiento de toda la sociedad, ponerlo al servicio de las necesidades humanas y al de la ganancia”. ¡No se sabe si reír o llorar! Entretanto, si ahora el “comunismo” es el “mercado” (mientras en otros tiempos, para este mismo partido, era las “nacionalizaciones” y “el Estado”, ¡pase!), tampoco sorprende nada que la clase obrera se haya desviado de tal partido, ¡sea refugiándose en el abstencionismo, sea yendo a votar a Le Pen, esto no les puede ir peor!

Así pues, tras los electores que no acuden al llamamiento, los partidos que están alicaídos. Sin embargo, se plantea una cuestión: ¿hasta dónde podrá llegar un tal “déficit democrático”, que traduce de hecho una decadencia de la democracia burguesa? No es demasiado aventurado pensar que nos dirigimos hacia una situación en la que sólo los burgueses, las clases medias superiores y otras capas protegidas tendrán todavía algunas razones para ir a votar y reconocerse en los partidos.

Para ellos, esto tendrá todavía un sentido en la medida en que estarán lo suficientemente en fase con el sistema. Cierto, aún no hemos llegado ahí, pero el camino está tomado. En suma, volveríamos a una democracia, evidentemente de hecho y no de derecho, cada vez más restringida u oligárquica, es decir, reservada a los privilegiados del capitalismo, un poco como ocurría en los tiempos de Guizot y de las “posibilidades”, cuando el sufragio era censatario y sólo las capas acomodadas podían votar y hacerse elegir. Y si no se estuviese satisfecho con semejante orden plutocrático, en lugar de decir como este mismo Guizot: “¡Enriqueceos!”, se dirá (se dice ya): “¡Sed un triunfador!”, lo que, uno con otro, es exactamente igual.

Una tal decadencia de la democracia burguesa a la que asistimos, y que no ha acabado de revelarse, se inscribe en el marco del capitalismo actual en final de ciclo: de igual manera que destruye la realidad de una economía que aún sería “nacional”, asimismo mina la realidad de una democracia que sería todavía “social”; pero al mismo tiempo las ilusiones que estaban ligadas a la democracia burguesa se desvanecen, abandonando las urnas una parte cada vez más grande de las masas, mientras que los partidos se ven desacreditados a los ojos de estas mismas masas.

07 abril, 2013

Tiempo y salud

por Loam

«¿Quién cojones disfruta de levantarse a las 6:30 por la alarma del reloj, salir de la cama, forzarse a comer, cagar, mear, limpiarse los dientes y el pelo, y pelear contra el tráfico para ir a un lugar donde básicamente vas a generar un montón de dinero a otra persona y encima sentirte afortunado por la oportunidad de hacerlo?»
Bukowski

He redordado esta cita de Bukowski mientras leía un artículo sobre medicina preventiva. Hete aquí otro eufemismo más, he pensado, destinado a cobrarnos las reparaciones de los daños previamente causados por el sistema mismo. Porque, ya está bien de cuentos, el hecho de que estemos avocados al chequeo preventivo prueba que la enfermedad “ya está ahí”, que es el sistema el que, primero la produce y luego la previene. Un negocio redondo para el Estado, para la industria sanitaria y para la farmacéutica: primero arrasan el monte y luego venden una falsa reforestación.

Es la salud, y solamente la salud la que hace innecesaria cualquier medicina, sea o no preventiva. De modo que, lo que debemos preservar y de lo que debemos prevenirnos es de no perder la salud. Pero para que ello sea posible hemos de vivir de otra manera y en condiciones radicalmente distintas a las que se nos imponen. Porque la mayor parte de las enfermedades y dolencias que hoy padecemos están provocadas por el propio sistema, por las insalubres, arbitrarias y abusivas condiciones impuestas por quienes dirigen la llamada economía de mercado, o como prefiráis denominar a este totalitario engendro de mierda en el que nos vemos obligados a trabajar para existir y a existir para trabajar, porque la vida, lo que se dice la vida y no la mera supervivencia, le está vetada a las tres cuartas partes de los habitantes de este planeta arrasado por la voracidad capitalista.

No vendrá solución alguna, ni tampoco la salud, de la mano del sistema, que impone sus normas reduciéndonos a mera mercancía. Recuperar la salud social, la salud común, la de todas y cada una de las personas, implica recuperar la libertad, rebelarse contra la anti-vida impuesta por un calendario mercantil y carcelario. Pero ello requiere, en principio, una atención de cada cual consigo mismo, con su mente y con su cuerpo, que es condición básica para la propia salud. Será cada cual quien determine libremente en qué consiste su propia salud y cómo quiere administrarla, pero dicha conciencia requiere, para empezar, disponer de tiempo, del propio tiempo, de un tiempo que nos es sistemáticamente expropiado desde el mismo momento en que nacemos.

«…vértigo de una sociedad donde el individuo parece hallarse en fuga permanente, donde el reloj de los de arriba nos marca el compás con el que, paso a paso, le vamos dando la espalda a un acontecer pleno, más humano, franco y horizontal, a un presente más nuestro». Juan Cruz López


El horario es el principal instrumento del dominio utilizado por éste para someternos a sus fines, para transformarnos en ejércitos de autómatas obedientes. Las personas que acuciadas por la supervivencia ni siquiera tienen tiempo para prestarse atención a sí mismas ¿cómo van a poder prestársela debidamente al medio en el que viven? Si acatamos el estricto horario dictado para cada una de nuestras acciones, ¿cómo vamos a saber quienes somos o quienes podríamos llegar a ser “realmente”? Hasta la conciencia de saberse esclavo exige una reflexión que sólo puede darse en un tiempo recuperado, liberado.

El sistema genera enfermos crónicos, creyentes integrados, autómatas enajenados de su propio tiempo, privados de sus propias e insustituibles fuentes de salud. Convertida en pura maquinaria productiva, en mera función, la persona “averiada” tiene que acudir forzosamente al taller sanitario, establecido no para sanar, sino para sub-sanar la dis-función que la hace improductiva, no rentable.
Cuando decimos “tómate tu tiempo”, invitamos al otro a actuar por sí mismo, a ser persona y no autómata. Pero, ¿no debiera ser innecesaria dicha invitación? ¿No debiera ser la practica natural y cotidiana “tomarse el propio tiempo”? ¿En qué otro tiempo podemos vivir y no meramente existir? ¿Qué otro tiempo, al margen del propio, podríamos tomarnos que no fuera el impuesto por un poder ajeno a nosotros mismos?

«El tiempo libre, en buena medida, es un tiempo también sujeto a los valores del sistema productor de mercancías». John Holloway.

El tiempo libre (el auténtico tiempo libre, y no el así denominado eufemísticamente por el poder) es requisito indispensable para poder disponer plenamente de nuestras mentes y de nuestros cuerpos, que sólo podrán denominarse “sanos” si nos pertenecen por completo, si no están enajenados. Disfrazar y mercantilizar la salud es la misión del aparato sanitario del Estado, que lo primero que nos hurta “preventivamente” es el tiempo, nuestro tiempo.

01 abril, 2013

De la servidumbre moderna

Cuatro años después de su estreno, hoy más que nunca, el mensaje de este documental sigue vigente.

De la servidumbre moderna es una película documental franco-colombiana realizada en 2009 por Jean-François Brient completamente libre de derechos de autor. Fue elaborada a partir de fragmentos malversados de películas de ficción y de documentales. El objetivo central de esta película es revelar la condición del esclavo moderno en el marco del sistema totalitario mercantil y dar a conocer las formas de mistificación que ocultan su condición servil.


Jean-François Brient

Mi optimismo está basado en la certeza de que esta civilización está por derrumbarse. Mi pesimismo, en todo lo que hace por arrastrarnos en su caída.

La servidumbre moderna es una esclavitud voluntaria, consentida por la muchedumbre de esclavos que se arrastran por la faz de la tierra. Ellos mismos compran las mercancías que los esclavizan cada vez más. Ellos mismos procuran un trabajo cada vez más alienante que se les otorga si demuestran estar suficientemente amansados. Ellos mismos eligen los amos a quienes deberán servir. Para que esta tragedia absurda pueda tener lugar, ha sido necesario despojar a esa clase de la conciencia de su explotación y de su alienación. He ahí la extraña modernidad de nuestra época. Al igual que los esclavos de la antigüedad, que los siervos de la Edad Media y que los obreros de las primeras revoluciones industriales, estamos hoy en día frente a una clase totalmente esclavizada, solo que no lo sabe o más bien, no lo quiere saber.
Ellos ignoran la rebelión, que debería ser la única reacción legitima de los explotados. Aceptan sin discutir la vida lamentable que se planeó para ellos. La renuncia y la resignación son la fuente de su desgracia.
He ahí la pesadilla de los esclavos modernos que no aspiran sino a ser llevados por la danza macabra del sistema de la alienación.
La opresión se moderniza expandiendo por todas partes las formas de mistificación que permiten ocultar nuestra condición de esclavos.
Mostrar la realidad tal como es y no tal como la presenta el poder, constituye la subversión más genuina. Sólo la verdad es revolucionaria.

A medida que construyen su mundo con la fuerza alienada de su trabajo, el decorado de este mundo se vuelve la cárcel donde tendrán que vivir. Un mundo sórdido, sin sabor ni olor, que lleva en sí la miseria del modo de producción dominante.
Este decorado está en permanente construcción, nada en él es constante. La remodelación continua del espacio que nos rodea está justificada por la amnesia generalizada y la inseguridad con las que tienen que vivir sus habitantes. Se trata de cambiarlo todo a la imagen del sistema: el mundo se vuelve como una fábrica, cada vez más sucio y ruidoso.
Cada parcela de este mundo es propiedad de un Estado o de un particular. Este robo social que es la apropiación exclusiva de la tierra se materializa en la omnipresencia de los muros, de las rejas, de las cercas, de las barreras y de las fronteras. Son las marcas visibles de esa separación que lo invade todo.
Pero al mismo tiempo, la unificación del espacio, según los intereses de la cultura mercantil, es el gran objetivo de nuestra triste época. El mundo debe convertirse en una inmensa autopista, absolutamente eficiente, para facilitar el transporte de las mercancías. Todo obstáculo, natural o humano, debe ser destruido. La concentración inhumana de esa masa de esclavos es fiel reflejo de su vida: se asemeja a las jaulas, a las cárceles, a las cavernas. Pero a diferencia del esclavo o del prisionero, el explotado de la época moderna debe pagar por su jaula. En este estrecho y lúgubre espacio en donde vive, el esclavo acumula las mercancías, que según los mensajes publicitarios omnipresentes, deberán traerle la felicidad y la plenitud. Pero entre más acumula mercancías, más se aleja de él la posibilidad de acceder un día a la felicidad.

La mercancía, ideológica por esencia, despoja de su trabajo al que la produce y despoja de su vida al que la consume. En el sistema económico dominante, ya no es la demanda la que condiciona la oferta, sino la oferta la que determina la demanda. Es así como, de manera periódica, surgen nuevas necesidades consideradas vitales por la inmensa mayoría de la población: primero fue el radio, luego el carro, el televisor, el computador y ahora el celular.
Todas estas mercancías, distribuidas masivamente en un corto lapso de tiempo, modifican en profundidad las relaciones humanas: sirven por un lado para aislar a los hombres un poco más de sus semejantes y por otro, para difundir los mensajes dominantes del sistema. Las cosas que poseemos terminan por poseernos.

Pero es cuando se alimenta que el esclavo moderno ilustra mejor el estado de decadencia en que se encuentra. Disponiendo cada vez de menos tiempo para preparar la comida que ingiere, se ve reducido a consumir a la carrera lo que la industria agroquímica produce. Erra por los supermercados en busca de los sucedáneos que la sociedad de la falsa abundancia consiente en darle. Su elección no es más que una ilusión. La abundancia de los productos alimentarios no disimula sino su degradación y su falsificación. No son otra cosa que organismos genéticamente modificados, una mezcla de colorantes y conservantes, de pesticidas, de hormonas y de otros tantos inventos de la modernidad. El placer inmediato es la regla del modo de alimentación dominante, así como la de todas las formas de consumo.

Las consecuencias que ilustran esta manera de alimentarse se ven por todas partes.
Pero es frente a la indigencia de la mayoría que el hombre occidental se regocija de su posición y de su consumo frenético. Por tanto, la miseria está dondequiera que reine la sociedad mercantil totalitaria. La escasez es el revés de la moneda de la falsa abundancia.
Aunque la producción agroquímica es suficiente para alimentar a la totalidad de la población, en un sistema que hace de la desigualdad un criterio de progreso, el hambre no deberá desaparecer jamás.

La otra consecuencia de la falsa abundancia alimentaria es la multiplicación de las fábricas de concentración y el exterminio bárbaro y a gran escala de las especies que sirven para alimentar a los esclavos. Esta es la esencia misma del modo de producción dominante. La vida y la humanidad no resisten más ante el afán de lucro de unos cuantos.

El pillaje de los recursos del planeta, la abundante producción de energía o de mercancías, los residuos y los desechos del consumo ostentoso hipotecan las posibilidades de supervivencia de nuestra tierra y de las especies que la pueblan. Pero para darle paso al capitalismo salvaje, el crecimiento no deberá parar jamás. Hay que producir, producir y volver a producir cada vez más.
Y son los mismos que contaminan quienes se presentan hoy en día como los salvadores del planeta. Esos imbéciles de la industria del espectáculo, patrocinados por las firmas multinacionales, intentan convencernos de que un simple cambio en nuestros hábitos bastará para salvar al planeta del desastre. Y mientras que nos culpan, continúan contaminando sin cesar el medio ambiente y nuestro espíritu. Esas pobres tesis seudo-ecológicas son repetidas por todos los políticos corruptos que necesitan eslóganes publicitarios. Pero se cuidan bien de no proponer un cambio radical en el sistema de producción. Se trata, como siempre, de cambiar algunos detalles para que lo esencial siga siendo igual.

 Para entrar en la ronda del consumo frenético, hay que tener dinero y para tenerlo, hay que trabajar, es decir, venderse. El sistema dominante ha hecho del trabajo su principal valor, y los esclavos deben trabajar cada vez más para pagar a crédito su vida miserable. Se agotan en el trabajo, pierden con él la mayor parte de su fuerza vital y tienen que soportar las peores humillaciones. Pasan toda su vida haciendo una actividad extenuante y molesta para el beneficio de unos cuantos. La invención del desempleo moderno tiene como propósito asustarlos y hacerles agradecer sin cesar la generosidad del poder.
¿Qué harían sin esta tortura que es el trabajo? Son estas actividades alienantes las que nos presentan como una liberación. ¡Qué mezquindad y qué desdicha!
Siempre apresurado por el cronómetro o el látigo, cada gesto de los esclavos está calculado a fin de aumentar la productividad. La organización científica del trabajo constituye la esencia misma de la desposesión de los trabajadores, del fruto de su trabajo y del tiempo que pasan en la producción automática de las mercancías o de los servicios. La actividad del trabajador se confunde con el de una máquina en las fábricas, o con el de un computador en las oficinas. El tiempo pagado no se recupera jamás.
De esta manera, a cada empleado se le asigna un trabajo repetitivo, ya sea intelectual o físico. Él es un especialista en su área de producción. Esta especialización se reproduce a escala planetaria en el marco de la división internacional del trabajo. Se concibe en Occidente, se produce en Asía, se muere en África.

A medida que el sistema de producción coloniza todos los sectores de la vida, el esclavo moderno, no conforme con su servidumbre en el trabajo, sigue desperdiciando su tiempo en las actividades de esparcimiento y las vacaciones planificadas. Ningún momento de su vida escapa al dominio del sistema. Cada instante de su vida ha sido invadido. Es un esclavo de tiempo completo.

La degradación generalizada de su medio ambiente, del aire que respira, y de la comida que consume; el stress de sus condiciones laborales y de la totalidad de su vida social son el origen de las nuevas enfermedades del esclavo moderno. Su condición servil es una enfermedad para la cual no existirá jamás ninguna medicina. Sólo la completa liberación de la condición en la que se encuentra, puede permitirle al esclavo moderno reponerse de su sufrimiento.
La medicina occidental no conoce sino un remedio contra los males que sufren los esclavos modernos: la mutilación. Es a base de cirugías, de antibióticos o de quimioterapia que se trata a los pacientes de la medicina mercantil. Nunca se ataca el origen del mal sino sus consecuencias, porque la búsqueda de las causas nos conduciría inevitablemente a la condenación implacable de la organización social en su totalidad.

Así como el sistema actual ha convertido cada elemento de nuestro mundo en una simple mercancía, también ha hecho de nuestro cuerpo una mercancía, un objeto de estudio y experimentación para los seudo-sabios de la medicina mercantil y de la biología molecular. Los amos del mundo ya están a punto de patentar todo lo viviente. La secuencia completa del ADN del genoma humano es el punto de partida de una nueva estrategia puesta en marcha por el poder. La decodificación genética no tiene otra finalidad que la de ampliar considerablemente las formas de dominación y de control.
Como tantas otras cosas, nuestro cuerpo ya no nos pertenece.

Lo mejor de su vida se le escurre por los dedos, pero él continúa porque tiene la costumbre de obedecer desde siempre. La obediencia se ha convertido en su segunda naturaleza. Obedece sin saber por qué, simplemente porque sabe que tiene que obedecer.
Obedecer, producir y consumir, he ahí el tríptico que domina su vida. Obedece a sus padres, a sus profesores y a sus patrones, a sus propietarios y a sus mercaderes. Obedece a la ley y a las fuerzas del orden, obedece a todos los poderes porque no sabe hacer otra cosa.
No hay nada que lo asuste más que la desobediencia, porque la desobediencia es el riesgo, la aventura, el cambio. Así como el niño entra en pánico apenas pierde de vista a sus padres, el esclavo moderno se siente desorientado sin el poder que lo ha creado. Por eso, continúa obedeciendo.
El miedo ha hecho de nosotros unos esclavos y nos mantiene en esa condición. Nos inclinamos ante los amos del mundo; aceptamos esta vida de humillaciones y de miseria, solamente por temor.
Sin embargo, nosotros disponemos de la fuerza numérica frente a la minoría que gobierna. Su fuerza no la obtienen de su policía sino de nuestro consentimiento.
Justificamos nuestra cobardía al enfrentamiento legítimo contra las fuerzas que nos oprimen con un discurso lleno de humanismo moralizador. El rechazo a la violencia revolucionaria está anclado en los espíritus de aquellos que se oponen al sistema defendiendo unos valores que el mismo sistema les ha enseñado.
Pero cuando se trata de conservar su hegemonía, el poder no vacila nunca en utilizar la violencia.

Sin embargo, existen algunos individuos que escapan al control de las conciencias, pero están bajo vigilancia. Todo acto de rebelión o de resistencia es asimilado como una actividad desviada o terrorista. La libertad no existe sino para aquellos que defienden los imperativos mercantiles. A partir de ahora, la verdadera oposición al sistema dominante es totalmente clandestina. Contra esos opositores, la represión es la regla vigente. Y el silencio de la mayoría de los esclavos frente a esta represión es justificada por el propósito mediático y político de negar el conflicto que existe en la sociedad real. 

Como todos los seres oprimidos de la historia, el esclavo moderno necesita de su mística y de su dios para anestesiar el mal que le atormenta y el sufrimiento que le agobia.
Pero este nuevo dios, a quien entregó su alma, no es más que la nada. Un trozo de papel, un número que tiene sentido solo porque todos han decidido dárselo. Es por este nuevo dios que estudia, trabaja, riñe y se vende. Es por este nuevo dios que ha abandonado sus valores y está dispuesto a hacer lo que sea. Él cree que entre más plata posea más se librará de la coacción que lo sujeta. Como si la posesión fuera de la mano de la libertad. La liberación es una ascesis que proviene del dominio de sí mismo; un deseo y una voluntad de actuar. Está en el ser y no en el tener. Pero hay que decidirse a no servir ni obedecer más. Falta ser capaz de romper con unos hábitos que nadie, al parecer, osa poner en tela de juicio.

Ahora bien, el esclavo moderno está convencido de que no existe alternativa a la organización del mundo presente. Se ha resignado a esta vida porque piensa que no puede haber otra. Es ahí en donde reside la fuerza de la dominación presente: hacer creer que este sistema que ha colonizado toda la superficie de la Tierra es el fin de la historia. Ha convencido a la clase dominada que adaptarse a su ideología equivale a adaptarse al mundo tal como es y tal como ha sido siempre. Soñar con otro mundo se ha convertido en un crimen condenado al unísono por los medios y por todos los poderes. El criminal es en realidad aquel que contribuye, consciente o no, a la demencia de la organización social dominante. No hay locura más grande que la del sistema presente.
Ante la devastación del mundo real, es necesario para el sistema colonizar la conciencia de los esclavos. Es por eso que el sistema dominante ha decidido enfocarse en la disuasión que, desde la más pequeña edad, cumple el papel preponderante en la formación de los esclavos. Ellos deben olvidar su condición servil, su prisión y su vida miserable.
Basta con ver esa muchedumbre hipnótica, conectada a las pantallas que acompañan su vida cotidiana. Ellos disfrazan su insatisfacción permanente con el reflejo manipulado de una vida soñada, hecha de dinero, de gloria y de aventura. Pero sus sueños son tan lamentables como su vida miserable.
Hay imágenes para todo y para todos. Esas imágenes llevan en sí el mensaje ideológico de la sociedad moderna y sirven de instrumento de unificación y de propaganda.
Se multiplican a medida que el hombre es despojado de su mundo y de su vida. Es el niño el primer blanco de esas imágenes. Hay que volverlos estúpidos y extirparles toda forma de reflexión y de crítica. Todo ello se hace, claro está, con la desconcertante complicidad de sus padres, quienes han desistido ante el impacto de los medios modernos de comunicación.
Ellos mismos compran todas las mercancías necesarias para la esclavización de su progenie. Se desentienden de la educación de sus hijos y se la dejan al sistema del embrutecimiento y de la mediocridad.
Hay imágenes para todas las edades y para todas las clases sociales. Los esclavos modernos confunden esas imágenes con la cultura y, a veces, con el arte. Se recurre constantemente a los instintos más bajos para vender cualquier mercancía. Y es la mujer, doblemente esclava en la sociedad presente, la que paga el precio más alto.
Ella es presentada como simple objeto de consumo. La rebelión ha sido también reducida a una imagen desprovista de su potencial subversivo. La imagen sigue siendo la forma de comunicación más directa y más eficaz: crea modelos, embrutece a las masas, les miente, les infunde frustraciones y les insufla la ideología mercantil. Se trata, pues, una vez más y como siempre, del mismo objetivo: vender, modelos de vida o productos, comportamientos o mercancías, vender no importa qué, pero vender.

Esos pobres hombres se divierten, pero ese divertimiento no sirve más que para distraerlos del auténtico mal que los acosa. Han dejado que hicieran de su vida cualquier cosa y fingen sentirse orgullosos de ello. Intentan lucir satisfechos pero nadie les cree; ni ante al frío reflejo del espejo, alcanzan a engañarse. Pierden su tiempo delante de unos imbéciles que los hacen reír o cantar, soñar o llorar.
A través del deporte mediático, se representa el éxito y el fracaso, el esfuerzo y las victorias que el esclavo moderno ha dejado de vivir en carne propia. Su insatisfacción lo incita a vivir por encargo frente a su aparato de televisión. Mientras que los emperadores de la Antigua Roma compraban la sumisión del pueblo con pan y circo, hoy en día, es con divertimientos y consumo del vacío que se compra el silencio de los esclavos.

El control de las conciencias es el resultado de la utilización viciada del lenguaje por la clase económica y socialmente dominante. Siendo el dueño de todos los medios de comunicación, el poder difunde la ideología mercantil a través de la definición fija, parcial y amañada que le atribuye a las palabras.
Las palabras son presentadas como si fueran neutras y su definición como evidente.
Controladas por el poder, designan siempre una cosa muy distinta a la vida real.
Es ante todo un lenguaje de la resignación y de la impotencia, el lenguaje de la aceptación pasiva de las cosas tal como son y tal como deben permanecer. Las palabras actúan por cuenta de la organización dominante de la vida y el hecho mismo de utilizar el lenguaje del poder, nos condena a la impotencia.
El problema del lenguaje es el punto esencial de la lucha por la emancipación humana. No es una forma de dominación que se añada a otra sino que es el centro mismo del proyecto de sometimiento del sistema mercantil totalitario.
Es a través de la reapropiación del lenguaje y, por tanto, de la comunicación real entre las personas, que surge de nuevo la posibilidad de un cambio radical. Es en este sentido que el proyecto revolucionario converge con el proyecto poético. En la efervescencia popular, la palabra hablada es re-aprendida y reinventada por extensos grupos. La espontaneidad creativa se encuentra en cada uno y nos une a todos.

No obstante, los esclavos modernos se sienten todavía ciudadanos. Creen votar y decidir libremente quién conducirá sus asuntos, como si aún pudieran elegir. Pero, cuando se trata de escoger la sociedad en la que queremos vivir, ¿creen ustedes que existe una diferencia fundamental, entre la socialdemocracia y la derecha populista en Francia, entre demócratas y republicanos en Estados Unidos y entre laboristas y conservadores en el Reino Unido? No existe ninguna oposición, puesto que los partidos políticos dominantes están de acuerdo en lo esencial: la conservación de la presente sociedad mercantil. Ninguno de los partidos políticos que pueden acceder al poder pone en entre dicho el dogma del mercado. Y son esos mismos partidos los que, con la complicidad mediática, acaparan las pantallas; riñen por pequeños detalles con la esperanza de que todo siga igual; se disputan por saber quién ocupara los puestos que les ofrece el parlamentarismo mercantil. Esas pobres querellas son difundidas por todos los medios de comunicación con el fin de ocultar un verdadero debate sobre la elección de la sociedad en la que queremos vivir. La apariencia y la futilidad dominan sobre el profundo enfrentamiento de ideas. Todo esto no se parece en nada, ni de lejos, a una democracia. La democracia real se define en primer lugar y ante todo por la participación masiva de los ciudadanos en la gestión de los asuntos de la ciudad. Es directa y participativa. Encuentra su expresión más autentica en la asamblea popular y en el dialogo permanente sobre la organización de la vida en común. La forma representativa y parlamentaria que usurpa el nombre de democracia limita el poder de los ciudadanos al simple derecho de votar; es decir, a nada. Escoger entre gris claro y gris oscuro no es una elección verdadera.

Las sillas parlamentarias son ocupadas en su inmensa mayoría por la clase económicamente dominante, ya sea de derecha o de la pretendía izquierda social demócrata.
No hay que conquistar el poder, hay que destruirlo. Es tiránico por naturaleza, sea ejercido por un rey, un dictador o un presidente electo. La única diferencia en el caso de la “democracia” parlamentaria es que los esclavos tienen la ilusión de elegir ellos mismos al amo que deberán servir. El voto los ha hecho cómplices de la tiranía que los oprime. Ellos no son esclavos porque existen amos, sino que los amos existen porque ellos han elegido mantenerse esclavos.

El sistema dominante se define entonces por la omnipresencia de su ideología mercantil. Ocupa a la vez todos los espacios y todos los sectores de la vida. No profesa más que: produce, vende, consume, acumula. Ha reducido todas las relaciones humanas a unas parcas relaciones mercantiles, y considera que nuestro planeta es una simple mercancía. La función que nos asigna es el trabajo servil. El único derecho que reconoce es el derecho a la propiedad privada. Al único dios que rinde culto es al dinero.
El monopolio de la apariencia es total. Solo aparecen los hombres y los discursos favorables a la ideología dominante. La crítica de este mundo se ahoga en el mar mediático que determina qué está bien y qué está mal, lo que se puede y lo que no se puede ver.
Omnipresencia de la ideología, culto al dinero, monopolio de la apariencia, partido único disfrazado de pluralismo parlamentario, ausencia de una oposición visible, represión en todas sus formas, voluntad de transformar al hombre y al mundo: He ahí la verdadera cara del totalitarismo moderno que ellos llaman “democracia liberal”, pero que es hora de llamar por su verdadero nombre: el sistema mercantil totalitario.
El hombre, la sociedad y todo nuestro planeta están al servicio de esta ideología. El sistema mercantil totalitario ha logrado lo que ningún otro totalitarismo había podido: ocupar cada resquicio del planeta. Hoy en día, ninguna forma de exilio es posible.

A medida que la opresión se expande por todos los sectores de la vida, la rebelión toma el aspecto de una guerra social. Los motines renacen y anuncian que la revolución está por llegar.
La destrucción de la sociedad mercantil totalitaria no es un asunto de opinión, es una necesidad absoluta en un mundo que se sabe condenado. Ya que el poder está en todas partes, es por todas partes y por todo el tiempo que hay que combatirlo.
La reinvención del lenguaje, el trastorno permanente de la vida cotidiana, la desobediencia y la resistencia son las palabras claves de la rebelión contra el orden establecido. Pero para que de esta rebelión surja una revolución hay que encaminar las subjetividades a un frente común.
Es en la unidad de todas las fuerzas revolucionarias que hay que obrar. Esta no se puede conseguir más que siendo conscientes de nuestros fracasos pasados: ni el reformismo estéril ni la burocracia totalitaria pueden ser una solución para nuestra inconformidad. Se trata de inventar nuevas formas de organización y de lucha.

La autogestión en las empresas y la democracia directa a escala comunal constituyen las bases de esta nueva organización que debe ser anti-jerárquica, tanto en la forma como en el contenido.
Al poder no hay que conquistarlo, hay que destruirlo.


24 marzo, 2013

Santiago Sierra. No, significa No.


En los últimos años, Santiago Sierra nos ha regalado grandes momentos, momentos para recordar. Fue en el 2009 cuando inició su No, global tour, que consistió en hacer viajar un enorme NO de 4 metros de ancho y más de 3 metros de alto sobre un camión durante un año por diferentes ciudades del mundo que entendemos como desarrolladas: el NO visitó Wall Street, el Rockefeller Center, el edificio de la ONU, la sede de la Unión Europea en Maastricht, el casino de Montecarlo, el santuario de Lorca, fábricas de armamento, refinerías de petróleo, zonas industriales y degradadas de la RDA y un sinfín de sitios más. De ello se extrajo una película de corte experimental y 120 minutos de duración en donde podemos hacer un seguimiento del periplo siendo la escultura la protagonista, una road movie que sería el sueño de Bartleby, la materialización de todas las veces que quisiéramos haber dicho que NO en lugar de haber dicho sí.

Pero ese NO fue elevado a potencias pirotécnicas al ser proyectado en el acto ceremonial de la visita que el Papa Ratzinger hizo a la ciudad de Madrid en el año 2011. Para ello, Sierra se alió con Julius Von Bismarck, quien había engendrado tiempo antes el aparato Image Fulgurator, un arma mortífera con silenciador, un ingenio de cienca ficción surgido de la mente de un inventor estrafalario.


¿Qué es el Image Fulgurator?
Técnicamente, el Fulgurator funciona como una cámara clásica aunque a la inversa. En una cámara normal la luz reflejada de un objeto se proyecta a través de la lente sobre la película. En el Fulgurator, en cambio, este proceso es exactamente el contrario: en lugar de una película virgen, se carga una diapositiva en la cámara y, detrás de ella, un flash. Cuando el flash se apaga, la imagen de la película se proyecta a través de la lente sobre el objeto elegido. Esta proyección puede enfocarse y colocarse en ese objeto de destino a través de la pantalla incorporada a la cámara. El Fulgurator se parece a una cámara réflex convencional y tan pronto como el sensor de flash incorporado se activa, la proyección de este flash se dispara. De esta forma se puede sincronizar este disparo con el momento exacto del disparo del flash de otras cámaras en sus inmediaciones.



Von Bismarck utiliza el Image Fulgurator para la manipulación subversiva de imágenes. A ojos del incauto fotógrafo que está disparando sus fotos alrededor, el mensaje del Fulgurator es invisible y éste sólo se percata de él cuando su fotografía ya está tomada. Utilizó semejante artefacto en 2008 para disparar una cruz detrás de Obama en su visita a Berlín y también para plantarle la paloma de Magritte en la cara a Mao Zedong en ese retrato que corona la plaza Tiananmen en Pekín. Sibilino y letal ¿Verdad?
Por lo tanto, los asistentes a la misa masiva en Madrid fueron testigos de la acción y, a la vez, no lo fueron puesto que el NO se proyectó en frente de todos ellos pero sólo pudieron observarlo a través de sus fotografías una vez tomadas o a través de las publicadas en los periódicos que, en sus titulares, usaron palabras como disparo o ataque. Fue, verdaderamente, colarle un gol al Papa.

Fuente: RAIG Iluminaciones Clandestinas

17 marzo, 2013

¡A Dios el forraje le importa un bledo!


-¡Aldeanos! -dijo el cura-. Me pedís lluvia, pero no la tendréis. Habéis venido hoy arrogantes y orgullosos como gallinas Leghorn, rebosantes de confianza en vuestra vida carnal. Habéis venido como mendigos insolentes a exigir lo que no merecéis. ¡A Dios el forraje le importa un bledo!
-¡Qué me importan vuestros campos! ¡Qué me importan vuestros animales y vuestros hijos! -vociferó- Vivís una vida materialista y sórdida. ¡Ignoráis el lujo!... Y es el lujo lo que yo os ofrezco: os ofrezco a Dios... Pero a Dios no le gusta la lluvia... A Dios no le gusta el forraje. A Dios le interesan muy poco vuestros campos de cultivo y vuestras tristes aventuras. Dios es un cojín de brocado de oro, es un diamante engarzado en el sol, es un suntuoso decorado cincelado en el amor, es Tiffany´s, es Mónaco, las sotanas de seda, los calcetines bordados, los collares y los anillos, lo inútil, lo maravilloso, las custodias eléctricas... ¡No lloverá! ¡Dios no es útil! ¡Dios es un regalo de un día de fiesta, un don gratuito, un lingote de platino, una obra de arte, una apetitosa golosina! Dios está además. No está ni a favor, ni en contra. ¡Es un suplemento! (...) -¡No lloverá!- repetía el cura, a quien se adivinaba tras los postigos, presa de un trance total- ¡Lloverán alas de ángeles! ¡Lloverán plumones de esmeralda, jarrones de alabastro, pinturas admirables... pero nada de agua! ¡A Dios le traen sin cuidado el heno, la avena, el trigo, el centeno, la cebada, el lúpulo, el alforfón, el trébol, la alfalfa, el telefio y la salvia...!

Boris Vian - El Arrancacorazones

03 marzo, 2013

La sociedad sin amo. Ensayo sobre la sociedad de masa (fragmentos) - Leo Scheer



Traducción de Luciano F. Rincón de la edición original francesa La société sans maître. Essai sur la société de masse, publicada en París, en 1978, por Editions Galilée.
Ruedo Ibérico. Biblioteca crítica Al otro lado


«El campo [de concentración] no está protegido únicamente por sus alambradas. Está a resguardo, cuando existe, detrás de la incredulidad de sus contemporáneos».

«El principio de anonadamiento consiste en hacer funcionar una realidad inaceptable para el sujeto que la recibe. En el campo nazi esta realidad es radical: indica al sujeto que no existe y que su única vocación es concretar esta inexistencia muriendo».

«Hacer pasar al detenido a mejor vida se asimila a una operación del orden de la fabricación; para aludir al exterminio se utiliza la noción industrial de “Ferting machen”, tomada de la noción de “acabado” tal como se emplea para su producto. A través de la mecánica límite del campo se perfila la imagen de la industria y del comercio».

«La serie juega un papel primordial en la operación. Antes de llegar a ser una serie de elementos materiales, el sujeto debe perder toda identidad integrándose en una gestión basada en la numeración».

«Están muy próximos el efecto de anonadamiento, que tiende a separar al sujeto de su realidad, y el de infantilización, que presenta la realidad como una amenaza permanente frente a la que el sujeto es impotente».

«Renunciaban a toda reacción y se convertían en objetos. Con ello, renunciaban a su calidad de persona».

«Por oposición al orden degradado, para el detenido, el mundo de los SS es el de “los chalés bien acondicionados, con grandes jardines y una serie de instalaciones espléndidas: zoológicos, invernaderos, parques, picaderos, círculos, etc., que formaban un cuadro extraordinariamente agradable a la vista”».

«Asombra la extraordinaria energía gastada por seres extenuados en discutir de forma apasionada sobre el porvenir del campo, las transformaciones internas, los cambios de jerarquía interna o las amenazas que pesaban sobre él».

«La primera categoría de campos tiene por objeto experimentar la ciudad como sistema de gestión de la mano de obra. Son los diferentes campos de trabajo. La idea es no solamente determinar las condiciones óptimas de organización de la mano de obra, sino realizar tests sobre el sistema social y espacial capaz de someter la mano de obra a los trabajos más diversos y sobre todo más absurdos. Se experimenta la capacidad de soportar el trabajo pese a la degradación de las condiciones de vida y la disociación entre el sentido de la producción y su realización. Se trata de saber hasta dónde se puede llegar en la disociación entre el agente de la producción y su actividad productora y sus productos. Sucede como si, en una especie de reflexión exploratoria, los nazis subrayaran el carácter cada vez más absurdo de las condiciones de la producción industrial e intentaran experimentar las condiciones de su perduración».

«El poder hace trampas. Intercambia el alejamiento de la muerte por las condiciones de su supervivencia, la protección por la sumisión».

«Cuando lo social desaparece de la sociedad, el Estado intenta desalojar la política de sus órganos.
Encontraremos en el uso de los mass-media, en la propaganda, en el principio de la constitución del Estado SS como entidad sobrehumana, las primicias de una escenificación de la disolución de lo político».

«El exterminio ha abandonado el campo de concentración; ha abandonado el terreno de su realización para invadir, en suspensión, todo lo social».

«En la historia del urbanismo se puede contemplar esta preocupación permanente por regenerar el centro. El poder político pasa el tiempo inscribiendo en él, incansablemente, sus marcas, sus signos, como otros tantos señuelos. Renovar, rehabilitar, regenerar, reactivar ese polo de la seducción, y finalmente vaciar la periferia, despojarla de intensidad. Que la vida no sea posible más que allí donde se inscribe el signo de la dominación, por el centro, para el centro, congelar el territorio».

«El punto focal del campo, su realidad anonadante, se presenta como una centralidad urbana de absorción. El espejismo del oasis se transforma en alucinación de agujero negro».

«Sabemos ahora que la barbarie no está fuera de los muros de la ciudad, que se aloja en el corazón mismo de la aglomeración; que en todo momento la trampa puede cerrarse. La angustia de la bomba cayendo sobre la metrópolis es coextensiva a la de la ciudad que se transforma en campo de concentración y se cierra sobre la masa triturándola».

«La compactación y la miniaturización cruzan el conjunto de ese campo del par medios-masa. Reproducen, en la técnica, lo que sucede a nivel social. Lo que se ventila es simple. La masa sólo puede “funcionar” en un proceso cada vez más compacto. Una vez en marcha la implosión, no podemos detenernos en el camino, es necesario densificar más y más. El microprocesador es una etapa importante en este proceso, sobre todo cuando va acompañado de la utilización de los satélites y la desmaterialización de los modos de comunicación (desaparición de cables). La miniaturización de los circuitos electrónicos permite una verdadera diseminación de los artefactos implosivos, al mismo tiempo que los progresos de la comunicación a distancia permiten la extensión del campo de la masificación».

«La electrónica tiende a encargarse de la producción, ya no es utilizada más que para disuadir lo que de explosivo tiene toda producción. Controlar la avería, evitar el accidente, resumen las nuevas tareas. El trabajador, el agente de la producción, aquel del que habla Marx, está todavía inscrito en un sistema social explosivo. La sociedad de masa produce el agente de control. Ya no se puede hablar de movilización de la fuerza de trabajo, puesto que se ha volcado hacia los automatismos del sujeto. Se trata, por el contrario, de una verdadera desmovilización de esa fuerza de trabajo en beneficio de la utilización de un imaginario captable, el del control de la producción. Quizá sea todavía fuerza de trabajo, quizá también haya existido siempre su control, pero el problema radica en la aparición del predominio de esa fuerza en una sociedad bloqueada en sus usos.
¿Es todavía posible hablar de producción? En el campo de concentración se desarrolla una forma anulada del trabajo. A menudo ni siquiera se utiliza ya por su carácter productivo, sino como medio de matar el trabajo. Esta lógica del trabajo improductivo, del trabajo por el trabajo, esta dislocación decidida entre el agente de la producción y el objeto de la producción, se realiza en el campo mediante la locura exterminadora. El propio cuerpo es transformado en mercancía».

«El sistema del campo de exterminio no puede instalarse más que mediante un proceso que anula cualquier posibilidad de réplica de los prisioneros, neutralizando su propio cuerpo, en profundidad por el anonadamiento y haciendo entrar a la masa así constituida en un proceso de asunción de su propia destrucción. La infantilización y la autogestión del exterminio que hayamos en los campos es la realización catastrófica de este final de lo político que aún vivimos. El proceso social que produce el nazismo y, más allá, el campo de exterminio, atañe a la expulsión de lo político. El jefe, la representación, el poder, son las otras tantas imágenes de la neutralización del poder social. Se traducen en la forma de organizarse, como en un juego de espejos. La sociedad transfiere al orden simbólico el cuidado de introducir en ella su sentido, su organización, su socialización».

«Lo político se hace hiperreal. Se instala en la red como una mercancía disuadida, a consumir en el simulacro de la teatralidad. Teatro de sombras, pero de sombras que reproducen enteramente la imagen que doblan. El político que aparece en la pequeña pantalla se parece rasgo a rasgo al político, pero desactivado. La Gran Voz ha vuelto a ser la Gran Voz. La masa convoca regularmente a sus jefes a la televisión para estar segura de que están ahí, en el terreno de la masa, el medio, de que sólo pueden hablar. Formidables esos discursos, nuevamente diversiones populares; bocadillos entre un anuncio publicitario y una recitación descarnada sobre los sucesos del mundo. Lo político ha hallado su lugar, el del discurso mágico para una sociedad de irrisión».

«El dispositivo instaurado para el exterminio masivo descansa menos en disposiciones disciplinarias que en la puesta en marcha de configuraciones de fascinación y anonadamiento que van a permitir la asunción del proceso por los propios exterminados. Los modos posteriores de de la concentración disuasiva prolongan, generalizando y sofisticándolas, esa formas de anonadamiento. Las volveremos a encontrar, desactivadas respecto al exterminio pero vivas respecto a la pasividad colectiva, funcionando en el seno de todos los dispositivos implosivos.

«La posición de exterminio está inscrita en la lógica demencial de un sistema que articula estrechamente industria y tecnocracia y que pretende llegar hasta el fin de su experimento con una especie de rigor científico. Si se desea conocer la capacidad de los súbditos para asumir los proyectos de un Estado, ¿cómo verificarlo mejor que pidiéndoles que asuman el proyecto de su propio exterminio?

«Una de las particularidades de la hipnosis consiste en una parálisis de la voluntad y de los movimientos, parálisis resultante de la influencia ejercida por una persona todopoderosa sobre un sujeto impotente, sin defensa, y esa particularidad nos aproxima a la hipnosis que se provoca entre los animales por el terror».

«Lo tecnocrático introduce la manipulación imaginaria en la quincalla del poder y dibuja ya el esbozo de la sociedad posdisciplinar. Su forma de proceder en ese terreno es clara: se trata de producir y de cristalizar imágenes lo suficientemente atractivas como para que la sociedad pueda conectar con ellas sin dificultad. Entre el tecnócrata y el agente de publicidad no hay más que un paso, la autonomización frente a lo político. Pero el paso ya está dado en esa actividad privilegiada que es la planificación».


★