30 enero, 2013

La destrucción de Alicante

Miquel Amorós (18-08-2006)

Durante los últimos quince años la península ha padecido un proceso brutal de urbanización que no parece tener fin, cuyo origen hay que buscarlo en los cambios inducidos por la mundialización capitalista. En efecto, los países que no han podido basar su crecimiento económico en la innovación tecnológica, en la disponibilidad de fuentes de energía barata o en el precio mínimo de la mano de obra, han tenido que explotar extensivamente la única cosa que podían, el territorio.
El urbanismo salvaje ha sido la herramienta con que los dirigentes han convertido la destrucción del territorio en acumulación de capital. Las ciudades, ya descoyuntadas y difícilmente habitables, han contagiado la deshumanización al campo y a la naturaleza, sometiendo completamente el territorio al exclusivo y trivializante designio de la mercancía.
El mapa de los estados está diseñado cada vez más por las empresas constructoras. Eso es particularmente cierto en el caso español, donde la construcción es el principal motor económico. En 2005 el crédito a la construcción superó al industrial, cuando hace solamente ocho años era tres veces inferior. La superficie edificada ha aumentado de un 40% entre 1987 y 2005, mucho más que la población en el mismo periodo. En los últimos cinco años se han construido 2.630.000 viviendas, 800.000 sólo en 2005: existe una casa por cada dos habitantes. España construye más que cualquier otro país europeo. Posee el mayor parque inmobiliario de Europa, lo que no significa que sea el Estado con la vivienda más asequible; más bien lo contrario, el endeudamiento por este motivo bate récords y las familias dedican el 41% de su renta anual disponible a la financiación del piso. Buena parte de la población no es dueña del cubículo donde vive y el acceso a la vivienda es imposible para los jóvenes y demás asalariados con empleo precario. La construcción de viviendas protegidas es ridículamente baja, y aun así, no están al alcance de cualquier bolsillo. En cambio, dos millones de casas permanecen vacías todo el año y el doble son usadas temporalmente como segunda o tercera residencia. La casa es hoy en día inversión, simple capital, objeto del mercado global inmobiliario. En 2003 entre 800.000 y 1.700.000 familias estaban interesadas en adquirir casa en la península, y es que España es el principal mercado europeo de segunda residencia. La mitad de las viviendas vendidas en el pasado reciente estaban en el litoral mediterráneo; entre 1995 y 2005 su precio casi se triplicó. La costa es el lugar donde más se construye y la llamada administrativamente Comunidad Valenciana es el caso más paradigmático del poder “constructor”. En total, el suelo urbanizado creció un 52% en la última década, bastante más que en el resto del país, mientras que el tejido urbano solamente lo hizo un 11%, lo que señala una urbanización difusa, destejida, echa a costa de terrenos robados a la agricultura, a los montes o a los humedales. En muchas poblaciones las nuevas urbanizaciones superan en número de casas al conjunto urbano y prácticamente todas las ciudades han entrado en una dinámica similar. El peso relativo de la “Comunidad” en el conjunto del Estado español ha aumentado en términos de stocks de capital, empleos y demografía, fundamentándose principalmente en la actividad turística y constructora, y todo indica que el futuro descansará sobre las mismas bases. En los quince meses últimos el Consell de la Generalitat ha dado el visto bueno a mil Programas de Actuación Integrada (PAI), fruto del sólido acuerdo existente entre constructores y corporaciones locales. No en vano la construcción genera en los municipios el 42% de los ingresos. Al ser la construcción casi la única fuente de financiación y de revitalización económica (y la primera causa de la corrupción política), los municipios han aprobado planes para los próximos años que implican la construcción de 700.000 viviendas, con las diversas infraestructuras que las acompañan, carreteras, líneas de alta tensión, incineradoras, centros comerciales, parques de ocio, puertos deportivos, campos de golf, etc. De llevarse a cabo la población pasaría en diez años de 6 a 15 millones de personas y el impacto ambiental sería mucho más banalizador y destructivo que todo lo realizado hasta ahora. La falta absoluta de agua no parece desanimar a los promotores, puesto que confían obtenerla con la supresión de huertas y regadíos.
Dentro de dicha “Comunidad” la provincia de Alicante es la porción de territorio donde mejor observar el proceso de domesticación paisajística y social promovido por el nuevo desarrollismo a ultranza de una clase dominante encabezada por constructores y sostenida por la indiferencia o el consentimiento de una mayoría de la población, despolitizada, amansada y sin carácter. Cada ciudad emprende dentro de unas pautas uniformes su particular camino hacia la masificación y la dispersión, de acuerdo con el interés estrecho de sus dirigentes y hasta con los tópicos folklóricos al uso; es curioso cómo “Paquito el Chocolatero”, el “Misteri” o “Les Fogueres” han elaborado una falsa identidad que aún perdura, contribuyendo a la amnesia local y legitimando ideológicamente la política bárbara de los jerarcas, los primeros en disfrazarse de “moro” o de “foguerer”. Las seudo tradiciones son un arma contra la memoria, y por lo tanto, un factor ideológico de desarraigo. Cuando los individuos más se adentran en ellas, más se alejan de su historia verdadera y más indiferentes resultan a su entorno real. Alicante es el enclave desde donde parten decisiones de consecuencias territoriales más crueles; de las diez primeras empresas de la provincia, seis tienen su sede allí (cuatro son de la construcción). Además, ese no lugar ofrece al observador todas las taras de esa especie asilvestramiento urbano que se apodera de la costa y la transforma en un continuum de ciudades basura, a destacar con notable en degradación Pego, Dénia, Benidorm, Altea, Teulada, Calp, Santa Pola, Torrevella, Almoradí, Guardamar, etc. Así pues, nos vamos a centrar en la historia de la conurbación alicantina. Llamamos Alicante –Alacant en el idioma de sus anteriores habitantes– a la aglomeración urbana comprendida entre la autopista A-7 y el mar, limitada al norte por el pueblo de El Campello y al sur por Santa Pola. Dicho apelotonamiento de edificios conserva una trama residual que recuerda vagamente a la ciudad que llevó ese nombre, pero el elemento ordenador elemental no son las avenidas o las plazas, sino los ejes viarios rápidos que conectan a los habitantes con sus siete centros comerciales, sus cuatro o cinco campos de golf y sus diversas zonas de ocio, vigilados por los nuevos edificios emblemáticos, las imponentes moles de veinte o treinta pisos de altura. Se calcula un centro por cada setenta mil consumidores potenciales. Alicante está estructurado en torno a la ronda y a las carreteras de Murcia, Elx, Ibi, Alcoi y Valencia, segmentándose en función siete centros comerciales, que sin contar los de la playa de San Juan son: el Corte Inglés, el Boulevard Plaza (en la estación de ferrocarril), el Gran Vía (en el norte de la ciudad), el Puerta de Alicante (en el Polígono de Babel), el Panoramis (en el puerto), el parque Vistahermosa (al este) y el Playa Mar 2/Alcampo, en La Goteta, justo encima del que fue “Campo de los Almendros”, donde en abril de 1939 se hacinaron sin que ninguna placa lo recuerde veinte mil presos republicanos. La conurbación Alacant- Mutxamel- Sant Vicent- Sant Joan- Campello cuenta en la actualidad con unos 430.000 habitantes, los que sumados a la conurbación cercana de Elda-Elx-Santa Pola daría un área metropolitana de más de 700.000, todavía insuficiente para pesar en la red de poder de la globalización, que exige empaquetamientos de millón y medio de personas para las economías terciarias viables. En efecto, su peso en la decisión regional todavía es poco. Solamente ubica 25 de las primeras quinientas empresas valencianas, lo que significa que su clase dirigente no pinta casi nada. En realidad no es siquiera una clase, no se trata verdaderamente una elite; son sólo de un puñado de empresarios depredadores, funcionarios mediocres y políticos arribistas que no parecen albergar otro proyecto que el de convertir la conurbación en una periferia dormitorio de Madrid gracias al AVE que no acaba de llegar. No son responsables más que de seguir la dirección fijada desde hace tiempo, aquella que convertía a las ciudades en supermercados donde solamente se oía el discurso de la mercancía. Sus antecesores rediseñaron Alicante e impusieron a sus moradores un uso determinado del tiempo y del espacio, organizando su existencia en el aislamiento y la desposesión, a la que ellos han añadido el consumismo. Pues la ambientación urbana actual no permite otro uso social de lo que impropiamente llamamos ciudad que el trabajo embrutecedor, el consumo desaforado, el ocio industrial y la movilidad motorizada. ¿Cómo hemos llegado hasta aquí? ¿Cuáles fueron los polvos que trajeron este lodo? Remontémonos al pasado franquista alicantino para observar después la evolución de la ciudad durante la transición del desarrollismo nacional al presente de la globalización.
En tiempos de la República el Alicante obrero constituía un área compacta muy concreta: la comprendida por el casco antiguo y las barriadas de San Antón, Las Carolinas, el Pla y el Raval Roig. De allí salieron la columna “España Libre” y el batallón “Alicante Rojo” para defender Madrid, y, sobre todo, de allí salió Maroto con sus centurias proletarias a liberar Granada. El grado de sindicación era alto; Alicante constituía la federación local de sindicatos únicos más numerosa de la “regional levantina” después de la de Valencia, y por delante de otras con tradición como las de Alcoy y Elda. Todo acabó aquel fatídico 1 de abril de 1939, cuando todo Alicante se transformó en cárcel. 
Maroto, que había representado a los trabajadores alicantinos en el Congreso de Zaragoza, al final de la guerra civil fue preso en una de las casas del Pla del Bon Repós. Poco a poco el orden franquista reinó en la ciudad y a la burguesía republicana sucedió una clase compuesta por oligarcas católicos y funcionarios fascistas encargada de disipar los humos del viejo proletariado vencido e impedir la amalgama con el nuevo. Alicante mantuvo un crecimiento sostenido durante los años cuarenta y cincuenta, lo que determinó una constante llegada de campesinos del sudeste en busca de la subsistencia que no hallaban en sus pueblos. Quienes dirigían la ciudad dieron luz verde a una serie de proyectos caracterizados por una ausencia total de ordenación y planeamiento, destinados más que a la acogida, al confinamiento de población obrera. Los nuevos bloques de minúsculos y deprimentes pisos hechos con material pésimo, eran levantados sin conexión unos con otros, lejos de la ciudad, ajenos a la trama urbana, sin servicios de transporte ni de recogida de basuras, a menudo sin alcantarillado y casi sin agua (Alicante tuvo serios problemas de escasez en la década de los cincuenta). Así nacieron para albergar la miseria y disimularla más de veinte “entidades singulares de población”, como Ciudad de Asís, núcleo de San Gabriel, grupo José Antonio en Benalúa, Los Ángeles, San Agustín, las mil viviendas del patronato Francisco Franco, grupo La Paz, Tómbola, Divina Pastora y Rabasa. Mención especial merece La Cooperativa de Casas Baratas que construyó en 1960 la “Ciudad Jardín”, denominación harto impropia, pues no tenía nada que ver con las ideas de Ebenezer Howard, aquel gran soñador anarquista, sino con las prosaicas realizaciones republicanas de vivienda social. Las ínfimas condiciones de entonces impedían a los trabajadores el menor ahorro y, por lo tanto, el pago de las cuotas de cualquier cooperativa, por lo que Ciudad Jardín devino un islote periférico de la incipiente clase media. A finales de los cincuenta, las autoridades franquistas, presionadas por un intenso movimiento migratorio, continuaron con la tónica constructiva precedente. Aunque en 1958 fue aprobado un Plan General de Ordenación Urbana, el primero con ese nombre, las ordenanzas municipales de edificación por las que se desarrollaban las normas del plan no lo fueron hasta 1967, momento en que éste era revisado para asegurar la continuidad de la anarquía urbanizadora que había gobernado hasta entonces. Alicante era un coto privado de los constructores y tan escandaloso resultó su proceder que en 1964 provocó un contencioso con el Colegio de Arquitectos de Valencia; la corrupción se institucionalizó, pero hubo que esperar a 1969 para que alguien de dentro denunciara el primer caso conocido, la entrega de 750.000 pts a un concejal. 
Con el embalse del Taibilla cubriendo el crónico déficit de agua se siguieron aprobando proyectos particulares de urbanizaciones y nuevos barrios de aluvión se superpusieron a los anteriores, como Juan XXIII, Virgen del Remedio y colonia Requena, consolidando un gueto exterior al norte de la ciudad. Al este, se construyeron viviendas sociales en el Fondo de Reones (el “Barrio Obrero”) y en La Sangueta.  
Los obreros con empleo estable podían quedarse en el Altozano, en las sucesivas extensiones de El Pla, o en alguno de los barrios reformados.Durante los 60 Alicante pasó de tener 120 a 190.000 habitantes y de 34 a 79.000 viviendas, aunque las construidas fueron muchas más que lo que podría deducirse de restar ambas cantidades puesto que la destrucción del viejo caserío fue considerable. 
A los desmanes constructores se añadió la verticalidad, con el beneplácito de las autoridades franquistas. En 1960 se remodeló la rambla Méndez Núñez con edificios altos presididos por la Torre Provincial de catorce pisos, y al año siguiente fue levantado el horrible hotel Gran Sol, falo prismático de cien metros de altura, que marcó la pauta para el Alicante desarrollista. La mole de Los Representantes, a la que la gente del Pla llamó en seguida “la colmena”, fue la culminación. Alicante se pobló de rascacielos, hasta el punto de superar a Valencia en número. 
En 1980 solamente en el casco urbano había seis edificios de más de 20 plantas y más de cien de doce, a los que había que añadir otros tantos en las playas. El frenesí constructor fue estimulado mucho más que por la continua llegada de emigrantes, por la demanda de las clases medias forjadas bajo el desarrollismo, que abandonaban el centro y se instalaban preferentemente al oeste de la ciudad cada vez más desfigurada, originando la aparición de impersonales barrios como Florida, Portazgo, San Blas, Polígono de San Blas, Polígono de Babel, etc, y forzando el uso del coche para sus desplazamientos. 

La emigración interior no quedó limitada allí. También se dirigió hacia el este (Vistahermosa, Nou Alacant) y hacia las playas, en primer lugar, a la de San Juan. Por otra parte, viejos barrios obreros céntricos fueron objeto de la codicia de los especuladores, que se aprestaron a destruirlos para en su lugar colocar enormes edificios de mal gusto, símbolos del poder de la nueva burguesía alicantina. Así fueron transformados parte de Benalúa, el Raval Roig, Santa Cruz o el Pla. Y de igual manera un “edificio singular” como el hotel Meliá levantó una barrera entre la playa de El Postiguet y el puerto. Otra mole singularmente aberrante hizo lo propio entre la Explanada y el Portal de Elche. El Alicante modernizado ya no era una ciudad pegada al puerto y contenida por la estación de ferrocarril, el castillo de San Fernando y el monte Benacantil. Ponía fin a su estructura radial para ser un aglomerado paralelo al mar dividido en tres pedazos: uno, atravesado por las carreteras de Santa Pola y Elx, con salida hacia Murcia o Madrid, era la zona de las naves industriales y de los almacenes; otro, estaba constituido por la ciudad propiamente dicha y su periferia; el tercero era la zona de las playas. Alicante fue en sus inicios una ciudad diseñada por una burguesía liberal ligada al campo y al comercio portuario, apenas molestada por los carruajes. El crecimiento salvaje que padeció durante el franquismo rompió no sólo el equilibrio interno entre los barrios, sino el que mantenía con su entorno rural. Lo peor fueron los coches. La administración desarrollista trató de adaptarla a la circulación de vehículos estructurándola alrededor de un eje viario principal, la avenida de Alfonso X el Sabio y un centro distribuidor, la plaza de los Luceros, pero la motorización de las clases medias hizo imposible cualquier solución racional a la cuestión del tráfico, y la continua expansión urbana no hizo más que empeorar las cosas. A partir de 1967 el automóvil vino a ser, junto con la verticalización y los suburbios, el tercer factor de destrucción de la ciudad, la herramienta más eficaz de la barbarie urbanística. En la década de los 70 todavía la población aumentó en 60.000 personas. La edificación en los nuevos barrios prosiguió amparada en planes parciales. La finca Adoc, engendro vertical a orillas del mar, inauguró la desfiguración de la Albufereta, mientras en la playa de San Juan seguían construyéndose sin ton ni son enormes bloques de apartamentos. A diferencia de Benidorm, donde la verticalidad obedecía inicialmente a un plan de preservación de la costa, aquí era puro negocio, aunque simbolizaba de alguna forma el totalitarismo de la nueva sociedad, toda vez que los símbolos de una verdadera vida política y social habían sido borrados. 
En Alicante, el edificio Riscal alcanzaba las treinta plantas. La ciudad fragmentada devenía un espacio socialmente neutro, sin referencias, y por consiguiente sin memoria, incluso sin lengua: el valenciano era testimonial. Se había vuelto un lugar descohesionado y vulgar, escenario de negocios rápidos, idóneo para un modo de vida masificado, privatizado y consumista. Oficialmente la conurbación alicantina nació en 1973 con la creación de la Mancomunidad entre Alicante y los municipios cercanos, lo que significaba que el tráfico, la destrucción del paisaje, la desaparición de la huerta y la generación incontable de basura no eran problemas específicamente alicantinos. Toda la costa de la provincia se contagió de la misma enfermedad, particularmente en el sur, donde el agua del trasvase Tajo-Segura permitió la construcción de innumerables urbanizaciones. Cualquier aventurero podía montar una inmobiliaria en una de las ciudades costeras y enriquecerse en poco tiempo. En diez años las pequeñas promotoras y constructoras se habían convertido en poderosas compañías aliadas a los bancos, con gran influencia en la administración local. Los constructores eran la punta de lanza de la nueva burguesía. Al proletariado combativo de los años republicanos había sucedido otro mucho más numeroso y también mucho más dócil. Sin tradición y sin pasado, había llegado a Alicante sin penetrar realmente en ella, quedándose aislado en los enclaves periféricos, verdaderos depósitos de mano de obra sin cualificar. No tenía medios para producir su propia identidad colectiva en las barriadas, y por lo tanto, no podían constituir una comunidad de intereses, es decir, establecer vínculos de clase. Tampoco podía ejercer como clase en los lugares de trabajo. En Alicante apenas había industrias, relacionándose la mayoría de empleos con los servicios, la construcción y la administración. Una economía terciaria no necesita especiales infraestructuras ni capacitación particular como la industrial; los trabajos no requieren el menor aprendizaje: se trata de peones de almacén, peones de obra, camareros, dependientes de comercio, empleados, mozos de limpieza, pinches, domésticos, etc. La dimensión de las empresas del sector terciario no suele ser grande, por lo que los trabajadores se hallan dispersos y aislados compitiendo entre sí, muchos con contratos temporales, otros trabajando en la economía sumergida. A la precariedad podíamos añadir el desarraigo; miles de obreros llegaban –y todavía lo hacen—justo para trabajar el verano y después irse, y la mitad al menos de los que se quedaban eran recién llegados, nacidos en otra parte. En tales circunstancias, el aporte proletario exterior sólo sirvió para acelerar la descomposición de la clase obrera autóctona. A pesar de que la masa asalariada constituía más de las cuatro quintas partes de la población, nunca adquirirá la clase obrera en Alicante el protagonismo logrado en otras ciudades próximas como Elx, Alcoi o Elda. El cambio político no alteró el panorama económico. La administración socialista no trató de librarse de la herencia franquista sino que se limitó a racionalizar el desarrollismo, a pulir su brutalidad, preparándolo para posteriores desafíos. Gracias a que la población se estabilizó en los ochenta, pudieron efectuarse zurcidos en los barrios y mejoras en sus infraestructuras, así como completarse la ronda de circunvalación (la Gran Vía) y confeccionarse un nuevo PGOU que aportó gran cantidad de suelo urbanizable a la voracidad de los promotores. A partir de 1986 las nuevas clases medias de la ciudad iniciaron un éxodo desde sus tradicionales barrios céntricos hacia la periferia este (El Garbinet, Vistahermosa) y las playas, relanzando la demanda de pisos, aparcamientos y vías de acceso. Eso significó el fin de parajes relativamente preservados como el Cabo de las Huertas o La Condomina. 
El precio de las viviendas se elevó enormemente y animó la construcción, otra vez motor de la economía local. Por otra parte, la apertura de El Corte Inglés arrastró toda la actividad comercial a la avenida Maisonnave, provocando la muerte del Centro --el histórico arrabal de San Francisco-- que hasta entonces desempeñaba esa función, y que comenzó a degradarse en espera de su museificación. La nueva centralidad fue provisional pues en la década siguiente su peso se repartiría entre las demás “centralidades” emergentes. La vocación turística de Alicante que los socialistas reafirmaron no dejaba de ser un tópico, puesto que si bien El Altet ha llegado a ser el cuarto aeropuerto peninsular en volumen de viajeros durante el verano, no por ello aquél era el destino elegido por los cinco millones de turistas de sol y playa depositados en tierra. Los turistas nunca se quedaban. Alicante desde los sesenta era un lugar de paso incluso para quienes trabajaban allí. En realidad la principal actividad de la conurbación era la construcción de segundas residencias, en primer lugar para los mismísimos alicantinos, después, para los madrileños. El gobierno socialista del país se encontró con una contradicción irresoluble. Su base electoral, la clase media, había contribuido lo suyo a la destrucción de la ciudad y no iba a apoyar políticas no desarrollistas, por lo que lejos de oponerse a fuerzas contra las que poco podía, trató de aliarse con ellas derribando el último obstáculo al mercado nacional de suelo, a saber, el pequeño propietario. La ley del Suelo de 1990 puso serias trabas al derecho de propiedad y proporcionó a los gobiernos autonómicos el instrumento más eficaz para suprimir las protestas contra los abusos urbanizadores. Efectivamente, la Generalitat valenciana, en manos de los socialistas, promulgó en 1994 una Ley de Regulación de la Actividad Urbanística que entregó a los intereses constructores los ayuntamientos. Mediante la figura del “agente urbanizador”, alter ego de los promotores inmobiliarios, los pequeños propietarios de terrenos o casas serían expropiados sin apelación y obligados a pagar los gastos de urbanización de su antigua propiedad, con tal de que el consistorio aprobara un Plan de Actuación Integral presentado por dicho agente. Los excesos fueron proporcionales a los intereses económicos en juego, o sea, numerosísimos, y caracterizaron el periodo siguiente.
Cuando el Partido Popular se hizo cargo de la Generalitat valenciana quienes realmente subieron al poder fueron los constructores. Con la crisis industrial golpeando las tres provincias y la agricultura en proceso de extinción, la clase dominante continuaba apostando por el ladrillo; en el caso de Alicante, no afectado por la deslocalización, se trataba de “la millor terreta del món” para especular. La clave de la especulación no residía en la resistencia de los propietarios a los promotores, sino en el régimen de valoración del suelo. La simple recalificación de terrenos multiplicaba automáticamente por 25 su precio, por lo que el negocio inmobiliario empezaba con la compra a precio irrisorio de suelo rústico, industrial, para equipamientos, ocio, zona verde, etc., y su transformación en urbanizable. La conversión posterior en suelo urbano seguía multiplicando elevando tanto los costes que habían de compensarse con la verticalidad. La Reforma de 1998 de la Ley del Suelo y Valoraciones hecha por el PP ofreció la posibilidad de convertir en urbanizable cualquier parcela de territorio, con lo que liberó suelo para el mercado en un momento en que la vivienda se convertía en simple inversión. En cierta forma institucionalizó la especulación. Al bajar los tipos de interés y caer la Bolsa, la constante subida de precios hizo muy rentable la compra de pisos (entre 1996 y 2005 el coste de una vivienda en la costa se triplicó). La prueba es que en 2001 el 16% de las casas en la provincia estaban vacías; tan sólo en Alicante había 22.000. Lo primero que hizo la administración “popular” fue autorizar las obras paralizadas por una serie de ilegalidades, a destacar el edificio Alicante, verdadero mastodonte arquitectónico situado en la zona comercial, y elevar la altura permitida de los futuros edificios a quince plantas. Las normas fijadas por el PGOU anterior se volvían trabas para los constructores, que presionaron para la confección de un nuevo PGOU más permisivo. Éste comenzó a confeccionarse en el 2000 y en 2002 fue publicado un avance. El boom inmobiliario fue prolongado por un fuerte desarrollo del crédito y por la llegada de capitales extranjeros, fruto de la internacionalización del mercado hipotecario y del mercado de segundas residencias. Ahora el negocio inmobiliario pasa por atraer a la clase dirigente europea, adaptando la oferta al modo de vida confinado de los ejecutivos en vías de jubilación: buenas comunicaciones, videovigilancia, piscinas, garajes, campos de golf y puertos deportivos. La política de las conurbaciones costeras se rige directamente por el negocio de la construcción. Tanto el parloteo sobre crecimiento “sostenible” como la nueva normativa (la Ley Urbanística Valenciana y la Ley de Ordenación del Territorio) no hacen más que anunciar que en lo sucesivo el abuso será disimulado y regulado. El segundo sector en influencia es el de la distribución (en Alicante el 44% de las empresas son comercios, y la mitad de la superficie dedicada al comercio corresponde a centros e hipermercados). Los centros comerciales no son lugares de aprovisionamiento sino verdaderos instrumentos urbanizadores. Son los actuales referentes urbanos, los auténticos puntos de orientación; definen los nuevos distritos funcionales de la conurbación y tienden a concentrar en ellos toda la actividad comercial, cultural o de ocio. Difícilmente hallaremos una librería o un cine en Alicante --y eso que uno de los proyectos temáticos de la corporación es una “ciudad del cine”-- fuera de uno de esos centros. En ellos la vida cotidiana de las gentes se vuelve susceptible de tratamiento industrial. La globalización económica, ocurrida entre 1995 y 2005, ha producido cambios de alcance mayor que los precedentes en cuanto al trabajo, al modo de vida y al tipo de sociedad. En el periodo globalizador el alicantino medio simplifica radicalmente su modo de vida. Recluido en su piso, sólo sale de él para ir en coche a los espacios privilegiados de encuentro con la mercancía, los centros lúdicos y comerciales. De ahí la demanda incesante de parkings. Alicante forma parte del mercado mundial y quien mejor podía ilustrarlo es la población emigrante que llega de países empobrecidos por el capitalismo para desempeñar los trabajos más volátiles y se hospeda en los huecos de los barrios degradados que abandonan los trabajadores con mejores perspectivas, como por ejemplo Virgen del Remedio, Virgen del Carmen, Juan XXIII, San Antón o San Gabriel. 

En Alicante ya hay unos treinta mil, y a ellos corresponde el último incremento de la población. No se trata de una subclase, de un nuevo lumpen. Son trabajadores arrancados por la mundialización capitalista de sus pueblos y ciudades y lanzados al mercado del trabajo internacionalizado en las peores condiciones posibles. Son la avanzada de un movimiento similar que llevó a las ciudades a millones de campesinos entre 1940 y 1980, y los efectos que producirán en las zonas avanzadas del capitalismo serán considerables. La cuestión social no podrá plantearse de nuevo sin contar con ellos. La lógica capitalista empuja la conurbación alicantina a continuar creciendo indefinidamente, destruyendo más territorio y concentrando más población. Las 15.000 viviendas inútiles del Plan Rabasa serían el ejemplo más inmediato, pero no el peor, pues la oferta de suelo no para de crecer al descomponerse las economías pequeño industriales de los municipios del interior y convertirse éstos en satélites de la economía depredadora del litoral. Evidentemente si se quiere defender el territorio de la avalancha de planes que pugnan por realizarse habrá que detener el proceso urbanizador enfrentándose a los poderosos intereses inmobiliarios. Hará falta un movimiento de masas con un programa de lucha bien claro, que separe los bandos. Para empezar habría que desechar todas las reivindicaciones que impliquen desarrollismo, como por ejemplo las que propugnan los socialistas en la oposición, las plataformas de la izquierda “verde” o los ecologistas: compra estatal de terrenos y edificios, turismo verde, construcción de vivienda de renta “baja”, valoración del suelo rústico, etc. Otras pueden servir para preparar la reapropiación colectiva del espacio si se sitúan en la perspectiva de la desurbanización y la ruralización: moratoria de proyectos, gravamen de casas no habitadas, agricultura biológica, huertos urbanos, rehabilitación de casas... a las que añadiríamos la ocupación, el rechazo del transporte privado, el boicot a las grandes superficies, la intervención del precio de la vivienda y el bloqueo de las cuentas de las empresas constructoras. Para hacer habitable Alicante habrá que desandar el largo proceso urbanizador que hemos descrito y demoler las dos terceras partes de sus edificaciones. La lucha social será fundamentalmente antidesarrollista y desurbanizadora, o no será. No obstante, ni la supresión del mercado de la vivienda, ni la reconstrucción del campo serían suficientes sin la compañía de un estilo de vida ajeno al consumismo, sin la abolición del trabajo asalariado, sin la recuperación de saberes perdidos o de costumbres desusadas, sin los intercambios comunitarios, sin el establecimiento de formas de convivencia humanas, libres e igualitarias partiendo de lo local, y sin los demás aspectos de la autogestión territorial generalizada.

Escrito a partir de la charla en el Ateneo Libertario L’Escletxa de Alicante, el 6 de julio de 2006.

04 enero, 2013

Capitalismo y músicos pop



En el pasado, los y las artistas que grababan discos expresaban la ira y tristeza de la gente con la cual compartían experiencias vitales de existencia. La música rhythm blues, que tiene sus raíces en las antiguas canciones espirituales de los esclavos, crecía y se expresaba en las comunidades y guetos en los cuales nació. Hoy, los cantantes captan y empaquetan la rabia social como un bien comercial; el artista que comercia con la rebeldía encuentra un vehículo para su ascenso social en el mundo de las grandes corporaciones, ese mundo que domina la economía y que a su vez crea los suburbios desolados que engendran la rabia.

La diferencia entre los cantantes de blues y folk de antaño, y los cantantes de música pop de hoy, está en la dicotomía entre la temática de las canciones y la posición de clase y las afinidades sociales de los intérpretes. Desde los años sesenta, la brecha entre las letras y las realidades de clase ha crecido, hasta constituir una parodia viviente. Ello podría ser tema de bromas, si no fuera por las consecuencias políticas y sociales más amplias que lo acompañan.

Los rebeldes millonarios

El concierto masivo de música pop de hoy no es más que un espectáculo comercial que distrae y entretiene a la gente. Pero lo hace en gran parte mediante la captación de temas y preocupaciones populares, "universalizándolo" y vaciándolos de sentido específico y de toda propuesta social. Los cantantes pop desvían la ira hacia una representación teatral inofensiva, en la cual las poses y las voces roncas son vistas como intrascendentes en la vida real: la política de los gestos individuales. Los rebeldes millonarios distraen y canalizan a la audiencia hacia una especie de catarsis periódica que es esencialmente privada y apolítica. Las letras violentas son la demagogia musical de la provocación personal, y son parte de una red comercial altamente rentable.

La influencia política de la música popular ha sido inmensa. Los cantantes y las canciones transmitidas directa o indirectamente por los medios de comunicación han formado la conciencia, el estilo de vida y los valores, con un alcance mucho mayor que la palabra escrita. Durante décadas, la música y la canción han sido un fenómeno masivo, que atrae a millones de personas con su ritmo, su prédica y sus chillidos, sus sacudones y tambaleos.

Los cantores han proyectado modos y estilos de vida. Hoy convocan a audiencias masivas que no las consigue ningún escritor. Sus letras son repetidas por más jóvenes que cualquier eslogan político del pasado o presente. Sus gestos son remedados; ellos dan a la vez forma y expresión a la ira y deseo de generaciones enteras, en tránsito entre el colegio y la integración a la fuerza laboral. En este sentido, los músicos son los "parteros" políticos de la transición de la adolescencia a la edad adulta. Si tienen y expresan alguna fórmula política con respecto a la economía y la sociedad, ella es la transformación en mercancía de la rebeldía juvenil y una profunda conformidad con el mundo de la riqueza empresarial. El eje de acción de los músicos populares modernos es su profunda integración a los grandes negocios y sus redes internacionales. Estos cantantes son actores plenos de esta configuración. Su doble función, como voceros del malestar juvenil y como negociantes febriles que organizan imperios empresariales, define el marco para entender un paradigma político que forma a la juventud profundamente afectada por el deterioro del mercado laboral.

Conversaciones en dos pistas

Hasta fines de los años sesenta, la música popular era el medio a través del cual los movimientos sociales movilizaban, inyectaban energía y definían la política de la Nueva Izquierda. El cambio en el papel del músico coincide, básicamente, con el reflujo de los movimientos sociales. Y con ese reflujo, las canciones quedaron desconectadas de la práctica. Una pasividad política relativa va de la mano con la dependencia de la promoción comercial. El Mercado reemplazó al Movimiento; el cantante-empresario, al cantante-activista. La captura de una audiencia con giras cuidadosamente montadas sustituyó la intervención espontánea en un evento político. A medida que la música pop se convirtió, en sustancia y en persona, en gran negocio, pasó también a reforzar la tendencia hacia la evasión individual y la conformidad social. Los espectáculos masivos, a 30 dólares (23 euros) la entrada, se convirtieron en sesiones terapéuticas. Se ejercitaron los pulmones, se rompieron los tímpanos, se aceitaron las caderas, pero nada cambió. Springteen canta a la pobreza y la impotencia política. Michael Jackson realiza un vídeo musical en una favela de Río, a donde llega en helicóptero, bajo el resguardo de 50 guardaespaldas armados de los barones de la droga, llevando máscara y guantes para protegerse de la gente: los millones de pobres en el trasfondo sirven para enriquecer su empresa con millonadas. Otro saqueo multinacional a los negros pobres del Tercer Mundo.

No hay nada extraordinario en la presencia de Jackson en la favela de Río. Es la historia común del descubrimiento y conversión de la cultura juvenil en mercado juvenil. Todos juegan, algunos ganan, la mayoría pierde.

La desconexión entre, por una parte, los temas de rebeldía social y rabia contra la autoridad pública que están presentes en la música de los artistas contemporáneos, y por otra, las actividades empresariales de éstos fuera de escena, trasmite un mensaje a sus jóvenes seguidores: no tomen en serio la rebeldía, es una forma de entrar al mundo del capital corporativo conformista.

Los cantantes modernos están a la vez socialmente desconectados del mundo socialmente explotado de sus audiencias, y conectados a las élites empresariales capitalistas. Mantienen dos conversaciones a la vez. Discuten de inversiones, ganancias y relaciones públicas con su empresa. Con sus seguidores, mayoritariamente de clase obrera, sostienen un monólogo, explotando su malestar, sus temores, su envalentonamiento y su necesidad de libertad de las rutinas opresivas. Este doble discurso no sólo genera grandes ganancias a partir de la rabia social, sino que, perversamente, perpetúa y fortalece las fuerzas y los sistemas económicos que son la causa de los problemas. La integración social y económica de los músicos a la élite empresarial, el 1% más cotizado de los artistas pop de EEUU, los vincula a la sala de juntas de las grandes corporaciones internacionales.

En su calidad de ejecutivos empresariales, ellos interactúan directa o indirectamente con autoridades gubernamentales, y se codean con otros altos ejecutivos, inyectando un dinamismo y nuevo ímpetu al sistema empresarial que profundiza las desigualdades económicas actuales, que son tema de sus canciones. Esta integración explica que Sir (Mick) Jagger haya podido pasar más tiempo en la sala de juntas el año pasado que en el camerino.

Muchos jóvenes se contentan temporalmente con este tipo de satisfacción simbólica, mientras se les niega cualquier tipo de cambio social sustantivo. Las audiencias se acostumbran a disociar las canciones de la acción social. Las canciones hacen las veces de premios consuelo para los perdedores: metas inalcanzables, pero acerca de las cuales hace bien cantar y escuchar.

Cuando los temas sociales son popularizados por un artista integrado a la estructura empresarial, se les vacía de su sentido social: las letras son un medio de enriquecimiento, no de compromiso. La música popular deja de ser un medio para la organización y el cambio social. Las letras se convierten en retórica vacía con las cuales los artistas realizan ganancias, y ellos a su vez se convierten en "alcahuetes de la pobreza", aprovechando el dolor y la pobreza ajena.

Música popular y subjetividad

La relación cambiante entre cultura popular y poder político refleja cambios más profundos en las relaciones sociales. El desplazamiento masivo del poder, riqueza y prestigio hacia el capital ha tenido un impacto contundente en la música popular. La noción misma de "cultura popular" es problemática. La profunda integración de la "industria musical" con el capital internacional, la incorporación de las celebridades a la élite empresarial, sugiere que el concepto de cultura popular no es sino un eslogan, al igual que la noción de capitalismo popular: los sectores populares son el objeto de manipuleo y explotación, mientras las celebridades empresariales son los instrumentos y los principales beneficiarios.

El asunto de fondo es la relación entre música popular y subjetividad. Hemos argumentado que la transformación de los principales músicos populares en ejecutivos empresariales y su divorcio subsecuente de los movimientos sociales ha jugado un papel importante al bloquear la emergencia de una conciencia radical, particularmente entre la juventud. Ello tiene especial relevancia a la luz del deterioro de las condiciones sociales de la juventud trabajadora (crecimiento del desempleo, empleos mal remunerados sin perspectiva, etc.) La brecha entre el grave declive socioeconómico y la débil respuesta política ‑ausencia de rebeldía social– puede explicarse en parte por el medio cultural al cual la juventud está más expuesta: la música. ¿Dónde están todos los músicos comprometidos? Los movimientos no crearán automáticamente nuevos músicos comprometidos. Hace falta una reflexión cultural crítica sobre el presente y la recuperación del pasado. Aún más importante es el rescate de la noción de la virtud de ser parte de un movimiento social, antes que miembro de una billonaria compañía disquera multinacional.

James Petras / Todd Cavaluzzi

31 diciembre, 2012

La tiranía del reloj



“En ninguna parte del mundo de la Antigüedad o del Medioevo se hallará sino una minoría de hombres que se preocupe por el tiempo en términos de exactitud matemática. El hombre moderno, occidental, habita sin embargo un mundo regido por los símbolos mecánicos y matemáticos del tiempo cronometrado. El reloj dicta sus movimientos e inhibe sus acciones. El reloj transforma el tiempo, que pasa de ser un proceso natural a una mercancía que puede ser medida, comprada y vendida como si de jabón o pasas se tratara. Y debido a que sin los medios para medir con precisión el tiempo nunca se hubiera llegado a desarrollar el capitalismo industrial ni podría seguir explotando a los trabajadores, el reloj representa un elemento de tiranía mecánica en las vidas de los hombres modernos mucho más poderoso que cualquier explotador en tanto individuo o que cualquier otra máquina.”

George Woodcock - La tiranía del reloj

19 diciembre, 2012

A PEDRADAS CONTRA EL PROGRESO

 Miquel Amorós


“Lo que nos habíamos propuesto era nada menos que comprender por qué la humanidad, en lugar de entrar en un estado verdaderamente humano, se hunde en un nuevo género de barbarie.”
(M. Horkheimer, T. Adorno, Dialéctica de la Ilustración)

Hoy en día resulta trivial entre la clase dirigente y sus complacientes servidores referirse al progreso para justificar cada agresión social resultante de una operación económica o político económica. En la medida en que favorece los cada vez más agresivos intereses de la economía autónoma, la sociedad es para ella hija de ese progreso; pero en la medida en que se dejan notar intereses opuestos a la mencionada agresión, la sociedad, o al menos la parte representada por dichos intereses, va contra el progreso, cometiendo el mayor de los dislates, pues todo el mundo sabe que al progreso no se le pueden poner barreras. Se produce la paradoja de que perseguir objetivos antaño asociados a la idea de progreso como por ejemplo la autonomía individual o la humanización de la Naturaleza resulten según cómo antiprogresistas. Al decir de los dirigentes, los aumentos en la destrucción del entorno, la dependencia y el control social propios de cada etapa del progreso, es decir, de cada ampliación cualitativa de los intereses dominantes, son el precio que ha de pagar la sociedad por los supuestos beneficios que ello le acarrea. Entonces, el progreso, tal y como se le nombra en la actualidad, no significa más que el avance de los procesos de concentración de poder de la clase que decide sobre la economía, la abundancia de medios científicos, tecnológicos y económicos que lo incrementan, la generalización de las actividades sociales que como la política profesional, el trabajo asalariado y el ocio industrial que extienden y profundizan el conformismo y la sumisión de los individuos a los dictados del mercado.

Al revés de lo que pensaba Voltaire, los mortales más instruidos no se han mostrado menos inhumanos. Más bien la civilización se ha revelado como un estado de brutalidad racionalizada. El bienestar material no favorece la elevación moral, ni el conocimiento instrumental la convivencia en libertad. El eterno presente no conduce a mentalidades saludables; cualquier psiquiatra podría confirmar que la pérdida de la experiencia y la memoria producen trastornos de identidad. Por más que se diga que el mañana de la adaptación será mejor que el incontrolado ayer, que el antes oscurantista es inferior al racional después, a la vista de los resultados puede decirse que este tipo de progreso no instruye, sino que domestica; no moraliza, sino que atrofia el sentimiento; no sana, sino que se adapta a la enfermedad. No hay relación directa entre civilización y realización personal. Es más, progresan los condicionantes, retrocede la conciencia, crece la atomización. La ciencia se descubre como una superstición, la confianza en las invenciones tecnológicas, como una ingenuidad, la enseñanza pública como una institucionalización de la ignorancia. Todas ellas son instrumentos al servicio de lo existente. La sociedad en lugar de ascender hacia una mayor humanización se hunde en una barbarie de nuevo tipo a la que siguen llamando progreso; involuciona hacia un ideal tecnoeconómico de dominio. El crecimiento de la economía, el verdadero progreso, manda sobre cualquier otra consideración, elevándose su poder conforme desaparecen las libertades y se embotan todas las facultades humanas. Progreso no es otra cosa que desarrollismo, sometimiento de la sociedad entera a las leyes de la mercancía, a las exigencias de la tecnología, al ordenamiento urbanístico; progreso es destrucción del territorio, fetichismo científico, degradación cultural, crecimiento ilimitado de la burocracia administrativa y política, dominio de las corporaciones económicas y financieras. La palabra progreso en el sentido que se le confiere actualmente pasa por encima de la división entre dirigentes y dirigidos, entre opresores y oprimidos, entre jefes y subordinados, entre protagonistas y espectadores, que corresponde a la relación social imperante, para ocultar el hecho de que su dirección, proclamada beneficiosa para todos, no lo es sino para los miembros de la clase usurpadora. El lenguaje de la ciencia y de la técnica –el del progreso-- es el lenguaje del orden. Lo que éste define como modernización, bienestar y libertad, no es más que artificialización, consumismo y partitocracia. El progreso es eso y muchas cosas más. Es ese carro al que hay que subirse dondequiera que nos lleve. Es una coartada del orden injusto, un santo y seña que vale para todo, una consigna de los ejecutivos y políticos, un mito de la ideología dominante obtenido por degradación de un concepto clave de la burguesía del periodo revolucionario contra los argumentos religiosos y tradicionalistas del Antiguo Régimen. Es un axioma del statu quo, un elemento fundamental de la doctrina mistificadora del poder.

“La salida del hombre del paraíso que su razón le presenta como la primera estación de la especie no significa otra cosa que el tránsito de la rudeza de una pura criatura animal a la humanidad, el abandono del carromato del instinto por la guía de la razón, en una palabra: de la tutela de la Naturaleza al estado de libertad”
(Kant, Idea de una historia universal)

Remontándose al origen, la idea moderna de progreso procede de la secularización de una concepción cristiana de la historia, la de San Agustín y Paulo Orosio. En efecto, el ecumenismo, la idea de tiempo lineal y divisible, el concepto de necesidad histórica del avance y su culminación de acuerdo con un plan establecido en un estado final de beatitud, son el armazón teórico de la idea de progreso. En el lenguaje emancipado de la religión la Razón ha sustituido a la providencia divina y la felicidad terrenal ocupa el lugar de la salvación de las almas. La historia ya no es el escenario del enfrentamiento del Bien contra el Mal, sino el de la lucha entre la Razón y la Sinrazón. Como quiera que sea, la función histórica que iba a desempeñar la idea y las fuerzas que iba a movilizar eran cosa muy distinta en el mundo agustiniano que en la Europa absolutista. Así pues, digamos el progresismo, bien alimentado por la Ilustración, arrancó con el discurso de Turgot en la Sorbona el 11 de diciembre de 1750, primera formulación de la mentalidad de una oligarquía ilustrada de funcionarios de la Monarquía, que al devenir el núcleo de una clase en ascenso, la burguesía, se sentía plenamente preparada para ejercer el poder en nombre de toda la sociedad compartiéndolo con la realeza, o si la correlación de fuerzas lo permitía, arrebatándoselo. Los espíritus más lúcidos de la época vieron en la Revolución Francesa un signo inequívoco del progreso. La idea de la marcha regular y gradual del género humano desde los niveles más bajos de la animalidad hacia un estadio máximo de humanización, gracias al desarrollo científico (Francis Bacon, William Godwin), a la riqueza de las naciones (los fisiócratas, Adam Smith) y a la instrucción universal (Condorcet) se constituyó entonces en uno de los pilares del pensamiento moderno. Para los filósofos enciclopedistas o sus contemporáneos afines la humanidad avanzaba por etapas obligadas hacia una mayor perfección. Conforme el tiempo pasaba y la liberación de las ataduras del mito, la costumbre y la religión permitían una visión del mundo desencantada, se iba de peor a mejor. Saber y poder eran lo mismo. La perfectibilidad de la razón humana era infinita (Fontenelle). Cada generación se acercaba más al nivel superior de plenitud feliz, conforme se acumulaban los conocimientos, las industrias y los capitales. La igualdad y las libertades serían una consecuencia necesaria de los progresos de la Razón y de la prosperidad, del paso armonioso o revolucionario de la oscuridad a las luces y de la pobreza a la abundancia. Lo viejo, testimonio del pasado, debía de sucumbir ante lo nuevo que, preñado de porvenir, pugnaba por imponerse. Era tal su empuje que la libertad vendría por sí misma, sin apenas resistencias. El pasado dejaba de tener un carácter memorable y ejemplar. Se podía considerar que la historia de la especie humana consistía en la ejecución de un plan secreto establecido por la Naturaleza, cuyo despliegue tenía en los derechos ciudadanos su programa y en las luchas constitucionales del presente su avanzadilla, desde donde atisbar el fin histórico supremo, el futuro consolador en el que los hombres (y las mujeres) desarrollarían libremente todas sus cualidades y cumplirían con su destino, el mismísimo progreso.

La historia pues pasaba a concebirse como un ascenso objetivo e imparable del ser humano hacia metas superiores. Al desvelarse el telos de la historia, su intención racional, el paraíso descendía de los cielos para habitar el mundo real, quedándose el otro en el desván. Se producía una marcada distinción entre los que dio en llamarse salvajes y los civilizados. La primitiva Edad de Oro quedaba situada en los orígenes sombríos de la humanidad “sin ley”, reino de lo arbitrario y de lo animal, de la sencillez inculta y del rudo atraso, de la “libertad insensata” (Kant) y de la guerra de todos contra todos (Hobbes), a superar por un contrato que implicaba la postración ante una fuerza legal consentida, ejercida por un Estado moderno. Bajo su sombra protectora los civilizados realizaban incesantes esfuerzos para someter a la Naturaleza mediante el estudio y el trabajo. En un principio la sociedad feliz e igualitaria de los salvajes había servido de arma a la Razón, demostrando un origen natural y no divino de la sociedad y el Estado a la vez que ilustrando los contrastes entre una sociedad corrompida por el privilegio y la religión y otra gobernada por la ley natural. Sin embargo, los mismos argumentos fueron luego empleados por quienes cuestionaban desde el pesimismo y el misticismo las bienaventuranzas del progreso, especialmente los románticos, los primeros críticos de la sociedad burguesa, aquellos para los que los sueños de la Razón habían engendrado monstruos. Para refutarlas surgió el idealismo alemán englobando a antiguos y modernos, a críticos y apologistas, en una única filosofía de la historia, como momentos del desarrollo del Espíritu en el tiempo, y asimismo de la libertad, que es su esencia: “La historia universal es el progreso de la conciencia de la libertad” (Hegel), conciencia de la que están excluidos los “pueblos no históricos”, es decir, de los pueblos sin Estado, sin modernidad, sin capitalismo. Sin embargo la filosofía de la historia que tuvo el mérito de pensar el movimiento revolucionario burgués y traducirlo en conceptos, no expresaba sino su última conclusión, la consagración del presente. Cediendo la palabra a Nietzsche, gran debelador del progreso moderno: “para Hegel el punto máximo y final del proceso universal coincidía con su propia existencia berlinesa (...) implantó en las generaciones penetradas por su doctrina esa admiración por el ‘poder de la Historia’, que, en la práctica, se transforma a cada instante en admiración desnuda por el éxito y conduce a la adoración divina de lo dado (...) Quien ya haya aprendido a doblar la espalda y asentir con la cabeza al ‘poder de la Historia’ termina finalmente por otorgar un ‘sí’ mecánico-chinesco a cualquier poder, sea éste sólo un gobierno, una opinión pública o una mayoría numérica.” Justo para eliminar la contradicción que se cometía al definir el fracaso del racionalismo (y el retroceso post revolucionario) como un momento de su triunfo, aparece el positivismo, reivindicando el liderazgo de los científicos y los “industriales”. Al dividir Comte el decurso humano en tres etapas (teológica, metafísica y positiva o científica) inauguraron una costumbre que arraigó en todos los ámbitos de la cultura, convirtiendo el siglo XIX en la era de los modelos por etapas. Recordemos por ejemplo a Bachofen (hetairismo, matriarcado, patriarcado), a Hegel (despotismo, democracia o aristocracia, monarquía) a Morgan y Engels (salvajismo, barbarie, civilización) y a Marx (modos de producción antiguo, feudal y capitalista). Finalmente la Teoría de la Evolución, al sacar el progreso de la historia e inscribirlo en la Naturaleza, daría la solidez que faltaba a la idea para convertirse en tópico. Puesto que para Darwin el hombre descendía de “una criatura inferior”, sin raciocinio, sin duda las facultades intelectuales y morales de los civilizados debían estar tremendamente más desarrolladas que las de los “primitivos”, ya que éstos no tenían leyes, ni jefes y, lo peor de todo, ni Dios. Hegel, Comte y Darwin, cada uno por su lado, proporcionarían al pensamiento racionalista los argumentos definitivos que elevarían a finales del siglo XIX la idea de progreso a dogma indiscutible de la sociedad burguesa y lo convertirían en fetiche de una nueva religión popular fundada en el productivismo y las formas parlamentarias de gobierno burgués. La burguesía celebraba exposiciones universales y proclamaba sucesivamente la edad del acero, la del petróleo, la de la electricidad, la del átomo... en tanto que hitos progresivos de su dominio absoluto.

 Encarnándose en fábricas, el progreso no solamente multiplicó la producción material sino que al destruir todas las reglas que habían ordenado hasta entonces el mundo del trabajo dio lugar a formas inauditas de explotación y miseria, convirtiéndose en agente de la revolución social tanto como de la industrial. Ese progreso no producía solamente mercancías, sino al propio movimiento obrero. Las primeras manifestaciones del proletariado no fueron pues ciertamente progresistas, puesto que la liquidación incompleta del Antiguo Régimen por la burguesía industrial y terrateniente, instaurando un nuevo sistema de propiedad y de producción manufacturera que alteraba las formas de vida tradicionales y generaba una miseria extrema, fue contestada con incendios, sabotajes y destrucción de máquinas, a menudo llevados a cabo por obreros de oficio, a los que se dio una cumplida respuesta represora. Las clases explotadas nunca admitieron las innovaciones técnicas de buen grado, pues sabían que “cualquier desarrollo de una fuerza productiva es un arma contra los obreros” (Marx), pero cuando creyeron que el problema residía menos en las máquinas que en la propiedad privada de las mismas, concluyeron en que la solución dependía de una expropiación general de los medios de producción, de forma a utilizarlos en provecho de todos. La solución conducía a un comunismo industrial donde las máquinas servirían a la sociedad y no al contrario. Hoy podemos decir que la cosa no es tan fácil y que la naturaleza del maquinismo y de la producción no son neutras, o que la dominación de la Naturaleza, aunque sea llevada a cabo colectivamente, engendra desequilibrios y miserias todavía peores. Pero cuando fueron formuladas las primeras teorías socialistas y anarquistas obreras, el proyecto de un mundo nuevo mediante la apropiación y gestión de los medios productivos era la opción más realista. Si error hubo, fue mejor el de creer que la burguesía se había convertido en un obstáculo para el desarrollo de las fuerzas productivas, o sea, para el progreso, ahora representado en la fuerza productiva principal, el proletariado. El movimiento obrero se volvió progresista, más que la burguesía, y en gran parte reformista, pues cada vez fueron más los convencidos de que, dados los avances científicos y tecnológicos, la explotación podría moderarse y, en el marco político de la democracia burguesa, las organizaciones obreras podrían establecer sin prisas y sin traumas revolucionarios un orden socialista, que no hubiera sido otra cosa que un capitalismo de Estado, sindical o partidista. La opción revolucionaria no hubiera llevado a ninguna otra parte.

“Frente a esa empresa de desolación planificada cuyo programa explícito es la producción de un mundo inaprovechable, los revolucionarios se encuentran en la nueva situación de tener que luchar en defensa del presente para conservar abiertas todas las demás posibilidades de cambio –comenzando por la posibilidad primaria de las condiciones mínimas de supervivencia de la especie–, las mismas que la sociedad dominante trata de bloquear intentando reducir irrevocablemente la historia a la reproducción ampliada del pasado e intentando reducir el futuro a la gestión de los desperdicios del presente.”
(Encyclopédie des Nuisances, Discurso Preliminar)

 Las dos guerras mundiales, los regímenes totalitarios y genocidas, el fracaso de las revoluciones rusa y española, la carrera armamentística, la concentración de poder y la cultura de masas, al convertir la barbarie en un hecho cotidiano, pulverizaron los fundamentos de la teoría del progreso. Una vez superados los obstáculos y las divergencias con el horror de las matanzas, se podía hablar de bienestar y democracia como si nunca hubiera habido otra cosa. El capitalismo, gracias a la tecnología, había desarrollado las fuerzas productivas hasta extremos impensables, corrompiendo y destruyendo de paso al medio obrero, pues el aumento de la capacidad de producir no creaba las condiciones de un mundo más justo e igualitario, sino que simplemente elevaba el poder del aparato político-económico e institucionalizaba la mediación frente lo cual los proletarios eran literalmente impotentes. La distancia entre los que deciden y los que obedecen se había multiplicado por veinte, al ritmo del comercio mundial, única ecumene. La Razón, dominando a la Naturaleza, es decir, sirviendo al capital, se transmutaba en Sinrazón, dominio de la clase propietaria. Los gérmenes de la regresión que cobijaba desde el principio se manifestaban por doquier: la irracionalidad gobernaba el mundo. La Historia no contenía ningún plan establecido, ni por supuesto la libertad se desplegaba en ella para llegar a cotas cada vez más altas. Nada de lo que acontecía, comenzando con la propia Historia, era necesario, sino simplemente posible, entre otros muchos sucesos probablemente mejores. La Historia transcurría sin sujeto, y, como corolario, las revoluciones dejaban de ser ineluctables incluso cuando las condiciones favorables llamaban a la puerta, es más, comparadas con los desastres, su número era exiguo. Al contemplarse el devenir histórico como una acumulación de catástrofes, el pasado se cortaba del presente tecnológicamente mejor equipado, pero no lo suficiente para asegurar el futuro, cada vez más incierto con la decrepitud o el horror a la vuelta de la esquina. El presente era pasado destruido, y, el futuro, presente por destruir. La ciencia reafirmaba el actual estado de cosas y su lenguaje conformista era el de los expertos y mercenarios a sueldo del poder. Cada nuevo descubrimiento y cada nueva invención, aplicándose de acuerdo con la obtención de beneficios privados y las necesidades de la dominación, jerárquica y centralizada, no descontaba en absoluto un peldaño hacia la felicidad, sino que implicaba un grado más en la sumisión. La perfectibilidad de la especie quedaba en entredicho ante los resultados nefastos de la invasión tecnológica de la vida y la difusión masiva de la enseñanza instrumentalizada; nada inclinaba a pensar que el ser humano era mejor que antes, puesto que en lugar de poseer una conciencia moral más desarrollada, permanecía moralmente degradado, sin dignidad ni memoria. Podía experimentar la igualdad con sus congéneres deshumanizados pero solamente en el aislamiento: sus relaciones más que líquidas se habían vuelto gaseosas. El sentido de su actividad escapaba a su comprensión, produciéndose lo que Gunther Anders llamaba "un desfase entre el hombre como ser que produce y el hombre que busca comprender su actividad productiva." Vivía en un mundo objetivamente depravado, lo cual le eximía en cierto modo de sentirse corresponsable de la depravación; se había acostumbrado tanto a la misma que había dejado de considerarla como tal y si no con gusto con indiferencia participaba en ella. En este cuadro de desolación la mentira se había vuelto mundo, por lo que no era necesario mentir ya que las palabras expresaban siempre una cosa distinta a su significado original. Ya no eran portadoras de significado, sino puros signos carentes de sentido propio que forjaban estereotipos vacíos y repetitivos. Con un puñado de ellos –bienestar, derechos sociales, ciudadanía, desarrollo, sostenibilidad– fue rehabilitada la idea de progreso.

En la segunda mitad del siglo XX el llamado progreso culminó su momento destructivo que había debutado con la demolición de la individualidad y las masacres bélicas, destruyendo el medio físico sobre el que descansaba la actividad social. La postración de la necesidad y el deseo ante los imperativos capitalistas designaba al crecimiento económico –el consabido progreso– como principio rector de la política de los Estados, y, por lo tanto, como normativa general de la vida social. Las consecuencias tóxicas del desarrollismo se dejaron sentir con claridad cuando la principal fuerza productiva, la tecnociencia, al fundirse con la política y las finanzas, se convirtió en la principal fuerza destructiva. A partir de entonces la dominación tecnológica de la Naturaleza, comprendida la humana, se transformó en exterminio planificado. La destrucción de tierras de labor, de costas, de ríos y de montañas, la producción creciente de basura y el derroche energético, la anomia social y las guerras, la explosión demográfica y las hambrunas, la contaminación y el agotamiento de recursos, hacen del planeta un lugar cada vez menos habitable, y del progreso, una carrera bárbara hacia la aniquilación. Nunca se ha progresado tanto como hoy, dicen los dirigentes, y en efecto, nunca la perspectiva del fin había estado tan cerca, ni la deshumanización tan presente. Cada salto hacia delante es un acto de guerra contra el territorio y sus habitantes, lo único que queda por saber es cuanto falta para el punto a partir del cual la catástrofe sea irreversible, momento en que la sociedad actual comenzará a desmoronarse. Los rebeldes al proyecto progresista de devastación planificada, se ven abocados no sólo a recobrar los conocimientos pretéritos todavía no olvidados, sino a defender lo que queda de aprovechable del presente, con el objeto de garantizar de entrada unas posibilidades reales de supervivencia, conservando las opciones de cambio hacia una sociedad desindustrializada, desmotorizada y desurbanizada, en perfecta simbiosis con la Naturaleza. Hay que romper definitivamente con la idea de progreso: los seres humanos no somos ni el objeto central de la “creación”, ni la cúspide de la evolución. Somos una forma de vida que ha de encontrar la armonía perdida con las otras, integrándose totalmente en su medio. Ninguna formación cultural es superior o menos “primitiva” que las demás. La sociedad civilizada no fue más que fruto de un azar, que pudiera perfectamente no haberse dado, como efectivamente no se dio fuera de Europa, dejando a la sociedad tradicional, aquélla a la que los modernos llamaron bárbara, ofrecer mejores condiciones de libertad que las que hoy padecemos. No obstante, no debemos renunciar al conocimiento, al saber y al arte que nos han legado las generaciones precedentes, en la medida que ese fruto de inmensos esfuerzos humanos es también nuestra herencia, que podemos usar para entender el mundo y embellecerlo. Somos parte de un todo que hay que preservar, pero usando la Razón, no la de la los mercados, sino aquella que emana del conocimiento despreocupado que nace dentro de una sociedad libre y equilibrada, y que convierte la cuestión social en cuestión natural. De irracionalidad y primitivismo ya tenemos las alforjas repletas. Todavía existe la historia, que no es más que la historia de la opresión; la que vendrá después, cuando ésta acabe, si acaba, será la historia de los pueblos sin historia, es decir, sin diferencias de clase y sin Estado.

Para el Nº 3 de la revista “Raíces” 16-10-2011

11 diciembre, 2012

La máquina urbanizadora




Ramón Germinal

Texto elaborado para las jornadas Tecnología y Progreso: Una mirada crítica celebradas en Granada. El texto es de Ramón Germinal, pseudónimo de Pepe García Rey. Este y otros de sus textos pueden encontrarse en el libro Vivir en el alambre y otros escritos.

Un mundo por demoler

En aquel vuelo nocturno, al asomarme por la ventanilla del avión, tuve una visión asombrosa: entre la oscuridad divisé una bella línea iluminaria que señalaba la franja litoral sobre la que volábamos. Luces y hormigón destacan, sea de noche o de día, en el continuo urbano del litoral mediterráneo. A diferente escala las fotografías hechas por los satélites, que desde el espacio exterior observan la Tierra, muestran sobre el planeta una gigantesca feria iluminada que resalta sobre la negrura de la noche. La urbanización del mundo es ya hoy una amenaza más que visible para el medio natural y los seres vivos que lo habitan, incluido los seres humanos. Las estadísticas históricas nos dicen que allá por el año 1800 sólo el 3% de la población mundial vivía en ciudades, mientras que en el año 2000, en sólo dos siglos, las áreas urbanas albergan ya a 3000 millones de personas, la mitad de los habitantes del planeta. Amenaza convertida en dolor y muerte al manifestarse con macabra diversidad, a las que genérica y eufemísticamente se les denomina catástrofes. Nada parece detener el crecimiento urbano; es como si esta segunda piel con la que se trata de cubrir una buena parte de la superficie terráquea fuese tan natural como las margaritas o los bosques.

En el año 1880 la ciudad de New York ingresó en el exclusivo club de ciudades millonarias en habitantes, al que ya pertenecían Londres, París y Berlín. Hoy las ciudades con más de un millón de habitantes se cuentan por centenares; veinte regiones metropolitanas tienen más de diez millones y cuatro –México, Sao Paulo, Tokio y Shangai– están habitadas, cada una de ellas, por más de veinte millones de personas. La maquinaria urbanizadora se alimenta de ingentes cantidades de energía, agua y materias primas; necesita de grandes infraestructuras para facilitar la movilidad motorizada de gente y mercancías; precisa de infinidad de instalaciones depuradoras para minimizar las nocividades de vertidos, residuos y efluentes contaminantes. El clima se calienta y la biosfera tiene un límite en su capacidad de absorber tanta mierda; las nocividades provocan enfermedades mortales a millones de personas; en la guerra del automóvil mueren anualmente más personas que en cualquier guerra; una grave dolencia afecta a los humanos que viven en ciudades muy superiores al tamaño de su caminar: soledad tiene por nombre esta afección que nos hace sentir impotentes, insignificantes y solos ante la urbe inabarcable. Ante tan negro porvenir, algunas miradas se vuelven hacia atrás en busca de un futuro primitivo ¿volver al campo, a los árboles y al nomadismo?, mientras que otras intentan reformar el dominio urbanizador con... más urbanismo.

No hay bosques suficientes para 6000 millones de cazadores‑recolectores, ni ganas en la gente para volver a tener como sustento principal raíces y bayas. La utopía de los primitivistas modernos idealiza la vida salvaje; recrean, en la otra cara del espejo, la figura contraria del individuo urbanita, solitario y sin vínculos sociales, producto del nuevo capitalismo. Volver al campo frente a la metrópolis que nos devora es otras de las opciones que se presentan. Existe un movimiento neo-rural en las regiones metropolitanas que aspira a vivir en comunidad y armonía con la naturaleza. Deseos que son los míos, pero no olvido que las sustancias químicas más peligrosas circulan por el aire hasta en el último rincón del planeta. En la leche materna de los esquimales se han encontrado trazas de PCB (1) (Policloruro de bifenilo) similares a las de las madres holandesas. Y algo todavía peor: las formas de vida urbana han colonizado el mundo rural; pocas diferencias existen en la alimentación, el transporte, las diversiones y los deseos. La maquina urbanizadora, más allá de poner orden y cemento en el territorio, adecua mentalidades y comportamientos. El mapa está clausurado, no existe un afuera, todo queda dentro de un mundo urbanizado. Se puede habitar en el campo o en la ciudad, pero sólo se puede vivir luchando por la destrucción de este mundo urbanizado.

Vanos son los intentos reformadores de poner freno al avance del proceso urbanizador en ciudades y regiones mediante la planificación y la norma. La ley y el plan siempre estuvieron al servicio del crecimiento urbano, como cualquier aparato del Estado con respecto al capital. En un mundo globalizado, la política territorial de las regiones y las dinámicas urbanas de las ciudades las dicta el capital desde las oficinas financieras y las sedes de las empresas transnacionales. Los gobiernos e instituciones regionales o locales, se limitan a facilitar la labor de la máquina urbanizadora aportando infraestructuras y servicios. Conscientes de todo ello, los regidores municipales venden la marca de su ciudad en el mercado mundial, ofrecen sus ventajas a los inversores con la elaboración de planes estratégicos a cargo de prestigiosos equipos de urbanistas. La ciudad sostenible y emprendedora, diversa y multicultural, amante de la movilización social y de la paz, son las cualidades de la marca urbana que triunfa hoy; palabras, palabras y palabras reformadoras de otros mundos posibles, porque en el único mundo existente, la máquina urbanizadora arrasa.

Así, piqueta en mano, la gente que aspira a cambiar la vida tiene ante sí a un mundo por demoler y la apasionada labor de utilizar materiales de derribo para construir un oikos donde habitar en el cosmos. Dicha tarea requiere conocer a fondo el funcionamiento de la máquina urbanizadora y el devenir histórico de la ciudad.

La ciudad y el tiempo histórico

En valles y encrucijadas, a orilla de ríos, lagos y mares, cerca del agua de boca se formaron las primeras aldeas en los últimos tiempos del paleolítico. El cazador-recolector y el pastor -patriarca dejaron el nomadismo para fundar los primeros asentamientos humanos estables gracias a la agricultura, entrando en lo que la historia denomina neolítico. Conforme los asentamientos crecían, llegado el momento, una parte de la población se marchaba del lugar para construir otra aldea. Todo ello cambió con el desarrollo de la revolución agrícola y la acumulación de alimentos, dando lugar a la aparición de las primeras ciudades en las que el afán de crecimiento no tenía más límites que los impuestos por la naturaleza y el desarrollo de la técnica. Crecimiento y ansias de poder fueron de la mano en la ciudad antigua. El Templo, el Silo y el Palacio Real estaban a resguardo de la población en el interior de la fortificada ciudadela.

Las ciudades de la antigua Mesopotamia y del valle del Nilo dejaron para la historia un legado de pirámides, templos y palacios, en los que se reflejan la inspiración celestial de las mentes que ingeniaron estas grandes construcciones. Imhotep, que dirigió la construcción de la primera pirámide de piedra de Sakkara era astrónomo y arquitecto, además de ministro de Estado. Los conocimientos de astronomía, fruto de la observación de la bóveda celeste, aportaron capacidad de cálculo matemático; el trabajo de miles de esclavos dotó de la fuerza energética necesaria a la gigantesca maquinaria humana que alzó la Gran Pirámide de Gizeh, en la que sólo la loza que cubre la cámara interior pesa más de cincuenta toneladas. Los primeros vestigios de la máquina urbanizadora se encuentran en la ciudad antigua, en la función constructora de la megamáquina y su relación con un orden estricto que todo lo abarcaba. Lewis Mumford, al que le debemos el concepto de megamáquina para definir el modelo de organización social en la Babilonia o el Egipto de la Antigüedad, lo expone como suma claridad:

“Tanto en los ceremoniales del Templo como en el comienzo de aquellas gigantescas obras colectivas, el rey daba la primera orden, exigía conformidad absoluta y castigaba hasta la más trivial desobediencia. Sólo el rey tenía la facultad divina de convertir a los hombres en objetos mecánicos y de reunir estos objetos en una máquina. Las órdenes, que eran transmitidas desde los Cielos a través del rey, pasaban a cada una de las partes de la máquina y creaban a su vez otras unidades mecánicas subsidiarias en otras instituciones y actividades; tales órdenes comenzaron a mostrar la misma regularidad que caracteriza a los movimientos de los cuerpos celestes”.

Siguiendo a Mumford, podemos definir a la máquina urbanizadora como una de las “unidades subsidiarias” de la megamáquina. Además de construir la ciudad celestial y reflejar un orden divino en sus construcciones, la máquina urbanizadora se encargó de acelerar los sistemas de transportes mediante la construcción de canales, acueductos y calzadas. Los romanos pasarán a la historia por sus grandes obras públicas mediante las cuales, el agua, los cereales, el aceite y los vinos eran trasladados de los campos a las ciudades del Imperio, rompiendo así los principios de proximidad y autosuficiencia de las antiguas aldeas neolíticas. En un viaje inverso, pero muy relacionado con lo anterior, las centurias romanas viajaban utilizando las sólidas obras públicas para imponer el orden en las regiones periféricas. Hasta que cayó el Imperio y la hierba creció en las calzadas, y de la gran ciudad, de la Roma imperial huyeron hasta las ratas. El tiempo histórico volvió a vivir una larga noche oscura a la que llamaron Edad Media, donde la proximidad y la autosuficiencia aldeana se impuso a la máquina urbanizadora.

Con los primeros balbuceos del capitalismo mercantil, las ciudades comerciales florecen en Europa. Las ciudades Hanseáticas del norte europeo, las ciudades-Estados italianas y las que comerciaban con África y América son las protagonistas de la primera globalización mercantil en la historia. El intercambio de mercancías y esclavos se prodiga en todo el área mediterránea, en Asía, África, América y Europa, siendo las ciudades portuarias las que incrementan su población y el espacio físico que ocupan; en el siglo XVII pocas ciudades europeas superaban los 100.000 habitantes (Londres, París, Milán, Nápoles, Palermo, Roma, Sevilla, Amberes y Ámsterdam) y su perímetro no rebasada las murallas defensivas de siglos anteriores. El intercambio mercantil mundial no supuso el abandono del concepto de proximidad en cuanto a los abastecimientos básicos de pueblos y ciudades; los sistemas de transportes seguían siendo la vela en los mares aprovechando la fuerza de los vientos y los carros y carretas de tracción animal en tierra firme. La máquina urbanizadora se encargó de construir ciudades coloniales a orillas del Atlántico en América para exportar sus mercancías a las ciudades europeas, pero aún faltaría un par de siglos para que la máquina maldita saliera de su letargo y mostrara toda su voracidad incrementando el tamaño de los núcleos urbanos hasta lo insospechable sirviéndose de una movilidad de vértigo.

La ciudad industrial y el urbanismo

La población censada en la ciudad de Londres, allá por el año 1800, no superaba el millón de habitantes y en el último censo del siglo XIX, es decir, en 1890, ya contaba con 4,5 millones de vecinos. Dicho incremento de población tiene como explicación la emigración del campo a la ciudad provocada por la revolución industrial y la innovaciones tecnológicas aplicadas a la movilidad con la incorporación del ferrocarril, tranvías y metros eléctricos en los transportes públicos. El primer Metro del mundo se inaugura en 1863, cuando Londres tenía 2,9 millones. La ciudad industrial supone un salto cualitativo en la historia de las ciudades. Por primera vez rompe con la idea de proximidad y cuenta con la maquinaria necesaria para imponer la movilidad motorizadas, construyendo nuevas y grandes infraestructuras para alimentar a las ciudades en un continuo crecimiento.
La urbe cambia para dejar espacio, primero a los raíles y después a calles más anchas por donde circularán los automóviles. La piqueta abre enorme costurones en el tejido urbano y este se hace esclavo de la movilidad motorizada, destruyendo la ciudad construida a lo largo de los siglos que había asimilado, como capas superpuestas, el legado aportado por la historia. La ciudad industrial destruye, aísla y divide los cascos antiguos para dejar paso a las nuevas construcciones de anchas avenidas y tipologías urbanas geométricas. La construcción del Ensanche barcelonés y su arquitecto-urbanista Ildefonso Cerdá será el ejemplo a seguir, como la construcción en vertical de Le Corbusier.

El crecimiento ilimitado de las ciudades conlleva la creación de grandes infraestructuras en el conjunto del territorio para abastecer a los gigantes urbanos. La movilidad y la velocidad que alcanzan los desplazamientos van en consonancia con la acelerada autovalorización del capital mediante la circulación de mercancías. La proximidad, el autoabastecimiento y los mercados locales, se quedan obsoletos para los grandes beneficios que rinden la distribución de productos en mercados más grandes, fabricados con materias primas a bajo costo que son extraídas en lugares lejanos. Unas décadas más tarde la producción en serie, masificada, multiplicará la importancia de los sistemas de transportes, ya sean redes eléctricas, gaseoductos, canalizaciones de aguas, ferrocarriles, carreteras, puertos o aeropuertos. La producción industrial y la concentración urbana genera ingentes cantidades de agentes nocivos para la salud: vertidos urbanos e industriales, contaminación atmosférica y residuos sólidos. Al perímetro del territorio que nutre de materias primas, agua y energía a la ciudad, que sirve de soporte físico a las infraestructuras de transportes, y es el sumidero de las actividades urbanas, los expertos ambientales lo conocen como huella ecológica. La ciudad industrial deja una huella nefasta en todo el territorio que repercute, y nunca mejor dicho, como la pisada de un elefante en una cacharrería. Nada que ver con las ciudades anteriores a la revolución industrial, donde el ejercicio de la proximidad les permitía acercarse al símil del paso frágil de una bailarina. La máquina urbanizadora al servicio de la globalización capitalista ha conseguido que el tamaño de la huella ecológica de las metrópolis, megalópolis y regiones metropolitanas sea la biosfera en su conjunto.

El hacinamiento y la vecindad de la industria con los núcleos urbanos produjeron graves problemas sanitarios y revueltas sociales en las ciudades industriales durante la segunda mitad del siglo XIX. Así nació el urbanismo, como una disciplina para impedir las alteraciones del orden y la proliferación de barricadas. En la revolución de 1848, precursora de la Comuna de París (1871) se alzaron más de 4000 barricadas en la “ciudad de la luz”. Las degradantes condiciones de vida de los trabajadores y su concentración espacial en la ciudad industrial propició un clima insurreccional y revolucionario. Fourier busca ansiosamente para su utopía un ejemplo de trabajo no asalariado, hecho con pasión, y no encuentra otro mejor que el levantamiento de barricadas. El novelista Victor Hugo en Los Miserables las retrata de manera impresionante:
“Unos ojos que desde arriba se hubiesen fijado en tales sombras hacinadas hubiesen quizás tropezado en sitios dispersos con una apariencia poco clara, en la que se reconocían contornos quebrados, de línea arbitraria, perfiles de curiosas construcciones. En estas ruinas se movía algo que se asemejaba a unas luminarias. Y allí era donde estaban las barricadas”.
Baudelaire en Las flores del mal evoca las barricadas de París; recuerda “sus adoquinados mágicos que como fortines se encrespan hacia lo alto”. Las barricadas fueron las murallas defensivas de los espacios liberados por el pueblo parisino en una ciudad que pronto iba a tomar medidas para que no fuera posible.

En 1864 el Baron Haussmann, responsable gubernamental de la expansión urbana de París, “expresa en un discurso ante la Cámara su odio contra la desarraigada población de la gran ciudad”. Walter Benjamín en uno de sus acertados textos titulado Haussmann o las barricadas describe la política urbanística de aquellos años:

“La subida de los precios del alquiler empuja al proletariado a los arrabales. Los barrios de París pierden su propia fisonomía. Surge el cinturón rojo. Haussmann se dio así mismo el nombre de “artista démolisseur” (...) La verdadera finalidad de los trabajos haussmannianos era asegurar la ciudad contra la guerra civil. Quería imposibilitar el levantamiento de barricadas en París”.

Haussmann quería impedir las barricadas de dos maneras. En primer lugar, la mayor anchura de las calles harían muy difícil su alzamiento; y segundo, las calle nuevas establecerían el camino más corto entre los cuarteles y los barrios obreros. Los contemporáneos bautizan la empresa: “L'ebellesemen stratégique”. Sin embargo, las barricadas desempeñaron un importante papel en febrero de 1871, durante la Comuna. Hoy a pesar de los impedimentos urbanísticos se siguen levantando barricadas en las luchas sociales que tienen lugar en muchas ciudades del mundo. Curiosamente, el material con el que se alzan e incendian las barricadas actuales, lo aportan los neumáticos de una de las máquinas más nocivas que ha conocido la humanidad: el automóvil. Según la Organización Mundial de la Salud, 1 millón de muertes y 50 millones de heridos al año provocan el uso del coche en el mundo.

Urbanismo y urbanidad son dos palabras de una misma parentela. La primera trata de una disciplina para mantener el orden en el tejido urbano, y no sólo el orden público, también el crecimiento ordenado de la ciudad acudiendo a la especialización espacial, planificando futuras zonas industriales, comerciales, residenciales, rurales o equipamientos públicos. La urbanidad se refiere a “los buenos modales y el comedimiento” con que se expresan y actúan los habitantes de la ciudad; cualidades civilizadas que otorga la urbe a sus vecinos frente a comportamientos “salvajes” propios del mundo rural donde abunda “el pelo de la dehesa”. La urbanidad es el resultado de la producción de orden por parte del urbanismo; no la urbanidad de los buenos modales y mejor educación del urbanita, perfectamente mostrada al volante de un coche frente a un semáforo en rojo a la hora de un atasco descomunal, sino la urbanidad como expresión de sumisión al orden, a las reglas de convivencia que regulan la forma en la que quieren que vivamos en la ciudad. La regulación del tráfico es el mejor ejemplo de ello. Impuesta la especialización espacial, la movilidad motorizada se incrementa exponencialmente en la ciudad. El automóvil y los transportes públicos motorizados se hacen imprescindibles para ir al trabajo, al centro comercial, al cine y a la macro-discoteca. Esclavos de la tecnología el urbanita se sube a un vehículo motorizado para desplazarse, desplazamiento que está regulado por señales semafóricas automatizadas; mientras, a lo largo del trayecto paneles electrónicos le señalarán los lugares adecuados para aparcar.

El automóvil tuvo una gran repercusión espacial desde sus primeras producciones, pero es partir de su fabricación en serie cuando la máquina urbanizadora se despliega con toda intensidad, tanto en el interior de las ciudades para enterrar los adoquines bajo el asfalto y construir avenidas de varios carriles, como en el conjunto del territorio donde los caminos se convertirán en carreteras y las carreteras en autopistas con la intención de unir los puntos fuertes, aquellos donde la producción y el consumo abunden a mayor beneficio del capital. Ramón Fernández Durán nos cuenta en La explosión del desorden la repercusión espacial y social del fordismo:

“El automóvil se inventa a finales del siglo XIX, pero no es hasta 1910 cuando se inicia su producción en cadena por Henry Ford, hecho que transformaría de un modo sustancial no sólo el tamaño y la fisonomía de las ciudades, sino también las formas de producir y los modos de vida de las sociedades industrializadas a lo largo del siglo XX. Este hecho marcaría tanto la sociedad contemporánea de los países de Centro que se ha llegado a definir ésta como modelo fordista de producción, siendo el automóvil su corazón tecnológico”.

El crecimiento urbano en la sociedad industrial impone la construcción de redes de saneamiento y drenaje en las ciudades, así como redes de abastecimientos de agua y grandes embalses para almacenar este recurso en las montañas, pues el agua cercana a las urbes han sido desvalorizadas por las actividades industriales, los vertidos urbanos, y décadas más tarde por una agricultura que usa y abusa de sustancias químicas. El agua ya no es accesible y gratis, con lo que la gente pierde autonomía y libertad para abastecerse y depende absolutamente de un aparataje tecnológico (máquinas de bombeo, potabilizadoras, depuradoras, etc.) para satisfacer una necesidad biológica, básica en la vida. De la electricidad generada en pequeñas hidroeléctricas y distribuida por redes locales o comarcales, la maquina urbanizadora, atendiendo a las necesidades industriales y urbanas, construye redes de alta tensión que conectan, primero a todo un país y más tarde a continentes transportando la electricidad de la centrales térmicas, hidroeléctricas, nucleares o de los parques eólicos. La interconectividad será la palabra “mágica” que alumbre la noche del planeta. En la ciudad industrial el urbanita es un mamífero más atropellado por la máquina urbanizadora.

Globalización y territorio urbano

La repercusión espacial del fordismo tiene su apogeo en las décadas del “desarrollo” (años cincuenta, sesenta y setenta) del siglo XX. El crecimiento urbano y las infraestructuras de transportes se consolidan en los países industrializados, mientras disminuye la población agraria. Las ciudades europeas y sus infraestructuras dañadas por la segunda guerra mundial se reconstruyen, y pocos años después cinco países fundan el Mercado Común, el antecedente de lo que hoy conocemos como Unión Europea (UE) a la que ya pertenecen veinticinco Estados, la mayoría con una misma moneda, el €uro, y un sólo mercado sin barreras comerciales. Conforme se expanden los mercados, la necesidad de conectarlos el lobby empresarial presiona a la UE y ésta acepta sus requerimientos aprobando planes para construir las redes transeuropeas de transportes. Las primeras infraestructuras tratan de salvar “accidentes” geográficos (Pirineos, Los Alpes, Canal de la Mancha, el mar Báltico, etc.) que impiden aumentar el tráfico y la velocidad para las mercancías en tránsito hasta su destino. Grandes túneles y largos puentes serán la respuesta tecnológica a la caprichosa naturaleza. A continuación proyectarán Trenes de Alta Velocidad para el transporte de la fauna ejecutiva entre las grandes ciudades europeas; la ampliación de puertos con los que atender la avalancha circulatoria de mercancías entre continentes, y de aeropuertos para satisfacer las necesidades de transporte rápido de la primera industria del mundo, el turismo. Siguiendo la orientación de la política de transporte del siglo XX, favorecedora de la carretera, la mayor inversión se destina a autopistas y autovías. La máquina urbanizadora construye el armazón que da sostén a la globalización capitalista.

Las grandes ciudades se extienden sobre el territorio en forma de “mancha de aceite”, uniéndose físicamente con sus respectivas áreas metropolitanas. Ello se debe al aumento de la zonificación espacial mediante colonias de chalet y urbanizaciones de casas adosadas donde aspiran a vivir las clases medias. Es el sueño de la ciudad jardín de los urbanistas libertarios anglosajones de finales del siglo XIX, prostituido por los negociantes del ladrillo del siglo XXI. Este modelo requiere de una tupida red, de carreteras, de abastecimiento y saneamiento de aguas, de electricidad y telefonía, etc.

Del área pasamos a la región metropolitana definida esta como un territorio muy urbanizado -que incluye a varias ciudades-, sobre el que ejerce su influencia una misma actividad económica, con uno o varios nodos que le dan acceso a la red de la economía global. Por ejemplo, Barcelona es el nodo logístico de una región metropolitana que abarcar desde Valencia a Marsella; Málaga es el nodo de una región metropolitana dedicada fundamentalmente al turismo desde Algeciras a Almería, pasando por Antequera y Granada Una región metropolitana es una malla territorial muy urbanizada, enlazada por múltiples infraestructuras y equipamientos: autopistas y autovías en la franja litoral y entre ciudades; interconectada por redes eléctricas, gasistas y de agua; campos del golf, parques temáticos –incluidos los llamados legalmente naturales– y un gran aeropuerto internacional son algunas de las infraestructuras y equipamientos, que le dan entidad a la región metropolitana turística en la que resido. La máquina urbanizadora compacta y conecta a las regiones metropolitanas del planeta; en ellas viven la mitad de la población mundial con tendencia ser mayoría. El resto son espacios vacíos y desconectados.

Desde la ciudad industrial a la región metropolitana la máquina urbanizadora se ha servido de un marco legal adecuado para sus fines. El urbanismo fue regulado por los planes generales de ordenación urbana de competencia municipal, pero siempre supeditados a los intereses especulativos de los constructores y a las obras de grandes infraestructuras sometidas al Interés general, financiadas en gran parte por el Estado, y dirigidas por los Ministerios de Obras Públicas o Fomento. Debido al crecimiento de las concentraciones urbanas la legislación da un paso más, los planes de ordenación del territorio con un techo de competencia limitado a las regiones o comunidades autónomas, quedando a salvo de dicha planificación las grandes infraestructuras de competencia estatal, cofinanciadas y a veces proyectadas por la UE. Quienes de verdad dictan las políticas territoriales son las grandes compañías transnacionales para extender sus negocios, las empresas que forman parte de la propia máquina urbanizadora y los centros de poder encargados de fabricar orden con el dominio urbano. Trabajan a su servicio, sociólogos, geógrafos, ingenieros, arquitectos, psicólogos, antropólogo, biólogos, toda una legión de expertos que contribuyen a la disciplina urbanística.

Urbanismo carcelario

Las grandes urbes son muy vulnerables, tanto por la dependencia tecnológica para suministrarse y gestionar sus nocividades, como por los comportamientos desordenados de los urbanitas: ataques a la propiedad, conductas fuera de la norma, crímenes, motines, revueltas, etc. No hay cárceles suficientes para asegurar el orden que la máquina urbanizadora trata de garantizar, pero se puede transformar la ciudad en una cárcel mediante el urbanismo carcelario. En nombre de la seguridad se quieren ocultar la vulnerabilidad a la que nos somete la interconectividad. Cualquier fallo, sabotaje o acto de terrorismo en elementos esenciales de la interconexión supone un fallo en cadena. Hay un apagón eléctrico en una gran ciudad y deja de funcionar el transporte público, los ascensores, los electrodomésticos, las potabilizadoras y depuradoras de agua, etc. Cualquier sistema de transporte se convierte en arma de destrucción masiva: los aviones en el 11-S y los trenes en el 11-M.

La sociedad tecnológica es la más vulnerable de las conocidas, aunque el consumo y la parafernalia de la seguridad en una pequeña parte del planeta den la sensación de lo contrario. La dependencia del dinero hace vulnerable a gran parte de la sociedad pues ni el techo ni la alimentación están asegurados; un futuro robado por la degradación del medio ambiente nos hace más vulnerables a las catástrofes, los accidentes y a las enfermedades; la ciudades en las que viven más de la mitad de la población mundial tienen millones de instalaciones proclives a objetivos terroristas, por lo que a pesar de la progresiva militarización de estos enclaves, las grandes ciudades son muy vulnerables.

Vulnerables se sienten las personas con propiedades ante la existencia precaria de miles de personas que dándole la vuelta a la frase de Prouhdon, roban a la propiedad. Más vulnerables nos sentimos cuando podemos perder la vida en un callejón o en una escuela a manos de gente calificadas como “desviadas”. La respuesta primaria del poder es la militarización del territorio, la creación de todo tipo de policías públicas o privadas, así ocurrió en la mayor parte del siglo XX. Desde hace unas décadas se utilizan técnicas complementarias como el urbanismo carcelario: la trama urbana planificada como lugar de encierro puesto en constante vigilancia mediante soportes constructivos (barreras, muros, rejas), tecnológicos y policiales. En caso de revuelta o motín actúan las dotaciones policiales antidisturbios, que acceden rápidamente a las periferias urbanas donde se alzan, como colmenas, las celdas verticales del gueto junto a plazas tan pequeñas como los patios de cualquier prisión. Las fuerzas policiales de intervención tienen sus cuarteles en las proximidades de las grandes vías de circulación.

La evolución del urbanismo, desde Haussmann hasta el día de hoy, facilita el despliegue policial en la metrópolis. La mayor parte de la policía local está destinada a vigilar y mantener la fluidez del tráfico rodado, vital para la vida metropolitana. El gusto de los manifestantes por cortar sin permiso el tráfico y reapropiarse de la calle tiene su respuesta inmediata en la carga de los antidisturbios. La cadena de montaje de la fábrica tiene su equivalente en el tráfico rodado de la ciudad-fábrica de la reproducción social. Demasiado importante para dejarla en manos humanas, la gestión y control del tráfico está automatizada, quedando para la policía las funciones de vigilancias, poner multas (ya lo hacen máquinas en algunas ciudades) y provocar atascos cuando los semáforos de estropean.

El policía de proximidad pretende ser una figura más del barrio como el tendero, la quiosquera, el barrendero o la peluquera. Son los ojos de las comisarías en las calles y suelen actuar en los barrios de clase media y centro de las ciudades. En las periferias la policía patrulla en coches y furgonetas, y en los barrios “duros” las fuerzas del orden sólo realizan incursiones sabedoras de que están en territorio “enemigo”. El despliegue policial en la trama urbana se adecua a los niveles de inclusión/exclusión social de cada barrio. Pero la mayor parte de las plantillas policiales trabaja en las comisarías, cuarteles o sedes centrales, acumulando información, tramitando documentos y fichas, transcribiendo escuchas telefónicas, visionando cintas, controlando los dispositivos técnicos de vigilancia en la ciudad.

Las actuaciones del urbanismo carcelario cobran su máxima expresión en las políticas integradas para cambiar la faz de barrios marginados, que por avatares del crecimiento urbano, o de cambios en las actividades de la ciudad están situados en espacios centrales muy apetitosos para los carroñeros especuladores. De todos es conocida la conversión del barrio Chino de Barcelona en el Raval. Desapareció el barrio de las putas, de los maki-navaja, de los viejos y empobrecidos vecinos, para reencarnarse en una gran factoría turística con su museo (el MACBA), restaurantes y tiendas bohemias, galerías de arte y una vecindad de artistas. Este cambio ha sido dirigido por los planes urbanísticos de reforma de la zona y protagonizado por las razzias policiales, las inversiones especulativas, la degradación consentida del barrio; todo ello cayó sobre las espaldas de los vecinos, expulsados a las periferias urbanas. Para darle tipismo y diversidad al Raval en una de las esquinas del barrio sobreviven algunas putas, junto a la zona Paki, expresión mayoritaria de la “multiculturalidad” inmigrante. En la actualidad, en la barriada de las Tres Mil Viviendas de Sevilla, se acomete otro plan de reforma urbanística dirigida por un Comisario municipal que coordina las actividades policiales, la formación ocupacional, la integración social y las obras necesarias para acabar como la “merecida fama” de este barrio. Ocupaciones policiales, periódicas, con redadas y limpieza del barrio, propuestas de desalojo y traslado de vecinos a otros barrios del área metropolitana, construcción de una residencia universitaria donde abundan los estudiantes de Trabajo Social y lo que haga falta para desactivar el gueto de la Tres MIL.

Los dispositivos tecnológicos son esenciales para el urbanismo carcelario. Las bases de datos que acumulan lo más significativo del recorrido “vital” de un urbanita, los localizadores geográficos par indicar donde te encuentras en este momento, las cámaras de video-vigilancia, las tarjetas de acceso, los controles electrónicos de salida permiten el control social de la gente en el ambiente urbano.

Los registros de la propiedad urbana, los de nacimientos, matrimonios y defunciones en iglesias y juzgados, los archivos policiales y militares, las oficinas de expedición de documentos de identidad, los ficheros de la Agencia Tributaria y de la Seguridad Social eran lugares llenos de legajos donde se podía seguir el rastro de una persona, después de interminables jornadas (días, semanas, meses) de papeleo y burocracia. Hasta que llegó primero el ordenador y después Internet. Con los datos que ofrece el documento nacional de identidad, el carné de conducir, el pasaporte, la tarjeta bancaria o de la Seguridad Social, la declaración anual de la renta, el padrón municipal, el Censo, el correo electrónico, el contrato del agua, la electricidad o el teléfono y los archivos judiciales o policiales, se puede saber casi todo de cualquier persona y al momento, gracias a la informatización y conexión entre los grandes bancos de datos que hacen posible las redes de telecomunicaciones. Las tendencias a convertir en obligatorios los datos de iris y ADN en los documentos identificatorios, alimentan los sueños del poder de convertir los bancos de datos en el armazón informativo del Gran Hermano, en el Ojo que todo lo ve en Metrópolis. Todavía, afortunadamente, los seres humanos como la luna, tenemos un lado oscuro que no se deja trasparentar ni ver ante ninguna luz, ni almacenar en un banco.

Los servicios de información geográfica se valen de una nueva tecnología por satélite para la localización inmediata: es el GPS que permite llevar a la pantalla del ordenador el mapa de la ciudad dividido en cuadrículas, que a su vez se dividen y subdividen en cuadrículas más pequeñas ampliables a la voluntad del usuario, para mostrar manzanas, calles, automóviles o individuos en movimiento. El GPS fue utilizado por el ejército israelí para el asesinato selectivo de dirigentes palestinos que en su momento usaron el teléfono móvil, lo mismo que hicieron los rusos para abatir a un jefe checheno. También se utiliza el sistema en nuevas experiencias como localizador de presos en libertad condicional, mediante la colocación de pulseras con el dispositivo GPS Sirve para navegar y asesinar, pero sobre todo para controlar movimientos de gente. En la pesadilla de ciencia ficción aparece una población, en la que cada persona lleva un implante en su cuerpo por el cual es controlada, se sabe en cada momento donde está, que hace.

Las cámaras de video vigilancia y las tarjetas de acceso son los dispositivos técnicos más usados en el espacio urbano, ya sean públicos o privados. Las cámaras de vigilancia tienen como prioridad vigilar espacios estratégicos para el funcionamiento de la ciudad como espacio productivo. Vista la metrópolis como una gran fábrica, sus cadenas de montaje serán las redes de transportes y comunicaciones. En estaciones de metro, autobuses o ferroviarias, puertos, aeropuertos, rondas de circunvalación, autovías, carreteras y calles de gran capacidad de tráfico, en las centrales telefónicas y grandes antenas repetidoras abundan las cámaras como las setas en el bosque. El conocimiento, factor clave que hace destacar la ciudad-empresa como espacio privilegiado de la producción, requiere la atención de las cámaras de vigilancia. Los perímetros exteriores de los centros de investigación también parecen bosques.

La ciudad es por tradición el espacio de la reproducción social. Esa función cumplen los barrios, las escuelas y hospitales, sus mercados, plazas y calles. Espacios públicos para fomentar, tanto la disciplina como la cooperación social. Espacios que necesitan ser vigilados porque en el encuentro entre la gente florece la subversión; puede circular anónimamente el otro terrorista, delincuente o a-normal. En los institutos y universidades, en calles y plazas, el ojo tecnológico ha encontrado acomodo, nos vigila. Lo mismo ocurre en las urbanizaciones de élite y en los más vulgares porteros electrónicos.

Los espacios interiores -públicos o privados- son objeto de la atención de las cámaras de video vigilancia para proteger la propiedad, básicamente del robo, de no pasar por taquilla o caja. Así ocurre en los centros comerciales y los transportes públicos, donde las cámaras, además de cumplir sus labores de vigilancia, sirven como elementos disuasorios. "El criminal nunca gana" repetía un serial radiofónico en los años cincuenta del pasado siglo, lo mismo que hoy machacan la mente con el ojo omnipresente que todo lo ve. La disuasión es una especie de resignación al dominio tecnológico, de elevar la técnica de la cámara de vigilancia a la categoría del ojo enmarcado en el triángulo divino.

Completa el arsenal del control tecnológico, las tarjetas electrónicas, las células fotoeléctricas, las alarmas, y los tornos o mecanismos de acceso y salida de edificios y transportes. Cuando se extrema la seguridad para acceder a determinados recintos se utilizan claves digitales, identificadores de huellas o iris, instrumentos sofisticados minoritarios en el espacio urbano. Está muy extendida la tarjeta de transporte para acceder al metro, ferrocarril, tranvía o autobús, así como la tarjeta bancaria para no llevar más dinero que el imprescindible y no hay librería por pequeña que sea, que no disponga de control electrónico en sus libros y puertas de salida. Vigilan la propiedad y siguen el rastro de las personas. La utopía libertaria de "abajo los muros de las cárceles" puede ser llevada a la práctica: no hará falta prisiones con el urbanismo carcelario en su pretensión de convertir a la ciudad en una gran cárcel.

A pesar de todo ello, la sabiduría popular evoluciona y tiene mucha inventiva a la hora de afanar en hipermercados, practicar el simpa(gar) o encontrar rincones oscuros para los amores furtivos, donde las cámaras y demás artilugios técnicos sólo encuentran sombras. Si los novios tiraban piedras contra las farolas, en las manifestaciones y actos subversivos abundan los pasamontañas, los pañuelos y las máscaras para no ser reconocibles por el Ojo. Y en todas las cárceles se construyen túneles, se buscan puntos de fuga, incluida la que nos propone el urbanismo carcelario.

La ciudad del orden y el consenso

Desde la ciudad de los dioses a la ciudad empresa la producción de orden está ligada, no sólo hecho represivo, sino a la capacidad de consenso social que es capaz de suscitar entre la gente determinados proyectos constructivos, de movilizar a la ciudadanía como emprendedores de una empresa común: la ciudad que remoza, rehabilita y construye la máquina urbanizadora. El simulacro de cielo en la ciudad de las Pirámides y Templos como los de Sumeria, capaz de albergar a la mayor parte de la población durante las ceremonias religiosas, debieron deslumbrar a la gente procedentes de las aldeas. La ciudad de los dioses permitió a los aldeanos trascender de su mera existencia biológica y continuidad social, para darles un destino cósmico. Cada oikos habitaba en el cosmos.

El sometimiento de los seres humanos a un destino escrito en las estrellas tenía su correlato en la ciudad construida bajo mandato divino. Como nos lo cuenta Lewis Mumford en La megamáquina la gente podía sentirse orgullosa de participar en la empresa constructora:

“Predominaron en las nuevas ciudades de Mesopotamia estos grandes edificios, cuya superficie de ladrillo cocido estaban revestidas con vidrios de colores y aún con láminas de oro, incrustadas a veces con piedras semipreciosas. También las embellecían, a intervalos, monumentales esculturas de leones o toros. Análogas construcciones, de diferentes formas y materiales aparecieron por doquier. Tales edificaciones enardecían, naturalmente, el orgullo de la comunidad que las había levantado y, subsidiariamente, hasta el más insignificante de los peones que participaba del nuevo ceremonial de aquellos grandes centros y ciudades se sentía autor parcial de tales hazañas de poderío y de las maravillas artísticas que testimoniaban diariamente una vida que estaba más allá del alcance de os humildes campesinos o pastores de las localidades distantes”.

Igual de orgullosos se sentirían los canteros que levantaron las catedrales en las ciudades de la Europa cristiana, o los alicatadores que llenaron de hermosos azulejos los jardines y fuentes de la Alhambra. Mucho más cercano en el tiempo, el modesto voluntario barcelonés al pasear por la fachada marítima de la ciudad recordará, que él formó parte de una empresa común llamada Olimpiadas'92.

Con la entrada en la Modernidad los valores cívicos, la urbanidad del habitante de la ciudad serán escogidos como modelo para la empresa común consistente en acabar con el feudalismo. Desde la ciudad renacentista a las actuales, los derechos y deberes de ciudadanía fundamentarán las Constituciones modernas. En la ciudad industrial el consenso social se fragua en torno a la idea de Progreso. Si hay un proyecto común en el siglo XIX y buena parte del XX, es el de progresar. Si el campo es un “atraso” la ciudad es progreso. Las construcciones que se realizan en las ciudades para celebrar las Exposiciones Universales son la mejor representación del Progreso, la Industria y la Tecnología.

La ciudad de París se convierte en la anfitriona ideal de las Exposiciones Universales. Son lugares de peregrinación al fetiche de la mercancía nos dice Benjamin:

“A estas exposiciones le preceden la de la industria nacional, de las cuales, la primera tiene lugar en el Campo de Marte en 1798. Ésta parte del deseo de 'divertir a la clase obrera, para la cual será una fiesta de la emancipación'. En primer plano están, pues, los obreros como clientes. Aún no está formado el cuadro de la industria de la diversión” (...) En la Exposición de 1867, celebrada en París, la fantasmagoría de la cultura del capitalismo industrial alcanza su despliegue más luminoso”.

Ciento veinticinco años después, en 1992, La Exposición Universal de Sevilla se celebra bajo el lema de la Era de los descubrimientos: 500 años de Progreso y Ciencia para crear un cosmos tecnológico que domina la vida humana. La Expo'92 trae bajo el brazo rondas de circunvalación, autovías, un recinto edificado por arquitectos prestigiosos cableado por la fibra óptica, y el primer AVE de la península que une a la ciudad con la capital del Estado. Son los regalos de la máquina urbanizadora. Poco hizo falta para que Sevilla y su gente, narcisista como ninguna, amante de las tradiciones, los entierros y las ferias, se apuntaran fervorosamente a la fiesta del progreso tecnológico y el consenso que fue la Expo. “To er mundo es güeno” es la frase-resumen de quien esto escribe, un sevillano.

La ciudad de los emprendedores es una ciudad que avanza y une a la ciudadanía por proyectos: Expo'92, Olimpiadas de Barcelona, Forum'2004, Almería-2005, etc. Imprimen a sus voluntarios las cualidades del esfuerzo individual, del trabajo en equipo, de la competitividad que ven reflejadas en la difusión mediática del deporte. Porque la ciudad-empresa compite con otras y se ofrece en la sociedad-red como lugar privilegiado para la logística, el turismo o la instalación de parques tecnológicos. Para alcanzar estas metas están los planes estratégicos de las ciudades que recetan infraestructuras, nuevos equipamientos, reformar espacios, rehabilitar edificios y zonas; en definitiva “más madera” para la máquina urbanizadora. Se demanda a la gente esfuerzo individual y cooperación social. La ciudad-empresa habita en la metrópolis y es algo más que una forma de dominación; su función se amplía a dispositivo capturador del saber social, que paradójicamente, muestra al capital al desnudo, como dominio.

La ciudad-empresa siempre está en obras, no hay que olvidar los grandes beneficios que aportan a las empresas constructoras, y tiende redes para capturar el saber general mediante la cooperación social y el consenso. Mar Trafull en Por una política nocturna refiriéndose a Barcelona nos explica el por qué del ritmo frenético de los martillos neumáticos en las calles, un tempo-máquina:

“Cuando el alcalde Clos lleva un tiempo advirtiéndonos que deberíamos irnos acostumbrando a que un significativo tanto por ciento de la ciudad esté permanentemente en obras, no está haciendo más que explicitar hasta que punto el proceso de valorización debe someterse en la actualidad a este tempo. El tema deja de ser que calles, plazas o edificios necesitan una determinada intervención para aumentar o restablecer su valor de uso y pasa a dónde, cuándo y en función de que circunstancias se interviene para cumplir con la ecuación que vincula mantenimiento, mejora o degradación del espacio urbano con un determinado volumen de negocio a alcanzar por el territorio metropolitano en su conjunto” (...) “La ciudad-empresa se convierte así en un dispositivo de captura del saber general y en acelerador y modulador de este saber en forma de partículas adecuadas a los ritmos impuestos en el proceso de valorización: adecuadas finalmente al tempo-máquina: pura sucesión de corcheas en clave neutra y alternativamente acentuadas, formando secuencias idénticas e interminables en dos tiempos: proyección-materialización / proyección-materialización / proyección-materialización / chum-ba / chum-ba / chumba: bacalao”.

No es casualidad, sino más bien causalidad, que sea la música tecno la que más guste a los oídos adiestrados.

La máquina urbanizadora destrozó la proximidad mediante el crecimiento urbano, imponiendo la movilidad motorizada y la interconexión en las infraestructuras de transportes, trasvases o redes, dio soporte físico al urbanismo carcelario y a la ciudad del orden y el consenso. Con todo ello ha ido mermando la autonomía y libertad de las personas, contribuido a romper vínculos sociales que posibilitan el vivir en comunidad y somete a la mayor parte de la población mundial a residir en un entramado urbano muy vulnerable. Una propuesta subversiva parte de desestructurar, desmontar, deconstruir la metrópoli y la megalópolis, volver a recuperar la proximidad y desconectarse de lo que nos hace más dependientes, ya sean infraestructuras, tecnologías o movilizaciones articuladas por el poder. Nos hace falta una alianza contra la dominación tecnológica, de la gente que lucha y resiste contra el avance de la máquina urbanizadora.

(1) El Policloruro de bifenilo (PCB) está considerado según el Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente como uno de los doce contaminantes más nocivos fabricados por el ser humano.

Granada, 5 de abril de 2004