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06 octubre, 2021

Estado y Capital, la misma cosa — Agustín García Calvo

 


Fragmento extraído de Análisis de la sociedad del bienestar de Agustín García Calvo.


Estado y Capital son la misma cosa, y sólo dos para disimular; y los mismos son los políticos y los banqueros, y no hay Dios que distinga (o sólo Dios puede) entre los Ejecutivos de Dios de la Empresa y los del Ministerio (o los Sindicatos); como no podía menos de ser: pues lo uno y lo otro está movido y sostenido por lo mismo: una misma Fe en el Futuro, una misma Idea, un mismo idealismo, esto es, una misma creencia en el Dinero como la realidad de las realidades.


Y la piedra de toque para reconocer la identidad de Capital y Estado, y la falsedad vigente de su distinción, es el Criterio de Rentabilidad. El cual vemos todos los días cómo se aplica indiferentemente en las Instituciones Estatales lo mismo que en las Privadas, y cada vez más descaradamente; como es natural, porque aquello de que «De dinero no se habla, niño» era cosa de los viejos burgueses, y ahora, en cambio, nada más decente, y hasta honroso, que hablar de dinero, con esa campechana franqueza que caracteriza lo mismo a los Ejecutivos del Consorcio Bancario que a los del Ministerio de Finanzas; en efecto, teniendo Dios en el Bienestar una cara esencialmente de dinero, ¿qué más claro y honesto, que más santo, que declarar abiertamente que a lo que se va es a la producción de rendimiento dinerario, al acrecentamiento del volumen de las cifras? Cualquier otra cosa, cualquier otro hablar, es sin más sospechoso para el Señor.


Lástima que, con el Criterio de Rentabilidad, a la gente lo que se le hace es la puñeta a gran escala. Pues en cualquier momento, cualquier Ejecutivo de lo uno o de lo otro, podrá quitarle las cerezas de la boca, las vacas de los prados, el caminito de hierro, la tierra misma de debajo de los pies, gracias a la apelación al Criterio de Rentabilidad: porque, déjese de mandangas, amigo, aquí de lo que se trata es de productividad, de rendimiento, de futuro, esto es, de dinero; y ante ello tienen que agachar la cabeza y retirarse las cositas y los corazoncitos, no faltaba más. No estorbe, hombre, y perdone las molestias, pero es que estamos trabajando por su futuro.


Así es como el Criterio de Rentabilidad, al mismo tiempo que prueba la identidad entre Capital y Estado, sirve para eliminar la vieja noción de 'servicio público'.



12 enero, 2018

Conviene recordarlo de vez en cuando... y tenerlo siempre presente.


“La voz de la rebelión”, por Agustín García Calvo

Stanislav Plutenko

Reproducimos [BABAB] un texto de Agustín García Calvo que ha compartido el Grupo de Estudios José Domingo Gómez RojasOriginalmente se publicó en mayo de 2012, en la edición n°20 de BICEL, boletín interno de la Fundación Anselmo Lorenzo.

A ver si se puede oír esto:
Por la razón y el sentido común podemos decirle a este régimen que padecemos, a todos esos planes de economía futurista que nos invaden desde lo alto, desde donde Estado y Capital (que son lo mismo en todas partes) mandan y nos mandan encima que estemos informados y preocupados, como si nos fuera la vida en lo mismo que les va a Ellos: en el futuro de su dinero, de su euro o de su dólar o de su yen o como se llame, en el futuro de las ventas demenciales de sus averiados productos, de esos que están llenando de basura los sitios donde se podría –quién sabe– vivir.
Podemos porque se puede decirle que no, simplemente que no, sin necesidad de proponer nada a cambio (ya la gente sabe por lo bajo cómo apañarse sin Ellos o puede irlo sabiendo a medida que tenga que hacerlo): sólo hay que perder un poco el miedo personal y dejarse decirlo, porque ya está bien de que nos traten como a idiotas acojonados, que tiemblan por su futuro, que no piensan más que en la seguridad (¡ja!) que puede darles una cuenta corriente, en tener para pagar y seguir comprando chismes inútiles a costa de venderse y matarse por un puesto de trabajo de los que Ellos promocionaron y crean y nos obligan a tener o no tener, como a idiotas que están llenos de eso que tanto nos animan a tener: sueños e ilusiones personales (¡ejem!), y que por tanto, no se enteran de nada de lo que están haciendo. Todos los días por todos los medios, tratan de demostrarnos que eso es lo que somos: unos auténticos individuos (Ellos dicen “personas”, que es una cosa muy santa), y que no hay más en la gente que eso.
La penuria de cada día, la miseria que vemos dentro y fuera, hay que verla –nos dicen– como si fueran el bienestar y la riqueza mismos por el miedo a perderlas, a quedarse sin ello. No hay más que ver esos lamentos que se promocionan por ahí, que hacen a tantos salir indignamente a reclamar más empleo, más educación, más sanidad pública a las calles, olvidados de que tal vez no hace mucho, antes de que les informaran sobre recortes y demás amenazas futuras, ellos mismos podían haber estado echando pestes de todo eso que llaman empleo, educación o sanidad, lo mismo públicos que privados. Es lo que está mandado pensar: que hay que dar gracias al señor y seguir así, progresando en lo mismo, porque, si no, podríamos volver a las cavernas. Pero qué pasa si en vez de engañarnos sin lo que ellos nos venden, que bien mirado, no puede ser nada de verdad bueno ni deseable para nadie. Todo el mundo sabe que son sustitutos. Sirven para llenar unas vidas contabilizadas previamente, que consisten en un tiempo vacío en que temer o esperar un futuro y otro futuro, que eso no merece llamarse ni vida, que es una existencia abstracta y sosa a más no poder. El dinero acaba con las cosas.
Para perder ese miedo, no hace falta más que dejarse pensar y decirlo, el alivio y el ahorro que sería para todo el mundo no tener que seguir contribuyendo a sostener tanta insensatez, que no haya papeles que hacer a todas horas, que no haya que ir a ningún sitio por obligación, ni trabajo ni vacaciones ni semana laboral que engorden los bancos, que no haya oficinas ni bancos ni ministerios ni más ventas de pisitos, automóviles y demás inutilidades. ¡Eso sí que sería economía de la buena, sin estados ni fronteras, la de la gente viviendo en la tierra, libre de todos esos estorbos de Estado, Trabajo, Dinero, Familia, libres del Hombre y su Historia! ¿No sentís cómo tiemblan los padres de la patria eterna, los ejecutivos creyentes en el Futuro? Quien diga que no se puede será que tiene algún interés en mentir, porque poderse, claro que se puede, que nada de verdad lo impide.
Sólo que a la gente le han dicho que algún gobierno de lo alto, algún orden tiene que haber, hecho de leyes y policías, porque si no, el caos, la ley de la selva y el comerse los unos a los otros. Pero no puede ser tan tonta la gente para creerse eso ni dejar que nadie se lo crea ¿no?, porque eso nunca se ha visto más que en fantasías o películas: el único caos y la única jungla que conocemos son éstos que han producido la administración de los estados al servicio del Dinero con toda violencia impuesta, los tenemos delante cada día sus horrores, sólo con fijarnos en el tráfico mismo. El miedo a los fantasmas de lo que podría pasar si no nos defendieran las leyes y sus fuerzas armadas de esos fantasmas que ellos mismos fabrican para asustarnos, sólo ese miedo vano, esa fe en que estamos seguros contra los fantasmas de las guerras y hambrunas que salen por televisión, parece ser más que nada lo que permite que la pesadilla real continúe.
Pero no puede hacerse creer por siempre a la gente que el terror en que “vivimos” es normal. Como decíamos al principio, aparte del miedo personal que nos han metido, vive entre la gente la razón y el sentido común que pueden decirle que no a toda esa organización del Dinero sin miedo ninguno, porque es horrible y mentirosa, y caiga quien caiga. Algún día habrá que despertar y decirlo ¿no?: pues que sea ahora. ¡Abajo la mentira!
¿O es que no se piensa que a lo mejor las mujeres y sus hombres, libres del dinero, podrían vivir y dejar vivir? Porque lo que es con Él…
Otro día seguiremos razonando, que ya se sabe que no se derriba el régimen de un soplo, pero mientras tanto cabe acá abajo corroer la fe en las mentiras que lo sostienen y dejarlo que se hunda.

¡Salud y a ello!




21 abril, 2017

Imperio y eufemismo – Andrés Neuman


Además de los daños materiales, la crisis económica provoca que, al pensar y expresarnos, interioricemos los eufemismos de la lógica financiera. El lenguaje es una herramienta sin dueño; por eso conviene ponerse en guardia cuando alguien se la apropia. La capacidad de asombro, reacción o rechazo está directamente relacionada con la sensibilidad verbal. Esa es una de las funciones políticas de los estudios de lengua y literatura. Ya sabemos que, cuando alguien susurra ajuste, quiere decir empobrecimiento. Que, si conjuga el verbo sanear, no se refiere a la salud pública. Que, cuando esgrime la palabra crecimiento, está hablando de pactos con la banca. El Gobierno español celebra últimamente las presuntas buenas noticias que empieza a recibir en materia económica. El empleo sigue hundido. Los sueldos no suben. La deuda no baja. La inversión pública desaparece. De las pensiones, ni hablemos. Pero, atención, sorpresa: el trimestre pasado el país creció un 0,1 %. El vacío, una coma, luego un uno. Una pestaña por encima de la nada. Así valen la pena todos los sacrificios. Como exclamó Cervantes ante el monumento funerario de Felipe II, ¡voto a Dios que me espanta esta grandeza! La confusión entre micro y macroeconomía es una estrategia de distracción política, pero también una manera de ver y nombrar el mundo. Cuando el ministro Montoro afirma que España es un referente mundial en materia de ajustes, omitiendo sus consecuencias en cada ciudadano, el ministro no se está limitando a mentir: está confirmando una gramática de la distorsión que se extiende a todos los ámbitos. Las empresas, por ejemplo, ya no te venden productos. Lo que hacen a cada rato, insoportablemente, es ofrecerte soluciones. Soluciones, claro está, anteriores a la existencia misma del problema. El incesante Aristóteles distinguía entre lo económico y lo crematístico. Lo económico aludía a la justa administración de los bienes comunes. Lo crematístico, a los intercambios cuyo único objetivo era el beneficio individual. He ahí la trampa aristotélica de las políticas estatales: en vez de gabinetes económicos, tienen ranchos crematísticos.

http://andresneuman.blogspot.com.es/search?updated-max=2014-06-26T04:00:00-07:00&max-results=30&start=46&by-date=false

16 octubre, 2016

Dios y el dinero - Agustín García Calvo


Dios tiene que tener sobre todo dos condiciones: una es que tiene que ser real, más que nadie. Esto quiere decir más o menos lo mismo que se dice con ese verbo que nos han metido desde arriba a partir de las escuelas medievales, el verbo «existir»: real, existente; y, para ser real, aunque esto parezca una paradoja, tiene que ser ideal. Por el otro lado, tiene que ser, como algunos tal vez recuerdan del catecismo, personal: para mejor lograrlo, según la vieja teología católica, es tres Personas, que son un solo Dios verdadero. En todo caso, tiene que ser Persona. Cualquier dios, con más o menos éxito según las épocas y los sitios, tiene que reunir esas condiciones. En el Mundo Primero, en la Democracia Desarrollada, el Régimen que hoy padecemos, estas condiciones tienen que haberse elevado al grado más alto de potencia y de imperio. Si nos preguntamos cuál es el verdadero Dios en el Régimen más avanzado, no queda mucha duda, porque ese Dios tiene esencialmente la cara del Dinero: es el Dinero. Pero cualquiera de los otros dioses viejos que queden por ahí, si pueden colaborar con éste, con el Dios verdadero que hoy padecemos, es porque participan de las mismas condiciones.
En verdad el Dinero, la forma más alta y actual de Dios, no ha inventado esas condiciones: ya los dioses de las viejas religiones, según progresaban, iban avanzando en el mismo sentido; sólo que este Dios es el que las cumple de manera más perfecta. A primera vista, entre tener que ser real o existente y tener que ser personal puede haber una contradicción, y conviene que esta contradicción se aclare de la manera más precisa.
Dios tiene que ser real: tanto es así que en las religiones más avanzadas el verbo «existir» se inventó precisamente para eso. Aquí tenemos uno de los casos más ilustres en que, a lo mejor, se cree que se puede emplear este verbo de las Escuelas, más o menos divulgado, tranquilamente. Se puede incluso creer que un ateísmo verdaderamente eficaz puede decir «Dios no existe»: esto es una mentira, porque el verbo «existir» es coestensivo con Dios, se refiere a Él. No se puede decir inocentemente. Esta fórmula está condenada. Esto nunca lo puede decir el pueblo. Lo dicen las personas, porque les han hecho creer que este verbo «existir» es inocente. Cuando el pueblo se levantaba contra Dios, lo único que podía decir eran cosas del tipo de «no hay Dios», «no hay Dios que valga». Eso es popular. Ahí no hay ni una sola palabra que venga de arriba. ¿De qué va a servir que se diga que no existe, si primero se le ha puesto como sujeto de eso, se le ha hecho existente en el mismo momento de decirlo? ¿De qué va a servir que después se añada «no existe», si ya al decir de Dios tal o cual cosa, al hablar de Dios, se le está haciendo real? Porque ésta es la condición de la realidad: real es aquello de lo que se habla. No lo que habla, pues lo que habla, cuando se le deja (el pueblo, el lenguaje, yo cuando no soy nadie, cuando no soy persona), eso no es real. Una cosa es el que habla, que actúa, por tanto, y otra cosa es de lo que se habla. Con eso creo que se comprende bastante bien que la Realidad tiene que ser ideal. Todos los que os enseñan a contraponer «real» con «ideal», «realista» con «idealista» os están engañando. Para que se hable de una cosa, ésta tiene que tener su nombre, tiene que estar hecha de ideas, y por tanto no cabe pensar en ninguna realidad o existencia que no pase por las ideas. Aquel que por afán de realismo adopta las armas del Poder, proyecto, idea de futuro y demás, ése cae bajo el engaño, precisamente porque ha adoptado las ideas, la idealidad, lo que es propio y esencial del Poder. Frente a esas dos cosas, lo real y lo ideal, está aquello que no es de lo que se habla, sino el que habla, del que no se tiene idea: yo, que no es nadie. Pueblo, que no se sabe qué es, que no existe. Ése es el que actúa gracias a no ser real, a no existir, gracias a eso vive y actúa. Contra la realidad y las ideas juntamente está el lenguaje corriente y moliente, no las jergas: la razón común.
Así, Dios, ya en la vieja teología católica, era el ser más real de todos los seres: lo que los teólogos medievales decían ens realissimum. En cierto modo la realidad de las realidades. Ésta es la condición justamente que cumple hoy nuestro Dios: el Dinero tiene esa condición. El Dinero es la realidad de las realidades. Todas las cosas se cambian en Dinero, y una cosa es tanto más real cuanto más se puede cambiar en Dinero, cuanto más Dinero vale. El Dinero es la cosa de las cosas, la cosa a la que todas las cosas se reducen; y cumple su función: para ello es ideal. No hay cosa más ideal que el Dinero. Recuerdo de paso la corriente estupidez de llamar «material» al Dinero, que es la cosa más impalpable, la cosa que está, como Dios, en todas partes y en ninguna, que cumple las condiciones de la idealidad de la manera más perfecta. No se vaya a confundir, sin embargo, esas monedillas que uno tiene en el bolsillo, o lo que tiene en el Banco, con el Dinero: esas cosas son como aquellas imágenes que se podían hacer de Dios: son representaciones, estampitas; pero el Dinero no es eso: es totalmente ideal, y para ser la realidad de las realidades tiene que ser ideal, como cualquiera de los viejos dioses.



Pasamos a la otra condición. Ya en las viejas religiones también Dios tenía que ser personal. Eso parece a primera vista contradictorio porque estamos acostumbrados a pensar que a las cosas o realidades se les contraponen las personas: uno no es una cosa, uno es Persona. Ya en las viejas religiones más avanzadas Dios tenía que ser el existente entre los existentes, pero al mismo tiempo tenía que conservar su condición personal. Para que ejerciera su dominio, tenía que tener las dos caras. Persona o, como en la forma más avanzada de la Teología cristiana, tres personas, que en el mismo hecho de ser tres costituían un solo Dios verdadero. Estoy usando las viejas formas de Dios, las viejas religiones, como ilustración del Dios actual, porque, como las religiones más viejas no eran más que progresos hacia la actual, preparaciones de esta forma de poder, a veces, echando una mirada a ellas, recibe uno alguna iluminación.
La confusión acerca de esto de «personal» es una confusión que se descubre preguntándose: «¿Quién soy yo?». Si os preguntáis de veras eso, os encontráis de narices con la confusión que ahí late. ¿Soy yo Don Agustín Carda, por ejemplo? Por un lado tengo que reconocerlo: ésa es mi realidad, la que dice mi Documento de Identidad, pero yo, ¿soy ése? Yo no soy ese. Hay algo por debajo de mí que está diciendo «Yo no soy ése». Algo que me queda de mí por ahí abajo, algo que me queda de pueblo, frente a mi nombre propio y mi documento. Ahí veis en qué sentido rige esta confusión: Dios, por un lado, tendría que comportarse igual que yo, es decir, ser una contradicción, y lo era de hecho, en las viejas teologías, porque por un lado tenía que ser una persona real, tenía que tener su identidad, y por el otro tenía que ser una persona de verdad. A pesar de la propia teología y el dogma, vivía la contradicción entre el Dios del que se hablaba y el Dios que hablaba, como en mí. Era el Dios que hablaba el que no era un Dios real, como yo, nunca del todo y cerradamente Fulano. Así de sencillo. La dificultad está precisamente en que es demasiado sencillo.
Evidentemente hay algo que no es real, que no es de lo que se habla, precisamente porque es el que habla. La teología pensaba encontrar un artilugio definitivo y victorioso: la persona de Dios era la persona real, y por tanto estaba sometida y servía al sometimiento. En la medida en que el Poder y su Teología no conseguía esto, había algo que seguía diciendo «Eso no es cierto». Por eso es por lo que es tan difícil prescindir del nombre de Dios incluso desde la revuelta, porque la palabra sigue siendo, a pesar de todo, ambigua. La religión, por tanto, que verdaderamente padecemos es la religión que está representada por un Dios que es Dinero, realidad de las realidades. ¿Cómo es que el dinero es personal? ¿Cómo es que el dinero, esa forma más avanzada de Dios, cumple también esa segunda condición?
Apenas hay más que recordarlo: el dinero es personal. En tiempos en que la moneda era una forma de Dinero, en la moneda estaba la cara del monarca, la cara personal, con sus rasgos, del César, del Emperador o del Rey. Eso era una preparación para lo actual: en la Democracia no hay reyes de verdad, no hay más reyes que la Persona. Que se sigan haciendo moneditas del antiguo régimen sirve para distraer. El dinero de verdad es ese dinero del que la Persona dispone. Ya podéis ser vosotros muy modestos al estampar vuestra firma en la Banca, pero en el ordenador del Banco figura vuestro nombre, y éste representa las cifras, sean rojas o negras, pero en todo caso es vuestro nombre el que vale eso. Valéis eso, y ese dinero, esas cifras, sólo valen en la medida en que son de una persona, en que la representan.
La Persona puede ser, como se sabe, un consorcio o una persona jurídica o lo que sea, pero, en todo caso, una persona. Una persona que puede fácilmente hacer todos los jueguecitos que sabéis: entablar tratos con otras personas, intercambiarse, etc. Una persona que puede jugar en la Bolsa o en ese cruce de pantallazos todo alrededor del globo por medio de la Red Informática Universal, que permite estar en siete u ocho Bolsas al mismo tiempo y establecer ese juego. Nada de eso se podría hacer si no fueran personas las que costituyen la verdadera esencia del Dinero. Esto quiere decir que, si el dinero consiste en la Persona, su firma, el crédito de que goza y su firma le atribuye, entonces tenemos unas personas que son cosas, cada una de vuestras almitas personalmente.
No es ya sólo aquello tan viejo de «tanto tienes, tanto vales», sino que vales lo que tienes, y ése eres tú, en cuanto ente real, y no hay otra forma de alma real más que esa que está representada por la firma y el crédito de que uno goza en la Banca, desde los escalones más bajos a los más altos, que juegan con el Dinero en los Mercados de la Red Informática Universal bajo la bendición Urbis et Orbe.
Es por eso por lo que hay que insistir finalmente en que esta Religión actual, como las viejas, está sostenida por la Fe. Si se dejara de creer, caería sin más. Lo estáis sosteniendo todos los días en la medida en que creéis, os fiáis de las cifras del crédito, creéis en lo que vuestro capitalito va a rendir al cabo de tres meses o tres años. Como esta condición de la Fe –que en la Banca se llama crédito, de creer, que es la verdadera esencia del Dinero, que es todo Futuro, todo Fe– es la misma que en las viejas religiones (la Fe en Dios está inmediatamente ligada con la salvación, con esperanza de la Gloria Eterna), por eso mismo, la necesidad de Fe, es por lo que se llevan tan bien la verdadera Religión del Régimen con los restos de las otras religiones. Es de suma conveniencia para el Poder que sigan conviviendo juntas unas con otras. Evidentemente la nueva Religión alzará sus nuevas catedrales, sus iglesias sucursales y Bancos más o menos horripilantes que el Capital levanta por todas partes, pero conservando las viejas catedrales y muchas de las iglesias, y conservará igualmente las formas de culto pasadas de moda. Es una conveniencia. ¿Cómo no se van a llevar bien si, después de todo, todas son formas del mismo Dios, que solamente cambian para seguir manteniendo su imperio?



Empresas de producción de Dinero
La Empresa en general es una istitución que se dedica a la producción. Producción naturalmente de algo, de alguna cosa. En principio, la producción debía ser una producción de cosas, y añadámosle todavía, útiles, es decir, que sirvieran para algo. Entonces el productor se pregunta cómo se sabe cuáles cosas son útiles y cuáles no lo son, qué cosas sirven para algo y cuáles no. La economía tradicional dice que quien decide eso es el público. Se supone que hay un público que es el que pide o no pide tales cosas, y entonces se supone que las que pide son las cosas útiles, las que sirven para algo, para comer, para trasladarse, para enterrarse si llega el caso, etc.
No es por tanto ninguna arbitrariedad si se equipara eso de «útiles» con lo de demandadas. Útiles no quiere decir más que las cosas que están demandadas: la demanda crea un hueco, o un vacío aspirador, y entonces viene la producción y satisface la demanda ante ese vacío. Parece que la Ley de la oferta y la demanda está aquí en juego en su forma más primitiva: la empresa productora debería producir cosas que satisficieran una demanda previa que se supone que promueve y justifica la producción de las cosas demandadas.
Bajo el Régimen que hoy padecemos habréis oído cuentos como ésos, que se refieren a una especie de Economía que a lo mejor para los abuelos o tatarabuelos seguramente tenía algún sentido, pero, ahora, cuando oímos decir esas cosas seguramente os suena como que os están contando un cuento, cuando os hablan de ese juego de la oferta y la demanda. Eso es desde luego algo pasado de moda: en el Régimen que padecemos las cosas, desde luego, no juegan así. El gran proceso, el que ha llevado a esta forma de Régimen que hoy sufrimos, consiste en que eso se ha convertido en una producción de cosas inútiles. En su progreso, la Empresa ha venido a convertirse en una productora de cosas sencillamente vendibles. Cosas vendibles quiere decir cosas que, según un cálculo de previsión que se considera sensato, van a poderse vender en cantidad suficiente para compensar los esfuerzos y gastos de la producción. Evidentemente «vendibles» introduce la posibilidad y el futuro: las que, según un cálculo prudente y acomodado a la realidad, van a poderse vender de manera suficientemente amplia y fácil como para justificar el esfuerzo de la producción.
Qué es venderse, qué es vender, es una cosa que todo el mundo sabe: cosas vendibles son las convertibles en Dinero; y por otra parte, toda cosa convertible en Dinero se va a producir, va a encontrar su Empresa. Ésta es la Ley del Mercado en la situación actual. El hecho de que hayamos venido a esta situación económica tiene múltiples consecuencias.
Esta trasformación o paso de la producción de cosas que valen para algo a la producción de cosas vendibles arrastra consigo a su vez la creación de otra empresa que todos conocéis muy bien: es la Empresa que se encarga de sostener y realizar ese proceso, la Empresa de fabricación de necesidades.
Es una empresa fundamental: evidentemente, hacer pasar a las cosas de útiles a vendibles, convertibles en dinero, implica que el juego de oferta y demanda se ha vuelto del revés. Ésta es la condición para ese paso. Si nos contentáramos con las necesidades que se suelen llamar primitivas o verdaderas, entonces no habría ni progreso de la Empresa, ni padeceríamos bajo el Régimen que padecemos. Ésta, la que cubre necesidades primitivas, es una empresa que hoy se mira con sumo desprecio, porque una empresa de este tipo, que produce cosas útiles, es hasta una empresa agrícola; hasta el señor que produce patatas en su campo es una empresa en este sentido primitivo, pero eso no es una empresa seria. Incluso, no ya la empresa agrícola o sector primario, que es el más despreciable de todos bajo el Régimen, sino el sector secundario, la industria, la producción de cosas, si se atiene a esto, si no vuelve del revés la ley de la oferta y la demanda, pues tampoco es digna de figurar en el Régimen progresado. Incluso esa industria, que puede tener un derivado muy interesante, que son las máquinas productoras de máquinas, mientras se mantenga en eso nada más, tampoco tiene nada que hacer. Es preciso llegar al sector terciario, que es precisamente el de empresas de ese tipo, empresas dedicadas a volver del revés la Ley de la oferta y la demanda.
Esto se suele llamar Servicios (ya con mayúscula), que son servicios directamente ligados con el Dinero, servicios al Dinero, a ese Dios, sin andarse con cosas primitivas como la agricultura o ni siquiera la industria tradicional. Este proceso ha hecho pues pasar a la noción de «trabajo» por todas estas etapas. Mirad cómo cualquier empresario, alto o mediano, mira hoy desde lo alto al pobre labrador que todavía se afana en pretender que él está haciendo algo que vale cuando produce y lanza al mercado algunas patatas o algunas coles o cualquier otra cosa, cómo desde lo alto dice: «Eso no es nada». Lo mismo ocurre con los pocos obreros que quedan en el Estado del Bienestar, que la mayor parte, como sabéis, son mano de obra traída de fuera, porque, ¿cómo van a quedarse los ciudadanos del Bienestar en el sector secundario, en la producción con máquinas, cosiendo, forjando herramientas, o incluso en la producción de máquinas que producen máquinas? Aunque, por supuesto, cuanto más complicada es esa producción, más digna se vuelve para el Estado del Bienestar.


Hay que aspirar a caer en el sector terciario: hacer un trabajo que no produce nada. Fijáos que hacer un trabajo que no produce nada es una cosa interesante por los dos lados: primero, porque no produce nada, y luego porque sigue siendo trabajo. Si no cumple las dos funciones, no sirve: porque, evidentemente, tirarse a la bartola o dar saltos por la pradera tampoco produce nada, pero eso no sirve, porque eso no es trabajo. Tiene que seguir siendo un trabajo para nada, un trabajo que gire en el vacío, pero que siga siendo trabajo de todas maneras y un trabajo dedicado precisamente a eso, a proseguir esa inversión de la ley de la oferta y demanda que consiste en empresas de producción de necesidades. Para que a la gente se le haga creer que necesita todo lo que se le vende bajo el nombre de cosas en el Estado del Bienestar, hace falta un trabajo.
La gente no nace tonta del todo, aunque en una buena parte sí; y por tanto hay un trabajo que es el trabajo de convencerla de qué necesita. Imaginaos convencerla de que necesita estar viendo la televisión todas las noches (cosa que en tiempo de vuestros abuelos nadie había pedido ni se les había ocurrido): eso requiere una labor seria, que se llevó a cabo en los años 40 y 50, de convencimiento de que sin televisión no se vive. E imaginaos cuando os convencen de la necesidad de que tengáis un telefonillo móvil para llevaros de un lado para otro, o que estabais deseando desde el comienzo de la Historia, desde la espulsión del paraíso, que efectivamente os concedieran la gracia de tener una autopista. No os habíais dado cuenta, pero para eso están los técnicos de producción de necesidades, para que os deis cuenta de que desde el comienzo de la Historia estabais deseando disponer de una Red Informática Universal para que vuestras transacciones y vuestras ideas se trasladen de una punta a otra del globo con la rapidez que la electricidad proporciona. Simplemente tienen que convenceros con esa creación de necesidades, o de deseos, que son deseos falsos igual que las necesidades. Ésa es la gran industria que implica la inversión que hemos visto: no es ya ninguna demanda verdadera la que rige la producción, sino que, por el contrario, la producción principal está destinada a la creación de demandas que, por lo tanto, no son previas, sino posteriores a la oferta, que están justamente sosteniendo la oferta y haciendo funcionar esa industria.
Llegados a este punto, el último paso ya es muy fácil: las cosas vendibles en dinero han sustituido a las cosas útiles. La duda de si una cosa sirve para algo puede presentarse de vez en cuando, pero ¿quién se pregunta ya para qué sirven esos chismes una vez que están ahí? Han nacido para venderse. La única función para la que han venido a este mundo es la de la compraventa. Si después hay un señor o alguna señora que se cree que son muy útiles, bendito sea, porque es quien está sosteniendo el negocio. Sin ilusión, por lo menos mayoritaria, la cosa no marcharía.
La última forma de Empresa, la representada por la Banca entre los servicios, es ya una mera ratificación: una vez que lo que se produce son cosas que son dinero, ¿por qué no se va a producir directamente dinero? De manera que hay empresas directamente productoras de dinero, lo que no hace más que presentar de la manera más desnuda el tipo de empresa que está mandado. No es que pueda ser del todo la única Empresa: eso casi nos colocaría en una situación apocalíptica; pero evidentemente el Régimen que padecemos se acerca a ello. Por todas las ciudades del Bienestar continuamente vemos cómo otras empresas, incluso las de servicios, caen bajo la garra de la Banca. Veis cafeterías, tiendas de esto o de lo otro más o menos viejas, convertidas en sucursales de Banca, de manera que la tendencia está clara: entre las muchas empresas productoras de cosas que son Dinero tiene que ocupar una posición preeminente la empresa productora directamente de Dinero. Cuando todas las cafeterías del mundo, y todas las ferreterías y todas las tiendas de modas se hubieran convertido en Bancos, esto nos colocaría en una situación tan apocalíptica que parecería deseable, porque se habría desnudado entonces del todo el tinglado: ¡Todo son Bancos! Se ha declarado con una franqueza inconveniente que todas las cosas que se vendían en las tiendas eran Dinero, y que eran formas de Banca y, por tanto, no habría más producción que la de Dinero, producción que consiste en el puro movimiento del Capital. Pero todo esto es en el ideal, más o menos apocalíptico. También es cierto, y esto es un respiro del pueblo desde abajo, que eso jamás puede cumplirse del todo. Eso funciona en el ideal de los que efectivamente quieren convertir todo trabajo en servicios al Dinero, en el ideal de los que están seguros de que pueden indefinidamente producir necesidades para seguir vendiendo más y más sin tener en cuenta para nada lo que a la gente le sirva, y que todas las producciones vengan a ser producciones de tipo bancario. En el ideal está, pero está por debajo del ideal lo que nos quede de vivo, de gente que no acaba de vivir sólo de ilusiones, a la que de vez en cuando a lo mejor se le ocurre que podría saborear algún fruto, ver alguna nube que no estuviera en el Mercado. Hay cosas que no son cosas, en el sentido de cosas reducibles a Dinero. Hay algo que no es Dinero, hay siempre algo que no se puede comprar con Dinero. El intento del Régimen es, por supuesto, que no quede nada; pero ese intento es tan solo un ideal. Siempre queda algo que no se deja convertir en Dinero. Siempre quedan cosas a las que todavía el Mercado y la Banca no han echado la zarpa.
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Este texto comprende, algo resumidas, las trascripciones, realizadas por Roberto García Tomé, de dos intervenciones orales de Agustín Carda Calvo: la primera en el Ateneo de Vic, la segunda en la Facultad de Sociología de la Universidad de Santiago. Las dos conferencias se celebraron durante el curso 1998-99.

02 octubre, 2016

CREACIÓN – Agustín García Calvo


Oigo, por la radio que tienen puesta mientras desayuno, un debate acerca de las series televisivas de más éxito, medido en los millones de televidentes de cada cual: locutora y espertos, con cierto humor, pero en serio, hablan de méritos y errores de unos u otros productos siempre en vista a lo que hayan logrado o puedan ganarse de atención y consumo de más número y clases de televidentes, ya que esos productos ahí están, son parte importante de la realidad, y no viene a cuento sacar a las ondas la cuestión de que estén o tengan que estar ahí. Apenas si una de los entendidos (se la ha traído al debate justamente para que también esa opinión figure al menos por una voz) declara que a ella las series televisivas le disgustan todas; claro que enseguida declara que los medios (la televisión) no son más que medios y la cosa depende de lo que se ponga en ellos: que ella lo que quiere es otra televisión en que puedan entrar guiones libremente creados y no sometidos a las condiciones que se imponen a ésos que se producen.

¿Qué les parece de esto a mis lectores, si los hay? ¿No les zumba, en lo más sensato y sensible que les quede, que los fines están ya en los medios?, ¿que no hay, en realidad, otra televisión que la que hay? Veamos lo que dice esa mujer, todavía medio viva, de que la cosa depende de lo que ponga en los medios alguien, creador y guionista de la película y la serie, y preguntemos quién, quién es ese alguien.

Imaginen conmigo al presunto creador del argumento, personas y trucos técnicos de la futura serie: ¿lo imaginan desnudo? No, ¡qué tontería!: él tiene, en la mesa, al pie del ordenador o ya incorporado en su registro propio, un montón de informaciones que la productora le ha suministrado acerca de cuáles son las series que en EEUU han tenido más éxito, cuáles los gustos, bien contabilizados, de las mayorías (insinuando, sin decirlo, el grado de imbecilidad que la mayoría exige) a las que el producto ha de conquistar, qué es lo que esperan o lo que puede causarles un suspense o sorpresa debidamente controlados... y sobre eso se pone a crear su nuevo producto...¿quién? ¿Siguen creyendo en la inventiva, el libre genio y la creatividad de la persona? No me hagan reír ustedes: el hombre (o mujer) tramará y escribirá ninguna otra cosa que la que está mandada para que la productora apruebe y el producto tenga probabilidades en el mercado televisivo.

En suma, el que lo dicte y lo escriba será el dinero mismo, y el creador no más que un sirviente, que tanto más acertará cuanto más bien educado y obediente sea.

Es verdad que decirle NO al dinero es algo muy difícil y costoso para cualquiera. Pero que se sepa que, si no se le dice, es el dinero el que inventa los argumentos, guiones, personajes y trucos de las series de éxito millonario y con futuro: que, al fin, es el dinero el solo creador.

26 febrero, 2016

"Tiempo vacío no hay más que uno: eso a lo que llamamos Futuro" - Agustín Gª Calvo


Fragmento extraído de Enseñar a no saber, charla de Agustín Gª Calvo en la UNED 26/3/99
Texto completo à (pdf)

“Ya se sabe que no se derriba el régimen de un soplo, pero mientras tanto cabe acá abajo corroer la fe en las mentiras que lo sostienen y dejarlo que se hunda. ¡Salud y a ello!” A G C
La realidad es primariamente futura, como el Dinero lo es. No hay en verdad más dinero que el futuro. Como se demuestra cuando el dinero es dinero considerable y de verdad: el de la Banca, el de las Bolsas, el de los tráficos por la red informática universal. No hay más dinero que el futuro, o en otras palabras, la verdadera moneda del dinero es el tiempo vacío, y tiempo vacío no hay más que uno: eso a lo que llamamos Futuro. Porque las otras formas del tiempo, torpes, embrolladas, están siempre llenas o de acontecimientos, o de recuerdos inoportunos, o de sentimientos, de cualquier cosa, pero el futuro está limpio. El futuro es el puro tiempo, y es por eso en el Futuro en el que se asienta la Realidad, y con el que el dinero, realidad de las realidades, opera como su moneda propia.
De manera que es así como la realidad necesitada de fe es esencialmente futura, y ahora ya entendéis mejor la igualación entre saber y fe. Respecto al futuro, lo que se sabe es lo que se cree, lo que se cree es lo que se sabe. No hay ninguna otra manera de saber. Basta sólo a partir de ahí, de lo que está bien claro con respecto al futuro, el tiempo vacío, para entender que todo el resto de lo que se nos vende como tiempo, aunque se llame también Pasado, Historia, cualquier tiempo real, es decir, medible y contable, el tiempo de los relojes y los calendarios tiene esa misma condición que aparece clara en el tiempo futuro. Tiene esa condición de ser un tiempo vacío, en el que de verdad no pasa nada ni ha pasado nada. Eso con respecto a las cosas que se llaman pasado y al saber del pasado que figura como Historia, es bastante fácil de hacer: basta con arrasar todo lo que pueda haber de recuerdo vivo en nosotros, y reducirlo al calendario, a las fechas, a la Historia precisamente, entonces ya tenemos un tiempo perfectamente muerto y por tanto tan manejable como el propio tiempo futuro. Lo que nos está pasando ahora mismo, esta tarde aquí según os estoy hablando, parece que es cosa de otro jaez. Se intenta que no haya nada de eso, que ahora mismo no esté pasando nada, que esto ya, aparte de ser una cosa que tiene su justificación en el futuro, por lo pronto en lo que los piensen que iba a ser y que va a ser todo este ciclo de conferencias y para lo que va a servir, aparte de eso puede estar ya convertido en algo que ha pasado: aquí estuvo Fulano de Tal, Don Agustín, por ejemplo, y nos estuvo soltando unas ideas que él tenía acerca del saber, del creer, de la realidad, del tiempo, o sea, haciendo conmigo eso que os he presentado ahí, de manera que convirtiéndolo en un saber histórico, por tanto plenamente real, y en el que ya no se puede hacer nada que no sea lo que ya está hecho. De la manera más clara el órgano rey de los Medios de Formación de Masas, la televisión, os lo está haciendo todos los días: procura que en el mismo momento todo se convierta en Historia, que por el sólo milagro de aparecer en la pequeña pantalla aquello ya no esté pasando sino que haya pasado, que sea una historia, que esté muerto. Ese es el sentido que tienen los noticieros de televisión a la cabeza y los de los demás Medios de Formación de Masas: convertir en Historia todo. Todo esto por entrar un momento en política, que para mí no se puede separar de la lógica para nada, del pensamiento, todo esto se entiende bastante bien si uno recuerda que la función de poder, de cualquier forma de poder, es la administración de muerte. Que el futuro es algo que está fundado en que desde niño, contra lo que me quedaba de vivo y de niño, me han convencido de que me voy a morir mañana. Y estoy constituido por una muerte siempre futura. No hay otra: muerte de verdad, la mía, no hay otra: la siempre futura. Y entonces comprendéis que desde esa raíz es donde el futuro mismo arranca, y si es verdad que la realidad es primariamente futura, como he tratado de mostraros, pues en eso está fundada la realidad y el Poder administra la muerte.

Eso es lo que hace la Banca con la realidad de las realidades. Es lo que hace el Estado. Es lo que hace cualquier forma de poder. Es lo que hace cada uno consigo mismo y contra sí mismo: administrar su muerte. Admitir el cambiazo que le han metido. En lugar de alguna vida que se podía vivir, en la que podía pasar algo, pensar algo, descubrir algo, en lugar de eso tiempo, cumpleaños, oposición, matrimonio, jubilación, hijos: tiempo vacío. En eso consiste la administración de muerte. De manera que, naturalmente, el súbdito que ha admitido eso suficientemente, que se lo ha tragado lo bastante, es ya un súbdito que cree en la realidad como está mandado, que no le van a entrar ya grandes dudas acerca de que la realidad sea todo lo que hay, y que se va a olvidar en cuanto salga de aquí de cualquier cosa de las que estáis oyendo y que pudiera crearle problemas respecto a esa constitución de la Realidad que implica su propia constitución personal en cuanto ente real. El poder, terminando con este paréntesis político, necesita la Realidad. El Poder la fabrica y además (este es el gran aliento de lo que nos queda por debajo del Poder, de lo nos queda de verdad, de vivo, de pueblo) no deja de fabricarla, lo cual sugiere que nunca está satisfecho con la realidad ya establecida, escrita incluso en los libros y las tesis doctorales, enseñada en los planes de estudio como si ya de antemano cualquier ministro pudiera saber todo lo que tiene que saberse a lo largo de una año (porque un Plan de Estudios implica nada menos que eso: un funcionario, un ejecutivo de la Cultura al servicio del Poder sabe al empezar el año todo lo que los chicos y chicas tiene que saber a lo largo del año. Si no, no hay exámenes, ni hay por tanto Institución de Enseñanza). De manera que esta es la situación ridícula y sangrienta al mismo tiempo en la que nos encontramos. El Poder necesita realidad y por tanto se obstina en rehacerla y volverla hacer y machacar en ella todos los días, y esto es, como os sugería, un aliento para lo que queda por debajo del Poder: si estuviera de verdad ahí, si la realidad fuera algo físico, dado desde fuera, entonces qué necesidad tendrían de estarla predicando todos los días por la televisión, desde las cátedras, en los centros de enseñanza, en los libros, que más y más se publican acerca de la realidad o la física o la histórica o la económica o la política o cualquier otra forma de realidad, si lo hacen, como evidentemente lo hacen, sañudamente, constantemente y cada vez más se podría decir, es porque nunca está bien hecha del todo. Este es el aliento, no de esperanza sino de mera confianza negativa que nos asiste en aquello que nos queda por debajo del Poder. Eso, si no hubiera pruebas más directas, mostraría la falsedad de la pretensión de que la realidad está hecha. El saber, concluyendo esta parte, la constituye. El saber nunca está apartado de la propia realidad. El saber, en cuanto pretende estar establecido, se trata de referir a una realidad que está establecida. Y esto es, evidentemente, mentira, tan mentira como real. La Realidad es por tanto esencialmente falsa, según he tratado de sugeriros: aparte de ser real es falsa, y es falsa porque está sostenida por un saber, lo que es, un saber que, en los grados más altos, la Ciencia positiva representa, y ese saber es falso. Ese saber no se sostiene más que por fe, a fuerza de fe. Es lo mismo que la fe.

esculturas: Cayetano Ferrandez

22 febrero, 2016

"Si os dejáis coger por el existir estáis perdidos" - Agustín Gª Calvo

La necesidad de ser ateo - Agustín García Calvo



Cuando me han invitado los compañeros a venir aquí era bajo un título que ellos tenían puesto “La necesidad de ser ateo”. Voy a insistir en esta necesidad, pero voy sobre todo a tratar de evitar algunos de los errores que sirven para la asimilación de cualesquiera forma no solo de ateísmo, sino de protesta o de rebeldía. Voy a insistir, por lo tanto, no sólo en la necesidad de ser ateo, la necesidad de no creer, sino también en las dificultades de ser ateo; dificultades tan grandes, esas de llegar a ser ateo de verdad, que probablemente eso sea una aspiración inasequible para la Persona de uno cualquiera de nosotros. En esas dificultades tengo que insistir sobre todo camino de evitar algunas de las ilusiones que fácilmente se puede hacer uno, o una, acerca de que ha dejado de creer, de que ya no tiene Dios, cosa en cuya dificultad, o casi imposibilidad, voy a insistir mayormente. Pero desde luego antes quiero ponerme del lado de los organizadores que hablan de la necesidad de ser ateos, supongo para cualquier forma, no ya de anarquía, sino de rebeldía simplemente, de no conformidad con el régimen. No voy a insistir en ello.

Me ha venido al recuerdo, precisamente, al encontrarme en esta situación, un suceso de café de hace unos treinta años, de mis años de París, que os voy a referir ahora. Estábamos gentes de las que más o menos nos juntábamos por allí en horda, en los cafeses, más o menos gente sans faire lieu, gentes desterradas de una manera o de otra, y estando en el café entró uno de estos hombres que eran y son, cada vez más frecuentes, como predicadores no me acuerdo ya de qué secta... evangelista... testigos de Dios... o alguna otra cosa, nos da lo mismo de todas formas; y que entró haciendo allí su propaganda, en el café, y parece que los amigos empezaron a gastarle bromas o a tomárselo un poco a cachondeo hasta que el hombre acabó (perdonad que os lo diga primero en francés, que es como me acuerdo) diciéndonos: Bon, est-ce que vous ne croyez pas en Dieu, y entonces me salió decirle: Si, si, on y croit, mais...nous sommes en contre; esta es la actitud que a lo largo de treinta años todavía sigo admitiendo. Él nos decía: “entonces ¿es que no creéis en Dios?” y la respuesta era: “Sí, sí, sí que creemos, solo que estamos en contra”. Esta es la actitud. En francés se dice on y en contre, de una manera mucho más adecuada porque se emplea, como es normal, en la conversación el impersonal, el “on”, de manera que literalmente eso dice “se está en contra” y es importante recordar este impersonal, este “se”, que no es nadie, “se está en contra”, mucho mejor que “nosotros”, porque como ya os sugería, veremos más detenidamente que la aspiración de ser un “ sin Dios” de ser un “sin Fe”, es demasiado alta o demasiado honda para una persona, para un individuo, ni para un conjunto o asociación de individuos, por supuesto. Es más bien “se”, todos y cualquiera, nadie, este bendito “se”, impersonal, que se emplea en nuestra lengua, el que podría decirse que puede llegar a no creer, pero uno de nosotros, una persona más o menos bien constituida, ¡cómo puede presumir de haber llegado a librarse de Dios, de haber llegado a no creer! Eso es imposible.

Una de las formas del engaño que hace que muchos de vosotros hayáis venido aquí, tal vez, con la ilusión de que no creéis en Dios, ilusión que voy a proceder a desmontar lo más furibundamente que pueda. La ilusión está sostenida por el hecho mismo de que como debíais saber y tener comprobado por vuestra experiencia y por la experiencia de la historia que os cuentan, Dios cambia de cara precisamente para ser el mismo, para mantenerse; y entonces es destino, no solo de las personas sino también de las asociaciones, incluso de las de izquierda, incluso de las rebeldes, incluso de las anarquistas, es destino estarse fijando siempre en la cara que tenía el Señor en el estadio anterior de su progreso, y de esa manera olvidarse de la que tiene en el momento actual en que la rebeldía intentaba levantarse contra Él.


Este es el destino que hace también que muchos de vosotros, en general, os hayáis visto enredados en luchas con fantasmas de formas de poder, de formas de dominio, pasadas, más o menos recientes, que os hace recordar constantemente que ha habido cosas como dictaduras, que las hay alrededor del mundo del desarrollo, que estas formas de dictaduras, más o menos acompañadas de formas de religión, dan lugar a guerras. La Televisión del Señor, por la cuenta que le tiene os lo recuerda todos los días; os lo mete por delante de los ojos ¿para qué?: para que todavía, cegados por el miedo de la Dictadura, por el miedo de las formas de represión antiguas, por el miedo de las formas de censura pasadas de moda, no se os ocurra ni tan siquiera levantaros contra las formas de régimen que hoy inmediatamente padecemos, el Régimen de la Sociedad del Bienestar.

Este es el destino, triste, de la mayoría de las actitudes de rebeldía, y con respecto a la figura del Señor, con respecto a la figura de Dios, lo mismo y además de una manera muy clara. Es que nos lo han contado ya desde la escuela; es que nos lo cuenta ya la propia televisión si se descuida cuando saca sus peliculones para que no os olvidéis de otras formas de Realidades. ¿No se os ha contado que unas veces el Señor en los tiempos recientes, se llamaba Alá, otras Jehová, otras era el Dios cristiano o hasta católico?, ¿y que antes de eso, pues había otras formas del Señor en que a lo mejor era dos, principio del Bien y Principio del Mal o en que, a lo mejor, incluso eran muchos, pero como ya entre los antiguos romanos, configurados en forma de estamento divino bien establecido como corresponde a quién intenta imponer el mismo orden en el mundo que le cae debajo; ¿no os han contado todo esto y no os dais cuenta de que las acciones, las dedicaciones, de ese Dios, en sus diferentes formas, han sido siempre las mismas? Han sido siempre las mismas y que, por ejemplo, para ponerlo lo más relumbrante, en las guerras santas se ha hecho lo mismo en nombre de Alá, que de Jehová, que en el de Dios católico y la Cruz, y en el nombre de cualquier otro Dios que en ese momento esté rigiendo; ¿es qué podéis apreciar alguna diferencia? Ha sido siempre, la misma, la guerra; ha sido siempre, la misma, la forma de represión; ha sido siempre, la misma, la ilusión que os hace aceptar en lugar de vida un sustituto ordenado desde arriba. Siempre ha sido la misma pero siempre ha sido distinta, cambiando y cambiando a cada poco y en cada sitio y además, según el progreso de la astucia del Señor, cambiando cada vez más deprisa para que no haya tiempo casi siquiera a darse cuenta de cuál es el último cambiazo que el señor ha hecho de su cara y de su nombre para seguirnos engañando.


De manera que esa es una de las raíces de la ilusión. Hoy, por supuesto, padecemos, como siempre, pero además como nunca, puesto que del Régimen del Bienestar estamos en la culminación de la Historia –esta es la única época en verdad, y todas las demás no son más que imaginerías, librescas, televisivas, que pertenecen también a esta época– estamos padeciendo a Dios de la manera más extremada, más astuta, y, por tanto, más difícil de luchar contra ella. Padecemos un Dios que, como siempre, es como los teólogos medievales decían, ‘el que existe’, ‘el que existe’. El verbo ‘existir’ se inventó, ya veis, no hace tantos siglos, se inventó hace unos once o doce siglos, en las escuelas del Viejo Dios, en las escuelas de Teología, se inventó precisamente para Dios, no para otra cosa. Hacía falta un verbo que tuviera la bastante potencia de engaño para sostener el imperio del Señor que entonces hacía falta. Se inventó un verbo que, de una manera típicamente ambigua, quisiera decir ser el que se es, ser según lo que es; y por otro lado quisiera decir que lo había de eso, que estaba aquí presente. Las lenguas corrientes, la lengua de verdad, la lengua del pueblo que no es nadie, la lengua verdadera no conoce tal cosa, como ese trampantojo del existir. En lenguaje corriente se dice hay: hay agua, hay pan, o no hay agua, no hay pan. Cuando el ateísmo toma una voz relativamente popular, jamás se le ocurrirá la estupidez de decir: Dios no existe. Una estupidez que va contra el hecho mismo de que Dios es precisamente el que existe. El pueblo desde abajo lo más que hará será aventar, como tantas veces ha aventado: ¡no hay Dios! ¡no hay Dios!, empleando el lenguaje corriente, el lenguaje verdadero; pero si os dejáis coger por el existir estáis perdidos porque el verbo se inventó precisamente para Dios y para sostener el Poder de Dios; el verbo por desgracia –esa es nuestra desgracia– aunque partía de las escuelas y de la Teología, en todas las lenguas de Europa se ha generalizado mucho, se ha hecho, no diré tanto como popular, pero usual; se oye a cada paso, especialmente por labios de gente más o menos pedante, como en el caso extremo de aquel locutor al que una vez oí decir: “Mañana existirán algunos nublados...”.

No es corriente, pero en casos extremos se pueden llegar a oír cosas semejantes y los niños pueden llegar a preguntar graciosamente a sus padres si los ogros existen, si las hadas existen, de manera que el verbo, por desgracia, ha penetrado bastante, y según el verbo ha ido penetrando así ha ido penetrando la capacidad de engaño. Decir que “existe” es no decir nada, pero esa es la virtud precisamente de ese verbo, porque cuando se dice: “hay Dios” o “no hay Dios”, Dios está en el decirlo, pero cuando se dice “Dios existe” o “Dios no existe”, Dios se queda fuera y parece que con el verbo se está diciendo de él algo, como si se dijera: “es alto, es bajo, tiene barbas, es viejo, es joven”, no se dice nada. Cuando se dice “Dios existe”, no se dice nada, porque Dios ha quedado ya puesto en la primera parte de la frase y la segunda es un vacío que se añade, pero este vacío, este es el poderoso, este es el confirmador, este es el que da la impresión de que eso de decir “existe” o “no existe” es decir algo, precisamente cuando no se está diciendo nada.

Esto os da una idea del poder de Dios y de la forma y los mecanismos que la ilusión ha impuesto en nosotros y que hace que muchos hayáis llegado a creeros que no creéis en Dios. Una tontería de la que sigo desanimándoos: desde que eso del existir se empezó a extender todo aquello de lo que se dice como de Dios, “Dios existe”, todo aquello de lo que se dice también, como p. ej. “la Patria existe, el amor existe, la familia existe”, todo eso es Dios, son sustitutos y apariciones de Dios. Han aceptado el truco del existir y con él se está aceptado todo. Existir es justamente el verbo de la Realidad, de la Realidad, por supuesto, falsa, porque no hay más Realidad que la falsa. La Realidad es necesariamente falsa. Por eso también los teólogos habían llegado a decir de Dios que era el Ens realissimum, es decir, el ser más real de todos los seres. Esa es la definición exacta de Dios: el Existente. ¿Cómo Dios no va a existir si no tiene otra cosa que hacer? Dios existe, por supuesto, y cualquier intento de negarlo aceptando el verbo existir o aceptando la Realidad, es vano; está condenado a la asimilación desde antes de pronunciarse la palabra del supuesto descreimiento. Todo aquello que existe, que es real, que pertenece a esta Realidad falsa, todo es Dios; todo no es más que apariciones de Dios. Entonces ¿cómo vais a creer que no creéis si estáis metidos en eso todos los días y aparentemente por necesidad? ¿Creéis en la Realidad o no? Si acaso os entra alguna duda, cuando sois niños ya el ceño o el puntapié del padre os habrá hecho volver al buen camino diciendo: “la Realidad es la Realidad, muchacho, y se acabó”. La Realidad es la Realidad; ese padre con su ceño, su puntapié, sin darse cuenta estaba predicando a Dios, estaba predicando la existencia de Dios, simplemente.

Porque la Realidad es Dios: la Realidad es falsa, pero es Dios, como Dios es falso necesariamente, como su verbo existir es una falsedad, pero la Realidad es la Realidad y es falsa. ¿Qué os estoy diciendo? Que no se puede tampoco respetar el verbo creer, ni siquiera poniéndole la negación. También lo de “creer en...” se inventó para Dios; quedó consagrado en el Credo de Nicea: “Credo in unum Deum...”. Esas cosas en latín no se habían dicho hasta entonces, pero desde entonces se establecieron y quedaron dichas: creer en,... El verbo creer era “confiar”, hasta, significativamente, “dar a crédito”, eso era “credere”, pero, esta maravilla de “creer en...” eso se inventó precisamente con el Credo y se inventó para Dios, de manera que “creer en...”, empleado de esa manera, es también algo teológico, y cada vez que lo empleáis estáis cayendo en las redes de la Teología del Señor, cada vez que decís: creo en esto... creo en lo otro. No cuando decís: “Hombre, confío en que no seas tan cabrón...” esa confianza... bueno, no va muy allá. Pero si ya decimos: “creo en ti o creo en esto, creo en lo otro” estáis diciendo: “Creo en Dios”, de una manera indirecta, pero estáis diciendo “Creo en Dios”, de manera que lo que hay que atacar es precisamente lo que a Dios sostiene. Lo que a Dios sostiene es la Fe. La Fe que está representada por esto de “creer en...”, de manera que si alguno de vosotros cree que ha cambiado la Fe de sitio y que en vez de creer en el Viejo Dios, católico por ejemplo, puede creer en otra cosa –puede creer incluso hasta en la CNT– ése no está haciendo más que renovar el Poder de Dios, es decir, está justamente sirviendo a esta falsificación del Señor. No se puede creer en nada. “Creer en” quiere decir “creer en Dios”. La Fe es lo que lo sostiene.


En el Régimen del Bienestar, donde Dios ha alcanzado –por ahora, y es lo único que sabemos– su cota más alta de poder y de Realidad, y de capacidad de engaño, la cara predilecta y principal de Dios es, por supuesto, el dinero. El dinero, podría decirse de él lo mismo que los teólogos de Dios: “Ens realissimum” es el más real de todos los seres, es la Realidad de las Realidades. Cualesquiera otras cosas, si siguen existiendo y siendo reales en nuestro mundo es porque se pueden cambiar por dinero; si no, no. Si no, dejan inmediatamente de ser reales, se derrumban. Hay, por tanto, una gradación; hay cosas que no entran mucho, apenas, en el mercado: un sueño que se me está olvidando según me despierto... unas hierbecillas que pisoteo en el parque según cruzo para la oficina... Sí, son cositas que evidentemente las hay, pero como para el mercado no juegan mucho, pues...existen muy poco, así hay que decirlo, existen muy poco, no hay que darles importancia, pero las cosas más importantes, no solo las mercancías del mercado y el hipermercado, sino cualesquiera otra cosa que no se presente tanto como mercancía: un puesto que se gana por oposición, un amor que se asegura en forma de contrato más o menos matrimonial... esas cosas son cambiables por dinero, por mucho dinero, por eso son reales, porque son compatibles con el dinero y juegan con él y tienen su Realidad.

Fijaos bien como Dios siempre, en su progreso, de una manera cada vez más clara, ha tenido que ser impalpable, ideal. Parece que esto tendría que ser una condición impropia para mandar, para imponer poder, pues no. El sublimarse, el hacerse ideal, el hacerse impalpable ha demostrado Dios que es, por el contrario, la condición más eficaz para imponer su dominio. Ahí lo tenéis representado en nuestro Dios principal, el dinero, perfectamente impalpable, completamente ideal, porque no lo vais a confundir con esas monedillas que os dejan en el bolso para que os toméis un café, eso no es dinero, vamos, casi no es ni dinerillo; estoy hablando de dinero de verdad, el que juega, el que cruza el globo en las pantallas del televisor que informa de las cotizaciones en los mercados de Tokio y de Brasil en este mismo momento, ese de las trece o catorce cifras para arriba; ese es impalpable, ideal, sublime como lo ha sido siempre Dios. Pero precisamente por eso imponente, por eso poderoso, por esa impalpabilidad. De manera que veis claramente como el Dinero hereda al Dios de las viejas teologías en todos sus aspectos principales, también en ése.

No me detengo apenas –es un paréntesis– en la compatibilidad de este Dios, el más avanzado de todos, Realidad de las Realidades, el dinero que todo lo mueve, el primer motor, el que da Realidad a cualesquiera cosas y sin el cual las cosas no tienen Realidad ninguna. No voy a pararme más que un breve momento en hacer notar su compatibilidad con cualesquiera otros restos de dioses pertenecientes a otros sectores de fuera del desarrollo, a otras épocas anteriores al Régimen del Bienestar. Es perfectamente compatible, se llevan muy bien todos.


¿Cómo no se van a llevar bien si son el mismo y solamente tienen una cara un poco distinta para engañar a un sector u otro de los prójimos a quién les toque? ¿Cómo en el Régimen del Bienestar no van a florecer al lado de los Templos de la Banca cualesquiera otros templos y liturgias, no ya de los restos del catolicismo en nuestro mundo, sino cualesquiera otras formas de religiones más o menos orientales, más o menos venidas de las viejas sectas protestantes progresadas, cualesquiera forma de Hare Krisna, de lamaísmo, de budismo, de cosas mucho más indignas todavía, de vudú, de magia de este tipo o del otro? ¿Cómo no van a florecer más que nunca? Al Señor le gusta que, al mismo tiempo que en su altar –el Gran Templo de la Banca– aparece su cara verdadera, su efigie primera, en los altares de alrededor, en las capillitas, pues haya muchos santos, como siempre, haya muchos santos, muchas vírgenes, para distraer al personal. Esto siempre le ha gustado mucho a Dios, de manera que, si hiciera falta alguna prueba de que en nuestro mundo Dios es principalmente el dinero, no tendríais más que ver la facilidad con la que cualquier Ejecutivo, cualquier alto ejecutivo de una empresa, cualquier Director de un consorcio de Banca, puede permitirse al mismo tiempo ser católico, lamaísta o hacerse el horóscopo o creer en cualquier otra estupidez de lo que le manden. No tendríais más que ver como los periódicos mismos, al servicio por supuesto del Señor, de una manera mucho más fiel de lo que estuvieron jamás los libros de la Iglesia al Viejo Dios, como los periódicos tienen sus páginas dedicadas a las supersticiones de toda laya, con todos los colores, como tienen unas páginas de horóscopos con toda seriedad, para que cualesquiera de los creyentes en el Dios verdadero, en el dinero, al mismo tiempo puedan creer en las Estrellas de los Babilonios o en cualquier otra antigualla que les quieran meter bajo el nombre de Astrología. La compatibilidad es total, pero esta compatibilidad es prueba de que se trata de lo mismo, de manera que a los de vosotros que hayan llegado a creer que no creían, lo más que les puedo conceder es que hayan llegado a no creer en el Dios católico, en el Dios de Lama, del Tíbet, en el Dios de Buda, que a lo mejor no crean en los horóscopos ni en la Astrología ni en otras supersticiones, pero vamos, que hayan dejado de creer en Dios, para nada. Para nada porque eso implicaría que el propio verbo creer en había desaparecido.

En efecto, a Dios, un ente sublime impalpable, falso, poderoso, tan poderoso como falso, solo lo puede sostener la Fe. Vedlo con el dinero. ¿Qué sería del dinero si muchos de vosotros, incluso hasta sobrepasar la mayoría democrática, dejaran de creer en Él? ¿Os lo imagináis por un momento? Que dejaran de creer que de verdad el dinero es una Realidad y que es además la Realidad de las Realidades por la cual se pueden adquirir todas las demás y que el dinero, por lo tanto, es la condición primera de la vida y todo lo que hay que creer acerca del dinero. ¿Qué sería del dinero sin todos los mercados, la Red Informática Universal? Se derrumbaría en un momento porque solo está sostenido por la Fe, como siempre lo ha estado Dios.

En ese sentido os digo que no hay manera de no creer en Dios. Cabe tal vez, por las buenas, perder la Fe, dejar de creer, no creer en nada; y no creer en nada real, porque la creencia está para lo real. Otras cosas que haya que no sean reales, en esas no hace falta creer. Esas actúan; actúan por lo bajo. Dejar de creer en cualesquiera formas de Realidad es una aspiración que ninguno de vosotros va a alcanzar nunca del todo. Cada día, después de haber descreído de algunas formas de Realidad, se despertará teniendo que volver a creer en otras; e incluso si, por ejemplo, en esta sala la Fe, gracias a mí y a quién vosotros habléis ahora, saliera un tanto deteriorada, seguro que esta noche misma al tomar unas copas o, en todo caso, mañana al levantaros ya estaríais intentando rehacer vuestra Fe cambiándola ligeramente de sitio, para que, precisamente de esa manera, pudiera subsistir.

Os voy a explicar ahora por qué esto es así. Es que uno mismo es también una Realidad, como Dios, como el Dinero. Uno es una Realidad y entonces, si uno deja de creer en Dios deja de creer en sí mismo. Si uno deja de creer en la Realidad, deja de creer en sí mismo, su propio yo. Como dicen los filósofos y los psicoanalistas domesticados, el yo comienza inmediatamente a deshacerse; estaba precisamente solo sostenido por la Fe, igual que la Realidad entera.


¡Fe en ti mismo! ¡Fe en mí mismo! ¡Fe en sí mismo! Ése es el mandato que hoy como nunca impone el Régimen del Bienestar; nada más tenéis que asomar el ojo o el oído a cualquier Escuela de Marketing o de Ciencias Empresariales o de cualquiera de las porquerías con las que hacen ocuparse a la gente joven hoy día, no tenéis más que asomaros y oír cuál es el primer Mandamiento: Hay que creer... en la Empresa, por supuesto, hay que tener Fe en la Empresa, y si se trata de un puesto oficial pues hay que tener Fe en el Ministerio o en los planes del Ministerio pero, sobre todo, cree en Ti Mismo, ten Fe en ti mismo; esa es la escuela de cualquier Ejecutivo de Dios en nuestro mundo. Cualquier Ejecutivo de Dios, en ciernes o en formación, tiene que aprender eso antes que nada: creer en sí mismo. Cómo no va a ser así, es totalmente lógico. Uno en lo real, es decir, en cuanto siendo Fulano de Tal, que vive en tal sitio, que está casado con Fulana, que nació en tal año, que está colocado en tal sitio, en fin, el que dice el DNI, uno en cuanto ente real forma parte de la Humanidad, por tanto dejar de creer en la Realidad, dejar de creer implica dejar de creer en sí mismo; y eso, ni que decir tiene, que para uno mismo es duro. Eso es lo que a uno le obliga a seguir creyendo y, si uno cree en sí mismo, ya está creyendo en Dios, ya está creyendo en el Dinero, ya está creyendo en la Empresa, en el Ministerio y en la Realidad entera. Esto es claro, es demasiado claro tal vez, lo uno va con lo otro.

Os he dicho: es difícil, es duro ser ateo en general, dejar de creer en sí mismo en este momento, pero esto es poco. Para uno mismo es propiamente imposible. Esto es lo que debe quedar bien claro. Uno mismo, igual que el propio Dios, está sostenido y constituido por la Fe en sí mismo. La Fe en sí mismo es una Fe que uno tiene en sí mismo y, por supuesto, que se alimenta también de la Fe que los prójimos tengan en él, por eso uno está constantemente apelando a la Fe del cónyuge, de los padres, de los hijos, de quién sea de sus alrededores, de creer en él, porque esa es la manera de que uno también pueda seguir creyendo en sí mismo. Uno está sostenido por la Fe en sí mismo, por tanto para uno en cuanto es real, en cuanto Fulano de Tal, en cuanto el que dice el Documento de Identidad, es imposible del todo dejar de creer en sí mismo, ser ateo; eso implicaría, amenazaría, con ser su propia disolución. De manera que esto no tiene remedio alguno para uno mismo; no tiene remedio alguno para uno mismo. Sería como si uno tratara de levantarse contra la Realidad y seguir respetando la Realidad y la Fe en la Realidad. Sería como si uno mismo tratara de levantarse contra Dios pero dejando que le metieran otro Dios de sustituto para que siguiera creyendo lo mismo. Eso les vale. Lo que pasa es que la Realidad, aparte de ser real, es falsa. Por eso no os dais cuenta, os lo he dicho, por eso hay que creer en ella, por eso el Dinero por ejemplo solo se sostiene por el crédito, por la Fe, que se le presta.

La Realidad es todo lo real que quiera. Dios es todo lo real que él quiera. Existe como nadie; iba a decir, existe como Dios, que sería lo que correspondía decir exactamente, pero es falso. Al mismo tiempo es existente real y falso. Esto es lo que conviene sentir ahora porque esto es el único aliento, la única fuente, la única alegría que a la Rebeldía le permite vivir, que permite vivir al ‘no al Señor’, al ‘no a la Realidad’, al ‘no a Sí Mismo’. NO, que es la palabra que es el corazón de todas las palabras del lenguaje corriente, NO. De esta forma que hasta la Biblia misma no puede menos de poner en boca de Luzbel: “NO serviré, NO seré esclavo”, en su primera imagen de rebelión contra Jehová, contra aquella forma de Dios. Este ‘no’ popular, corazón del lenguaje popular, éste solo vive, solo puede decir no a Dios, a la Realidad, a uno mismo, gracias a que la Realidad es evidentemente falsa, está montada sobre la contradicción, es una cosa ideal, impalpable, pero que sí tiene un poder como cosa, como la más poderosa de las cosas. Y sin embargo, nunca acaba de conseguirlo, nunca está cerrada del todo la Realidad, nunca la existencia llega a ser perfecta. Este es el aliento, esta es la alegría de cualquier... (inaudible)... Si no tuviéramos, si no se nos hiciera palpable que la Realidad, que Dios, nunca está bien hecho del todo, ni siquiera tendría sentido que estuviéramos aquí esta tarde intentando decir no.

Con la evidencia de que la Realidad es falsa, de que está mal hecha, de que nunca acaba de estar bien hecha, esa nos asalta benditamente a cada paso, por todas partes. Si hiciera falta alguna prueba no habría más que ver lo que hacen los Ejecutivos del señor, los ministros de la principal religión de nuestro mundo, p. ej. los ejecutivos de la televisión del Señor. ¿Qué es lo que hacen? Pues tratarnos todos los días de convencer de que la Realidad es la Realidad, es decir, esa que aparece en la pequeña pantalla.


Esa es una de las formas de predicación pero no la única. Por todas partes, los padres a sus hijos, los jefes a sus empleados, les están instruyendo de cuál es la Realidad, de que la Realidad es la Realidad. Es decir, les están predicando aunque parezca que no les predican; les están tratando de convencer, están tratándoles de hacerles creer en la Realidad, en que la Realidad es la Realidad y que no hay más que la Realidad, que p. ej. el dinero es la Realidad suprema y que no hay más que esa Realidad que está representada en el dinero. Pues bien, si la Realidad estuviera cerrada, si Dios fuera perfecto, por qué no podría quedarse tranquilo, por qué tendría que seguir predicando, por qué tendría que seguir intentando todos los días convenceros de su propia Realidad, de que la Realidad es real, tratando de haceros volver a la Fe que le es necesaria para su sustento. Esto es un consuelo para la rebelión. Es un consuelo para el NO… [no se entiende bien en la cinta]… acciones, no de él, qué puede hacer más que ir a la oficina. Para eso es un ente real. No de él, sino de ese “se” impersonal que sacaba al principio como lema de todo este sermón, ese “se” impersonal. A través de uno se hacen cosas, precisamente las que uno no hace. ¿Eso qué quiere decir? Que uno está siempre mal hecho. Es posible que un niño, antes de que sus padres y el régimen lo convenza, esté especialmente mal hecho y sea capaz de sentir y de razonar. Es posible que una mujer, perteneciendo como pertenece desde el comienzo de la Historia al sexo sometido y por tanto teniendo buenas razones para ser más pueblo, más “sometido”, que es lo que quiere decir “pueblo”, sea más capaz de sentir y de razonar la mentira de la Realidad. Pero incluso hasta nosotros, los señores adultos, tampoco acabamos nunca de estar hechos del todo, siempre nos quedan resquicios, resquebrajaduras, y es por ahí por donde sopla el aliento del pueblo, el aliento de la Realidad. Es gracias a que la Realidad es falsa y gracias por tanto a que yo mismo soy falso, en mi propia constitución, es solo gracias a eso como puede darse este milagro de que haya por debajo siempre algo que está diciendo “no” a Dios. No que está dejando de creer (se trata de hacer), que está haciendo “no”, diciendo “no”, que es haciendo “no” a cualquier forma de Dios que se le imponga por encima. Quede bien presente esto: nada de eso puede salir de mí mismo, y si no puede salir de mi mismo, porque yo soy un esclavo por constitución, tampoco puede salir de ninguna asociación de mí mismos. El Régimen lo sabe bien; el Régimen confía en la idiotez de las mayorías, es el gran truco de esta culminación de la Historia: la Democracia desarrollada.


El Régimen confía en que las mayorías son necesariamente idiotas y a cualquier cosa que por tanto se ponga a la venta o se ponga a la votación, va a contar para su éxito con la idiotez de las mayorías a las cuales, por supuesto, no se oponen ningunas minorías, eso sería un error, se opone el “se” impersonal que no se puede contar y que por lo tanto no puede entrar ni entre los clientes del supermercado, ni entre los votantes de las elecciones. El Régimen confía en la idiotez de las mayorías ¿por qué? Porque confía en que mayoritariamente, al menos, somos creyentes y especialmente que cada uno cree en sí mismo y que sabe qué vota, sabe qué compra, sabe qué quiere. Este es el gran engaño en que el Régimen que hoy padecemos está fundado, de manera que contra él no queda más que lo que queda fuera de la Realidad, lo que no sabemos, lo desconocido. Desconocido soy yo cuando no soy D. Agustinito García ni nada por el estilo, en la medida de que no estoy bien hecho como D. Agustín García. Yo, “yo”, que es lo más popular del mundo porque “yo” es cualquiera y en cualquier lengua del mundo, “yo”, decir “yo”, hablar y, por tanto, a veces, decir “no”, es una cosa que nunca Dios puede negarle a nadie, que nunca el poder puede acabar de negarle a nadie. “Yo” es cualquiera, “yo” no es nadie, “yo” es lo mismo que ese “se” impersonal.

Está claro que estoy fuera de la Realidad. “Yo” no muero. Cada individuo, cada persona, está constituida por su muerte siempre futura, porque la Realidad toda, es precisamente futura. Fijaos otra vez en el Dinero. No hay más dinero de verdad que el dinero futuro, el del crédito; todo lo demás son adminículos, de la Banca. Yo estoy constituido también por mi muerte siempre futura.

Esa es mi Realidad. Pero yo no muero nunca. Yo de verdad, cuando no soy ni fulano de tal, ni ninguna otra forma de Realidad, yo no muero nunca. Estoy fuera de la Realidad, y eso a lo que aludo como pueblo no es más que el nombre de ese “se” impersonal, de una comunidad que no sólo no es lo mismo que una colectividad o una solidaridad de individuos –es decir una peste declarada, puesto que siendo los individuos lo que son ya se supone lo que es la solidaridad entre individuos– lejos de ser lo mismo que eso es lo contrario: una comunidad en que todas esas nociones de asociaciones organizadas se disuelven, como se disuelve el propio yo de uno. “Pueblo” no existe, no existe, como “Yo” no existo. Gracias a eso puedo hacer algo, gracias a no existir puedo decir no a la existencia, gracias a la “no existencia”. Esa es la fuerza, ese es el aliento. La comunidad de veras, el pueblo de veras, yo de veras, la verdad misma, a diferencia de Dios, no existe, se queda fuera. Solamente se hace presente en las evidencias de falsedad de la Realidad, pero está fuera, y sólo gracias a eso puede decir –que es hacer– “NO” al Poder, “NO” al Dinero, “NO” al Individuo Personal en que la democracia se sustenta, “NO” a ninguna forma de Dios, “NO” a ninguna forma de Realidad.


FIN