20 diciembre, 2017

Este planeta es nuestro, dijeron.


Resultado de imagen de la propiedad privada

PRIVADO PROPIEDAD PECUNIA



Un buen día
Es un decir
Manuel llegó a un planeta
Pero ese planeta era de alguien
Este planeta es nuestro
Dijeron

Manuel quiso coger una fruta
Y le dijeron
Esa fruta es nuestra
Quiso agarrar un animal
Y le dijeron
Ese animal es nuestro
Quiso entrar en un edificio
Y le dijeron
Ese edificio es nuestro

Todo lo que quería hacer Manuel
Para poder vivir en ese planeta
Era prohibido
Ya que implicaba utilizar algo
Que era de alguien

Para poder participar de los alimentos
O simplemente descansar
A Manuel le pedían
Hacer cosas a cambio
Que lo tenían todo el día ocupado
Y así un día y otro día
Hasta que un buen día
Es un decir
Manuel fue completamente
Propiedad privada de ellos

Al principio todos nos llamábamos Manuel
No teníamos nada
Y teníamos todo

Nada era de nadie
Y todo era de todos

Un buen día
Es un decir
Por miedo codicia o placer
Manuel empieza a guardar cosas
A esconder cosas
A proteger cosas
A acumular cosas

Todas esas cosas
Que guarda esconde protege y acumula
Pasan a ser propiedad privada de Manuel
Desaparecen para Manuel
Y ya no estarán al alcance de Manuel

Y entonces Manuel con propiedades
Empieza a usar
A Manuel sin propiedades
Como una propiedad



Y Manuel sin propiedades
Empieza a tener algo de valor
Al empezar a tener las propiedades
Que tienen las cosas

El justo noble y sagrado
Enriquecimiento de Manuel
Ha significado el injusto innoble y sangrado
Empobrecimiento de Manuel y Manuel y Manuel

El básico normal y cotidiano
Beneficio de Manuel
Manuel lo saca
Básicamente de Manuel
Normalmente de Manuel
Cotidianamente de Manuel

Manuel ha construido
Su digna abundancia
Su noble opulencia
Y su decente bienestar
Sobre la indigna miseria
La innoble carencia
Y la indecente pobreza de Manuel

Hay quien dice
Que Manuel es el único
Depredador de Manuel
Que desde siempre ha estado
En su cadena alimenticia
Que el mundo cómodo moderno y tecnológico
En el que vive Manuel
Tiene como principal materia prima
La sangre de Manuel

Hay quien dice
Que la principal propiedad de Manuel
Es aprovecharse de Manuel
Y que esta propiedad se cumple
En todo lo que hace

Así Manuel
La familia de Manuel
La banda de Manuel
La tribu de Manuel
La secta de Manuel
La corporación de Manuel
La nación de Manuel

Al principio todos nos llamábamos Manuel
Y desde el principio
Manuel ha intentado conseguir
Más libertad más derechos más comodidad
Más seguridad más protección
En definitiva
Una buena vida
Para su dinero

Un buen día
El dinero de Manuel
Ha conseguido tanta libertad derechos comodidad
Seguridad protección y buena vida
Que tiene más libertad derechos comodidad
Seguridad protección y buena vida
Que Manuel

Hay quien dice
Que en el mundo de Manuel
El dinero de Manuel
Vive en condiciones
Mejores que las del propio Manuel

Hay quien dice
Que quien realmente manda
En el mundo de Manuel
Es el dinero de Manuel
Y que lo que fue una solución
A un antiguo problema
Es ahora el principal problema

El dinero por su lado dice
Que no tiene la culpa de nada
Que él está para servir a Manuel
Que siempre ha sido utilizado por Manuel
Que el problema lo tiene Manuel
Y el mal uso que hace de él
El mal reparto que hace de él
Y la manía que tiene Manuel
De robar acumular y esconder
El dinero de todos

Para el beneficio de nadie


Procedencia de los textos:



19 diciembre, 2017

TRANSTERRADOS Y EMIGRADOS: UNA INTERPRETACIÓN SOCIOPOLÍTICA DEL EXILIO GALLEGO DE 1936 - Xosé M. Núñez Seixas y Ruy Farías





En los últimos diez días de julio de 1936, Galicia cayó en manos de los sublevados y se convirtió en uno de los territorios donde la represión franquista mostraría su cara más cruel. Lindante con el Atlántico por el Oeste y el Norte, con el Portugal salazarista por el Sur, y sólo por un breve período de tiempo con territorio en manos leales por el Este, los partidarios gallegos del Frente Popular, fuesen republicanos, anarquistas, comunistas, socialistas, nacionalistas, agraristas de izquierda o, simplemente, personas cuyo único delito era estar afiliados a partidos y sindicatos, se vieron sometidos a una cacería sin cuartel. Galicia no era zona leal para los franquistas, y en ningún caso se trataba de una retaguardia segura para ellos. Los insurgentes tenían razones para considerarla, en buena medida, un territorio hostil: en tres provincias el Frente Popular había ganado las elecciones de febrero de 1936; los sindicatos anarquistas tenían alrededor de cuarenta mil militantes, sobre todo en las zonas costeras occidentales del país, y en provincias como la de Ourense el sindicalismo agrario de orientación comunista estaba realizando importantes avances en los meses anteriores a la Guerra Civil; el nacionalismo gallego, a través del Partido Galeguista experimentó un espectacular incremento de afiliación y de expansión social desde 1935; y partidos como Izquierda Republicana disfrutaban de una notable implantación en el medio rural gallego. Aunque no se puede negar la existencia de una activa derecha católica accidentalista, el influjo del partido calvosotelista Renovación Española en Ourense, o de unos núcleos falangistas muy minoritarios pero crecientemente activos, la extensión de los movimientos sociales de izquierda, del republicanismo y del galleguismo fue suficiente para que una parte importante de la población se convirtiese en el blanco preferente de una represión que, con desigual intensidad según las zonas, fue en conjunto una de las más atroces de la retaguardia franquista (De Juana y Prada, 2006).

16 diciembre, 2017

Las "maras", nueva forma de control social - Marcelo Colussi




NdeLH: Artículo publicado por La Haine el 21/05/2010, que reproducimos por su actualidad.
El de las pandillas es un fenómeno urbano, pero con raíces en la exclusión social, en la huida de masas rurales de la pobreza crónica y de la violencia capitalista
Para situar el problema: En algunos de los países del istmo centroamericano (Guatemala, Honduras, El Salvador, Nicaragua en menor grado) desde hace ya unos años, y en forma siempre creciente, el fenómeno de las pandillas juveniles violentas ha pasado a ser un tema de relevancia nacional. Se trata de un fenómeno urbano, pero que tiene raíces en la exclusión social del campo, en la huida desesperada de grandes masas rurales de la pobreza crónica y de la violencia de las guerras internas que estos últimos años asolaron la región.
Estas pandillas, surgidas siempre en las barriadas pobres de las ciudades cada vez más atestadas y caóticas, son habitualmente conocidas como "maras" –término derivado de las hormigas marabuntas, que terminan con todo a su paso, metáfora para explicar lo que hacen estas "mara-buntas" humanas–. Las mismas, según la representación social que se generó estos últimos años, han pasado a ser el "nuevo demonio" todopoderoso. Según el manipulado e insistente bombardeo mediático, son ellas las principales causas de inestabilidad y angustia de estas sociedades, ya de por sí fragmentadas, sufridas, siempre en crisis; es frecuente escuchar la machacona prédica que "las maras tienen de rodilla a la ciudadanía".
El problema, por cierto, es muy complejo; categorizaciones esquemáticas no sirven para abordarlo, por ser incompletas, parciales y simplificantes. Entender, y eventualmente actuar, en relación a fenómenos como éste, implica relacionar un sin número de elementos y verlos en su articulación global. Comprender a cabalidad de qué hablamos cuando nos referimos a las maras no puede desconocer que se trata de algo que surge en los países más pobres del continente, con estructuras económico-sociales de un capitalismo periférico que resiste a modernizarse, y que vienen todos ellos de terribles procesos de guerra civil cruenta en estas últimas décadas, con pérdidas inconmensurables tanto en vidas humanas como en infraestructura, los cuales hipotecan su futuro.
Las maras, de esa forma, son una expresión patéticamente violenta de sociedades ya de por sí producto de largas historias violentas, o mejor aún: violentadas, hijas de una cultura de la impunidad de siglos de arrastre, de países que se siguen manejando con criterio de Estado finquero donde las diferencias económicas son irritantes (Guatemala, por ejemplo, es el país del mundo con mayor porcentaje de avionetas particulares y vehículos Mercedes Benz de lujo per capita, mientras que más del 50 % de su población está por debajo del límite de la pobreza). Sociedades donde transcurrieron monstruosas guerras civiles en la década de los 80 del pasado siglo –guerras contrainsurgentes, expresión caliente de la Guerra Fría, y en el caso de Nicaragua, guerra a partir de la contrarrevolución antisandinista– que dieron lugar a procesos de post guerra donde no hubo ni culpables de las atrocidades vividas ni medidas de reparación para atender las secuelas derivadas de tanto dolor. Sociedades, en definitiva, estructuradas enteramente en torno a la violencia como eje definitorio de todas las relaciones: patriarcales, racistas, machistas, excluyentes; sociedades donde todavía funciona el derecho de pernada y donde la noción de "finca" (el feudo medieval) es parte de la cultura dominante (cuando alguien es llamado responde "¡mande!" en vez de "usted dirá").
Las maras empiezan a surgir para la década de los 80 del siglo pasado, aún con todas esas guerras en curso. En un primer momento fueron grupos de jóvenes de sectores urbanos pobres que se unían ante su estructural desprotección. Hoy, ya varias décadas después, son mucho más que grupos juveniles: son "la representación misma del mal, el nuevo demonio violento que asola el orden social, los responsables del malestar en Centroamérica"…, al menos según las versiones oficiales.
No cabe ninguna duda que las maras son violentas; negarlo sería absurdo. Más aún: son llamativamente violentas, a veces con grados de sadismo que sorprende. No hay que perder de vista que la juventud es un momento difícil en la vida de todos los seres humanos, nunca falto de problemas. El paso de la niñez a la adultez, en ninguna cultura y en ningún momento histórico, es tarea fácil. Pero en sí mismo, ese momento al que llamamos adolescencia no se liga por fuerza a la violencia. ¿Por qué habría de ligarse? La violencia es una posibilidad de la especie humana en cualquier cultura, en cualquier posición social, en cualquier edad. No es, en absoluto, patrimonio de los jóvenes. De todos modos, algo ha ido sucediendo en los imaginarios colectivos en estos últimos años, puesto que hoy, al menos en estos países de los que estamos hablando, ser joven –según el discurso oficial dominante– es muy fácilmente sinónimo de ser violento. Y ser joven de barriadas pobres es ya un estigma que condena: según el difundido prejuicio que circula, provenir de allí es ya equivalente de violencia. La pobreza, en vez de abordarse como problema que toca a todos, se criminaliza.
A esta visión apocalíptica de la pobreza como potencialmente sospechosa se une una violencia real por parte de las maras que a veces sorprende, por lo que la combinación de ambos elementos da un resultado fatal. De esa forma la mara pasó a estar profundamente satanizada: la mara pasó a ser la causa del malestar de estas eternamente (al menos para las grandes mayorías) problemáticas sociedades. La mara –¡y no la pobreza ni la impunidad crónicas!– aparece como el "gran problema nacional" a resolver. No caben dudas que se juegan ahí agendas fríamente calculadas, distractores sociales, cortinas de humo: ¿pueden ser las pandillas juveniles violentas –que, a no dudarlo, son violentas, eso está fuera de discusión– el gran problema de estos países, en vez de enormes poblaciones por debajo de la línea de pobreza? ¿Pueden ser estos grupos juveniles violentos la causa de la impunidad reinante ("los derechos humanos defienden a los delincuentes", suele escucharse), o son ellos, en todo caso, su consecuencia? Si fue posible desarticular movimientos revolucionarios armados apelando a guerras contrainsurgentes que no temieron arrasar poblados enteros, torturar, violar y masacrar para obtener una victoria en el plano militar, ¿es posible que realmente no se puedan desarticular estas maras desde el punto de vista estrictamente policíaco-militar? ¿O acaso conviene que haya maras? Pero, ¿a quién podría convenirle?
Los jóvenes: entre promesa y peligro
Algunos años atrás la juventud –"divino tesoro" por cierto…, al menos, así se decía– era la semilla de esperanza. Algo sucedió con aquella promesa de la juventud como "futuro de la patria" para que haya pasado a ser ahora un "problema social". ¿Cómo se dio ese movimiento? ¿Qué pasó con aquella visión, expresada en 1972 por Salvador Allende diciendo que "ser joven y no ser revolucionario es una contradicción hasta biológica", que se transformó en una juventud despolitizada, desinformada, light? Y peor aún: si huele a pobre, proveniente de barrios pobres, ni hablemos si está tatuada: ¡peligrosa! En los países centroamericanos, de composición indígena en muy buena medida –cruel paradoja de la historia– la exclusión social está ligada en relación inversamente proporcional a la blancura de la piel. Si se viene de barrios pobres –donde en general asienta la población menos "blanca"– la posibilidad de ser un "potencial delincuente" se dispara: "blanco manejando un Mercedes Benz: empresario exitoso; negro o indio manejando un Mercedes Benz: vehículo robado".
Las pandillas son algo muy típico de la adolescencia: son los grupos de semejantes que le brindan identidad y autoafirmación a los seres humanos en un momento en que se están definiendo sus papeles sociales, sus imágenes de sí mismo como adultos. Siempre han existido; son, en definitiva, un mecanismo necesario en la construcción psicológica de la adultez. Quizá el término hoy por hoy goza de mala fama; casi invariablemente se lo asocia a banda delictiva. Pero de grupo juvenil a pandilla delincuencial hay una gran diferencia.
En la génesis de cualquier pandilla se encuentra una sumatoria de elementos: necesidad de pertenencia a un grupo de sostén, la dificultad en su acceso a los códigos del mundo adulto; en el caso de los grupos pobres de esas populosas barriadas de cualquier capital centroamericana se suma la falta de proyecto vital a largo plazo. Por supuesto, por razones bastante obvias, esta falta de proyecto de largo aliento es más fácil encontrarlo en los sectores pobres que en los acomodados: jóvenes que no hallan su inserción en el mundo adulto, que no ven perspectivas, que se sienten sin posibilidades para el día de mañana, que a duras penas sobreviven el hoy, jóvenes que desde temprana edad viven un proceso de maduración forzada, trabajando en lo que puedan en la mayoría de los casos, sin mayores estímulos ni expectativas de mejoramiento a futuro, pueden entrar muy fácilmente en la lógica de la violencia pandilleril. Una vez establecidos en ella, por una sumatoria de motivos, se va tornando cada vez más difícil salir. La sub-cultura atrae (cualquiera que sea, y con más razón aún durante la adolescencia, cuando se está en la búsqueda de definir identidades).
Constituidas las pandillas juveniles –que son justamente eso: poderosas sub-culturas– es difícil trabajar en su modificación; la "mano dura" policial-militar no sirve. Por eso, con una visión amplia de la problemática juvenil, o humana en su conjunto, es inconducente plantearse acciones represivas contra esos grupos como si eso sirviera para modificar algo. De lo que se trata, por el contrario, es ver cómo integrar cada vez más a los jóvenes en un mundo que no le facilita las cosas. Es decir: crear un mundo para todos y todas. O más aún: si se quiere trabajar de verdad el problema, habría que partir por plantearse dónde están las causas, y sobre ellas actuar. Y no son otras que la exclusión crónica, la pobreza, las asimetrías sociales. Pero lo que vemos es que estos grupos, en vez de ser abordados en la lógica de poblaciones en situación de riesgo, son criminalizados.
Tan grande es esa criminalización, que eso lleva a pensar que allí se juega algo más que un discurso adultocéntrico represivo y moralista sobre jóvenes en conflicto con la ley penal. ¿Por qué las maras son el nuevo demonio? Porque, definitivamente, no lo son. ¿Hay algo más tras esa continua prédica?
¿Una estrategia de control social?
Cuando un fenómeno determinado pasa a tener un valor cultural (mediático en este caso) desproporcionado con lo que representa en la realidad, por tan "llamativo", justamente, puede estar indicando algo. ¿Es creíble acaso que grupos de jóvenes con relativamente escaso armamento y sin un proyecto político alternativo se constituyan en un problema de seguridad nacional en varios países al mismo tiempo?
Hoy día el discurso oficial que barre las distintas naciones centroamericanas –y Washington también participa en esta "preocupación", para lo que impulsa una iniciativa regional a nivel militar conocida como Plan Mérida (la réplica mesoamericana del Plan Colombia)– presenta a estas maras como un flagelo de proporciones apocalípticas. Definitivamente el accionar de estos grupos es muy violento (llamativamente violento, nos atreveríamos a decir). En modo alguno, desde ningún punto de vista, se puede minimizar su potencial criminal: matan, asaltan, violan, extorsionan. Todo eso es un hecho. Ahora bien: la dinámica donde todo eso se da abre sugestivas preguntas.
Definitivamente, para poder contestarlas a profundidad, deberían realizarse investigaciones muy minuciosas que, dada la naturaleza de lo que está en juego, se torna muy difícil, cuando no imposible. Pero pueden intuirse ciertas perspectivas que, al menos, dan idea de por dónde se direcciona la cuestión.
Por lo pronto, y aunque no se disponga de datos concretos terminantes, todo esto deja preguntas que permiten concluir algunas cosas:
- Las maras no son una alternativa/afrenta/contrapropuesta a los poderes constituidos, al Estado, a las fuerzas conservadoras de las sociedades. No son subversivas, no subvierten nada, no proponen ningún cambio de nada. Quizá no son funcionales en forma directa a las grandes empresas, pero sí son funcionales para ciertos poderes (poderes ocultos, paralelos, grupos de poder que se mueven en las sombras) que –todo así lo indicaría– las utilizan. En definitiva, son funcionales para el mantenimiento sistémico como un todo, por lo que esas grandes empresas, si bien no se benefician en modo directo, terminan aprovechando la misión final que cumplen las maras, que no es otro que el mantenimiento del statu quo.
- No son delincuencia común. Es decir: aunque delinquen igual que cualquier delincuente violando las normativas legales existentes, todo indica que responderían a patrones calculadamente trazados que van más allá de las maras mismas. No sólo delinquen, sino que, esto es lo fundamental, constituyen un mensaje para las poblaciones. Esto llevaría a pensar que hay planes maestros, y hay quienes los trazan.
- Si bien son un flagelo –porque, sin dudas, lo son–, no afectan la funcionalidad general del sistema económico-social. En todo caso, son un flagelo para los sectores más pobres de la sociedad, donde se mueven como su espacio natural: barriadas pobres de las grandes urbes. Es decir: golpean en los sectores que potencialmente más podrían alguna vez levantar protestas contra la estructura general de la sociedad. Sin presentarse así, por supuesto, cumplen un papel político. El mensaje, por tanto, sería una advertencia, un llamado a estarse quieto.
- No sólo desarrollan actividades delictivas sino que, básicamente, se constituyen como mecanismos de terror que sirven para mantener desorganizadas, silenciadas y en perpetuo estado de zozobra a las grandes mayorías populares urbanas. En ese sentido, funcionan como un virtual "ejército de ocupación".
- Disponen de organización y logística (armamento) que resulta un tanto llamativa para jovencitos de corta edad; las estructuras jerárquicas con que se mueven tienen una estudiada lógica de corte militar, todo lo cual lleva a pensar que habría grupos interesados en ese grado de operatividad. ¿Pueden jovencitos semi-analfabetos, sin ideología de transformación de nada, movidos por un superficial e inmediatista hedonismo simplista, disponer de todo ese saber gerencial y ese poder de movilización?
Por supuesto que no podemos responder aquí con exactitud todas estas dudas, por la carencia de datos precisos al respecto. Pero el sólo hecho de plantearlas y ver cómo los poderes mediáticos bombardean en forma sistemática con mensajes que potencian esa sensación de indefensión de las grandes mayorías, permite inferir que estas maras pueden jugar un papel político que va muchísimo más allá que lo que sabe cada uno de estos jóvenes que actúa en ellas. Podría decirse que hay en estas apreciaciones una óptica confabulacionista. Espero que el discurso paranoico no me doblegue, pues está claro que todos estos patrones arriba mencionados, más que responder a abstrusos fundamentalismos que ven conspiraciones de la CIA en cada esquina, abren interrogantes que "llamativamente" ningún medio de comunicación contribuye a aclarar sino, por el contrario, oscurece más aún día a día.
Se entremezclan en todo este proceso varias lógicas: por un lado, efectivamente hay una búsqueda psicológica de estos jóvenes en relación a "familias sustitutas", deseos de protagonismo, sensación de poder; elementos que, sin dudas, la mara les confiere (en mayor o menor medida, cualquier joven participa de esas búsquedas en cualquier parte que esté).
Pero además, articulándose con ese nivel subjetivo, todo indicaría que hay determinantes político-ideológicos en los planes de acción de estos grupos que llevan a pensar que, "curiosamente", allí donde puede generarse la protesta social, aparecen las maras. Si las grandes masas urbanas empobrecidas no se benefician con esto, sino que, al contrario, viven en la permanente zozobra, maniatados, guardando un forzado silencio, ¿quién sacará provecho de esto? Si podemos entenderlas entonces como mecanismos de control social: ¿quién controla? Seguramente los mismos poderes que vienen controlando todo desde hace un buen tiempo; y sabemos que los poderes no son nunca ni "buenitos", ni transparentes. "El fin justifica los medios", se dijo hace mucho…, y no se equivocaba quien lo dijo, que fue alguien que sabía mucho de estas opacidades del poder: Maquiavelo.
Insistimos: todas estas son hipótesis. Pero la experiencia nos enseña que estos rimbombantes hechos mediáticos –como la caída de las Torres Gemelas en Nueva York con los avionazos del 11 de septiembre del 2001, el "fundamentalismo islámico" que es el nuevo demonio para otra parte del mundo (el Medio Oriente), el narcotráfico (que nos toca a los latinoamericanos en buena medida), o en su momento, durante la Guerra Fría, el "comunismo internacional" que abría supuestas cabezas de playa por todos lados–, funcionan como fantasmas que sirven para atemorizar, y por tanto: controlar. En cada país con petróleo o agua dulce aparece sugestivamente una célula de Al Qaeda que, por supuesto, justifica todo. ¿Se estará repitiendo la misma historia con esto de las maras? ¿Por qué el gran "problema nacional" de los sufridos países de Centroamérica son las maras y no la pobreza y exclusión que las producen?



Un joven ha sido detenido y los medios han engrasado la trituradora para destrozarlo públicamente.



El sentido común se esconde bajo la víscera, la mala leche lo enfanga todo y la presunción de inocencia se olvida en estos caminos de ira españolista.



Sin juicio, sin saber qué ostias ha pasado, las redes se suman al linchamiento, afirman sin rubor que lo han matado porque llevaba tirantes rojos y amarillos. Y se quedan tan panchos. Nada más se sabe de momento.
Pero como tiene rastas, ya estuvo en el talego, es chileno, es rojo, okupa, maricón, anarquista, vasco, catalán o ateo es suficiente argumento para desollarlo.


La casquería en la que se han convertido muchos periodistas trabaja a pleno rendimiento para que el populacho pida venganza, no para que se exija justicia por los mendigos que queman, no para los homosexuales que golpean día sí y día también, no para los zurdos que insultan, no para las hinchas de fútbol que arrojan al río. No.
La justicia desaparece siempre por el lado antifascista de nuestras vidas.
Rodrigo Lanza, de momento yo sí te creo.

Silvia Delgado Fuentes

15 diciembre, 2017

Argentina: fuerte represión de la Gendarmería Nacional contra manifestantes.


Un fuerte operativo de seguridad reprimió a los manifestantes que se oponen al recorte a los jubilados.

Jueves 14 de Diciembre de 2017

GALERÌA DE FOTOS:








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Mariano Martino
A las 13 horas la Plaza de los dos Congresos comenzó a colmarse y todavía faltaba el grueso de los manifestantes que estaban concentrando en distintos puntos aledaños y que se sumarían al resto sobre las 14.30. El desmedido y amenazante operativo policial, coordinado entre Gendarmería y Policía Federal, ya era un adelanto de lo que ocurriría minutos después.
Sobre las 14, algunos forcejeos en las vallas desataron la brutal represión que se valió de balas de goma disparadas a quemarropa, carros hidrantes y una cantidad extraordinaria de gases lacrimógenos. Una vez que las columnas allí presentes retrocedieron dos cuadras, entró en acción la policía motorizada que avanzó disparando balas de goma secundada por más gases lacrimógenos. Al mismo tiempo se desató una represión de las mismas características por la avenida Entre Ríos donde se encontraban los docentes universitarios, los trabajadores no docentes, los estatales, la Juventud Sindical y los gremios de aeronavegantes y de empleados del peaje.
Del lado de enfrente, los manifestantes improvisaron una respuesta desigual con piedras y encendiendo fogatas cuyo humo ayuda a dispersar los efectos de los gases.
Durante alrededor de una hora más se repitió la escena con las corridas hasta que se supo que la sesión había sido levantada. Los manifestantes reprimidos festejaron allí mismo el resultado que interpretaron como resultado de la movilización popular que protagonizaban. Sin embargo, la represión no cesó e incluso continuó bajo la forma de una cacería, una vez que las columnas se dispersaron.
Antes, a pocas horas de que se levantara la sesión en la que se iba a votar la reducción en los haberes jubilatorios, la Gendarmería había agredido a diputados nacionales en la puerta del Congreso. Pasadas las 14 comenzaron los gases lacrimógenos, las balas de goma y los carros hidrantes, además de los golpes y empujones por parte de la policía contra los manifestantes y diputados. Los diputados del Frente para la Victoria, con su presidente de bloque Agustín Rossi a la cabeza, trataron de disuadir a los gendarmes pero fueron también agredidos. Un gendarme disparó gas pimienta directo a la cara de Rossi. También le tiraron gas a Mayra Mendoza, Darío Martínez y Marcos Cleri. Además, se enfrentaron a la Gendarmería los diputados del FpV José Luis Gioja, Cristina Álvarez Rodríguez, Juan Cabandié, y del Partido de la Victoria, Lucila De Ponti y Leonardo Grosso.
En tanto, el diputado fueguino del FPV Matías Rodríguez, fue herido en la cabeza durante la represión por un gendarme y hubo que trasladarlo en ambulancia.
“No son obreros, nos son trabajadores, son los milicos que cuidan a los patrones”, les gritaron las organizaciones sociales y políticas a los cientos de policías y gendarmes que se encontraban apostados detrás del vallado de la esquina de Avenida Callao y Mitre. Los gases lacrimógenos siguieron para dispersar a los manifestantes y hasta también sonaron en el subte. Ya pasada la tarde, se acercaron los carros hidrantes y lanzaron agua con colorante.

La base de la democracia en España




Neorrabioso – 12/12/2017

Tras la revuelta catalana, se ha creado en España una nueva nacionalidad: se trata del español por cojones.

—¿De dónde es usted?
—De España por cojones.
—¿Cómo por cojones?
—Pues verá usted, yo no quiero ser español, pero el resto de españoles dice que tengo que seguir siéndolo por cojones, incluso en el caso de que el 100% de mi comunidad autónoma piense como yo, y para lograrlo están dispuestos hasta a romperme la cabeza por mi propio bien.
—¿Pero eso es democrático?
—¡Claro que es democrático! ¡Es la base de la democracia en España!


12 diciembre, 2017

Neocolonialismo: desde los esclavos de la plata al oro de nuestros días - Jérôme Duval




El Salto – 04/12/2017

El saqueo de materias primas, que arrancó con la invasión española, continúa todavía en la actualidad en las colonias y excolonias y en detrimento de la ciudadanía y el medio ambiente.
Como consecuencia de los viajes de Cristóbal Colón, la invasión española devasta reinos y regiones enteras, despoblándolas y quemándolas. Los indios sin embargo acogen a los cristianos de la mejor manera que pueden, a menudo ofreciéndoles hospedaje, comida y cantidades de oro. Por su parte los colonos españoles propagan casi sistemáticamente el miedo, masacran, torturan o queman a los indios desde el comienzo para asegurar su dominio y facilitar su colonización.
Bartolomé de las Casas, uno de los pocos en denunciar este exterminio, contemporáneo de los hechos, describirá el horror con que estos tiranos diezmaban a las poblaciones originarias. Las grandes potencias coloniales, Portugal, Francia, España, Reino Unido, Holanda y Bélgica principalmente, provocaron la muerte de una gran parte de poblaciones autóctonas de las Américas, de Asia y de África con el fin de extraer sus recursos naturales, plata y oro en primer lugar, explotarlos y sacar de ellos el máximo beneficio.

Miles de millones de onzas de plata
El año 1545, el descubrimiento de Potosí, una enorme mina de plata de la actual Bolivia (que entonces pertenecía a Perú), marca el comienzo de la expropiación de riquezas del subsuelo latinoamericano. Hacia 1571, se comenzó a utilizar el mercurio para amalgamar el oro y aumentar su extracción. En 1572, Francisco de Toledo, quinto virrey del Perú, ensanchó las calles, inició la construcción de la iglesia de la Matriz y de la Casa de la Moneda donde, desde 1574, se acuñaba el metal en moneda.
La ciudad de Potosí albergaba el yacimiento más importante del mundo en el interior del Cerro Rico, rebosante de plata, y su desarrollo es fulgurante. “Dieciocho meses después de su fundación, cuenta con 14.000 habitantes y veinte años más tarde 100.000; en el siglo XVII, albergará 160.000, y será entonces, con México, la ciudad más grande de América”, explica Fernand Braudel en su libro Del Potosí a Buenos Aires: una ruta clandestina de la plata.  Efectivamente, en su apogeo, hacia 1580, Potosí, a pesar de la dureza de sus condiciones climáticas, cuenta con más habitantes que Madrid, Sevilla o Roma. Se convierte en la ciudad más poblada del “Nuevo Mundo" y la más opulenta de la región, cuenta con 36 iglesias, muchos teatros y escuelas de danza, cantidad de casas de juego y mansiones suntuosas pertenecientes a los ricos colonos españoles.
Miles de millones de onzas de plata se extraen gracias a los trabajos forzados bajo la colonización española. Millares de esclavos africanos son llevados a la fuerza a las minas para reemplazar y compensar la pérdida de otros tantos indígenas muertos en su trabajo. La extorsión de esta plata sirvió para reforzar el tesoro del emperador Carlos V (Carlos I, rey de España) para alimentar las arcas del Reino de España para financiar sus guerras y, más allá de Europa, para el desarrollo del comercio con la zona más desarrollada de la época, Asia.
La moneda producida por el trabajo de los esclavos en Potosí contribuyó al desarrollo del capitalismo y de la revolución industrial. Pero ¿a qué precio? “Cada peso acuñado en Potosí ha costado la vida de diez indios, muertos en el fondo de las minas”, escribía Fray Antonio de la Calancha en 1638. ¿Qué ha sucedido con la enorme cantidad de plata extraída de las minas de Potosí, con el sudor de los mineros-esclavos amerindios y africanos cuando vemos hoy el estado de pobreza de la ciudad del mismo nombre?
Es por tanto muy razonable afirmar que la expropiación de recursos y el comercio que le siguió con la colonización están en buena parte en el origen de la riqueza actual de las potencias coloniales. Por no dar más que un ejemplo, Bruselas no sería lo que hoy es sin el saqueo realizado en el Congo belga. Además de la explotación de la fuerza de trabajo esclavista y la colosal fortuna de los metales preciosos obtenido, particularmente oro y plata, los europeos no hubieran tenido acceso a la seda y al algodón, a la técnica del vidrio soplado, al cultivo del arroz, así como a la de la patata, al tomate, al maíz, tabaco, pimiento, cacao de América, tan rápidamente sin la empresa devastadora de la colonización.

El oro en detrimento de lo humano y su entorno
El saqueo de materias primas continúa todavía en la actualidad en las colonias y excolonias: En Arlit, en el norte de Níger, Areva explota el uranio desde 1976. A día de hoy, una buena parte de esta región, barrida por las tempestades de arena, está contaminada.
“La Tierra es nuestra madre, el oro su corazón. Si se le arranca, muere”, resumía Aïkumalé Alemin, amerindio wayana de la región del Alto-Maroni. El mercurio utilizado por los buscadores de oro en Guayana francesa envenena a las poblaciones amerindias que viven en el bosque tropical guayanés. Efectivamente, los amerindios están contaminados por el pescado que constituye gran parte de su alimentación. “Numerosos estudios científicos realizados sobre los indios Wayana han confirmado que el nivel de mercurio es hasta dos veces superior al límite fijado por la Organización Mundial de la Salud (OMS). Si no se toman medidas a corto plazo, vamos hacia una forma de genocidio”, denunciaba en 2014 Jean-Pierre Havard, responsable de “Solidaridad Guayana”.
Con salarios de miseria, tres toneladas de oro se extraen cada año de Guayana Francesa con peligros para la salud de las poblaciones autóctonas y de su medio ambiente. En total diez etnias estarían amenazadas de envenenamiento con mercurio en los países de la región. En Perú, la contaminación por mercurio en las aguas de los ríos amazónicos, producida por los buscadores ilegales, se extiende más allá de las zonas de explotación aurífera. En el caso de la comunidad Nahua, que se encuentra en la región de Ucayali, en el este de Perú, el consumo de un pez conocido como el Mota Punteada (Calophysus macropterus) por su nombre local, cuyo organismo es capaz de acumular el mercurio presente en el entorno, constituye la causa de esta contaminación que provoca particularmente problemas renales serios y casos de anemia.
Según el ministerio peruano de Medio Ambiente, 40 toneladas de mercurio son depositadas cada año en las aguas de la Amazonia peruana por los buscadores ilegales de oro. ¿Se reconocerá algún día la contaminación de las tierras y los ríos como una deuda ecológica, cuyos acreedores son los pueblos autóctonos?