31 agosto, 2015
24 agosto, 2015
Agrupémonos... ¿todos?
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23 agosto, 2015
Tecnototalitarismo
Las catastróficas condiciones climáticas, la extrema pobreza, la explotación desmedida, el hambre y la incesante guerra empujan a millones de personas a emigrar hacia el llamado mundo desarrollado. Estricta cuestión de supervivencia. De cuantas personas forman parte de este trágico y desesperado éxodo, pocas están al tanto de lo que les aguarda más allá de las fronteras que pretenden cruzar. En esa “tierra prometida” que luchan por alcanzar, apenas quedan unos miles de habitantes, todos ellos cautivos y dependientes de un generalizado y totalitario sistema tecnológico cuyos centros de control se hayan situados en el espacio.
De sus inexpugnables y robotizadas fronteras al corazón del continente, una ubicua red de autómatas de toda índole ha
suplantado con sorprendente eficacia el lugar y las funciones de los seres humanos. Sometida a un ciego criterio de rentabilidad, la tasa de natalidad
descendió velozmente hasta la práctica despoblación del continente. Para cualquiera que hoy se adentre en él, las probabilidades de encontrarse con una persona son escasas, y todos sus movimientos estarán controlados y dirigidos exclusivamente por máquinas.
Nada se
sabe con certeza de las desaparecidas élites, aunque se
sospecha que viven aisladas en fortificados parajes rodeados de opulencia y lujo.
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20 agosto, 2015
El vertedero de dioxina de "Okinawa City", base-basurero de los EE.UU.
Un marine de los U.S. consigue una indemnización de su gobierno por haber estado expuesto a la toxina de "Okinawa City" y pide que se realice una revisión médica a los residentes cercanos a Futenma.
El gobierno de los EEUU ha indemnizado al ex marine enfermo que alegó que el Agente Naranja fue arrojado en la base aérea de Futenma en Okinawa.
El 10 de agosto la Junta de Apelaciones de Veteranos dictaminó que: el teniente coronel retirado Kris Roberts, jefe de mantenimiento en la instalación a principios de 1980, había desarrollado cáncer de próstata debido a "la exposición a sustancias químicas peligrosas." El presidente del tribunal ha basado su decisión en pruebas que incluían informes médicos, declaraciones y "fotografías de los barriles que han sido removidos de la tierra."
Sin embargo, la sentencia, cuidadosamente redactada, evita referencia específica al Agente Naranja, que el Pentágono niega que fuese almacenada en sus bases de Okinawa.
Roberts es el primer veterano que obtiene una compensación por contaminarse en Futenma, y ahora está instando a los militares para que informen sobre lo que realmente sucedió en la base aérea.
"La Infantería de Marina tiene la obligación moral y ética de alertar a otras personas que puedan haber estado expuestas", dijo en una entrevista telefónica.
Según Roberts, en 1981 se le ordenó investigar los altos índices químicos detectados en las aguas residuales que van desde la instalación a las comunidades vecinas y alrededores de Ginowan, ciudad que rodea Futenma. Tras comprobar el área en cuestión, cerca de una de las pistas de la base Roberts y su equipo desenterraron más de 100 barriles de agentes químicos, algunos marcados con las reveladoras rayas naranjas utilizadas para etiquetar defoliantes. Por orden del alto mando de Futenma, Roberts dice que los barriles fueron trasladados por los trabajadores de base de Okinawa a un lugar desconocido.
Tras el descubrimiento, Roberts ha desarrollado una serie de enfermedades graves, incluyendo enfermedades cardíacas y cáncer de próstata.
Roberts, ahora representante del estado de New Hampshire, dijo a The Japan Times que la Infantería de Marina tiene el deber de localizar a los miembros del servicio de Estados Unidos y a los empleados japoneses de la base que manejan los barriles tóxicos. También ha pedido a las Fuerzas Aéreas de los Estados Unidos en Japón que informen a los residentes locales.
"Los tubos de drenaje de la base vierten el agua contaminada alrededor de las comunidades civiles cerca de Futenma, no sólo en la ciudad de Ginowan. USFJ debe advertirles del peligro, y los médicos tienen que buscar grupos de enfermedades similares a las que yo tengo", dijo.
Preguntado si USFJ notificaría de otros que pueden haber sido envenenados, Michael Ard, director de la Oficina de Asuntos Públicos (MCIPAC) del Cuerpo de Marines del Pacífico, nos remitió a la Oficina de Información de la marina estadounidense, la cual no ha respondido en el momento de esta publicación. Así mismo, Tiffany Carter (USFJ), jefe de relaciones con los medios, no quiso hacer comentarios.
Tal modo de actuar no sorprende a Manabu Sato, profesor de ciencias políticas en la Universidad Internacional de Okinawa, que está situada junto a la base de Futenma.
"Todos los datos disponibles en relación con la contaminación deben ser entregados a las comunidades de Okinawa, pero ni el gobierno de Estados Unidos va a hacerlo, ni el gobierno japonés se lo solicitará. Ambos quieren ocultar las transgresiones del pasado cometidas por el ejército estadounidense en Okinawa, para no provocar un sentimiento anti militar y contra los Estados Unidos", dijo.
La admisión tácita de la contaminación tóxica en Futenma es particularmente preocupante para el gobierno de Estados Unidos. La base aérea ha sido durante mucho tiempo una espina en las relaciones entre Estados Unidos y Japón.
Okinawa ha exigido durante mucho tiempo el cierre de la Base Aérea Futenma, pero estas últimas evidencias de contaminación de la base aumenta los temores de que, incluso después de su cierre planificado y la reubicación de muchas de sus instalaciones en el noreste, la tierra en Futenma estará contaminada e inutilizable para años, si no décadas.
De acuerdo a los informes públicos del Departamento de Asuntos de Veteranos, más de 200 veteranos estadounidenses creen que fueron envenenados por el Agente Naranja durante su servicio en Okinawa. Sus enfermedades incluyen el mieloma múltiple, la enfermedad de Parkinson y neuropatía periférica, enfermedades para las que el Departamento de Asuntos de Veteranos asigna indemnizaciones, pero a los estadounidenses expuestos a defoliantes en Vietnam, Tailandia y la zona desmilitarizada que separa las dos Coreas.
Aunque las fotografías y documentos militares corroboran las afirmaciones de que los defoliantes estaban presentes en Okinawa, Washington sostiene que no existe tal evidencia. Hasta la fecha, sólo un puñado de veteranos estadounidenses han conseguido ser indemnizados por la exposición al agente naranja en Okinawa.
Sin embargo, muchos veteranos esperan que esto cambie tras el descubrimiento de más de los 100 barriles enterrados en Okinawa, en un terreno que formó parte de la base aérea de Kadena (instalación utilizada por el Pentágono durante la guerra de Vietnam). Algunos de los barriles, de los cuales los primeros fueron desenterrados en junio de 2013, contenían rastros de tres ingredientes de Agente Naranja: los herbicidas 2,4,5-T y 2,4-D y la dioxina TCDD. Expertos japoneses e internacionales afirman que el descubrimiento demuestra que los defoliantes militares estaban presentes en Okinawa.
En junio de este año, las pruebas más recientes revelaron que una parte del agua cercana a los barriles contenían niveles de dioxina miles de veces más altas de lo que permiten las normas del medio ambiente. Mientras tanto, el manejo por parte de las autoridades de Okinawa de la "limpieza" ha sido objeto de críticas. Los trabajadores de la construcción encargados de limpiar la zona de descarga carecían de ropa protectora apropiada y las lonas de plástico que cubren la excavación permiten que el agua se acumule. En julio, un tifón inundó el lugar y los residentes manifiestan que el agua fue bombeada a un río cercano sin haber sido revisados sus niveles de contaminación.
El vertedero de dioxina de "Okinawa City" pone de relieve las deficiencias del actual Acuerdo de Estatus de Fuerzas de Estados Unidos y Japón, acuerdo que impide a los funcionarios japoneses la realización de pruebas ambientales en las bases militares y que exime al Pentágono de toda responsabilidad de limpiar la tierra japonesa bajo su control.
Además de las dioxinas, altos niveles de otras sustancias tóxicas, incluyendo plomo, arsénico y PCB, se han descubierto en los últimos años sobre el ex territorio militar de Okinawa.
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![]() |
| ¡Y EE.UU. tiene más de 800 pocilgas como la de "Okinawa City" diseminadas por el mundo!... |
Con que, armas de destrucción masiva en Irak ¿eh?...
¡Banda capitalista de criminales embusteros!
18 agosto, 2015
El Ideal, los Números y la Fe - Agustín García Calvo
La caída
de los Estados se alimenta del sentimiento de comunidad, que Ellos tratan de
machacar sustituyéndolo por el Conjunto de Individuos y el voto democrático. Y
no hay que menospreciar la fuerza del Capital y del Estado; que es aterradora,
porque está movida por el Ideal, los Números y la Fe; mientras que la fuerza
para negarlo y derrocarlo, la del pueblo, no cuenta con esas armas, sino que
vive sólo de una dudosa llamada a los sentidos, de una razón sin ideas, de una
añoranza de la vida. Así que, sabiendo la diferencia de las fuerzas, toda la
astucia será poca para guardar vivo el sentimiento.
Guardarlo era, en formas
más atrasadas del Poder, guardarlo contra la represión, contra las armas de reclutadores
y de verdugos, contra caciques o inquisidores; pero en la Sociedad del
Bienestar, es ante todo guardarlo contra la estrategia, más avanzada, de la asimilación.
Cualquier sentimiento puede convertirse en idea de sí mismo y quedar listo para
el cambiazo. Así, por ejemplo, la ingenua defensa de «la Naturaleza» frente a los
destrozos de Capital y Estado, queda convertida en Ecología y entra a formar
parte de los mecanismos del Desarrollo; o la ingenua busca de una liberación de
la represión del Alma (que es su constitución), termina fácilmente en orgía o
drogadicción, y entra así también a servir al Capital y completar con un adorno
las mentiras de la Ciencia.
Por fortuna, en cuanto a
inteligencia, el Capital-Estado del Desarrollo, al tener que sostenerse en una
Fe cada vez más abstracta y pura, no puede llegar a grandes clarividencias ni
sutilezas, ni emular, desde luego, el Ardid del Espíritu que a través de Hegel
quería declararse como regidor de la Historia (y del mundo entero), aunque el
filósofo lo dejaba entregado a la ideación y presto a que el Espíritu se
encarnara en el militroncho Bonaparte; más bien tiene el Poder que contentarse
con una cierta idiocia, semejante a la que Él trata de formar en los Individuos
de sus Masas. Y sin embargo, es lo bastante (bien sentimos cada día la fuerza de
la estupidez) para confundir a la gente, enredarlos en sus cómputos y
proyectos, y hacerles creer en sus mentiras y que las asimilen como ideas
propias, hasta que se mueran sin darse cuenta de lo que ha pasado.
Por eso, no puede el pueblo rebelde caer en la
trampa de la pureza: no se puede ser puros en este Mundo, sino ser más bien
sinuosos y guardar con ardides y disimulos la ternura del corazón. Es, como se
sabe, la recomendación del evangelio (Mateos 10, 16): «He aquí que como a
ovejas en medio de lobos os envío: sed pués astutos como las serpientes y
simples como las palomas.» Esa es más o menos la táctica razonable; y la
presión sobre las Personas para que sus conciencias les exijan pureza, rectitud
y congruencia, es tal vez la última y más difícil de las trampas, puesto que se
nos tiende en nombre de la Verdad. Verdad le pedían a uno los Comisarios de
Policía («una declaración sincera») en etapas del Régimen pasadas; verdad le
piden los investigadores del Fisco («una declaración sincera») en etapas más
avanzadas del mismo Régimen.
Pero aquí se trata de
aprovechar los resquicios y las contradicciones del Régimen, que son, como
hemos apuntado en este análisis, evidentes (la perfección es sólo su ideal y su
futuro) y son el solo aliento para la vida y la razón; y para usar esas
contradicciones y rendijas, uno mismo no puede acudir a otra cosa que a sus
propias rendijas y contradicciones: pues es en las imperfecciones de uno como
Persona donde está el pueblo. Es para guardar eso que en nosotros quede de
pueblo y de recuerdo de lo que era antes de la Historia y de pura negación de
las Ideas, armas del Poder, para lo que las astucias constantes de la serpiente
se requerían. Ni que decir tiene que, si no hay paloma, no hace falta tampoco
la serpiente.
Pero no debe el Alma
dejarse acoquinar ante los que le piden rectitud y congruencia de sus palabras
con la práctica de su vida: pues el hablar o razonar del pueblo es praxis y
teoría al mismo tiempo; y uno no es el pueblo: uno no hace la revolución (ni el
amor tampoco) ni entra uno en el paraíso.
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11 agosto, 2015
LA ORDEN
Elias Canetti (de su libro Masa y poder)
«Una orden es una orden»: puede que el carácter definitivo e
indiscutible propio de la orden sea la causa de que se haya reflexionado tan
poco sobre ella. La aceptamos como algo que siempre ha existido tal cual es,
nos parece tan natural como indispensable. Desde pequeños estamos acostumbrados
a escuchar órdenes, ellas configuran buena parte de lo que llamamos educación;
toda la vida adulta está impregnada de ellas, ya se trate de las esferas de
trabajo, de la lucha o de la fe.
La orden es más antigua que el
lenguaje, si no, los perros no podrían entenderla. El adiestramiento de
animales se basa precisamente en el hecho de que estos, sin conocer lenguaje
alguno, aprenden a comprender lo que deseamos de ellos. En órdenes breves y muy
claras, que en principio en nada se diferencian de las que se imparten a las
personas, el adiestrador va manifestándoles su voluntad. Los animales las
obedecen, del mismo modo que acatan las prohibiciones. Resulta pues
perfectamente legítimo buscar para la orden raíces muy antiguas; por lo menos
está claro que, de alguna forma, existe también fuera del ámbito de la sociedad
humana.
El tipo de efecto más antiguo de
la orden es la fuga. Le está dictada
al animal por una criatura más fuerte, ajena
a él. La fuga solo es en apariencia espontánea; el peligro siempre tiene una
forma; y ningún animal huirá sin antes haberlo presentido. La orden de huir es
tan fuerte y directa como la mirada.
La esencia misma de la fuga
presupone desde un principio la diversidad de las dos criaturas que de este
modo entran en contacto. Una de ellas se limita a manifestar que quiere devorar
a la otra; de ahí la mortal seriedad de la fuga. La «orden» obliga al animal más débil a
ponerse en movimiento, al margen de que luego sea perseguido o no. Lo único
importante es la intensidad de la amenaza: de la mirada, de la voz, de la forma
que impone el terror.
Haremos bien en recordarlo cuando
hablemos de la orden entre los hombres. El carácter terrible y despiadado de la
sentencia de muerte se trasluce detrás de toda orden.
Lo primero que llama la atención
en la orden es que provoca una acción. Un dedo extendido que señala una
dirección puede tener el efecto de una orden: todos los ojos que perciben el
dedo se vuelven en la misma dirección.
Es propio de la orden no admitir
desacuerdo alguno. No es lícito discutirla, explicarla ni ponerla en duda. Es
clara y concisa, pues debe ser entendida de inmediato. Un retraso en la
recepción perjudica su fuerza.
La acción que se ejecuta bajo una
orden es distinta de todas las demás acciones. Es percibida como algo extraño;
su recuerdo nos roza como algo ajeno […] Puede que la rapidez de la ejecución
que exige una orden contribuya a que la recordemos como algo extraño; pero esto
solo no se basta para explicarlo. Lo que cuenta es que la orden provenga de fuera. A nosotros solos no se nos habría
ocurrido. Forma parte de aquellos momentos de la vida que nos son impuestos; nadie los desarrolla dentro
de sí mismo. Incluso cuando de pronto surgen personas aisladas con una enorme
cantidad de órdenes e intentan con ellas fundamentar una nueva fe o renovar una
antigua, tales personas mantienen siempre estrictamente la apariencia de una
carga extraña e impuesta. Nunca hablarán en su propio nombre. Lo que exigen a los
demás les ha sido encomendado; creen haber sido enviados.
Toda orden consta de un impulso y un aguijón. El impulso obliga al receptor a ejecutarla de conformidad
con su contenido; el aguijón permanece en aquel que ejecuta la orden.
El aguijón penetra profundamente
en la persona que ha ejecutado la orden y allí permanece, inalterable. El
contenido de la orden queda conservado en el aguijón.
Es importante saber que ninguna
orden se pierde jamás, nunca se acaba realmente con su ejecución, es almacenada
para siempre.
Entre quienes reciben ordenes,
los más afectados son los niños. Parece un milagro que no se derrumben bajo la
carga de cuanto les ordenan y sobrevivan al hostigamiento de sus educadores. Que
todo eso lo transmitan más tarde a sus propios hijos, y que lo hagan con no
inferior crueldad, resulta tan natural como masticar y hablar. Pero lo que
siempre nos sorprenderá es que las órdenes permanezcan intactas desde la más
temprana infancia: en cuanto aparezcan las víctimas de la próxima generación,
vuelven a estar ahí. Ningún niño pierde ni perdona ninguna de las órdenes con
las que fue maltratado.
Sólo la orden ejecutada deja su aguijón clavado en
aquel que la cumplió. Quien elude las órdenes tampoco tiene que almacenarlas.
«Libre» es solamente el hombre
que ha aprendido a eludir las órdenes, y no aquel que sólo después se libera de
ellas. Y quien más tiempo necesita para esa liberación, o quien no es capaz de
conseguirlo es, sin duda, el menos libre.
Ningún hombre sin prejuicios
sentirá como carencia de libertad el hecho de seguir sus propios impulsos.
Incluso cuando estos son más intensos y satisfacerlos supone las complicaciones
más peligrosas, cada cual tiene la sensación de actuar por sí mismo. Pero todos
se remueven en su fuero interno contra la orden que les ha sido enviada desde
fuera y tiene que ejecutar, todos hablan entonces de presión y se reservan el
derecho a la subversión y a la rebelión.
La orden de fuga, que contiene
una amenaza de muerte, supone una gran diferencia de poder entre los implicados.
El que pone en fuga al otro podría matarlo. En la naturaleza, esta situación
fundamental se debe a que muchísimas especies zoológicas se alimentan de
animales. Ellas mismas viven de otras especies. Así, la mayoría de los animales
se sienten amenazados por otros de otra especie y reciben de ellos, extraños y
enemigos, la orden de huir.
Pero lo que en la vida cotidiana nosotros
llamamos orden se desarrolla entre seres
humanos: un amo ordena a su esclavo, una madre ordena a su hijo. La orden,
tal como la conocemos ha evolucionado alejándose muchísimo de su origen
biológico, la orden de fuga. Se ha domesticado. La utilizamos en las relaciones
sociales en general, pero también para la convivencia más íntima; el Estado no
desempeña un papel menor que la familia. Su aspecto es totalmente distinto del
que hemos descrito como orden de fuga. El amo llama a su esclavo; este acude,
aunque sabe que va a recibir una orden. La madre llama a su hijo y este no
siempre se escabulle. Aunque lo abrume con órdenes de toda clase, en términos
generales, el niño, que sigue confiando en ella, acude a su llamada y permanece
cerca. Lo mismo vale para el perro:
permanece junto a su amo, a cuyo silbido responde de inmediato.
¿Cómo se llegó a esta
domesticación de la orden? ¿Qué hizo inicua la amenaza de muerte? Esta
evolución se explica por una especie de soborno que se practica en cada caso. Él da de comer a su perro o esclavo, la madre alimenta a su hijo. La criatura
que vive en estado de sometimiento está acostumbrada a recibir su alimento de
una sola mano. El esclavo o el perro reciben alimento exclusivamente de su amo,
ningún otro está obligado a ello, en realidad nadie más tiene derecho a alimentarlos. La relación de propiedad consiste en
parte en que todo alimento les llega sólo de la mano de su amo. A su vez, el
niño es totalmente incapaz de alimentarse por sí sólo. Desde el primer momento
se aferra al pecho de su madre.
Se ha creado un estrecho vínculo
entre la orden y el alimento que se dispensa. Este vínculo aparece de forma muy
clara en la práctica del adiestramiento de animales. Cuando el animal ha hecho
lo que debe hacer, recibe su golosina de la mano de su adiestrador. La
domesticación de la orden la convierte en una promesa de alimento.
Esta desnaturalización de la orden
de fuga biológica educa a hombres y animales para una especie de cautividad
voluntaria, en la existen toda clase de grados y matices. Sin embargo, no
modifica por entero la naturaleza de la
orden. La amenaza se mantiene siempre inherente, solo que atenuada. En caso de
desobediencia existen sanciones explícitas que pueden ser muy severas; la más
severa es la primigenia: la muerte.
El soldado en activo actúa sólo
bajo orden. Puede que le apetezca esto o aquello; pero como es soldado sus
deseos no cuentan, debe renunciar a ellos. Para él no hay encrucijadas que
valgan, pues aunque se le presentase alguna, no es él quien decide cuál de los
caminos ha de seguir. Su vida activa se halla limitada por todos lados. Hace lo
que todos los demás soldados hacen con
él; y hace lo que le ordenan. La privación de cuantas acciones otros hombres
creen realizar libremente, lo vuelve a él ávido de las que debe ejecutar.
Un centinela que permanece horas
inmóvil en su puesto constituye el mejor ejemplo de la condición psíquica del
soldado. No le está permitido alejarse, dormirse ni moverse, a excepción de
determinados movimientos que le son prescritos con total precisión. Su servicio
propiamente dicho es la resistencia a cualquier tentación de abandonar su
puesto, sea cual sea la forma como esta se le presente. Este negativismo del soldado, como muy bien
se lo puede llamar, es su columna vertebral. Reprimirá todas las motivaciones
habituales que nos llevan a actuar, como el deseo, el temor, la inquietud, y
que tan esenciales son para la vida humana. Su mejor forma de combatirlas es
evitar confesárselas.
Todo acto que ejecute realmente
deberá estar sancionado por una orden. Como para cualquier persona resulta muy
difícil no hacer nada, se acumula en
el soldado una gran expectativa acerca de aquello que le está permitido hacer.
El deseo de actuar va acumulándose y aumenta sin tasa. Pero como toda acción va
precedida de una orden, la expectativa se vuelve hacia esta: el buen soldado
está siempre en un estado de consciente espera
de órdenes, que es acrecentada en todos los sentidos por su formación y se
pone claramente de manifiesto en las posturas y fórmulas militares. El momento
crucial en la vida del soldado es aquel en que adopta la posición de ¡firmes! ante
un superior. En estado de máxima tensión y receptividad se cuadra ante él, y la
fórmula que pronuncia –«¡A la orden!»–
expresa con gran precisión qué es lo importante.
Durante su instrucción, al
soldado se le prohíben más cosas que
al resto de las personas. Cualquier transgresión, por mínima que sea, es
severamente castigada. La esfera de lo no permitido, con la que todos nos
familiarizamos desde niños, adquiere proporciones gigantescas para el soldado,
que ve cómo en torno a él van alzándose muros cada vez más altos, que se iluminan
a medida que surgen. Es un prisionero que se ha adaptado a las paredes de su
celda; un prisionero que está contento de serlo. Mientras otros prisioneros
piensan en una sola cosa: cómo podrían horadar o escalar esos muros, él los ha
aceptado como una nueva naturaleza, como un entorno natural al que uno se
adapta y en el cual acaba transformándose.
Es parte de la formación del
soldado aprender a recibir órdenes de dos maneras: solo o junto con los otros.
La instrucción lo ha acostumbrado a movimientos que ejecuta juntamente con los
demás y que todos han de efectuar exactamente del mismo modo. Interviene aquí
una especie de precisión que se aprende mejor imitando a los otros que solo.
Así llega a ser como ellos; se establece una igualdad que en algún momento
puede ser utilizada para transformar una división militar en una masa. En
general, sin embargo, se desea lo contrario: igualar a los soldados entre sí lo
más posible sin que de ello surja una
masa.
Cuando están juntos como unidad,
los soldados reaccionan a todas las órdenes impartidas en conjunto. Pero ha de
subsistir la posibilidad de separarlos,
de hacer salir de las filas a uno, dos, tres hombres, la mitad, todos los que
el superior desee. El hecho de que todos marchen juntos es accesorio; la división
es utilizable en la medida en que pueda escindirse. La orden debe poder llegar
a un número de hombres cualquiera: uno, veinte o la división entera. Su
efectividad no ha de depender de a cuántos soldados se dirige. Es la misma
orden, tanto si es impartida a uno solo como si son todos los que la reciben.
Esta naturaleza invariable de la orden es de la máxima importancia; la sustrae
a todas las influencias de la masa.
Quien ha de impartir órdenes en un ejército debe poder mantenerse libre –tanto fuera como dentro de sí mismo– de cualquier masa. Lo aprendió cuando le enseñaron a esperar órdenes.
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09 agosto, 2015
La «banalidad del mal» es esta rutina donde nadie se admite responsable. - Arturo Borra
La alternativa hegemónica es invocar la falta de alternativas
para justificar lo injustificable: el abatimiento colectivo, la concentración
de poder, la marginación sistémica, el avasallamiento de derechos, la
destrucción de nuestro hábitat. En esta máquina devastadora están enganchados
los que dominan el mundo, partícipes necesarios de la ingeniería social del
expolio. Saben lo que hacen: la
plusvalía no es un error de cálculo ni la regularidad del abuso un mero
accidente.
Si hay algo así como un «mal radical» nace de esa
interdependencia del «cinismo» (del amo) y la «banalidad» (del esclavo) o, si
se prefiere, de la relación entre una consciencia moralmente indiferente y la
acrítica obediencia a sus mandatos.
La «banalidad del mal» es esta rutina donde nadie se admite
responsable, limitándose a ejecutar de forma irreflexiva la «matanza
administrativa».
Remitir la propia responsabilidad a una Necesidad externa
(Dios, la Historia, el Mercado) bloquea cualquier cuestionamiento
ético-político de quienes deciden. La retórica de la libertad se manifiesta
como suprema servidumbre: sólo queda la masacre generalizada, el salvataje
individual en el hundimiento colectivo, la guerra como relación con el otro, la
sustracción colectiva como vía de la supervivencia.
Arturo Borra - «El mal nuestro de cada día (figuraciones)»
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07 agosto, 2015
La alargada sombra de los intocables en España / Marcos Roitman
No soy partidario de escribir artículos basados en experiencias personales cuando se trata de cuestionar el poder político. Sin embargo, en esta ocasión no puedo dejar de hacerlo en tanto su significado sobrepasa la mera anécdota, situándose en la parte más siniestra de funcionamiento de una sociedad donde los caciques mantienen intacto su poder. No hace mucho, entre las colaboraciones habituales que envío a La Jornada se publicó un artículo sobre la figura del ex presidente de gobierno de la corona española, Felipe González. Eran de suponer críticas en uno u otro sentido. Debo confesar que me sentí halagado por la mayoría de ellas. Otras, las menos, recurrieron al insulto personal y la descalificación, sacando a relucir toda mi parentela.
El artículo en cuestión: “Felipe Gonzalez, la impudicia de un político indecente”, se reprodujo y tomó vida propia en España. Las redes se encargaron de publicitarlo, aunque curiosamente las habituales lo ignoraron. Por alguna razón misteriosa, ninguna consideró oportuno editarlo. Cada quien selecciona y fija los temas relevantes para sus páginas web. A los pocos días, Luis Hernández Navarro escribía su columna desentrañando más los negocios del susodicho. Corrió la misma suerte: las páginas web llamadas de izquierda o progresistas españolas lo ignoraron.
Sin embargo, lo destacable está en otro lugar. La sensación de no poder hablar o levantar la voz contra quienes se han convertido en seres intocables para España y su relato transicional. El poder de Felipe Gonzalez, transformado en cacique, agarrota, frena cualquier crítica, intimida y levanta un muro de personajillos serviles que hacen de cortafuegos. En España los caciques se han reproducido, actúan por encima de la ley con el beneplácito de las instituciones. Felipe González goza de ese estatus de gran cacique.
Tal vez desde la muerte del dictador Francisco Franco, Felipe González sea el único político intocable. Ni siquiera Adolfo Suárez o el incombustible José María Aznar han conseguido acceder a tal privilegio. El miedo a despertar su ira provoca auténtico pánico. Forma parte de ese selecto grupo al cual pertenecen terratenientes, grandes empresarios y aristócratas, cuyo poder permea toda la sociedad. Hasta su reciente fallecimiento, han sido caciques venerados por la sociedad cortesana en España el banquero Emilio Botín; el presidente del grupo Planeta, José Manuel Lara Bosch; el fundador del Grupo Prisa, Jesús Polanco; los fundadores de El Corte Inglés, Ramón Areces e Isidoro Álvarez, o la duquesa de Alba. Entre los vivos destacan el dueño del holding Zara, Amancio Ortega; los herederos de la banca March, dirigida por Carlos March; el grupo ACS con Florentino Pérez a la cabeza. Nombres propios cuya sola mención hace temblar a propios y extraños. Dueños de empresas, medios de comunicación, terratenientes, banqueros, forman parte de la plutocracia que hoy controla la vida política en España. Poco se puede hacer contra ellos. Son el IBEX 35.
En España no se puede escribir contra la plutocracia. No existe libertad de prensa ni libertad de expresión. Primero la autocensura juega ese papel fiscalizador de mordaza, miedo y cobardía. Mejor no hablar de ellos, ni mencionarlos ni atacarlos. Si algún medio de prensa lo hace, mejor valore sus consecuencias. Se acabaron los ingresos por publicidad. Y si se trata de una publicación impresa, de la noche a la mañana podrán surgir problemas en la distribución, costos de papel, y si la cosa es grave habrá presiones para cerrar el medio en cuestión. En definitiva, evite los conflictos y manténgase alejado de la crítica al poder real. Hable de fútbol, corrupción, narcotraficantes, inmigración ilegal, inauguraciones de hospitales, viajes oficiales, escándalos de faldas, guerras, tráfico de armas, etcétera. Es decir, del poder formal. No hay problemas, siempre y cuando no despierte a la bestia.
Si la autocensura no funciona, y nos encontramos con un artículo peligroso, el consejo de redacción debe actuar de filtro, para ese efecto están los corre, ve y dile. Informan y pasan el dato. Si eso no es suficiente, habrá que llamar al director y evitar que se publique. Y si tampoco funciona, se intimida con acudir a los tribunales y exigir daños y perjuicios. Todo un conjunto de triquiñuelas para lograr convencer al osado colaborador de no publicar su crítica. Por ello, agradezco a La Jornada su edición, símbolo de libertad de la libertad de prensa y compromiso con la verdad. En España ese artículo fue censurado en periódicos y medios digitales.
Eso sí, sea usted un fiel servidor de los intereses plutocráticos de caciques y se verá recompensado. Reconózcalos como padres de la patria, artífices de los cambios democráticos y la regeneración política, enaltezca sus valores y transfórmelos en mecenas con vocación de servicio público. A cambio obtendrá una recompensa económica nada desdeñable. El poder sabrá reconocer sus méritos.
Su carrera profesional irá en ascenso, no tendrá obstáculos, y si los hubiese, ellos se encargarán de eliminarlos. Está en nómina, es su empleado. Le darán órdenes y cuando consideren cumplida su función, lo tirarán a la cuneta, otro ocupará su lugar. Su dignidad habrá perecido en el camino, aunque en su haber podrá contarles a sus amigos que ha cenado, conocido secretos de alcoba y algún chascarrillo de la plutocracia. En su nómina hay gentes del arte y la cultura, científicos, deportistas y ex presidentes latinoamericanos.
Marcos Roitman
Del blog: escomberoides
05 agosto, 2015
03 agosto, 2015
Ese lugar llamado Poder
Loam
El Poder es, sobre todo, un lugar de confluencia y proceso. Abstracto y ubicuo siempre, concreto y delimitado en ocasiones. Tan hermético como transparente, tan inaccesible para quienes ambicionan ocuparlo, como cercano para la mayoría que lo sostiene y padece. No se licua una piedra por grabar en ella H2O, por ello, y sin menospreciar su disuasiva eficacia, no hay que confundir los símbolos del Poder –ni a los poderosos tampoco– con el Poder mismo. Unos y otros caen tarde o temprano, pero el Poder permanece y permanecerá mientras haya hombres y mujeres que lo sostengan. Es al Poder, y no sólo a sus pasajeros símbolos, al que hay que combatir en sus viejas y profundas raíces, sin olvidar que, ese lugar al que denominamos Poder, ni “se toma” ni se asalta; se accede a él, a condición de servirle incondicionalmente y perpetuarlo, o se niega y se destruye.
Más rápido que quienes lo detentan, el Poder, implacable como los hechos se han encargado de demostrar en múltiples ocasiones, se transforma (en lo que es) y prescinde drásticamente de sus detentores (César, Hitler, Mussolini… En este sentido, el Poder se asemeja a esos animales salvajes a los que creemos haber domesticado y que, súbitamente, se vuelven contra nosotros).
El Poder es, sobre todo, un lugar de confluencia y proceso. Abstracto y ubicuo siempre, concreto y delimitado en ocasiones. Tan hermético como transparente, tan inaccesible para quienes ambicionan ocuparlo, como cercano para la mayoría que lo sostiene y padece. No se licua una piedra por grabar en ella H2O, por ello, y sin menospreciar su disuasiva eficacia, no hay que confundir los símbolos del Poder –ni a los poderosos tampoco– con el Poder mismo. Unos y otros caen tarde o temprano, pero el Poder permanece y permanecerá mientras haya hombres y mujeres que lo sostengan. Es al Poder, y no sólo a sus pasajeros símbolos, al que hay que combatir en sus viejas y profundas raíces, sin olvidar que, ese lugar al que denominamos Poder, ni “se toma” ni se asalta; se accede a él, a condición de servirle incondicionalmente y perpetuarlo, o se niega y se destruye.
Más rápido que quienes lo detentan, el Poder, implacable como los hechos se han encargado de demostrar en múltiples ocasiones, se transforma (en lo que es) y prescinde drásticamente de sus detentores (César, Hitler, Mussolini… En este sentido, el Poder se asemeja a esos animales salvajes a los que creemos haber domesticado y que, súbitamente, se vuelven contra nosotros).
Tanto en el ámbito
religioso como en el político, se nos presenta al Poder “parcelado”: tres
personas distintas y un solo Dios verdadero, nos dice la Iglesia de su ente
supremo. Separación de poderes, legislativo, ejecutivo y judicial, nos dicen
los políticos. Pero sabemos que tras ese parcelamiento táctico, el Poder es Uno e indivisible.
Conceptos tan descomunales
como Eternidad, Inmortalidad e Infinito se han engendrado o han adquirido
carácter totalitario en el seno de su oscura filosofía, proyectando sus
alargadas sombras en la Historia y en el Futuro. Es de esas sombras, de esa
columna, de esa Historia, de ese Futuro y, en definitiva, de ese lugar de lo que hemos de liberarnos.
02 agosto, 2015
No la malgastéis...
01 agosto, 2015
Ahora! Ahora!...
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