Una cosa curiosa del homo
sapiens es que somos lo suficientemente inteligentes como para documentar,
con exquisito detalle, varias tendencias que presagian el colapso de la
civilización moderna, pero no lo suficientemente inteligentes como para librarnos
de nuestra situación autoinducida.
Esto se puso de relieve una vez más
en octubre, cuando los científicos informaron que las poblaciones de insectos
voladores en Alemania han disminuido en un alarmante 75 por ciento en las
últimas tres décadas, acompañadas, en los últimos doce años, por una
disminución del 15 por ciento en las
poblaciones de aves . Las tendencias son similares en otras
partes de Europa donde los datos están disponibles. Incluso en Canadá,
todo, desde la casual observación de los parabrisas, hasta las evaluaciones
científicas formales, muestran una caída en el número de
insectos. Mientras tanto, las poblaciones domésticas de muchas aves que
comen insectos están en caída libre. Ontario
ha perdido la mitad de sus pájaros carpinteros en los últimos 20 años. En
todo el país, especies como halcones nocturnos, golondrinas, martín pescador
y atrapamoscas han disminuido hasta en un 75 por ciento. Las golondrinas
del Gran Vancouver se han
reducido en un 98 por ciento desde 1970. ¿Oímos algo sobre todo esto
en las principales noticias?
Mal, muy mal. La pérdida de la
biodiversidad, que puede convertirse en la pesadilla del siglo, es
causada por muchos factores individuales, pero que interactúan: la pérdida de
hábitat, el cambio climático, el uso intensivo de plaguicidas y varias formas
de contaminación industrial, por ejemplo, suprimen las poblaciones
de insectos y aves. Pero el motivo general es lo que un
ecologista podría llamar el "desplazamiento competitivo" de la vida
no humana por el crecimiento inexorable de la actividad humana.
En un planeta limitado, donde millones
de especies comparten el mismo espacio y dependen de los mismos productos
finitos de la fotosíntesis, la expansión continua de una especie conduce necesariamente a la contracción y extinción de otras. (Políticos, tomen nota: siempre
hay un conflicto entre población humana / expansión económica y la
"protección del medio ambiente").
¿Se acuerdan de los 40 a 60 millones de
bisontes que solían vagar por las grandes llanuras de América del
Norte? Ellos, junto con los millones de ciervos, berrendos, lobos y
bestias menores que una vez animaron los ecosistemas de las praderas, han sido
"competitivamente desplazados", y sus hábitats han sido tomados por
una biomasa mucho mayor de humanos, ganado, cerdos y
ovejas. Y no sólo en las soleadas Grandes Llanuras de Norte América, también por los millones de ganaderos en todo el mundo que dependen, en
parte, de las exportaciones de cereales, aceite de semillas, leguminosas y carne de Norte América.
El desplazamiento competitivo se ha venido produciendo durante mucho tiempo. Los científicos estiman que en los
albores de la agricultura, hace 10.000 años, el homo sapiens representaba
menos del uno por ciento del peso total de los mamíferos en el planeta. (Probablemente sólo había de dos a cuatro millones de personas en la Tierra en ese momento).
Desde entonces, los humanos han crecido hasta representar el 35 por ciento de
una biomasa total mucho más grande; la tasa de animales domésticos y la
dominación humana de la biomasa de mamíferos del mundo se eleva al 98.5
por ciento!
No se necesita buscar más para
explicar por qué las poblaciones silvestres se han
desplomado a nivel mundial en casi un 60 por ciento en el último medio
siglo. Los tigres salvajes han sido expulsados del 93 por ciento de
su habitat histórico y su población se ha reducido a menos de 4.000 en todo el
mundo; los elefantes africanos ha menguado hasta en un 95
por ciento, estimándose en sólo 500.000 en la actualidad; la caza furtiva arrojó cifras sobre el rinoceronte negro: de los ya escasos 70.000 en 1960 a sólo 2.500 a principios de los años noventa. (Con un intenso esfuerzo de
conservación, se han recuperado desde entonces alrededor de 5.000). Y
aquellos que piensan que Canadá todavía es una zona silvestre, prístina
y poco poblada deberían repensarlo: la mitad de las especies silvestres regularmente monitoreadas en este país están en declive, con una caída promedio
de la población del 83 por ciento desde 1970. ¿Mencioné que la población de
orcas residente al sur de British Columbia es de tan sólo 76
animales? Eso se debe, en parte, a que los pescadores han
alejado a las orcas de su alimento favorito, el salmón Chinook que, a su vez, ha sido desplazado de sus arroyos
de desove a través de represas hidroeléctricas, contaminación y
urbanización.
La historia es similar para especies
familiares en todas partes y probablemente peor para la fauna no
carismática. Los científicos estiman que la "moderna" tasa de extinción de especies es de 1.000 a 10.000 veces la tasa
de fondo natural. La economía mundial está afanosamente ocupada
convirtiendo la naturaleza viviente en cuerpos humanos y ganado doméstico, algo que pasa desapercibido a nuestras poblaciones, cada vez más
urbanas. La urbanización aleja a las personas tanto psicológicamente como
espacialmente de los ecosistemas que las respaldan.
Puede que el carro de la masa humana comenzara a rodar hace 10 milenios, pero en los dos últimos siglos
de crecimiento exponencial ha acelerado extraordinariamente el ritmo del
cambio. Tomó toda la historia de la humanidad, digamos 200.000 años, para
que nuestra población alcanzara los mil millones a principios del siglo XIX,
pero sólo 200 años, 1/1000 de tiempo, para alcanzar los 7.600 millones de
hoy. Mientras tanto, la demanda de materia prima en el planeta se ha
elevado aún más: el PIB mundial se ha multiplicado por más de 100 desde
1800, y el promedio de ingresos per cápita en un índice de 13 (aumentando a
25 en los países más ricos ). En consecuencia, el
consumo se ha disparado y la mitad de los combustibles fósiles y
muchos otros recursos utilizados por los humanos se han consumido en los
últimos 40 años. (Ver gráficos)
¿Por qué es importante esto, incluso
para aquellos a quienes realmente no les importa la naturaleza en sí ? Además
de la infamia moral asociada con la extinción de miles de otras formas de vida,
existen razones puramente egoístas para preocuparse. Por ejemplo,
dependiendo de la zona climática, entre el 78% y el 94% de las plantas con
flores, incluidas muchas especies de alimentos para humanos, son polinizadas
por insectos, pájaros e incluso
murciélagos. (Los murciélagos, también en apuros en muchos
lugares, son los polinizadores principales o exclusivos de 500 especies en al
menos 67 familias de plantas). Hasta un 35% de la producción mundial de
cultivos depende más o menos de la polinización animal, lo que garantiza o
aumenta la producción de 87 cultivos alimentarios líderes en todo el mundo.
Pero hay una razón más profunda para
temer el agotamiento y la despoblación de la naturaleza. En ausencia de
vida, el planeta Tierra es sólo una roca húmeda intrascendente con una
atmósfera venenosa que gira inútilmente alrededor de una estrella ordinaria en
las orillas extremas de una galaxia irrelevante. Es la vida misma,
comenzando con innumerables especies de microbios, la que gradualmente generó el
"ambiente" adecuado para la vida en la Tierra tal como la
conocemos. Los procesos biológicos son responsables del equilibrio químico
favorable a la vida de los océanos; las bacterias fotosintéticas y las
plantas verdes han almacenado y mantienen la atmósfera de la Tierra con el
oxígeno necesario para la evolución de los animales; la misma fotosíntesis
extrajo gradualmente miles de millones de toneladas de carbono de la atmósfera,
almacenándolas en cretas, piedra caliza y depósitos de combustibles fósiles, de modo que la temperatura promedio de la Tierra (actualmente alrededor de 15º C) ha permanecido para edades geológicas en la estrecha franja que hace posible la vida basada en agua, incluso cuando el sol se ha estado calentando (es decir, que el clima estable es parcialmente un fenómeno biológico); innumerables especies de bacterias, hongos y una verdadera colección de micro-fauna regeneran continuamente los suelos que cultivan nuestros alimentos. (Desdichadamente, el agotamiento por la agricultura es
incluso más rápido. Según algunas versiones, nos queda, tan sólo, poco más de medio
siglo de tierra
cultivable).
En resumen, el homo sapiens depende
completamente de una rica diversidad de formas de vida destinadas a proporcionar
multitud de funciones básicas, esenciales para la existencia y
supervivencia de la civilización humana. Con una gran crisis
mundial sin precedentes, inducida por los humanos, ¿qué posibilidades hay de
que la integridad funcional de la ecosfera sobreviva a la próxima duplicación
del consumo material que todos esperan antes de mediados de siglo?
Esta es la cuestión: el cambio
climático no es la única sombra que oscurece la puerta de la humanidad. Si
bien no lo sabréis por los medios de comunicación dominantes, la pérdida de biodiversidad podría
suponer una amenaza sobre la existencia misma de la humanidad. Mientras pensamos en ello, agreguemos a la mezcla la degradación del suelo y del paisaje, la posible escasez de alimentos, de energía y de otros recursos. Y si crees que probablemente podremos "manejar"
cuatro de cada cinco de estos problemas ambientales, no importa. La
pertinente versión de la ley de Liebig establece
que, cualquier sistema complejo que dependa de varios insumos esenciales puede
ser eliminado por ese único factor de menor suministro (y aún no
hemos abordado los riesgos adicionales planteados por la agitación geopolítica
que inevitablemente seguiría a la desestabilización ecológica).
Lo cual plantea preguntas que, por supuesto, van más
allá del mero interés académico. ¿Por qué no estamos colectivamente
aterrados o al menos alarmados? Si nuestra mejor ciencia sugiere que
estamos camino al colapso de los sistemas, ¿por qué el colapso y
cómo evitarlo no son los temas principales del discurso político
internacional? ¿Por qué la comunidad mundial no participa en un debate
urgente y comprometido sobre las iniciativas disponibles y los mecanismos institucionales
transnacionales que podrían ayudar a restablecer el equilibrio en la relación
entre los seres humanos y el resto de la naturaleza?
Hay muchas opciones políticas,
desde simples impuestos al consumo, pasando por iniciativas populares de planificación integral para una economía sostenible, hasta una educación general que propicie cambios voluntarios en el estilo de vida, todo lo cual mejoraría las perspectivas de la
sociedad mundial para la supervivencia a largo plazo. Cualidades
humanas únicas, desde una inteligencia consciente (por ejemplo, razonar a partir
de la evidencia), la capacidad de planificar con anticipación, hasta
la conciencia moral, son requisitos indispensables para la tarea, pero permanecen inactivas: hay pocos indicios de voluntad política para reconocer el problema y mucho
menos para elaborar soluciones genuinas (que el acuerdo climático de París no contempla).
¿Conclusión? El mundo parece
negar el inminente desastre; la palabra "C" [¿capitalismo?] permanece silenciada. Todos los
gobiernos desestimaron la advertencia (1992) de los científicos a la
Humanidad, según la cual, "se requiere un gran cambio en nuestra
administración de la Tierra y de la vida en ella, si se quiere evitar la gran
miseria humana", e ignorarán de manera similar la "segunda" (Publicada el 13 de noviembre de 2017, esta advertencia afirma
que la mayoría de las tendencias negativas identificadas 25 años antes "están empeorando"). A pesar de la cascada de evidencias y el análisis
detallado de lo contrario, la comunidad mundial, como si de su santo grial contemporáneo se tratara, proclama que el "crecimiento-somos-nosotros". Incluso
los Objetivos de Desarrollo Sostenible de las Naciones Unidas se basan en la
expansión económica como único martillo para cada problemático clavo.
Mientras tanto, los gases de efecto invernadero alcanzan niveles máximos históricos,
las zonas muertas marinas proliferan, los bosques tropicales caen y las
extinciones se aceleran.
¿Qué está pasando aquí? La
explicación completa de este enigma humano y potencialmente fatal es sin
duda compleja,
pero Herman Melville lo resumió bastante bien en su Moby Dick : "No
hay locura de las bestias de la tierra que no sea infinitamente superada por la
locura de los hombres".
Desde los albores del
siglo XIX los intentos de configurar un nacionalismo español han chocado con la
desafección de las capas populares hacia una idea abanderada por una oligarquía
asentada primero en un agonizante colonialismo, siempre en una explotación
cuasi medieval sobre un campesinado crónicamente hambriento, y más tarde con el
fracaso en cuanto a la incapacidad de asentar una dominación capitalista que
favoreciera el desarrollo de las fuerzas productivas, debido a la resistencia
feroz de unas capas dominantes parasitarias formadas por encomenderos y
burócratas.
El intento de crear un
marco ideológico basado al menos parcialmente en las ideas de la Ilustración
con la Constitución de Cádiz de 1812, fue abortado por el “vivan las cadenas”
de Fernando VII, la invasión de los cien mil hijos de San Luis y la muerte de
Riego en el cadalso; surgían las “dos Españas” a las que Antonio Machado
aludiría un siglo después.
Los sectores del pueblo
se articularon en torno a las ideas de liberación social a fines del siglo XIX,
frente a lo cual la represión fue la única respuesta por parte del poder.
El paulatino desarrollo
en algunas zonas del territorio estatal de una burguesía ligada en gran medida
a inversiones extranjeras y su pacto con la oligarquía terrateniente no
modificó el desdén por parte del campesinado y un incipiente proletariado hacia
un españolismo de bandera y fusil, represor hacia el pueblo pero genuflexo ante
el capitalista extranjero. A falta de otro recurso, la burguesía echó mano al
pistolerismo para luchar contra el movimiento obrero, eliminando a sus líderes.
El nacionalismo español
ha ido a lo largo de generaciones una ideología de orden público, cuyo
depositario ha sido tradicionalmente el ejército, al que se encomienda reprimir
mediante consejos de guerra la protesta social, y especializado en ganar
guerras contra su propio pueblo.
La eclosión de la
conciencia nacional fundamentalmente en Catalunya y Euskal Herría supone que
las fuerzas armadas asuman también la tarea de asegurar la unidad del Estado
como marco de dominación de clase: Opresión social y nacional cuyo penúltimo
episodio decisivo fue el golpe de estado de 1936. La victoria fascista de 1939
y la posterior represión significaron, en lo que nos ocupa, el entierro de los
intentos de configurar una españolidad alternativa en el periodo republicano,
basada en valores de desarrollo económico, social y cultural, similar a la
ideología nacionalista francesa (con independencia de que la idea nacionalista
francesa, basada en los principios de libertad, igualdad y fraternidad, sean
finalmente también un mecanismo de legitimación ideológica de un chovinismo
basado en el colonialismo primero y la explotación imperialista neocolonial
después). Los últimos rescoldos de esa idea alternativa de “lo español” se
apagaron cuando se arrió definitivamente la bandea tricolor del patio del
Colegio para descendientes de españoles de Morelia (México), frente a la cual
se cantaba el Himno de Riego hasta muy avanzados los años 80 del pasado siglo.
La consolidación de la
llamada transición española y la asunción, por las fuerzas sociales y políticas
de la entonces oposición, de la reforma, no consiguió que a nivel popular la
simbología, bandera e himno de las tropas de Franco, impuestas como
supuestamente comunes, dejaran de sonar como algo “de fachas”, representación
además de un nacionalismo casposo con reminiscencias autoritarias, machistas y
taurinas, incapaces por tanto de suscitar entusiasmo por parte de quienes
veníamos de la “anti-España”, según la terminología franquista.
Y tal sentimiento de
desapego ha persistido en las últimas décadas pese a que el poder ha intentado
reforzar el sentimiento españolista aprovechando los periodos de relativa
bonanza económica, producto de la integración estatal en el marco imperialista
de la Unión Europea, y con la burda utilización de los éxitos deportivos para
intentar alimentar un orgullo de lo español que sirviera de amortiguador de las
tensiones sociales propias de la explotación capitalista.
En el campo de las ideas,
se ha utilizado profusamente el pensamiento idealista de Ortega y Gasset (que
se parece sospechosamente a la de José Antonio Primo de Rivera), basado en un
planteamiento idealista de nación, entendida como pensamiento etéreo (Ortega y
Gasset, en su obra «La rebelión de las masas» (1931), señala “Convivir en
soberanía implica la voluntad radical y sin reservas de formar una comunidad de
destino histórico, la inquebrantable resolución de decidir juntos en última
instancia todo lo que se decida... Una amenaza a la soberanía unida, o que deje
infectada su raíz, es el camino por el que iríamos derechos y rápidos a una
catástrofe nacional”), sin que tales apelaciones hayan calado
significativamente hasta hace muy poco tiempo.
Por otra parte, no es
extraño que la crisis de superproducción cuya fase más aguda arranca de 2007
hiciera aflorar la cuestión de las naciones oprimidas, resuelta en falso por la
llamada transición. Las tendencias centrífugas se hacen inevitables ante el
fracaso de un proyecto económico y político endeble. En ese marco debemos
situar el proceso catalán.
Paradójicamente (o tal
vez no), asistimos en estos días al aparente triunfo del más rancio
españolismo, de tal modo que muchas ciudades, barrios y pueblos parecen
inmensos cuarteles de la Guardia Civil, con banderas borbónicas colgadas de
muchos de sus balcones. En las conversaciones cotidianas, cuando sale el tema
de Catalunya, personas que no esperabas esgrimen ramplones argumentos sobre la
supuesta insolidaridad del pueblo catalán.
Y es que el discurso del
poder se ha apropiado del término solidaridad, hasta hace nada patrimonio de
nuestra clase, para utilizarlo como arma arrojadiza contra el pueblo de
Catalunya, de tal modo que es un ejercicio de solidaridad aplaudir cuando la
policía les apalea y los tribunales les encarcelan.
Para llegar a tal estado
de cosas, la mayoría de la llamada izquierda ha actuado como cooperadores
necesarios alineándose en defensa de la unidad, tal vez para ocultar sus
vergüenzas por el papelón que desempeñaron en la transición, o porque han
renunciado (eso no es nuevo tampoco) a levantar un proyecto ilusionante de
transformación social. Las apelaciones en ese sentido a la unidad de clase
suenan huecas si se pretende al parecer la unidad en la explotación.
Desde las más burdas
actuaciones, como por ejemplo participar entusiásticamente en movilizaciones
defendiendo la españolidad de Catalunya codo con codo con el fascismo más
rampante, a cambio de obtener una tribuna donde exponer miserias patéticas,
hasta las más sutiles pero igualmente hipócritas apelaciones a un supuesto
internacionalismo superador, como si éste no supusiera también hermanarse con
la clase trabajadora de Tanger o de la India, al final todos estos supuestos
alternativos reman a favor de corriente con la oligarquía española y la cabra
de la Legión.
El sector de Podemos y
sus convergencias, incómodo ante un escenario ni previsto ni deseado, afirma
que pretende un referéndum “legal y pactado” en Catalunya, que además de una
idea ilusoria supone el alineamiento en defensa de la legalidad vigente.
Cantaba Luis Eduardo Aute
en una canción de la transición que “la inteligencia es un grano de pus cuando
el fin último de la razón está en ser fiel a una Constitución”.
En términos de
legitimidad y no de legalidad hemos de abordar la cuestión catalana; por muchas
reservas que se puedan tener respecto a algunos de los actores de este proceso,
la clase trabajadora debe defender en lo concreto el derecho democrático a la
autodeterminación, como paso necesario hacia la solidaridad y hermandad de
clase.
Tal vez lo que haya que
cuestionar no sea el proceso catalán, sino el papel de las organizaciones de la
¿izquierda? Españolista, que muestran por enésima vez su inoperancia ante las
agresiones que cotidianamente sufre la clase trabajadora independientemente de
su origen nacional. Para ello, se hace ya urgente crear instrumentos
transformadores, organizarse para vencer y, como decía una pancarta en las
movilizaciones en Madrid en apoyo a Catalunya: Tirar fuerte para que caiga la
estaca.
A mediados de noviembre Cospedal se comió
esta broma a cuenta de la supuesta trama de espionaje “del Kremlin” conspiteoría que El País llevaba meses
alimentando.
.
Apenas una semana después, el 23 de
noviembre, el preparao suelta una de las primeras pistas de por dónde van a ir
los tiros.
Y al final pasó lo
que suele pasar, Cospedal aprovechó la coyuntura de que el relato del
enemigo exterior se repite con éxito en los altavoces de la prensa concertada
para inventarse una amenaza a la democracia, nada menos.
“Voy a proponer a
la Comisión de Defensa del Congreso la creación de un grupo de trabajo que
reúna a diputados y editores de los principales medios de comunicación para
estudiar a fondo la amenaza de la desinformación contra nuestra democracia”.
Cospedal dice esto el 30 de noviembre
con el cartelón del diario La Razón de fondo. Otro metachiste.
Cuando Trump empezó a hablar de “Fake
News” (término posmodernazo por excelencia) la prensa internacional (también la
patria) hizo frente común en contra. Ahora es nuestro Gobierno es el que habla
de “Feik Nius”. Apuesto algún órgano vital a que la reacción no será la misma.
Sin perder ni 25 horas, El País
titula al día siguiente en portada: “Desinformación en Internet: nueva amenaza
a la seguridad“, señalando a Internet a bulto (algo muy de la casa)
Pero sin olvidar al Kremlin, claro, que
aparece en el primer párrafo.
Resulta que un documento
político-estratégico de 128
páginas (que tampoco he podido encontrar) sirve de “marco de referencia para la
política de Seguridad Nacional”.
En ese texto se alerta de “un incremento de las agresiones de
servicios de inteligencia extranjeros” y aunque no parece apuntar directamente
“al Kremlin” se mueve entre un paquete
de amenazas tan dispares que van desde el terrorismo, el espionaje o la sequía
y donde la “desinformación”encaja sin
problemas entendida como “operaciones de desinformación o divulgación de
noticias falsas en internet con el objetivo de desestabilizar el modo de vida
en España“.
Desestabilizar el modo de vida en España, ojo. Ahí es nada.
Prohibir el anonimato en
Internet
Y
con este escenario prefabricado de amenazas exteriores y enemigos megamalvados
resulta fácil encalomar otras cositas de propina.
Un supuesto tarado soltó una tarugada a Alicia Sánchez Camacho y esto
sirvió de base para proponer acabar con el anonimato en las redes sociales. Los
peperos no tienen medida.
Rafael
Hernando le ha encargado a Camacho que empiece a llamar a la
puerta del resto de grupos políticos para estudiar posibles cambios en la
legislación actual para obligar a los usuarios a que se identifiquen con los
datos de su DNI en internet.
Se plantean intentar legislar localmente algo de
caracter global, además de un derecho fundamental. Otro cartucho mojado de
estos catetos amantes de los tajos a las libertades que creo que no van a poder disparar.
Parecen
querer olvidar que es muy simple descubrir la identidad de un usuario “anónimo”
y casos hay a patadas. Así se ha juzgado tanto a personajes anónimos por
amenazas como a graciosos desconocidos por contar algún chiste. Aunque
bien podría ser un nuevo bote de humo para comprobar hasta donde somos capaces
de tragar “por nuestra seguridad”.
Rajoy repite sin cesar que quiere
devolver la “normalidad” a Catalunya. Albiol quiere que en TV3 haya gente
“normal”, y que en el 21-D participen candidatos “normales”
¿Es casual este nuevo mantra del PP?
¿Es normal que no paren de hablar de normalidad?
Lo lógico sería que los políticos
supuestamente constitucionalistas y paladines del Estado de derecho apelaran a
la legalidad; pero resultaría un tanto paradójico que los miembros del partido
más corrupto de Europa, sobre los que no cesan de llover las imputaciones pese
a la pertinaz sequía, abusaran de ese término peligrosamente autorreferente, y
esa es una de las razones de que a veces lo sustituyan por otro más vago y
menos comprometido.
La otra razón es que son normópatas.
No hay más que verlos, repeinados y maqueados como comparsas de telenovela (que
de hecho es lo que son). No hay más que oírlos. No hay más que leer sus
biografías y sus antecedentes. ¿Y qué es un normópata? El prestigioso psicólogo
mexicano Enrique Guinsberg lo define como “aquel que acepta pasivamente por
principio todo lo que su cultura le señala como bueno, justo y correcto, no
animándose a cuestionar nada y muchas veces ni siquiera a pensar algo
diferente, pero, eso sí, a juzgar críticamente a quienes lo hacen e incluso a
condenarlos o a aceptar que los condenen”.
Para el normópata, lo normal es que
una familia la formen un hombre y una mujer, por lo que el matrimonio
homosexual (y la homosexualidad misma) es una aberración. Para el normópata,
siempre ha habido ricos y pobres, siempre ha habido reyes y súbditos, siempre
ha habido obispos pederastas impunes, siempre ha habido brutalidad policial
impune, siempre ha habido políticos corruptos impunes, y por tanto es normal
que los ricos, los reyes, los obispos, los policías y los políticos sigan
abusando impunemente de los demás. Y, consiguientemente, también es normal que
quienes se oponen a estos abusos normalizados vayan a la cárcel.
La normopatía está muy cerca de
aquella “banalidad del mal” de la que hablaba Hannah Arendt al analizar el caso
de Adolf Eichmann, que no parecía un individuo especialmente retorcido o
enfermo. Cometió sus horribles crímenes por el mero deseo de ascender en su
carrera profesional (como la mayoría de los políticos), y, según repetía sin
cesar en su defensa, se limitó a cumplir las órdenes de sus superiores. “Fue
como si en sus últimos minutos resumiera la lección que su larga carrera de
maldad nos ha enseñado –escribió Arendt–, la lección de la terrible banalidad
del mal, ante la que las palabras y el pensamiento se sienten impotentes”.
Pero, aunque el pensamiento normópata
de Rajoy, Albiol, Rivera y compañía sea impotente ante el mal y su terrible
banalidad, nuestro pensamiento, nuestras palabras y nuestras acciones no lo
son. No podemos aceptar su “normalidad” y no la aceptamos. No aceptamos su
corrupción sistemática, ni su manipulación de la justicia, ni su brutalidad
policial, ni su encarcelamiento de inocentes, ni su Constitución mordaza, ni su
monarquía franquista, ni su españolismo casposo. Lo demostramos el 1 de octubre
y seguiremos demostrándolo, hasta la victoria y más allá, hasta que sea normal
ser diferente, hasta que sea normal librarse de los normópatas.
CONFLUENCIA POLÍTICA
INTERNACIONALISTA POR LA RUPTURA CON EL RÉGIMEN DEL 78.
Los acontecimientos vividos estos
últimos meses y que han tenido como gran protagonista al pueblo catalán, han
puesto de manifiesto hechos que hasta ahora no eran evidentes para mucha gente:
Que la Constitución que se votó en
1978 para intentar conjurar el ruido de sables lleva impresa la herencia del
franquismo. Es por ello una camisa de fuerza que atenaza derechos y libertades,
entre ellos el Derecho de los Pueblos a su Autodeterminación.
Que el muro del Régimen del 78 tiene
su sostén clave en el PP y en el PSOE, ahora con el apéndice de Ciudadanos.
Está integrado por todas las estructuras del Estado, empezando por la
Monarquía, continuando con la Audiencia Nacional o el Tribunal
Constitucional,fieles continuadores del TOP (Tribunal de Orden Público) que no
fueron depurados en la Transición. A esas estructuras se han sumado un sin fin
de leyes represivas que se aplican con ensañamiento contra quienes luchan por
defender sus derechos.
Que, como bien comprobamos en
nuestras carnes, los derechos sociales y laborales recogidos en la Constitución
valen menos que papel mojado. Para mayor escarnio sufren recortes sin fin, al
amparo del artículo 135, reformado sin referéndum por el PP y PSOE, y por el
que, ellos tan patriotas, han liquidado cualquier soberanía a los pies de la
Unión Europea.
El pueblo catalán ha visto
desaparecer la esperanza de que las oligarquías que gobiernan la Unión Europea
diesen cobertura a sus derechos y les amparasen contra la brutal represión
desencadenada por el Estado contra el pueblo y sus instituciones. El Régimen
heredero de Franco está atizando una vez más el enfrentamiento entre pueblos
para aumentar como sea su caladero de votos, intentando tapar el inmenso hedor
de la corrupción que afecta a todas sus estructuras, antes del PSOE y ahora del
PP, que son diferentes caras de una misma moneda. El vacío político actual de
potentes organizaciones coherente y firmemente democráticas -con lo que esto
significa de oposición clara a la farsa de Transición que aquí nos impusieron-
son el mejor caldo de cultivo para el crecimiento de opciones de extrema
derecha o claramente fascistas como fuerza de choque del capital en tiempos de
crisis.
La ruptura con el Régimen instaurado
en 1978, y que como hemos visto permanece en sus estructuras fundamentales,
aparece en el primer plano de las tareas políticas de los pueblos del Estado
español para lo cual se hace necesario conseguir una correlación de fuerzas más
favorable a través de la confluencia en torno a este objetivo y a la
consiguiente movilización popular.
Por todo ello, porque además es
indispensable responder a la brutal represión que se abate sobre el pueblo de
Cataluña y que se manifestó de forma salvaje el 1 de octubre, para después
arrasar con sus instituciones, encarcelando a sus dirigentes y a la mayor parte
del Govern de la Generalitat en aplicación de uno de los artículos de la
Constitución que con mayor fuerza representa la herencia de la Dictadura,
LLAMAMOS A SALIR A LA CALLE EL
PRÓXIMO 6 DE DICIEMBRE EN TODOS LOS
PUEBLOS DEL ESTADO ESPAÑOL
CONTRA LA CONSTITUCIÓN DE 1978 Y LA
MONARQUÍA FRANQUISTA
POR EL DERECHO DE AUTODETERMINACIÓN
DE LOS PUEBLOS.
POR LA PLENA GARANTÍA DE DERECHOS
SOCIALES Y LABORALES.