11 noviembre, 2019

Se recrudece el golpismo imperialista en América Latina


Muy "democrática" la "sugerencia" de este mercenario en jefe


El golpe en Bolivia: cinco lecciones
— Atilio A. Borón

La tragedia boliviana enseña con elocuencia varias lecciones que nuestros pueblos y las fuerzas sociales y políticas populares deben aprender y grabar en sus conciencias para siempre. Aquí, una breve enumeración, sobre la marcha, y como preludio a un tratamiento más detallado en el futuro. Primero, que por más que se administre de modo ejemplar la economía como lo hizo el gobierno de Evo, se garantice crecimiento, redistribución, flujo de inversiones y se mejoren todos los indicadores macro y microeconómicos la derecha y el imperialismo jamás van a aceptar a un gobierno que no se ponga al servicio de sus intereses.

Segundo, hay que estudiar los manuales publicados por diversas agencias de EEUU y sus voceros disfrazados de académicos o periodistas para poder percibir a tiempo las señales de la ofensiva. Esos escritos invariablemente resaltan la necesidad de destrozar la reputación del líder popular, lo que en la jerga especializada se llama asesinato del personaje (“character assasination”) calificándolo de ladrón, corrupto, dictador o ignorante. Esta es la tarea confiada a comunicadores sociales, autoproclamados como “periodistas independientes”, que a favor de su control cuasi monopólico de los medios taladran el cerebro de la población con tales difamaciones, acompañadas, en el caso que nos ocupa, por mensajes de odio dirigidos en contra de los pueblos originarios y los pobres en general.

Tercero, cumplido lo anterior llega el turno de la dirigencia política y las elites económicas reclamando “un cambio”, poner fin a “la dictadura” de Evo que, como escribiera hace pocos días el impresentable Vargas Llosa, aquél es un “demagogo que quiere eternizarse en el poder”. Supongo que estará brindando con champagne en Madrid al ver las imágenes de las hordas fascistas saqueando, incendiando, encadenando periodistas a un poste, rapando a una mujer alcalde y pintándola de rojo y destruyendo las actas de la pasada elección para cumplir con el mandato de don Mario y liberar a Bolivia de un maligno demagogo. Menciono su caso porque ha sido y es el inmoral portaestandarte de este ataque vil, de esta felonía sin límites que crucifica liderazgos populares, destruye una democracia e instala el reinado del terror a cargo de bandas de sicarios contratados para escarmentar a un pueblo digno que tuvo la osadía de querer ser libre.

Cuarto: entran en escena las “fuerzas de seguridad”. En este caso estamos hablando de instituciones controladas por numerosas agencias, militares y civiles, del gobierno de Estados Unidos. Estas las entrenan, las arman, hacen ejercicios conjuntos y las educan políticamente. Tuve ocasión de comprobarlo cuando, por invitación de Evo, inauguré un curso sobre “Antiimperialismo” para oficiales superiores de las tres armas. En esa oportunidad quedé azorado por el grado de penetración de las más reaccionarias consignas norteamericanas heredadas de la época de la Guerra Fría y por la indisimulada irritación causada por el hecho que un indígena fuese presidente de su país. Lo que hicieron esas “fuerzas de seguridad” fue retirarse de escena y dejar el campo libre para la descontrolada actuación de las hordas fascistas -como las que actuaron en Ucrania, en Libia, en Irak, en Siria para derrocar, o tratar de hacerlo en este último caso, a líderes molestos para el imperio- y de ese modo intimidar a la población, a la militancia y a las propias figuras del gobierno. O sea, una nueva figura sociopolítica: golpismo militar “por omisión”, dejando que las bandas reaccionarias, reclutadas y financiadas por la derecha, impongan su ley. Una vez que reina el terror y ante la indefensión del gobierno el desenlace era inevitable.

Quinto, la seguridad y el orden público no debieron haber sido jamás confiadas en Bolivia a instituciones como la policía y el ejército, colonizadas por el imperialismo y sus lacayos de la derecha autóctona. Cuándo se lanzó la ofensiva en contra de Evo se optó por una política de apaciguamiento y de no responder a las provocaciones de los fascistas. Esto sirvió para envalentonarlos y acrecentar la apuesta: primero, exigir balotaje; después, fraude y nuevas elecciones; enseguida, elecciones pero sin Evo (como en Brasil, sin Lula); más tarde, renuncia de Evo; finalmente, ante su reluctancia a aceptar el chantaje, sembrar el terror con la complicidad de policías y militares y forzar a Evo a renunciar. De manual, todo de manual. ¿Aprenderemos estas lecciones?


Pinochet se reinstala en La Moneda — Juan Pablo Cárdenas


«Es hora de que el pueblo no busque salvadores. Que sean los millones de chilenos movilizados los que lo encaren y arrojen de La Moneda».

El fantasma del ex Dictador recorre los pasillos de La Moneda. Con gran acierto periodístico, la televisión alemana le ha brindado al mundo un reportaje audiovisual en que reproduce la declaración de guerra de Sebastián Piñera a la protesta social, casi en los mismos términos que lo hiciera Pinochet décadas atrás. La exposición de ambas imágenes es elocuente y habla de cómo el actual morador del Palacio Presidencial es hijo dilecto del Tirano que con idénticas palabras y recursos criminales manda a reprimir el clamor de justicia y equidad.

Es comprensible. Sebastián Piñera le debe a Pinochet la oportunidad de convertirse en un multimillonario durante esos fatídicos años de dictadura, así como en su hora final el ex gobernante de facto debe haberle agradecido mucho al actual mandatario por concurrir a Londres a visitarlo y abogar por su impunidad, cuando el Tribunal Internacional de la Haya pudo haberlo condenado ejemplarmente ante la historia por sus crímenes de lesa humanidad.

Qué duda cabe: Piñera es parte del legado de Pinochet, de su Constitución y régimen neoliberal, los cuales por fin tienen sus días contados. Hoy es la inmensa y sostenida rebelión popular la que le exige a la política una Asamblea Constituyente y el fin de los horrores cometidos por el capitalismo ultra despiadado. Advirtiéndole al mundo para que nunca más pueda imponerse un régimen económico de tantas iniquidades como el que adoptó el Régimen cívico militar y recibió el beneplácito de los gobiernos “democráticos” que le siguieron.

Al igual que su mentor, Piñera dice que está más “firme que nunca”; que nadie lo moverá de La Moneda hasta completar los años que le faltan a su administración. Sin embargo, los porfiados hechos nos indican que el estallido social no retrocede, que los chilenos no se conforman con las migajas que quieren darle las desesperadas iniciativas de un gobierno cuyos ministros de estado, parlamentarios y partidarios ya lo saben tambaleante. Por lo mismo que las contradicciones entre unos y otros se hacen todos los días evidentes, como que hace algunas horas el propio Piñera ha salido a implorar la lealtad de la centro derecha.

Recordamos que durante una protesta, el Dictador decidió mirar la encendida ciudad de Santiago desde un helicóptero. No nos consta, sin embargo, que su hijo dilecto haya hecho algo parecido en estos días de furia social. Como tampoco tenemos certeza de que siquiera observe a través de la televisión todo lo que sucede. Que siga lo que transmiten los canales que han sido tan obsecuentes con los gobiernos culpables de lo sucedido y que, por supuesto, viven a expensas de los grandes empresarios cuya voracidad y perversión moral en una de las principales responsables también de la grave crisis que vivimos.

Pero tampoco podríamos estar seguros de que Piñera sienta alguna compasión por el país y lo que se manifiesta en estas nuevas protestas. Que pueda abochornarse realmente de las miserables pensiones que condenan a los chilenos de la Tercera edad en sus últimos días y después de trabajar por 30 o 40 años. Que pudiera sensibilizarse sinceramente frente al miserable ingreso promedio de los trabajadores chilenos y que a todas luces no les alcanza para cubrir los gastos de primera necesidad de sus familias. Por lo mismo que un alza de apenas 30 pesos en la tarifa del metro pudo encender tanto dolor y a rabia contenidos.

Tampoco creemos que podría aquilatar el impacto que significa para los hogares chilenos que sus enfermos, sobre todo los niños y los ancianos, se mueran todos los días a la espera de entrar al pabellón de los hospitales o recibir los medicamentos necesarios. Porque para Piñera y sus semejantes, la salud es un servicio por el cual hay que pagar, y caro, al igual que con la educación y las viviendas básicas. Tal como se le eroga a las empresas privadas y extranjeras por el agua o por circular por las carreteras, cuyos valores se incrementan todos los años por encima del índice de precios al consumidor. Según lo que fue pactado vergonzosa y servilmente por los gobiernos y parlamentos de la posdictadura con los inversionistas extranjeros. Al concederles propiedad y privilegios que a ellos mismos ahora les causa rubor, cuando se enteran de la severa angustia de los pobres y de las graves carencias de la clase media. Porque sin mediar todavía ley o presión estatal alguna, ya prometen reajustar los salarios de sus empleados y cumplir con los deberes tributarios por largos años burlados.

No sabemos tampoco si Piñera es capaz de impresionarse por la cantidad de personas agredidas por la policía y los militares que sacó a la calle para otra vez enfrentarlos a su propio pueblo. Apreciar cómo hoy más de doscientos hombres y mujeres han quedado minusválidos a causa de los balines lanzados a quema ropa por las llamadas Fuerzas Especiales y que les han vaciado sus órbitas oculares. No sabemos si alguna vez como joven y estudiante este patético personaje recibió algún lumazo de los pacos, como los de ese niño golpeado brutalmente una vez detenido por dos “efectivos del orden y la seguridad”. O si será capaz de comprender lo que le puede significar a una joven adolescente recibir decenas de perdigones en sus piernas dentro de su propio establecimiento escolar. De parte, por supuesto, de otro desalmado policía a muy pocos metros de distancia.

No, por cierto que no. Piñera solo entiende de cifras macroeconómicas y sigue convencido que el mejor acicate para el crecimiento es que los ricos sean cada vez más ricos y la mano de obra sea cada vez más barata a objeto que nuestros productos de exportación sean “competitivos” en el mercado internacional. Para que, además, las oportunidades de nuestra geografía, yacimientos, bosques y mares atraigan más y más capitales a Chile, donde los dividendos de los “emprendedores” como suelen calificarse, no alcanzan nunca el bolsillo de los que trabajan o de los que se jubilaron después de 30 o 40 años de esfuerzo y frustradas esperanzas.

En razón de su enorme megalomanía, Piñera cree que va a contar siempre con el apoyo de los grandes empresarios y del gobierno de la Casa Blanca, a donde concurrió para ofrecerle la estrella de nuestro emblema nacional a Trump y prenderla a la bandera estadounidense. Se olvida que hasta hace muy pocos años, sus propios colegas de la clase empresarial chilena se avergonzaban de su codicia y descarada falta de probidad. Al parecer se ha olvidado de esa retahíla de artículos y columnas con que sus pares políticos lo fustigaban. Como esos lúcidos escritos de quien fuera su compañero de lista senatorial, el reaccionario periodista Hermógenes Pérez de Arce. O su propio hermano, el economista ultraneoliberal que ahora teme que su sistema previsional corra peligro.

Rodeado de colaboradores abyectos y desvergonzados, Piñera se propone permanecer en el gobierno, cuando las cifras de las encuestas indican que su popularidad ya bajó de los dos dígitos. Cuando sus expresiones son refutadas por los jefes militares que se suponen de su confianza y se sabe que el Presidente de la Corte Suprema y el Contralor General de la República (además de los presidentes del Senado y la Cámara de Diputados) han repudiado su errática iniciativa de convocar al Consejo de Seguridad Nacional, como si el país estuviera bajo peligro a causa de un enemigo externo.

A esta altura ya no sabemos si comparar a Piñera con Pinochet sea igualmente lesivo para ambos, especialmente para este último aunque a todas luces se ha convertido en su émulo. Pero lo que tenemos claro es que, como a aquél, a este otro solo puede tumbarlo el pueblo y su activa protesta. Con la diferencia de que el actual usurpador de La Moneda ya no está en condiciones de negociar su salida y, menos, imponer su legado. Porque si algo tenemos muy claro es que si se propusiera negociar su salida con el Parlamento, los partidos y los poderosos gremios empresariales, de seguro que los arrastraría a todos por su mismo despeñadero. Si tomamos en cuenta que sus niveles de desprestigio verdaderamente los comparte con todos ellos.

Es hora de que el pueblo no busque salvadores. Que sean los millones de chilenos movilizados los que lo encaren y arrojen de La Moneda. Que por ningún motivo, les endosemos nuestros derechos y obligaciones ciudadana a los oportunistas del momento, que ya ofrecen sus servicios de intermediarios. Porque ya sabemos lo que ocurre cuando se negocia el futuro a espaldas de los ciudadanos. Sin Asamblea Constituyente, por ejemplo, la que debe constituirse en el primer paso para recuperar la dignidad nacional avasallada.

Domingo 10 de noviembre 2019.

Artículo relacionado:
Golpe de Estado en Bolivia para profundizar el saqueo capitalista - Cecilia Zamudio


Bolivia: un golpe que nos afecta a todos





Con el golpe de Estado concretado en Bolivia hoy se trunca unos de los procesos más exitosos de la región latinoamericana de los últimos años, con logros indiscutibles en lo económico, en lo político, en lo cultural y en lo étnico, tal como lo dejaron en claro tanto el presidente Evo Morales como el vicepresidente Alvaro García Lineras al hablar a la población ofreciendo su renuncia.

Más allá de las razones políticas que dan para un análisis de mayor profundidad, la renuncia de las dos principales autoridades del gobierno constitucional que hace apenas unos días tuvieron el respaldo electoral del 47% de los bolivianos y bolivianas, se da por razones humanitarias. Lo dijeron en diversas formas: quieren evitar más muerte y destrucción. Y así se lo pidieron a quienes lideran la escalada subversiva contra el Estado constitucional.

Bolivia, quizás el país de la región que más ha soportado golpes de Estado a lo largo de su historia, regresa así a un camino que parecía definitivamente abandonado. El golpe es un atentado para la democracia boliviana, para bolivianos y bolivianas, pero también para toda la región. De la misma manera que hace dos días se vivió con alegría la libertad de Lula en Brasil, hoy la renuncia de Morales y García Linera empujados por la violencia prepotente de las fuerzas de la derecha, el golpe de Estado, implican un derrota más allá de las fronteras del país andino. Es un retroceso para la democracia, para la libertad y la justicia de los pueblos de la región. Es un motivo de tristeza.

Es un dato más para preocuparse en el escenario de nuestra región latinoamericana. Por motivos similares a los que generan los exabruptos de Jair Bolsonaro en Brasil, la claudicación de Lenin Moreno en Ecuador o la grave situación que atraviesa el pueblo chileno porque no se atienden sus demandas.

Nuevas luces de alerta y atención. No solo para Bolivia, sino para toda la región.

Los motivos del golpe en Bolivia los aclararon Evo Morales y Alvaro García Linera al hablar al pueblo y se pueden sintetizar en las opciones que el gobierno hizo en favor de los pobres, de los campesinos y de los indígenas. No hay otras razones, porque si así fuera se habría aceptado la ya de por sí generosa oferta presidencial de convocar a nuevas elecciones acatando el pedido de organismos internacionales.

El futuro parece incierto. Pero quedan las palabras del presidente y del vicepresidente bolivianos: "Desde donde estemos seguiremos luchando" y "no los vamos a dejar solos". Tampoco América Latina, sus dirigentes y sus organizaciones y movimientos sociales deberían abandonar en esta hora al pueblo boliviano.

Enlace relacionado:
https://tarcoteca.blogspot.com/2019/11/el-golpe-de-estado-en-bolivia-sigue-el.html?

08 noviembre, 2019

● Chile sigue movilizado pese a la represión policial ●

























LOS ESBIRROS DE LA OLIGARQUÍA CRIMINAL EN ACCIÓN

Esbirro: Hombre o mujer que, a cambio de dinero, realiza las acciones violentas 
o amenazas que se le ordenan. Vendido.





La represion contra el pueblo chileno movilizado no para. Los medios, los políticos, las instituciones policiales y el gobierno, naturalizaron el uso de armamento y disparos contra las manifestaciones sociales, que reportan miles de heridos que son invisibilizados e ignorados.

Comparte, Difunde, no seas cómplice...!!!


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07 noviembre, 2019

El capital tan sólo obedece a sus propios fines, no puede ser un proyecto humano





«El capital no es una fuerza neutra que, "orientada" convenientemente, podría engendrar la felicidad de la humanidad de la misma manera que provoca su perdición. No puede "descontaminar de la misma manera que contamina", como pretendía un ciudadanista ecologista, puesto que su propio movimiento lo conduce ineluctablemente a contaminar y destruir, o sea, el movimiento de acumulación y de producir para dicha acumulación pasa por encima de cualquier idea de "necesidad", así como de la necesidad vital que supone para la humanidad preservar su medio ambiente. El capital tan sólo obedece a sus propios fines, no puede ser un proyecto humano. No existe "mundialización" otra. Ante él no están las necesidades de la humanidad, sino la necesidad de la acumulación. Si, por ejemplo, se dedica a reciclar, la rama que se cree para ello hará todo lo necesario para tener siempre cosas que reciclar. El reciclaje, que no es más que otra forma de producir materia prima, crea siempre más desechos "reciclables". Además, contamina tanto como cualquier otra actividad industrial.»

Alain C. El impasse ciudadanista. Contribución a una crítica del ciudadanismo. Texto completo aquí

04 noviembre, 2019

“El capitalismo actuará antisocialmente si le resulta rentable hacerlo, y hoy en día eso podría significar una devastación humana de una escala inimaginable” — Terry Eagleton



ELOTRO – 03/11/2019

Fragmento de: Terry Eagleton / “Por qué Marx tenía razón”.

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El marxismo está acabado. Tal vez tuviera cierta relevancia en un mundo de fábricas y de revueltas por hambre, de mineros del carbón y de deshollinadores, de miseria generalizada y de concentración de las masas obreras. Pero no tiene sentido alguno en las actuales sociedades occidentales posindustriales, caracterizadas por una diferenciación por clases cada vez menor y por una creciente movilidad social. No es más que el credo de quienes son demasiado obstinados, temerosos o ilusos como para aceptar que el mundo ha cambiado para siempre y para mejor.

El final definitivo del marxismo sería una noticia que resonaría como música celestial en oídos de los marxistas de todo el mundo. Estos podrían por fin dejar de manifestarse y de organizar piquetes, regresar al calor de sus sufridas familias y disfrutar de una velada hogareña en vez de asistir a otra tediosa reunión de comité. Los marxistas no quieren más que dejar de ser marxistas. En este sentido, ser marxista no se parece en nada a ser budista o ser multimillonario. Es más bien como ser médico. Los médicos son unas perversas criaturas con tendencia a la autoanulación, pues eliminan la fuente misma de su trabajo y su sustento curando a pacientes que, una vez sanos, ya no los necesitan. La tarea de los radicales políticos es similar, pues consiste en llegar a ese punto en el que dejarían al fin de ser necesarios porque se habrían cumplido sus objetivos.

Llegado ese momento, serían libres de retirarse, quemar sus pósteres del Che Guevara, retomar aquel violonchelo que llevaban tanto tiempo sin tocar y conversar sobre temas más fascinantes que el modo asiático de producción. Si dentro de veinte años quedan aún marxistas o feministas, será una verdadera pena. En la esencia misma del marxismo está el que sea una empresa estrictamente provisional; de ahí que quien invierta en ella toda su identidad esté cometiendo un claro error de concepto. Que siga habiendo vida después del marxismo es precisamente lo que justifica la existencia del marxismo.

Esta (por lo demás) seductora imagen presenta únicamente un problema. El marxismo es una crítica del capitalismo: concretamente, la más perspicaz, rigurosa y exhaustiva crítica de su clase jamás formulada y emprendida. Es también la única crítica de ese estilo que ha transformado grandes zonas del planeta. De ello se desprende, pues, que mientras el capitalismo continúe activo, el marxismo también deberá seguir en pie.

Solo jubilando a su oponente podrá pedir su propia jubilación. Y la última vez que lo vi, el capitalismo parecía estar tan batallador como siempre. La mayoría de quienes critican actualmente el marxismo no discuten ese punto. Lo que afirman, más bien, es que el sistema se ha transformado hasta extremos casi irreconocibles desde los tiempos de Marx y que, por eso mismo, las ideas de este han dejado de ser relevantes. Antes de que examinemos esta afirmación más a fondo, vale la pena señalar que el propio Marx era perfectamente consciente de la naturaleza siempre cambiante del sistema que él se dedicó a cuestionar. Es precisamente al marxismo al que debemos el concepto de las diferentes formas históricas del capital: mercantil, agrario, industrial, monopólico, financiero, imperial, etc. Así pues, ¿por qué un hecho como el de que el capitalismo haya cambiado de forma en décadas recientes iba a desacreditar una teoría que concibe el cambio como esencia misma de ese sistema? Además, el propio Marx predijo el declive numérico de la clase obrera y el aumento pronunciado del trabajo intelectual. Esto es algo que examinaremos un poco más adelante.

También previó lo que hoy llamamos globalización, cosa extraña para un hombre cuyas ideas son supuestamente arcaicas. Aunque tal vez el carácter «arcaico» de Marx es lo que hace que siga siendo relevante hoy en día. Quienes lo acusan de obsoleto son los adalides de un capitalismo que está retrocediendo rápidamente hacia niveles victorianos de desigualdad.

En 1976 eran muchas las personas que en Occidente creían que el marxismo tenía un argumento razonable que defender. En 1986, buena parte de ellas habían dejado ya de considerar que fuera así. ¿Qué fue exactamente lo que sucedió entre tanto? ¿Habían tenido hijos y el peso de la paternidad y la maternidad los había abrumado? ¿O acaso algún nuevo estudio había conmocionado al mundo poniendo de manifiesto el carácter falaz de la teoría marxista? ¿Tropezamos con un viejo manuscrito perdido de Marx en el que este confesaba que todo había sido una broma? Desde luego, no fue por la consternación que nos causó descubrir que Marx trabajó a sueldo del capitalismo, porque eso era algo que ya habíamos sabido todo este tiempo. Sin la factoría textil Ermen & Engels de Salford, propiedad del padre de Friedrich Engels, industrial del ramo, es muy posible que un pobre crónico como Marx no hubiera logrado siquiera sobrevivir para escribir sus invectivas contra los empresarios del textil.


Algo había pasado, sin duda, en el transcurso del periodo en cuestión. A partir de mediados de la década de 1970, el sistema occidental experimentó ciertos cambios cruciales. Hubo una transición desde la producción industrial tradicional a una cultura «posindustrial» de consumismo, comunicaciones, tecnología de la información y auge del sector servicios. Las empresas pequeñas, descentralizadas, versátiles y no jerárquicas pasaron a estar a la orden del día. Los mercados se desregularon y el movimiento obrero fue objeto de una salvaje ofensiva legal y política. Las lealtades de clase tradicionales se debilitaron, al tiempo que otras identidades (locales, de género y étnicas) cobraron mayor relevancia. La política pasó a entrar cada vez más de lleno en el terreno de la gestión y la manipulación.

Las nuevas tecnologías de la información desempeñaron un papel clave en la creciente globalización del sistema, impulsada cuando un puñado de empresas transnacionales optó por distribuir la producción y la inversión por todo el planeta en busca de las fuentes de rentabilidad más fácil. Buena parte de la producción fabril se deslocalizó hacia países de salarios bajos del llamado mundo «subdesarrollado», lo que indujo a algunos occidentales de mentalidad localista a concluir que las industrias pesadas habían desaparecido ya de la faz de la tierra en su conjunto. A raíz de esta movilidad global se produjeron migraciones internacionales de carácter masivo y, con ellas, el resurgimiento del racismo y del fascismo en respuesta a la afluencia torrencial de inmigrantes pobres a las economías más avanzadas.

Los países «periféricos» se veían sometidos a un régimen de explotación de su mano de obra, a la privatización de servicios públicos, a recortes en las prestaciones sociales y a una relación real de intercambio comercial desigual hasta extremos surrealistas, mientras que, por otro lado, los nuevos ejecutivos de las naciones metropolitanas cambiaban de imagen con respecto a sus predecesores: con barbas de varios días y cuellos de camisa desabrochados y sin corbata, estos genios de los negocios modernos mostraban su lado sensible desviviéndose por el bienestar espiritual de sus empleados y empleadas.

Nada de esto sucedió porque el sistema capitalista estuviera flotando en la despreocupación y el optimismo, sino más bien por todo lo contrario. Su por entonces recién estrenada belicosidad —como la mayoría de formas de agresividad— obedecía a la profunda ansiedad que lo invadía. Si el sistema se volvió frenético, fue por la depresión latente en que se hallaba sumido. Lo que impulsó aquella reorganización fue, por encima de todo, el repentino apagón del boom de posguerra. La intensificación de la competencia internacional estaba forzando a la baja las tasas de rentabilidad, secando las fuentes de inversión y ralentizando los índices de crecimiento. Hasta la socialdemocracia había pasado a ser una opción política demasiado radical y cara. El escenario era, pues, el propicio para el ascenso de Reagan y de Thatcher, quienes ayudaron a desmantelar el tejido industrial tradicional, a coartar al movimiento obrero, a dejar que el mercado se desatara, a fortalecer el brazo represor del Estado y a capitanear una nueva filosofía social: la de la más descarada codicia. El desplazamiento de las inversiones desde el sector de la industria al de los servicios, las finanzas y las comunicaciones fue la reacción a una crisis económica prolongada, y no el salto que nos sacó de un viejo panorama desolado para impulsarnos hacia un nuevo mundo feliz.

Aun así, es dudoso que la mayoría de los radicales que cambiaron de opinión sobre el sistema entre las décadas de 1970 y 1980 lo hicieran simplemente porque se hubiera reducido el número de fábricas textiles existentes. Eso no fue lo que los indujo a abandonar el marxismo, a la vez que las patillas y las cintas del pelo, sino más bien su convencimiento creciente de que el régimen al que se enfrentaban no iba a dar su brazo a torcer tan fácilmente. No fueron tanto las ilusiones despertadas por el nuevo capitalismo como la desilusión ante las escasas posibilidades de cambiarlo la que resultó decisiva en ese sentido. Hubo, justo es reconocerlo, un número sobrado de antiguos socialistas que racionalizaron su pesimismo proclamando que, si no se podía cambiar el sistema, tampoco había necesidad alguna de transformarlo. Pero lo que resultó concluyente de verdad fue la falta de fe en una alternativa. Porque el movimiento obrero había quedado tan maltratado y ensangrentado, y el retroceso de la izquierda política era tan contundente, que el futuro parecía haberse esfumado sin dejar rastro. Entre algunos de los componentes de las filas de la izquierda, la caída del bloque soviético a finales de la década de 1980 no hizo más que profundizar el desencanto. Tampoco ayudó que la corriente radical más exitosa de la era moderna, el nacionalismo revolucionario, estuviera prácticamente agotado por entonces. El factor que más contribuyó a engendrar la cultura del posmodernismo, con su rechazo de los llamados grandes relatos y su anuncio triunfal del «fin de la historia», fue el convencimiento de que el futuro iba a ser simplemente más de lo mismo que ya teníamos en el presente. O, en palabras de un eufórico posmoderno: «el presente con más opciones».

Lo que contribuyó más que ninguna otra cosa a desacreditar el marxismo, pues, fue la sensación de impotencia política que se había ido apoderando de mucha gente. Resulta difícil mantener la fe en el cambio cuando el cambio mismo parece estar fuera del orden de prioridades, aunque sea en el momento que más se necesita esa fe (a fin de cuentas, si uno no se resiste a lo aparentemente inevitable, jamás sabrá cuán inevitable era en realidad). Si los débiles de ánimo hubieran logrado aferrarse a sus antiguas tesis durante un par de décadas más, habrían sido testigos de cómo ese capitalismo exultante e inexpugnable a duras penas lograba mantener abiertos los cajeros automáticos de las sucursales de los grandes bancos en 2008. También habrían visto todo el continente situado al sur del canal de Panamá desplazarse decididamente hacia la izquierda política. El «fin de la historia» parece haber tocado a su propio fin. Además, y en cualquier caso, los marxistas deberían estar más que habituados a la derrota. Ya habían conocido catástrofes mayores que esta. El sistema en el poder tiene siempre las probabilidades de cara, aunque solo sea porque cuenta con más tanques que quienes se oponen a él. Pero el desplome de tan embriagadores ideales y efervescentes ilusiones como los de finales de la década de 1960 resultó especialmente difícil de asumir por parte de los supervivientes de aquella era.

Así pues, lo que restó plausibilidad al marxismo no fue un supuesto cambio de pelaje del capitalismo. De hecho, la realidad fue justamente la contraria: en lo que al sistema respecta, las cosas siguieron como siempre, pero más aún que antes. Lo irónico de la situación, por lo tanto, es que los mismos factores que contribuyeron a que el marxismo fuese objeto de rechazo otorgaban renovada credibilidad a sus reivindicaciones. Se vio abocado a la marginalidad porque el orden social al que se enfrentaba, lejos de tornarse más moderado y benigno, se volvió más despiadado y extremo que antes. Y esto hizo que la crítica marxista de ese orden resultara aún más pertinente. A escala global, el capital estaba más concentrado y se comportaba de forma más predatoria que nunca, mientras que el tamaño de la clase trabajadora no hacía más que aumentar en realidad. Empezaba a vislumbrarse la posibilidad de un futuro en el que los megarricos vivieran refugiados y parapetados en sus vecindarios exclusivos de acceso restringido y protegidos por vigilancia armada de los mil millones aproximados de habitantes de los asentamientos urbanos marginales, hacinados en sus fétidas casuchas y rodeados por torres de vigilancia y alambradas. En semejantes circunstancias, afirmar que el marxismo estaba acabado era como decir que los bomberos estaban pasados de moda porque los pirómanos se habían vuelto más hábiles e inventivos que nunca.

Como ya predijera Marx, en nuestra propia época las desigualdades de riqueza se han profundizado hasta niveles extraordinarios. La renta actual de un solo multimillonario mexicano equivale a los ingresos de sus 17 millones de compatriotas más pobres. El capitalismo ha creado más prosperidad de la que nunca antes había contemplado la historia, pero el coste (por ejemplo, en términos de la indigencia casi absoluta de miles de millones de personas) ha sido astronómico. Según el Banco Mundial, en 2001, 2740 millones de personas vivían con menos de dos dólares al día. Nos enfrentamos a un futuro probable de Estados nuclearizados en guerra por el control de unos recursos escasos, escasez que es consecuencia en buena medida del propio capitalismo. Por vez primera en la historia, nuestro modo de vida preponderante tiene el poder no solo de engendrar racismo y propagar el cretinismo cultural, de impulsarnos a la guerra o de conducirnos como ganado a campos de trabajos forzados, sino también de erradicarnos del planeta. El capitalismo actuará antisocialmente si le resulta rentable hacerlo, y hoy en día eso podría significar una devastación humana de una escala inimaginable. Lo que solía ser fantasía apocalíptica no es hoy más que sobrio realismo. El tradicional eslogan izquierdista, «socialismo o barbarie», ya ha dejado de ser una mera floritura retórica: nunca antes fue tan tristemente pertinente. En tan funestas condiciones, como bien ha escrito Fredric Jameson, «es necesario que el marxismo vuelva a hacerse realidad».

Las espectaculares desigualdades de riqueza y poder, las guerras imperiales, la intensificación de la explotación, el creciente carácter represor del Estado: si todas estas son características del mundo actual, no lo fueron menos de la realidad sobre la que el marxismo ha reflexionado tradicionalmente y contra la que lleva actuando desde hace casi dos siglos. Es de esperar, pues, que tenga algunas lecciones que enseñar al presente. De hecho, el propio Marx quedó especialmente conmocionado por el proceso de extraordinaria violencia mediante el que, en su propio país de adopción, Inglaterra, se fue forjando una clase obrera urbana a partir de un campesinado desarraigado de su anterior entorno, y ese es un proceso que Brasil, China, Rusia y la India están viviendo en la actualidad. Tristram Hunt señala que el libro de Mike Davis, Planet of Slums, que documenta las «apestosas montañas de mierda» que son los extensos asentamientos urbanos marginales que nos encontramos en ciudades como las actuales Lagos o Dhaka, puede ser leído como una versión puesta al día de La condición de la clase obrera, de Engels. En un momento en el que China se está convirtiendo en la fábrica del mundo, según Hunt, «las “zonas económicas especiales” de Guangdong y de Shanghai evocan inquietantes reminiscencias del Manchester y el Glasgow de la década de 1840».

¿Y si lo anticuado no fuera el marxismo, sino el capitalismo en sí?

Marx creía, ya en tiempos de la Inglaterra victoriana, que el sistema había perdido todo su fuelle. Aunque en su momento de máximo apogeo había favorecido el desarrollo social, pasado este, se había convertido en una rémora, más que en un factor de prosperidad. Para él, la sociedad capitalista derrochaba fantasía y fetichismo, mito e idolatría, por mucho que alardeara de su modernidad. La propia explicación que esta daba a su éxito (una petulante fe en la superioridad de su propia racionalidad) no dejaba de ser una forma de superstición. Si, por una parte, el capitalismo era capaz de progresos asombrosos, en otro sentido estaba obligado a correr denodadamente solo para seguir donde estaba. El límite final del capitalismo, según comentó Marx en una ocasión, es el capital mismo, pues la reproducción constante de este es una frontera más allá de la cual no se puede aventurar. Así pues, este régimen histórico —el más dinámico de todos— exhibe un curioso carácter estático y repetitivo. Y el hecho de que su lógica subyacente se mantenga bastante constante es uno de los motivos por los que la crítica marxista sigue conservando la mayor parte de su validez. Esta crítica solo perdería vigencia si el sistema fuese verdaderamente capaz de romper con sus propios límites y trascenderlos inaugurando algo inimaginablemente nuevo. Pero el capitalismo es incapaz de inventar un futuro que no reproduzca ritualmente su presente (el mismo de siempre, aunque, eso sí, «con más opciones»).

El capitalismo ha propiciado grandes avances materiales. Pero por mucho que su modo de organización ha tenido tiempo de sobra para demostrar esa supuesta capacidad suya para satisfacer todas las necesidades y las reivindicaciones humanas, hoy parece más alejado de conseguirlo que nunca. ¿Cuánto estamos dispuestos a esperar hasta que se muestre a la altura de lo que de él se espera? ¿Por qué continuamos consintiendo el mito que abona la vana esperanza de que la fabulosa riqueza generada por el modo de producción capitalista acabará llegándonos a todos y a todas tarde o temprano? ¿Acaso sería el mundo tan indulgente (tan prudentemente dispuesto a esperar la evolución de los acontecimientos) con parecidas promesas incumplidas si estas vinieran de las filas de la extrema izquierda? Por lo menos, los derechistas que admiten que siempre habrá injusticias colosales en ese sistema, pero que así son las cosas, pues las alternativas son aún peores, son más honestos (a su descarado modo) que quienes predican que todo terminará saliendo bien. Si en el mundo hubiera personas ricas y personas pobres en el mismo sentido en el que las hay negras y blancas, entonces las ventajas de los acaudalados podrían acabar extendiéndose con el tiempo a los necesitados. Pero decir que algunas personas están en la miseria mientras otras llevan vidas económicamente prósperas se parece más bien a afirmar que el mundo está dividido entre policías y delincuentes. El caso es que lo está, pero que si nos quedamos únicamente en ese hecho, estaremos ocultándonos a nosotros mismos la verdad: que es que hay policías precisamente porque hay delincuentes.” (…)

(Fragmento de: Terry Eagleton. “Por qué Marx tenía razón”)

Se ha perdido la vergüenza — Juan Gabalaui


Cartel en Coimbra (Portugal) Foto de @gabalaui

El KdG - 03/11/2019

Un hombre protesta en silencio por la celebración de un acto de la Falange Española de las JONS enfrente del Ateneo de Madrid. Sujeta firmemente una pequeña pancarta y gira sobre sí mismo para que los transeúntes puedan depositar su mirada distraída en los motivos de su crítica. Otro hombre, con la cremallera bajada y algo puesto de alcohol, se encara con él y le grita que proteste también si se celebran actos por Carrillo, la Pasionaria o Largo Caballero. Vocifera, intimida e insulta hasta que otras dos personas se interponen y le recriminan su actitud. Se quejaba de que le había llamado fascista y que se estaba metiendo con el Ateneo. Finalmente un amigo le coge del brazo y desaparecen entre la muchedumbre. El Ateneo de Madrid albergó, el 26 de octubre, un acto de la Falange, alquilando una de sus salas, en virtud de su compromiso con la libertad de expresión. Esta es la excusa que han encontrado. La realidad es que han permitido que sus estancias fueran ocupadas por una organización heredera de aquella que asesinó, torturó y reprimió durante más de 40 años sin que los autores ni la Falange como entidad se hayan enfrentado a la justicia y pagado por sus crímenes.

El hombre de la cremallera bajada ignora que Francisco Largo Caballero estuvo internado dos años en el campo de concentración nazi de Sachsenhausen o que Dolores Ibarruri, la Pasionaria, y Santiago Carrillo estuvieron exiliados durante décadas de su país. Fueron víctimas del fascismo español. La falange fue uno de sus verdugos. Si algo caracteriza los tiempos que vivimos es que se ha perdido la vergüenza. La vergüenza de no parecer estúpido e ignorante. La derecha española ha perdido los complejos y defiende abiertamente lo que hace una década hubiera provocado la hilaridad y el desdén intelectual. Esto no es un fenómeno exclusivamente español sino que trasciende nuestras fronteras. Lo vemos reflejado en países como Italia, Reino Unido, Estados Unidos, Chile o Brasil. El presidente chileno, Sebastián Piñera, que ha declarado el estado de excepción en el país, habló hace unos años, en la campaña a las presidenciales, sobre un juego que consistía en que todas las mujeres se tiran al suelo y se hacen las muertas, y todos nosotros nos tiramos encima y nos hacemos los vivos. Ganó esas elecciones. El presidente brasileño, Jair Bolsonaro, declaró que prefería que su hijo se muriera de un accidente a que ande con un bigotudo por ahí, o que o error da ditadura foi torturar e nao matar (el error de la dictadura fue torturar y no matar). Ganó las elecciones.

The New York Times hizo un análisis de la cuenta de twitter del presidente estadounidense, Donald Trump, y concluyó que 5.889 tuits atacan a alguien o a algo, 2.026 son de autoalabanza, 1.710 promueven conspiraciones, 233 atacan a países aliados y en 132 alaba a dictadores. Durante la campaña legislativa de 2018 hizo 1.419 declaraciones falsas lo cual se traduce en un promedio de 30 mentiras diarias. En la campaña presidencial llegó a decir que podría disparar a gente en la Quinta Avenida y no perdería votos o, en relación a los mexicanos, que están trayendo sus drogas, están trayendo su criminalidad. Son violadores y, algunos, supongo que son buenas personas. Ganó las elecciones. Sus discursos apestan a machismo, racismo y xenofobia, homofobia y soberbia. Desde Santiago Abascal a Salvini. De Trump a Bolsonaro. Hace años estos discursos se producían en auditorios minúsculos y eran aplaudidos por grupos marginales. Hoy llenan estadios y reciben millones de votos. No es una broma. Es un peligro cierto. En la ciudad alemana de Dresde se ha declarado el estado de emergencia nazi. El ayuntamiento aprobó una moción que reconoce que la ciudad tiene un serio problema con la extrema derecha y se compromete a reforzar la cultura democrática. Con 29 votos en contra.

A las dictaduras se las empieza a limpiar el polvo. La chilena, brasileña, argentina o española no fueron tan malas. Las tesis revisionistas compiten en el mismo nivel que las investigaciones históricas. Los relatos construidos en su momento para justificar los golpes de estado, los asesinatos, las torturas y una feroz represión vuelven a recuperarse. El comunismo reaparece como esa gran amenaza que puede provocar un golpe encima de la mesa. El diputado brasileño Eduardo Bolsonaro amenazó con instaurar una nueva dictadura si la izquierda se radicaliza. El fascista español Ortega Smith, concejal en el Ayuntamiento de Madrid, que pide el estado de alarma, excepción y sitio en Catalunya, replicó al peneuvista Aitor Esteban que se preocupe de verdad porque como podamos os ilegalizamos. Su retórica es autoritaria y reaccionaria lo cual, desgraciadamente, se marida con una creciente actitud autoritaria y reaccionaria de una parte de la sociedad. La inmigración se ha convertido en un pegamento que permite coincidir a votantes de diferentes partidos y que se pueden llegar a autodefinir políticamente tanto de derechas como de izquierdas. El nacionalismo, en el caso del estado español, como motivo suficiente para la restricción de derechos y la represión policial y judicial. El feminismo como un ataque a la moralidad conservadora y a la sociedad patriarcal, cuyos valores forman parte de la ideología de muchas personas lo cual permite, al igual que con la inmigración, que confluyan votantes de la izquierda y de la derecha. Homofobia, cultura de la violación, maltrato animal, elogio del fascismo. Han perdido la vergüenza.

02 noviembre, 2019

CHILE. Fiscalía confirma 23 muertes ocurridas durante el Estado de Emergencia impuesto por Piñera




laizquierdadiario – 30/10/2019

Durante la tarde de este miércoles, Fiscalía entregó los nombres de 22 personas muertas durante el Estado de Emergencia y un cuerpo sin identificar.

Son 22 personas muertas durante el Estado de Emergencia, según cifras entregadas por las Fiscalía. La entidad informó a través de su cuenta de Twitter que resta un cuerpo por identificar, el que corresponde a una persona fallecida en un incendio de un supermercado en la comuna de Maipú. Lo que en total suman 23 personas muertas.

Amnistía Internacional y organismos de derechos humanos han denunciado las múltiples vulneraciones a los Derechos Humanos durante estos 13 días. Según el reporte del Instituto de Derechos Humanos 140 personas quedaron con pérdidas oculares y un total de 138 acciones judiciales se encuentran en curso por amparos constitucionales (13), querellas por homicidio (5), querellas por violencia sexual (18), querellas por otras torturas (92) y otras querellas y acciones (10).

En detalle, desde Fiscalía indicaron que dos personas murieron bajo custodia del Estado, específicamente en comisarías: César Mallea (Peñaflor) y Germán Aburto.

Identidades que se suman a las 5 muertes por acción de agentes del Estado: José Miguel Uribe (Curicó), Álex Núñez (Maipú), Kevin Gómez y Romario Veloz (Coquimbo) y Manuel Rebolledo (atropellado en Talcahuano).

En tanto que en total son 16 las personas fallecidas durante la presunta comisión de delitos “comunes”, entre las que se encuentre la persona sin identificar.

Paula Lorca y Alicia Cofré (encontrados en Líder de San Bernardo)

José Atilio Arancibia y Eduardo Caro (encontrados en Construmart de La Pintana)

Renzo Barbosa (encontrados en Líder de Quinta Normal)

Manuel Muga, Andrés Ponce, Yoshua Osorio y Julián Pérez (encontrados en empresa Kayser)

Cardenio Prado y Joel Triviño (atropello múltiple en San Pedro de La Paz)

Agustín Coro (impacto de bala tras saqueo en Puente Alto)

Valeska Carmona (impacto de bala en El Bosque)

Mariana Díaz (víctima de supuesta “bala loca”)

Daniela Carrasco (encontrada ahorcada en vía pública)


Cabe mencionar que las muertes supuestamente generadas tras saqueos e incendios también han sido cuestionadas por organismos y por Aleida Kulikoff, Jefa del Laboratorio del Servicio Médico Legal (SML), quien fue notificada de su despido tras haber afirmado que cuerpos calcinados encontrados en supermercados tenían otras causas de muerte.

Salvador Allende - "No daré un paso atrás..." (1971)






Salvador Allende a los trabajadores (1972)