13 noviembre, 2021

Fascismo / Antifascismo — Pier Paolo Pasolini

 

El nuevo fascismo es pragmático. Su fin es la reorganización y la homologación brutalmente totalitaria del mundo


REVOLUCIONES – 13/11/2021


Un 2 de noviembre de 1975 es asesinado Pier Paolo Pasolini, director de cine italiano, poeta, dramaturgo y ensayista, que supo combinar la escritura con la pintura, la filosofía con el activismo político de izquierda. Compartimos un texto de su autoría, que hace parte de 'Escritos corsarios'. El debate e interpelación acerca del fascismo es cada vez más vigente / urgente.




¿Qué es la cultura de una nación? Corrientemente se cree, incluso por parte de personas cultas, que es la cultura de los científicos, de los políticos, de los profesores, de los literatos, de los cineastas, etc.; es decir, que es la cultura de la intelectualidad. Pero no es así. Ni tampoco es la cultura de la clase dominante que precisamente a través de la lucha de clases intenta imponerla al menos formalmente. Finalmente, tampoco es la cultura popular de obreros y campesinos. La cultura de una nación es el conjunto de todas estas culturas de clases: es el total de todas ellas. Y sería abstracta si no fuera reconocible –o, mejor dicho, visible– en lo vivido y en lo existencial, y si consecuentemente no tuviera una dimensión práctica. Durante muchos siglos, en Italia, estas culturas se han distinguido aunque históricamente hayan estado unificadas. Hoy –casi de repente, en una especie de Advenimiento– la distinción y la unificación históricas le han cedido el puesto a una homologación que realiza casi milagrosamente el sueño interclasista del viejo Poder. ¿A qué es debida tal homologación? Evidentemente a un nuevo Poder.


Escribo «Poder» con P mayúscula –algo que Maurizio Ferrara acusa de irracionalidad, en la Unità (12-6-1974)– , sólo porque no sé en qué consiste este nuevo Poder y quién lo representa. Tan sólo sé que existe. Ya no lo reconozco en el Vaticano, ni en los Poderes democristianos, ni en las Fuerzas Armadas. Tampoco lo reconozco ya en la gran industria, porque ya no está constituida por un cierto número limitado de grandes industriales: a mí, al menos, me parece más bien como un todo (industrialización total), y, además, como un todo no italiano(transnacional).


También conozco –porque las veo y las vivo– algunas características de este nuevo Poder que aún no tiene rostro; por ejemplo, su rechazo de las viejas tendencias reaccionarias y del viejo clericalismo, su decisión de abandonar a la Iglesia, su determinación (coronada por el éxito) de transformar a los campesinos y a los subproletarios en pequeños burgueses, y sobre todo su anhelo, que parece cósmico, de llevar a cabo hasta el final el «desarrollo»: producir y consumir.


La identikit de este rostro aún en blanco de este nuevo Poder le atribuye vagamente rasgos «modernos», debidos a la tolerancia y a una ideología hedonista perfectamente autosuficiente: aunque también tiene rasgos feroces y sustancialmente represivos: la tolerancia en realidad es falsa porque la verdad es que nunca ningún hombre ha tenido que ser tan normal y conformista como el consumidor; y en cuanto al hedonismo, éste encubre evidentemente una decisión de preordenarlo todo con una crueldad jamás conocida por la historia. De modo que este nuevo Poder aún no representado por nadie y debido a un «cambio» de la clase dominante, es en realidad –si queremos conservar la vieja terminología– una forma «total» de fascismo. Pero este Poder también ha «homologado» culturalmente a toda Italia: se trata, pues, de una homologación represiva, aunque se haya obtenido a través de la imposición del hedonismo y de la joie de vivre. La estrategia de la tensión es una señal, aunque anacrónica, de todo esto.


Maurizio Ferrara, en el artículo mencionado (así como también Ferrarotti, en Paese Sera, 14-6-1974) me acusa de estetismo. Y con esto tiende a excluirme, a encerrarme. Bien, mi visión puede ser la de un «artista», o, como pretende la burguesía, la de un loco. Pero, por ejemplo, el hecho de que dos representantes del viejo Poder (que ahora en realidad sirven, aunque interlocutoriamente, al nuevo Poder) se hayan atacado respectivamente a propósito de las financiaciones a los partidos y del caso Montesi, también puede ser una buena razón para hacer enloquecer: es decir, desacreditar tanto a una clase dirigente y a una sociedad, a los ojos de un hombre, como para hacerle perder el sentido de lo oportuno y de los límites, lanzándolo a un auténtico estado de sensación de falta de leyes o de organización social. Y hay que añadir que se tiene que tomar en consideración la visión de los locos: a no ser que se quiera ser muy avanzado en todo menos en el problema de los locos, limitándose cómodamente a sacárselos de encima alejándolos.


Hay algunos locos que se fijan en los rostros de la gente y en su comportamiento. Aunque no como epígonos del positivismo lombrosiano (como toscamente insinúa Ferrara), sino porque conocen la semiología. Saben que la cultura produce códigos, que los códigos producen el comportamiento, que el comportamiento es un lenguaje y que en un momento histórico en que el lenguaje verbal es del todo convencional y esterilizado (tecnificado), el lenguaje del comportamiento (físico y mímico) adquiere una importancia decisiva.


Volviendo al principio de nuestra argumentación, me parece que hay buenas razones para sostener que la cultura de una nación (Italia por ejemplo) se expresa hoy sobre todo a través del lenguaje del comportamiento, o lenguaje físico, más un cierto porcentaje completamente convencional y tremendamente pobre de lenguaje verbal.


Es a dicho nivel de comunicación lingüística que se manifiestan: a) el cambio antropológico de los italianos; b) su completa homologación a un modelo único. O sea, decidir dejarse crecer el pelo hasta los hombros, o cortarse el pelo y dejarse crecer bigote (al estilo novecentista); decidir ponerse una cinta en la cabeza o un gorro hasta los ojos; decidir si soñar con un Ferrari o con un Porsche; seguir atentamente los programas televisivos; conocer los títulos de algunos best-sellers; vestirse con pantalones y camisetas rabiosamente de moda; tener relaciones obsesivas con chicas que se quiere tener al lado como adorno pero pretendiendo a la vez que sean «libres», etc., etc., etc.: todos éstos son actos culturales.


Ahora, todos los italianos jóvenes cumplen estos mismos actos, tienen este mismo lenguaje físico, son intercambiables; es algo tan viejo como el mundo, si se limita a una clase social, a una categoría; pero el hecho es que estos actos culturales y este lenguaje somático son interclasistas. En una plaza llena de jóvenes, nadie podrá distinguir, por su cuerpo, a un obrero de un estudiante, a un fascista de un antifascista; lo que aún era factible en 1968. Los problemas de un intelectual perteneciente a la intelligencia son distintos de los de un partido y de un hombre político, aunque a lo mejor la ideología sea la misma.


Quisiera que mis actuales contradictores de izquierda comprendieran que estoy en condiciones de darme cuenta de que, en el caso de que el desarrollo sufriera un paro y se volviera atrás, si los partidos de izquierda no apoyaran al Poder vigente, Italia se desmembraría sencillamente; si por el contrario prosiguiera el desarrollo tal como ha comenzado, el llamado "compromiso histórico" sería indudablemente realista por ser la única forma de intentar corregir dicho desarrollo, en el sentido indicado por Berlinguer en su informe al CC del Partido Comunista (ver L'Unità, 4-6-1974). De todos modos, así como a Maurizio Ferrara no le competen los rostros, a mí no me compete esta maniobra de práctica política. Como máximo, tengo el deber de ejercer quijotescamente y quizá extremísticamente mi crítica sobre la misma. ¿Cuáles son, pues, los problemas?


Aquí tenemos uno, por ejemplo. Decía en el artículo que ha suscitado esta polémica ('Corriere della sera', 10-6-1974) que los responsables reales de las tragedias de Milán y de Brescia son el gobierno y la policía italiana: porque si el gobierno y la policía hubieran querido, no habrían sucedido esas tragedias. Está claro. Y ahora quizá se burlarán de mí si digo que también nosotros los progresistas, los antifascistas, los hombres de izquierdas, somos responsables de esas tragedias. Porque no hemos hecho nada en todos estos años: 1) para que hablar de «tragedia de Estado» no fuera algo normal, y para que todo acabara; 2) (y lo más grave) no hemos hecho nada para que no haya fascistas. Sólo, los hemos condenado aligerando nuestra conciencia con nuestra indignación; y cuánto más fuerte y petulante era la indignación más tranquila quedaba nuestra conciencia.


En realidad nos hemos comportado con los fascistas (y hablo sobre todo de los jóvenes) en modo racista, es como si rápida y despiadadamente hubiéramos querido creer que estuvieran racialmente predestinados a ser fascistas, y que ante tal decisión de su destino no hubiera nada que hacer. Y no lo ocultemos: todos sabíamos, dentro de nuestra conciencia, que cuando uno de aquellos jóvenes decidía volverse fascista, se trataba de algo puramente casual, no se trataba más que de un gesto irracional y sin motivo: quizá hubiera bastado una sola palabra para que aquello no hubiera ocurrido. Pero ninguno de nosotros nunca ha hablado con ellos ni se les ha dirigido. Inmediatamente los hemos aceptado como representantes inevitables del mal. Y a veces se trataba de muchachos y muchachas adolescentes de dieciocho años, que no sabían nada de nada, y que se habían lanzado a la horrible aventura simplemente por desesperación.


Pero no podíamos distinguirlos de los otros (no digo de los Otros extremistas, sino de todos los otros). Ésta es nuestra pavorosa justificación.


El padre Zosima (¡y se trata de literatura!) en seguida supo distinguir, entre todos los que estaban hacinados en su celda, a Dmitrj Karamazov, el parricida. Y levantándose de su asiento fue a postrarse ante él. Y lo hizo (como le diría después al más joven de los Karamazov) porque Dmitrj estaba destinado a hacer la cosa más horrible y a soportar el más inhumano de los dolores. Piensen (si se sienten con fuerzas) en el muchacho o en los muchachos que fueron a poner las bombas en la plaza de Brescia. ¿No es como para levantarse e irse a postrar ante ellos? Seguramente eran jóvenes de pelo largo, o con bigotito al estilo de principios de siglo, llevaban cintas en la cabeza o gorros calados hasta los ojos, eran pálidos y presuntuosos, su problema era el de vestirse a la moda, todos igual, tener un Porsche o un Ferrari, o motos y conducirlas como pequeños arcángeles idiotas llevando detrás chicas decorativas y modernas, de esas que están a favor del divorcio, de la liberación de la mujer y del desarrollo en general...


Eran jóvenes como todos los demás: nada los distinguía en ningún modo. Aunque hubiéramos querido, no habríamos podido ir a postrarnos ante ellos. El viejo fascismo, aunque fuera a través de la degeneración retórica, distinguía; el nuevo fascismo –que es toda otra cosa– ya no distingue: no es humanísticamente retórico, es [norte]americanamente pragmático. Su fin es la reorganización y la homologación brutalmente totalitaria del mundo.


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12 noviembre, 2021

“La lucha de clases no se resuelve en los serenos ámbitos del debate parlamentario” — Atilio Borón

 


"Para la burguesía y sus aliados, para el imperialismo en su conjunto, es imprescindible potenciar el carácter fetichista de la sociedad capitalista y ocultar lo más que se pueda su naturaleza explotadora, injusta e inhumana. Parafraseando a Bertolt Brecht podemos decir que el capitalismo es un caballero que no desea se lo llame por su nombre. La mistificación que produce una sociedad productora de mercancías y que todo lo mercantiliza requiere, de todos modos, un reforzamiento generado desde el ámbito de aquello que Gramsci denominara "las superestructuras complejas" del capitalismo, y fundamentalmente de la esfera ideológica.


Así, no basta con que la sociedad capitalista sea "opaca" y la esclavitud del trabajo asalariado aparezca en realidad como un universo de trabajadores "libres" que concurren a vender su fuerza de trabajo en el mercado. Es preciso además silenciar el tratamiento de ciertos temas, deformar la visión de otros, impedir que se visualicen unos terceros y que alguno de ellos se instale en la agenda del debate público. De ahí la importancia que asume para la derecha cualquier teorización (sobre todo si es producida por críticos del sistema) que empañe la visión sobre el imperialismo, el poder y el estado, o que desaliente o impida una discusión realista sobre estos temas. Esa es, precisamente, la misión ideológica del saber económico convencional, donde la politicidad y eticidad de toda la vida económica se diluyen en los meandros del formalismo, la modelística y la pseudo-rigurosidad de la matematización."

[...]

"En las coyunturas de disolución del orden social la lucha de clases no se resuelve en los serenos ámbitos del debate parlamentario, o en negociaciones a puertas cerradas en las oficinas del gobierno sino en las calles y, casi invariablemente, con las armas en la mano. Esta es al menos la lección que enseña la historia de las revoluciones en los tres últimos siglos, desde la Revolución Gloriosa en Inglaterra, en 1688 hasta la Revolución Cubana, en 1959, pasando por las grandes revoluciones sociales que conmovieron el mundo en Francia en 1789, en Rusia, en 1917, y en China, en 1949, para no mencionar sino algunas de las más conocidas."


Citas extraídas de Poder, “contrapoder” y “antipoder.” Notas sobre un extravío teórico político en el pensamiento crítico contemporáneo

Atilio A. Boron

CLACSO / Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales

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11 noviembre, 2021

"Nos llaman terroristas" — José María Esparza Zabalegui

 


"La llamada Necropolítica, término acuñado por el filósofo e historiador camerunés Achille Mbembe, pone el dedo en la llaga de las prácticas fascistas y genocidas que han tenido lugar en la Historia. Bajo la dicotomía amigo-enemigo, el necropoder fundamenta la lógica de su discurso “civilizatorio”. Los Mandatarios legitiman la declaración de la Guerra en nombre de la Paz Mundial. Se ha diseminado la política de la administración del terror como parte estructural del Estado Imperialista. Los grupos militares hipermasculinos invaden territorios y someten a la población empleando métodos brutales e inhumanos. El cuerpo adquiere una nueva dimensión desechable. Así, el enemigo en turno, el terrorista, será perseguido y destruido. Basta echar una mirada a nuestros referentes inmediatos para concluir que la Historia del exterminio del otro y la explotación de los recursos naturales solo ha cambiado de rostros, pero la trama en esencia es la misma. El Tirano aún duerme con el látigo debajo de su almohada".



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08 noviembre, 2021

"¿Qué autoridad moral tienen ustedes para hablar a Cuba de derechos humanos cuando aquí en España todos los días se desahucian familias, incluso con menores?" — Alberto Cubero

 





Desde otros lugares del mundo la verdad saca la cabeza a pesar de la brutal campaña comunicacional orquestada contra la revolución cubana, causante de los disturbios del pasado 11 de julio, incitados y pagados -en su mayoria- desde Estados Unidos.


Nos referimos a las declaraciones del español Alberto Cubero, concejal de Zaragoza, que durante un debate en el pleno municipal se negó a votar a favor de una moción contra Cuba, presentada por la derecha española, la cual muestra una profunda preocupación por la situación de los derechos humanos en Cuba.


Cubero no solo se encargó de desmontar la matriz de opinión que intenta imponer la mafia anticubana de la Florida sobre la supuesta dictadura existente en la isla, sino que también le cantó las cuarenta a la derecha de su país por su cinismo y conveniente silencio ante las injusticias que sufren los propios españoles.


20CubaSí – 07/11/2021

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07 noviembre, 2021

La ignorancia de la sociedad del conocimiento ——— Robert Kurz

 



¿Será el estadio final de la evolución intelectual moderna una grotesca imitación de nuestras acciones más triviales por las máquinas?


Conocimiento es poder: he aquí un viejo lema de la filosofía burguesa moderna, que fue utilizado por el movimiento de los trabajadores europeos del siglo XIX.


Antiguamente el conocimiento era visto como algo sagrado. Desde siempre los hombres se esforzaron por acumular y transmitir conocimientos. A fin de cuentas, toda sociedad se define por el tipo de conocimiento de que dispone. Esto vale tanto para el conocimiento natural como para el religioso o la reflexión teórico-social. En la modernidad, el conocimiento es representado, por un lado, por el saber oficial, marcado por las ciencias naturales, y, por otro, por la "inteligencia libre-fluctuante” (Karl Mannheim) de la crítica social teórica. Desde el siglo XVIII predominan esas formas de conocimiento.


Parece increíble que desde hace algunos años se esté difundiendo el discurso de la "sociedad del conocimiento" que adviene con el siglo XXI; como si sólo ahora se hubiese descubierto el verdadero conocimiento y como si la sociedad hasta hoy no hubiese sido una "sociedad del conocimiento". Al menos los paladines de la nueva palabra-clave sugieren algo así como un progreso intelectual, un nuevo significado, una apreciación más elevada y una generalización del conocimiento en la sociedad. Sobre todo, se alega que la supuesta aplicación económica del conocimiento está asumiendo una forma completamente diferente.


Filosofía de los medios


Bastante euforia es lo que se nota, por ejemplo, en el filósofo de los medios alemán Norbert Bolz: "Se podría hablar de un big-bang del conocimiento. Y la galaxia del conocimiento occidental se expande a la velocidad de la luz. Se aplica conocimiento sobre conocimiento y en esto se muestra la productividad del trabajo intelectual. El verdadero hecho intelectual del futuro está en el diseño del conocimiento. Y cuanto más significativa sea la manera en que la fuerza productiva se vuelva inteligencia, más deberán converger ciencia y cultura. El conocimiento es el último recurso del mundo occidental".


Palabras fuertes. ¿Pero qué se esconde detrás de ellas? Quizá sea esclarecedor el hecho de que el concepto de la "sociedad del conocimiento" se está usando más o menos como sinónimo de la "sociedad de la información". Vivimos en una sociedad del conocimiento porque estamos sepultados por informaciones. Nunca antes hubo tanta información transmitida por tantos medios al mismo tiempo. Pero ese diluvio de informaciones ¿es realmente idéntico al conocimiento? ¿Estamos informados sobre el carácter de la información? ¿Conocemos en última instancia qué tipo de conocimiento es éste?


En rigor, el concepto de información no coincide de ningún modo con una comprensión bien elaborada del conocimiento. El significado de "información" es tomado en un sentido mucho más amplio y se refiere también a procedimientos mecánicos. El sonido de una bocina, el mensaje automático de la próxima estación de metro, la campanilla de un despertador, el panorama del noticiero en la TV, el altavoz del supermercado, las oscilaciones de la Bolsa, el pronóstico del tiempo... todo eso son informaciones, y podríamos continuar la lista al infinito.


Conocimiento trivial


Claro que también se trata de conocimiento, pero de un tipo muy trivial. Es la especie de conocimiento con el que crecen los adolescentes de hoy. Quienes se encuentran en la franja de los 40 años ya están tecnológica y comunicativamente armados hasta los dientes. Pantallas y displays son para ellos casi partes del cuerpo y órganos sensoriales. Saben que hay que someterse a las informaciones para acceder a internet, y saben cómo obtener tales informaciones de la red: por ejemplo, cómo se hace el "download" de una canción de éxito. Y uno de los medios de comunicación predilectos de esa generación es por escrito, el del "Short Message Service" o, de forma abreviada, el SMS que aparece en el display del móvil. El máximo de comunicación está limitado ahí a 160 caracteres.




Resulta extraño que el armamento tecnológico de la ingenuidad juvenil sea elevado a la condición de parte integrante de un icono social y asociado al concepto de "conocimiento". Desde el punto de vista de una "fuerza productiva inteligencia" o de un "acontecimiento intelectual del futuro", esto es un poco decepcionante. Quizás nos acerquemos más a la verdad si comprendemos lo que se entiende por "inteligencia" en la sociedad del conocimiento o de la información. Así, en una típica nota de prensa económica publicada en la primavera de 2001, se lee: "A pedido de la agencia espacial canadiense, la empresa Tactex desarrolló en British Columbia telas inteligentes. En trozos de paño se cosen una serie de minúsculos sensores que reaccionan a la presión. Ante todo, la tela de Tactex debe ser probada como revestimiento de asientos de automóviles. Reconoce a quien se sentó en el asiento del conductor... El asiento inteligente reconoce el trasero de su conductor".


Para un asiento de automóvil, se trata seguramente de un hecho grandioso. Lo debemos admitir. Pero no se lo puede considerar en serio como un paradigma del "acontecimiento intelectual del futuro". El problema reside en el hecho de que el concepto de inteligencia de la sociedad de la información –o del conocimiento– está específicamente modelado por la llamada "inteligencia artificial". Estamos hablando de máquinas electrónicas que por medio del procesamiento de datos tienen una capacidad de almacenamiento cada vez más alta para simular actividades rutinarias del cerebro humano.


Objetos inteligentes.


Hace mucho que se habla de la "casa inteligente", que regula por sí sola la calefacción y la ventilación, o de la "nevera inteligente", que encarga al supermercado la leche que se terminó. De la literatura de terror, conocemos el "ascensor inteligente", que desgraciadamente se volvió malo y atentó contra la vida de sus usuarios. Nuevas creaciones son el "carrito de compras inteligente", que llama la atención del consumidor sobre las ofertas especiales, o la "raqueta inteligente", que con un sistema electrónico embutido permite al tenista un saque especial, mucho más potente.


¿Será éste el estadio final de la evolución intelectual moderna? ¿Una grotesca imitación de nuestras más triviales acciones cotidianas por las máquinas, conquistando así una consagración intelectual superior? Como todo lo indica, la maravillosa sociedad del conocimiento aparece justamente por eso como sociedad de la información, porque se empeña en reducir el mundo a un cúmulo de informaciones y procesamientos de datos, y en ampliar de modo permanente los campos de aplicación de los mismos. Están en juego ahí, sobre todo, dos categorías de "conocimiento": conocimiento de las señales y conocimiento funcional. El conocimiento funcional está reservado a la élite tecnológica que construye, edifica y mantiene en funcionamiento los sistemas de aquellos materiales y máquinas "inteligentes". El conocimiento de las señales, por el contrario, compete a las máquinas, pero también a sus usuarios, por no decir a sus objetos humanos. Ambos tienen que reaccionar automáticamente a determinadas informaciones o estímulos. No necesitan saber cómo funcionan esas cosas; sólo necesitan procesar los datos "correctamente".


Comportamiento programable


Tanto para el comportamiento maquínico como para el humano, en la sociedad del conocimiento la base está dada, en consecuencia, por la informática, que sirve para programar secuencias funcionales. Se trabaja con procesos describibles y mecánicamente reejecutables, con medios formales, por una secuencia de señales (algoritmos). Esto suena bien para el funcionamiento de tuberías hidráulicas, aparatos de fax y motores de automóviles; está muy bien que haya especialistas en eso. Sin embargo, cuando el comportamiento social y mental de los seres humanos es también representable, calculable y programable, estamos ante una materialización de las visiones de terror de las modernas utopías negativas.


Esa especie de conocimiento social de señales sugiere vuelos mucho menos audaces que los del famoso perro de Pavlov. A comienzos del siglo XX, el fisiólogo Ivan Petrovitch Pavlov había descubierto el llamado reflejo condicionado. Un reflejo es una reacción automática a un estímulo externo. Un reflejo condicionado o motivado consiste en el hecho de que esa reacción puede ser también desencadenada por una señal secundaria aprendida, que está ligada al estímulo original. Pavlov asoció el reflejo salival innato de los perros ante la visión de la ración de comida con una señal, y pudo finalmente provocar también ese reflejo utilizando la señal de manera aislada. Por lo que parece, la vida social e intelectual en la sociedad del conocimiento –o sea, de la información– debe orientarse por un camino de comportamiento que corresponda a un sistema de reflejos condicionados: estamos siendo reducidos a aquello que tenemos en común con los perros, puesto que el esquema de estímulo-reacción de los reflejos tiene que ver absolutamente con el concepto de información e "inteligencia" de la cibernética y de la informática. El conjunto de nuestras acciones en la vida esta supervisado cada vez más por dígitos, reglas, clusters y señales de todo tipo. Sin embargo, ese conocimiento de las señales, el proceso reflejo de informaciones, no es exigido sólo en el ámbito tecnológico, sino también en el más elevado nivel social y económico. Así, por ejemplo, se es como se dice: los gobiernos, los "managers", los que tienen una ocupación, todos en fin deben observar permanentemente las "señales de los mercados".


Este conocimiento miserable de las señales no es, a decir verdad, ningún conocimiento. Un mero reflejo no es al fin y al cabo ninguna reflexión intelectual, sino exactamente lo contrario. Reflexión significa no sólo que alguien funcione, sino también que ese alguien pueda reflexionar "sobre" tal o cual función y cuestionar su sentido. Ese triste carácter del conocimiento-información reducido fue preanunciado por el sociólogo francés Henri Lefebvre ya en los años 50, cuando en su Crítica de la vida cotidiana describía la era de la información que se avecinaba. "Se adquiere un ‘conocimiento’. ¿Pero en qué consiste éste exactamente? No es ni el conocimiento (Kenntnis) real o aquel adquirido por procesos de reflexión (Erkenntnis), ni un poder sobre las cosas observadas, ni, por último, la participación real en los acontecimientos. Es una nueva forma de observar: un mirar social sobre el retrato de las cosas, pero reducido a la pérdida de los sentidos, al mantenimiento de una falsa conciencia y a la adquisición de un seudo conocimiento sin ninguna participación propia...”


El "sentido de la vida"


En otras palabras, la cuestión del sentido y de la finalidad de los propios actos de cada uno se hace imposible. Si los individuos se vuelven idénticos a sus funciones condicionadas, dejan de estar en condiciones de cuestionarse a sí mismos o al ambiente que los rodea. Estar "informado" significa entonces estar completamente "en forma", formado por los imperativos del sistema de señales técnicas, sociales y económicas; para funcionar, por lo tanto, como una puerta de comunicación de un circuito complejo. Y nada más. La generación joven de la llamada sociedad del conocimiento es tal vez la primera en perder la pregunta ingenua sobre el "sentido de la vida". Para eso no habría espacio suficiente en el display. Los "informados" desde pequeños ya no comprenden ni siquiera el significado de la palabra "crítica". Identifican ese concepto con el error crítico, indicación de un problema serio, que debe ser rápidamente eliminado en la ejecución de un programa.


En esas condiciones, el conocimiento reflexivo intelectual es tenido como infructuoso, como una especie de tontería filosófica de la cual ya no tenemos necesidad. Sea como fuere, se tiene que convivir con eso de manera pragmática. El primero y único mandamiento del conocimiento reducido dice: éste debe ser inmediatamente aplicable al sistema de señales dominante. Lo que está en discusión es el "marketing de la información" sobre "mercados de información". El pensamiento intelectual debe encogerse hasta la condición de "informaciones". Lo que, por ejemplo, será en el futuro un "historiador" ya lo demuestra hoy el historiador Sven Tode, de Hamburgo, con su doctorado.


Bajo el título de History Marketing, éste escribe, por encargo, la biografía de las empresas que conmemoran los aniversarios de su creación; también las ayuda cuidando de sus archivos. Su gran éxito: para una empresa norteamericana que estaba envuelta en una disputa por la patente de una juntura tipo bayoneta para mangueras de bomberos, Tode pudo desenterrar archivos que proporcionaron a quien encomendó sus servicios un ahorro de siete millones de dólares.


Cada vez más desempleados, individuos sometidos a una dieta financiera de hambre y portadores escarnecidos de un socialmente desvalorizado conocimiento de reflexión, se esfuerzan en transformar su pensamiento, reduciéndolo a los contenidos triviales de conocimientos funcionales y reconocimientos de señales, para permanecer compatibles con el supuesto progreso y vendibles. Lo que surge de ahí es una especie de "filosofía de asiento de automóvil inteligente". En verdad, es triste que hombres instruidos en el pensamiento conceptual se dejen degradar a la condición de payasos decadentes de la era de la información. La sociedad del conocimiento se encuentra extremadamente desprovista de espiritualidad, y por eso hasta en las mismas ciencias del espíritu, el espíritu está siendo expulsado. Lo que queda es una conciencia infantilizada que juega con cosas inútiles desconectadas de conocimiento e información.


Sin embargo, el conocimiento degradado en "información" no se reveló todo lo económicamente estimulante que se había esperado. La New Economy de la sociedad del conocimiento entró en colapso tan rápidamente como fue proclamada. Eso también tiene su razón; pues el conocimiento, en la forma que sea, a diferencia de los bienes materiales o los servicios prestados, no es reproducible en "trabajo" y, por tanto, en creación de valor, como objeto económico. Una vez puesto en el mundo, puede ser reproducido sin costos, en la cantidad que se desee. En su debate con el economista alemán Friedrich List, en 1845, Karl Marx ya escribía: "Las cosas más útiles, como el conocimiento, no tienen valor de cambio". Esto también vale para el actualmente reducido conocimiento-información, cuya utilidad se puede poner en duda.


Así, la escasa reflexión intelectual se venga de los profetas de la supuesta nueva sociedad del conocimiento. La montaña de datos crece, el conocimiento real disminuye. Cuanto más informaciones, más equivocados los pronósticos. Una conciencia sin historia, volcada hacia la atemporalidad de la "inteligencia artificial" ha de perder cualquier orientación. La sociedad del conocimiento, que no conoce nada de sí misma, no tiene más que producir que su propia ruina. Su notable fragilidad de memoria es al mismo tiempo su único consuelo.


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Fragmentos extraídos del libro de Robert Kurz Vies et mort de capitalisme. Fécamp (Francia): Nouvelles Editions Lignes, 2011. Traducción del francés: Alberto Riesco


"Los sindicatos se han acostumbrado a no apoyar sus reivindicaciones sobre las necesidades de sus miembros, sino a presentar dichas necesidades como una contribución a la mejora del funcionamiento del sistema. Así, se pretende que los salarios más elevados son necesarios para consolidar la coyuntura o que son posibles porque el capital está generando beneficios extraordinarios. No obstante, cuando se vuelve obvio que la valorización del capital se encuentra paralizada, este tipo de actitudes conducen a una renuncia voluntaria y a la cogestión de la crisis en nombre del "interés superior" de la economía de empresa, de las leyes del mercado, de la Nación, etc. Esta falsa conciencia existe no sólo entre los funcionarios [sindicales], sino también entre lo que podríamos denominar las bases. Cuando los asalariados se identifican con sus funciones dentro del capitalismo y se contentan con hacer valer sus necesidades únicamente en nombre de dicha función se transforman en "máscaras" (Marx) de un componente concreto del capital: la fuerza de trabajo. Reconocen así que no tienen derecho a vivir sino a condición de poder producir plusvalor. De ello resulta una competencia sin piedad entre las distintas categorías de asalariados y una ideología socio-darwinista de la exclusión. Esto puede verse especialmente en la lucha por el mantenimiento del empleo, una lucha defensiva que no tiene ninguna perspectiva más allá de sí misma".


"Marx, en primer lugar, había señalado oportunamente que el anti-industrialismo abstracto constituye una posición reaccionaria en la medida en que tira por la borda el potencial ligado a la socialización y porque, al igual que los apologetas del capitalismo, no es capaz de imaginar otra estructura universal de reproducción social que no sea bajo las formas del capital. El anti-industrialismo saca la conclusión de que la autodeterminación del ser humano no es posible sino a condición de una "desocialización" en pequeñas redes basadas en una economía de subsistencia (small is beautiful). El retorno propuesto a la reproducción agraria no es más que la plasmación material de esta ideología. Una especie de do it yourself inmediato que se supone debería reemplazar una división diversificada y articulada de las funciones. Como fantasía económica nos encontramos ante un aspecto de lo que Adorno denominó la "falsa inmediatez". Si tales condiciones se hicieran realidad buena parte de la humanidad actual moriría de hambre. La tan en boga crítica al crecimiento –que aspira a una "producción mercantil simple" sin la presión por el crecimiento o a un sucedáneo de relaciones contractuales burguesas bajo forma de pequeñas estructuras cooperativas– no es mucho mejor, sin tan abstracta como las otras. Lo que, en el ámbito germanófono, se presenta bajo la etiqueta de "economía solidaria" no es más que un cajón de sastre de ideas pequeño burguesas que se han demostrado estériles desde hace mucho tiempo y que, bajo las nuevas condiciones de la crisis, no ofrecen ninguna perspectiva. Este tipo de ideas constituyen una simple huida. No quieren enfrentarse a la gestión de la crisis, sino cultivar su propio mundo supuestamente idílico "al lado" de la síntesis social real5 efectuada por el capital.


Desde un punto de vista práctico, este tipo de proyectos son absolutamente insignificantes. No son más que una ideología del "bienestar" de una izquierda desorientada que trata de encontrar una vía de escape suave al capitalismo de crisis y que corre el riesgo de convertirse ella misma en un recurso de gestión de la crisis".


"La verdadera tarea a realizar consiste en transformar las condiciones de la producción material a escala del conjunto de la sociedad, haciendo de las necesidades y de la conservación de las condiciones naturales de vida una finalidad en sí misma. Esto significa que no podría seguir existiendo un desarrollo incontrolado basado en el criterio universalmente abstracto de la "racionalidad de la economía de empresa". Los diferentes aspectos de la reproducción social deben ser tomados en consideración en función del contenido de su propia lógica. De este modo, el sector sanitario o el educativo no podrían estar organizados con el mismo modelo empleado para la producción de taladros o de rodamientos".


"Es imposible imaginar una sociedad postcapitalista como un "modelo" positivo que se pudiera presentar como ya cerrado. Estaríamos ahí no ante una concretización, sino únicamente ante una miserable abstracción y, nuevamente, ante la anticipación de una falsa objetividad de la que sería necesario, precisamente, desprenderse. Por el contrario, lo que la teoría puede desarrollar como crítica del economicismo capitalista son los criterios de una socialización de otro tipo. Esto implica, en particular, una planificación consciente de los recursos que reemplace la dinámica ciega impuesta por las "leyes coercitivas de la competencia" (Marx). Sin embargo, incluso la izquierda pone mala cara hoy a la planificación porque su concepto de planificación no ha sido nunca capaz de ir más allá de la visión que tenía de ella el difunto socialismo burocrático de Estado. Éste no constituía una alternativa al capitalismo, sino que se trataba fundamentalmente de una "modernización de puesta al día" en la periferia del mercado mundial, utilizando para ello los mecanismos del capitalismo de Estado. La lógica del valor no fue allí jamás abolida, sino únicamente estatalizada".


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06 noviembre, 2021

Delirio y declive imperialista — Laura Ruggeri

 


El lema de Biden “América ha vuelto”, cuyo propósito era tranquilizar a sus aliados, no puede ocultar el hecho de que el emperador está desnudo. Publicistas, políticos y planificadores de psyops [operaciones psicológicas] manipulan continuamente a las personas para que su percepción de la realidad favorezca determinados intereses y así tomen decisiones que, en última instancia, no les benefician. Sin embargo, por mucho que se esfuercen los regímenes occidentales que monopolizan el conocimiento y la producción intelectual por ocultar el declive, Occidente ya no domina el mundo, y los valores que defiende no son unánimes, ni mucho menos. Etiquetar de "regímenes autocráticos" a los gobiernos que no abrazan los valores liberales y las normas estadounidenses es simplemente una estúpida consigna. 

El mundo evoluciona hacia un sistema multipolar y será mejor que Estados Unidos lo tenga en cuenta. Aquellos que sirven en el NSC [National Security Council] todavía imaginan un mundo que ya no existe, un mundo en el que Estados Unidos tiene el poder de obligar a otros países a cumplir sus órdenes. Tal enfoque ideológico ciega el pensamiento pragmático e impide el diálogo y la negociación.

Locura es hacer lo mismo una y otra vez y esperar un resultado diferente. Alguien debería decírselo al equipo de Biden.


Laura Ruggeri, El complejo de superioridad moral de Estados Unidos está acelerando su declive.


Fragmento traducido por Arrezafe. Artículo completo en inglés en el siguiente enlace:

http://www.informationclearinghouse.info/56850.htm

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22 suicidios diarios


"Las tropas estadounidenses tienen cuatro veces más probabilidades de morir por su propia mano que en combate. Han logrado proteger a su propio personal militar del fuego enemigo, pero no de las consecuencias psicológicas de trabajar para el ejército estadounidense".


Caitlin Johnston

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                                                        Chema Madoz


"No somos sólo receptores pasivos que absorben un flujo de imágenes e información. La percepción implica organizar los estímulos y los datos en unidades comprensibles. En resumen, la percepción es en sí misma un acto de edición selectiva".


Michael Parenti

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04 noviembre, 2021

“Me habéis convencido” — Jose Mari Esparza Zabalegi

 


Resumen Latinoamericano – 02/11/2021


Me habéis convencido. Me autocritico de mi connivencia con la violencia. Reconozco el daño causado. Mea culpa por cuanto he hecho en estas décadas, en las que mi suelo ético ha estado a la altura de mis zapatillas.


He sido de Herri Batasuna, un terrorista, un apologista sin entrañas. Agradezco a los políticos, jueces, tertulianos y columnistas, su insistencia para sacarme de mis yerros. En adelante quiero ser un demócrata, como ellos.


Me maleó la catequesis. Fueron los hermanos Macabeos, tan rebeldes ellos, los que me abocaron a la violencia; Sansón matando filisteos, Moisés estragando Egipto; Jesús sacando a hostias a los mercaderes del templo… Nunca debí haber leído la Biblia. Tampoco debí haber ido a la escuela. Aprobaba Historia porque me atraían sobremodo las revueltas contra los invasores: el morir matando de Numancia, las degollinas de Viriato, Santiago Matamoros patrón de España y los ovarios de Agustina de Aragón contra los franceses. El cine me hizo más violento aún: soñaba con Toro Sentado aniquilando el 7º de Caballería; Leónidas defendiendo el paso de las Termópilas o Robin Hood matando malos a flechazos.


Las lecturas de zagal acabaron por pervertirme: Homero, los tres mosqueteros o Miguel Strogoff dormían en mi mesilla, y me susurraban que mucho peor que la violencia, era la sumisión. Que por ética se puede, y a veces se debe, ser violento. Un día leí la Declaración Universal de los Derechos Humanos y comprobé que su prólogo resumía mis lecturas: donde no hay derechos, el hombre se ve compelido «al supremo recurso de la rebelión contra la tiranía y la opresión». No entiendo cómo todavía sigue vigente.


Un día me hice zurdo y abertzale, y mi entorno me indujo más aún la violencia: los del PNV me glosaban el heroísmo de los gudaris; los carlistas a Zumalakarregi; los anarquistas a Durruti y la acción directa; el PSOE la revuelta de Asturias; el PCE el maquis; la ORT, el MCE y el PTE, la Revolución proletaria, con AK-47 incluido… Mi casa se llenó de afiches del Che, de Zapata y de Ho Chi Min, mientras mi mesilla rebosaba de libros de Marx, Lenin, Orwell, Martí y otros incitadores. Todos lo tenían claro: la violencia era el recurso postrero de los oprimidos. Las únicas diferencias entre los partidos eran el cuándo político y el cómo ético, para no hacer más daño que el que se pretende evitar. Así pues, las condiciones subjetivas, estaban dadas. Las objetivas, en constante debate.


Entonces tomé las armas. En el Regimiento América 66 me enseñaron a matar por España. Fusil ametrallador, morteros del 120… Los cóctel Molotov eran cosa de pringados y de violentos, ahora lo veo claro. Pero entonces estaba tan maleado que tiraba feliz mi jersey al aire cuando sonaba la canción de Carrero, y acudía a Iparralde a potear con los refugiados vascos, donde podías coincidir con jerifaltes del PNV, Txiki Benegas y otros, con tantas ganas de fotografiarse con Argala que no tenían tiempo de explicarnos las diferencias entre maquis, gudaris y etarras. Aquella ETA determinante que, como bien dice ahora un exdirector de EGIN, jamás debió existir.


Tonto de mí, creía que terrorista era el franquismo, y los que luchaban contra él, apóstoles de la democracia. Pero de los 749 presos vascos que había en 1976, solo uno era del PSOE; tres del PNV y cuatro del PCE. Cuatro gatos, los demócratas. Los demás eran terroristas: 400 de ETA y el resto de grupos con el AK-47 en sus anagramas. Pero todo el país y toda la intelectualidad de Europa los apoyaba: Sartre, Malraux… ¿Cómo no íbamos a estar confundidos? Quizá fue el momento de arrepentirse. El PNV tenía razón, hoy tendríamos en suelo vasco aquellas cuatro hermosas centrales nucleares, la luz más barata y menos parque eólicos en nuestros montes. Todos viviríamos como Dios, como jelkides [militantes del PNV].


Teníamos un concepto equivocado del terror. Chomsky nos engañó cuando decía que a la violencia de los oprimidos se le llama terrorismo y a la de los opresores se le llama guerra. Por eso yo me creía un pacifista cuando voté NO a la OTAN. Calculaba, erróneamente, que todas las bombas del IRA y ETA no sobrepasaban, ni de lejos, los bombardeos que ordenó Solana sobre los Balcanes. Y que las guerras que apoyaban el PSOE y el PNV eran mucho más criminales e indiscriminadas que todas las organizaciones revolucionarias de Europa juntas. ¡Qué equivocado estaba!


Tienen razón los que ahora dicen que los pueblos oprimidos no deben, ni siquiera cuando no tengan otra salida, recurrir a ningún tipo de violencia. Drones sí, pero pedradas no. Y del mismo modo que no se puede ser demócrata consumiendo iconografía fascista, tampoco se puede ser pacifista ensalzando la violencia. Así pues, renuncio a mis simpatías por Espartaco, Tupac Amaru, la Comuna de París, la Revolución Rusa y esa banda armada que fueron las Brigadas Internacionales. Pido perdón por haber leído con fruición a Bolívar y los guerrilleros americanos, desde Sandino a Fidel. Por mis connivencias africanas con Sankara, los Mau Mau o el terrorista Mandela, que nunca renunció a su brazo armado. Repudio a Mujica el tupamaro, a Salvador Allende con su metralleta en mano; la Intifada palestina, la lucha de los kurdos y el barrio de Gamonal. Nunca volveré a Amaiur, ni celebraré la batalla de Orreaga, ni cantaré el Eusko Gudariak ni siquiera la Marsellesa. Hasta dejaré de visitar a presos y despediré de la empresa a cualquiera que, como Imanol Haranburu, haya estado en prisión.


Ya soy un demócrata. Siento el suelo ético subir hacia mi txapela. Ahora puedo dormir tranquilo.

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"Saquen sus sucias manos de Euskal Herria"

 Jon Idigoras en el Congreso de los Diputados (1995)




AK-74 (preparando nuestra "cumbre") ⚫


 

Rafael Chirbes: “A los que sufren hambre y miseria en esos continentes de segunda o tercera clase, mejor que una novela es regalarles un arma. El Kaláshnikov como obra maestra literaria”