Hasta qué punto la patriotería es
una fuerza irracional negativa se demuestra en que en este Mundial,
una vez eliminada España, la prensa patria se está volviendo a
favor de Bélgica, cuyo seleccionado está dirigido por el ilerdense
Roberto Martínez. Pero sucede que Bélgica es, a su vez, el país
que acogió a Puigdemont, el demonio de la antiEspaña, detalle que a
los diarios deportivos les conviene soslayar en este caso. Tenemos,
por tanto, a los diarios patriotas de información general
arremetiendo contra Bélgica por dar aire al separatismo, y a la vez
tenemos a los diarios patriotas de información deportiva apoyando a
la selección de Bélgica porque la conduce un español. De este tipo
de contradicciones los patriotismos están llenos y se puede decir
que hasta consisten en ellas: recuerdo cuánto me sorprendía de
pequeño que en mi libro de historia, en la página izquierda, se me
contara con tintes dramáticos el arrasamiento de Numancia y el
asesinato-traición a Viriato, víctimas de unas gentes tan
malas-malísimas como los romanos, pero cómo, en la página derecha,
solo unas líneas después, se celebraba que Séneca, Marcial,
Quintiliano, Lucano, Adriano, Trajano o Teodosio fueran españoles
(aquellos de españoles no tenían nada, como tampoco lo eran Viriato
ni los numantinos, pero cada vez que un patriota se pone a escribir
historia, te pinta de rojigualdo hasta las hachas de sílex). O sea
que, sin tiempo para odiar a los romanos por sus fechorías,
jajajaja, ¡los romanos ya éramos nosotros, y por tanto éramos los
buenos, como siempre hemos sido nosotros! Unas páginas después,
sucede que llegan otros malhechores, los bárbaros, que acaban con
nuestra civilización hispanorromana, pero aquí sucede otro tanto:
resulta que uno de esos rufianes, Recaredo, se convierte al
cristianismo, ¡y automáticamente los bárbaros pasan a ser buenos y
ahora ya no se llaman bárbaros, sino visigodos! ¡Ya semos visigodos
y por tanto gentes excelentes! ¡Qué divertida es la historia y el
deporte cuando están contadas por patriotas que pueden prescindir de
la verdad y la decencia!
●
Lo que me subleva de las entrevistas
que se hacen a los inmigrantes para probar su arraigo en España
cuando quieren obtener la nacionalidad, es que se les examina sobre
algo que es imposible: no existe el arraigo a España, como tampoco
existe el arraigo a Euskadi o a Catalunya, porque son territorios
demasiado grandes para vivir y conocerlos con un mínimo de
precisión. ¡Decir que tienes arraigo en España es como decir que
tienes arraigo en la Vía Láctea! ¡Personas que han arraigado en el
barrio madrileño de Chamberí quizá no duraran un minuto en una
zona rural de Extremadura! El amor a un país que sea más grande que
San Marino es un amor simbólico, algo que nos enseñan desde
pequeños y que lo llevamos dentro sin hacernos preguntas. En el
momento en que un inmigrante consigue trabajo, grupo de amigos o
relaciones sociales satisfactorias, ya ha arraigado, nada más que
eso es el arraigo: consiste en estar a gusto durante varios años en
los dos kilómetros cuadrados donde haces tu vida. No te hace falta
para nada saber quiénes son Rafael Alberti, Rocío Jurado o Pau
Gasol, ni cuándo caen los San Isidros, ni saber de la paella
valenciana, el flamenco o las guerras carlistas. Por otra parte, los
mayores patriotas vascos que conocí cuando vivía en Vizcaya eran
igual de analfabetos que los patriotas españoles de Madrid: la
mayoría de ellos habría suspendido un examen sobre la historia o
cultura del país al que tanto presumen de amar. ¡Anda que cuántos
españoles no perderían su nacionalidad si se operara con ellos como
la Audiencia Nacional, que se la denegó este año a un marroquí de
Zaragoza, 17 años trabajando en esa ciudad, por las razones de que
“no conoce la cultura, la organización territorial, la geografía,
las instituciones y los deportes de España”!
●
Es aterrador, al leer los comentarios
de estos vídeos de Youtube, la cantidad de gente que se queja de que
se presente a Julio César como un genocida. ¡El daño que hace la
mitomanía! No les importa que Julio César matara a un millón de
galos y esclavizara a otro millón (entre un total de seis millones),
o que dejara morir de inanición a 40.000 mujeres y niños, o que
fuera habitual que cortara las manos a los adversarios para darles un
escarmiento: todo lo justifican, como siempre, con el socorrido
en-aquella-época-todos-eran-así. Jamás podré entender por qué
extraña avería de la mente una persona del siglo XXI puede admirar
más a Julio César que a Propercio, a Alejandro Magno más que a
Diógenes, a Bonaparte más que a Champollion, y lo mismo me ocurre
con las admiraciones de algunos miembros de las artes o el
pensamiento. Sabido es que Julio César fue admirado por gente de la
ralea de Carlos V, Hitler o Mussolini; más incomprensible me parece
que fuera admirado por Dante, Nietzsche u Ortega y Gasset.
●
Afirman las ramas centrales de la
filosofía que quienes no saben controlar sus pasiones son seres
débiles, pero la verdad es justo la contraria: a) que solo controlan
sus pasiones quienes carecen de ellas, b) que la pasión es síntoma
de energía, y c) que el apasionado siempre ha sido perseguido porque
es una persona creadora y cambiante, con una sobrevida que puede
volverse peligrosa, pues amenaza con desordenar los rebaños.
Robert
Charvin acusa a la información y la historiografía occidentales de
negacionismo y revisionismo.
1.
La rehabilitación del fascismo en Letonia. ¿Por qué ningún medio
de comunicación occidental señala que en Letonia (nuestro querido y
nuevo aliado de la Unión Europea), se demoniza a la resistencia
antinazi y se rehabilita discretamente a los fascistas colaboradores
de la Segunda Guerra mundial? El aparato judicial de ese país se ha
ensañado con un héroe de la resistencia letona, llegando incluso a
encerrarle en la cárcel a pesar de tener 75 años. Pero esto ha sido
completamente silenciado. ¿Por qué?
2.
La utilización por Occidente de pronazis antisemitas en Ucrania.
¿Por qué nuestra nueva aliada rehabilita a los antiguos
colaboradores de Hitler? Peor aún: ¿por qué los introduce en una
administración nacida de un golpe de Estado y en puestos clave? Y
todo ello en medio del silencio de los medios de comunicación, que
los bautizan de nuevo como simples “nacionalistas”.
3.
La negación del genocidio que Hitler intentó llevar a cabo contra
la URSS. Sin embargo, el programa estaba claramente expresado en los
textos nazis: considerando a los eslavos como “infrahumanos”, el
“Plan Ost” preveía exterminar al 40% de los rusos para dejar el
espacio libre al traslado de diez millones de colonos alemanes y
germanizados. Aquel programa fue puesto en práctica, pero la
resistencia de todo un pueblo lo hizo fracasar. ¿Por qué
actualmente se presenta la Segunda Guerra mundial como un asunto
entre Hitler y los judíos cuando en realidad hubo varios genocidios?
4.
La desvalorización de los verdaderos vencedores de la Segunda Guerra
mundial. Esto comienza con la falsificación de la preguerra: ¡se
acusa a la URSS de haber sido cómplice de Hitler! Sin embargo, no
había dejado de proponerle a los occidentales que se aliaran para
cortar el paso al nazismo; pero esta alianza fue rechazada por
Londres y París, que pactaron con Hitler en Múnich, aprobaron su
alianza con Polonia y le cedieron Checoslovaquia; incitándolo de
esta manera para que atacara Europa del Este, y dejar las manos
libres en Europa occidental. ¡Cómo se han invertido las
responsabilidades!
Y
eso continúa con la negación de las víctimas: ¿quién recuerda en
Occidente que la URSS perdió 23 millones de ciudadanos, China 20
millones y que las pérdidas británicas representan un 1,8% del
total, las pérdidas francesas un 1,4% y las de Estados Unidos un
1,3%? Y esto se concluye en una valorización etnocéntrica y
engañosa del desembarco en Normandía o “Día D”, que se
presenta como un acontecimiento decisivo, mientras que en realidad
Hitler ya había perdido la guerra en 1941, cuando fracasó en la
toma de Moscú y se enredó en la trampa soviética, ¡lo que
confirmó su derrota en Stalingrado en el invierno de 1942-43!
El imperio estadounidense está
llegando a su fin. La economía de EE.UU. está siendo socavada por
las guerras en el Medio Oriente y la gran expansión militar en todo
el mundo, socavada por los crecientes déficits, los efectos
devastadores de la desindustrialización y los acuerdos comerciales
globales. Nuestra democracia ha sido secuestrada y destruida por las
corporaciones que constantemente demandan más recortes de impuestos,
más desregulación e impunidad judicial por los actos masivos de
fraude financiero, al tiempo que saquean trillones del tesoro de los
EE.UU. en forma de rescates. La nación ha perdido el poder y el
respeto necesarios para exigir a sus aliados en Europa, América
Latina, Asia y África que cumplan sus compromisos. Si a ello agregamos
el creciente deterioro medioambiental causado por el cambio
climático, obtendremos la fórmula para una distopía emergente.
Supervisando este progresivo deterioro, tenemos en los niveles más
altos de los gobiernos federal y estatal una colección heterogénea
de imbéciles, estafadores, ladrones, oportunistas y generales
belicistas. Y para ser claro, también me estoy refiriendo a los
Demócratas.
El imperio seguirá renqueando,
perdiendo influencia constantemente hasta que el dólar caiga como
moneda de reserva mundial, sumiendo a los Estados Unidos en una paralizante depresión que forzará a una contracción masiva e
instantánea de su máquinaria militar.
A falta de una revuelta popular
repentina y generalizada, que no parece probable, la agónica espiral
parece ya imparable, lo que significa que Estados Unidos, tal como lo
conocemos, no existirá en una década o, como máximo, dos. El vacío
global que dejamos atrás será ocupado por China, que ya se está
estableciendo como un gigante económico y militar, o tal vez habrá
un mundo multipolar dividido entre Rusia, China, India, Brasil,
Turquía, Sudáfrica y algunos otros estados. O tal vez ese vacío se
colme (como escribe el historiador Alfred W. McCoy en su libro En
las sombras del siglo americano: ascenso y decadencia del poder
global de Estados Unidos) por "una coalición de
corporaciones transnacionales, fuerzas militares multilaterales, como
la OTAN, y un liderazgo financiero internacional auto-seleccionado en
Davos y Bilderberg” que
"forjarán un nexo supranacional para reemplazar cualquier
nación o imperio".
En todos los campos, del crecimiento
financiero y la inversión en infraestructuras a la tecnología
avanzada, incluyendo supercomputadoras, armamento espacial y guerra
cibernética, los chinos nos están superando rápidamente. "En
abril de 2015, el Departamento de Agricultura de EE. UU. sugirió que
la economía estadounidense crecería casi un 50 por ciento en los
próximos 15 años, mientras que China la triplicaría y estaría
cerca de superar a Estados Unidos en 2030", señaló McCoy.
China se convirtió en la segunda economía global en 2010, el mismo
año en que pasó a ser la principal nación manufacturera del mundo,
superando a los Estados Unidos que había dominado la manufactura
mundial durante un siglo. El Departamento de Defensa emitió un sobrio informe titulado "Peligro propio: Evaluación de riesgos
del Departamento de Defensa en un mundo post-primacía".
Descubrió que el ejército de los EE. UU. "ya no disfruta de
una posición inalcanzable frente a los competidores estatales"
y que "ya no puede generar utomáticamente una superioridad militar
local consistente y sostenida en ultramar". McCoy predice
que el colapso llegará en 2030.
Los imperios en decadencia abrazan un
suicidio casi voluntario. Cegados por su arrogancia e incapaces de
enfrentar la realidad de su poder decreciente, se repliegan a un
mundo de fantasía donde los hechos duros y desagradables ya no se
inmiscuyen. Reemplazan la diplomacia, el multilateralismo y la
política con amenazas unilaterales y el contundente instrumento de
la guerra.
Este autoengaño colectivo indujo a los
Estados Unidos a cometer el mayor error estratégico de su historia, un
error que sonó como la sentencia de muerte del imperio: la invasión
de Afganistán e Irak. Los arquitectos de la guerra en la Casa Blanca
de George W. Bush y la variedad de idiotas útiles en la prensa y la
academia, que eran sus cheerleaders [animadores],
sabían muy poco sobre los países invadidos, eran increíblemente
ingenuos sobre los efectos de la guerra industrial y fueron
sorprendidos por el feroz retroceso. Afirmaron, y probablemente
creyeron, que Saddam Hussein tenía armas de destrucción masiva,
aunque no tenían pruebas válidas para apoyar esta afirmación.
Insistieron en que la democracia se implantaría en Bagdad y se
extendería por Medio Oriente. Aseguraron al público que las tropas
estadounidenses serían saludadas por agradecidos iraquíes y afganos
como libertadores. Prometieron que los ingresos petroleros cubrirían
el costo de la reconstrucción. Insistieron en que el golpe militar
audaz y rápido, "conmoción y pavor", restauraría
la hegemonía estadounidense en la región y el dominio en el mundo.
Propició lo opuesto. Como señaló Zbigniew Brzezinski, esta "guerra
de elección unilateral contra Iraq precipitó una deslegitimación
generalizada de la política exterior de Estados Unidos".
Los historiadores del imperio llaman a
estos fiascos militares, ejemplos de "micro-militarismo", una característica de todos los imperios
tardíos. Los atenienses
se involucraron en el micro-militarismo cuando durante la Guerra del
Peloponeso (431-404 aC) invadieron Sicilia, sufriendo la pérdida de
200 barcos y miles de soldados, provocando revueltas en todo el
imperio. Gran Bretaña lo hizo en 1956 cuando atacó a Egipto en una
disputa por la nacionalización del Canal de Suez y luego tuvo que
retirarse rápidamente, humillada, potenciando así una serie de
líderes nacionalistas árabes, como el egipcio Gamal Abdel Nasser, y
condenando el dominio británico sobre las pocas colonias restantes.
Ninguno de estos imperios se recuperó.
"Mientras que los imperios en
ascenso son a veces juiciosos, incluso racionales en su aplicación
de la fuerza armada para la conquista y el control de los dominios de
ultramar, los imperios decadentes tienden a exhibiciones de poder mal
concebidas, soñando con audaces ataques militares que de alguna
manera recuperarían el prestigio y el poder perdidos”, escribe
McCoy. "A menudo irracionales, incluso desde el punto de vista
imperial, estas operaciones micro-militares pueden producir graves hemorragias económicas o derrotas humillantes que tan solo aceleran
el proceso que ya está en marcha".
Los imperios necesitan algo más que la
fuerza para dominar a otras naciones, necesitan una mística. Esta
mística –una máscara para el saqueo imperial, la represión y la
explotación– seduce a algunas élites nativas, dispuestas a
cumplir las órdenes del poder imperial o al menos a permanecer
pasivas, y proporciona una pátina de urbanidad e incluso de nobleza
con el fin de justificar ante los nativos los costos en sangre y
dinero necesarios para mantener el imperio. El sistema parlamentario
de gobierno que en apariencia reprodujo Gran Bretaña en sus
colonias y la introducción de deportes británicos como el polo, el
cricket y las carreras de caballos, junto con virreyes uniformados y
la pompa de la realeza, se vieron reforzados por lo que los
colonialistas consideraban la invencibilidad de su armada y su ejército.
Inglaterra pudo mantener su imperio unido entre 1815 y 1914 antes de
ser forzado a una retirada constante. La retórica de Estados Unidos
sobre la democracia, la libertad y la igualdad, junto con el
baloncesto, el béisbol y Hollywood, así como la propia deificación
de los militares, cautivaron y intimidaron a gran parte del mundo a
raíz de la Segunda Guerra Mundial. Por supuesto, tras la escena la
CIA utilizó su bagaje de trucos sucios para orquestar golpes, amañar
elecciones, llevar a cabo asesinatos, campañas de propaganda negra, difamación, soborno, chantaje, intimidación y tortura. Pero ya nada de esto
funciona.
La pérdida de la mística es
paralizante. Hace difícil encontrar sustitutos dóciles para
administrar el imperio, como hemos visto en Iraq y Afganistán. Las
fotografías de torturas, abuso físico y humillación sexual
impuestas a los prisioneros árabes en Abu Ghraib inflamaron el mundo
musulmán, alimentaron a Al Qaeda y más tarde al Estado Islámico
con nuevos reclutas. El asesinato de Osama bin Laden y de otros
líderes yihadistas, incluido el ciudadano estadounidense Anwar
al-Awlaki, burló descaradamente el concepto de estado de derecho.
Los cientos de miles de muertos y millones de refugiados que huyen de
nuestras debacles en el Medio Oriente, junto con la amenaza casi
constante de drones aéreos militarizados, nos muestran como
terroristas estatales. En Oriente Medio hemos llevado a la práctica
la inclinación de los militares estadounidenses por las atrocidades
generalizadas, la violencia indiscriminada, las mentiras y los
errores de cálculo, acciones que condujeron a nuestra derrota en
Vietnam.
La brutalidad llevada a cabo en el exterior se
combina con una creciente brutalidad en el propio país. Policías
militarizados abaten mayormente a pobres de color desarmados y colman
las cárceles de un sistema penitenciario que mantiene encarcelado a
un disparatado 25 por ciento de los prisioneros del mundo, aunque los
estadounidenses representan solo el 5 por ciento de la población
mundial. Muchas de nuestras ciudades están en ruinas. Nuestro
sistema de transporte público es un caos. Nuestro sistema educativo,
en fuerte declive, está siendo privatizado. La adicción a los
opiáceos, el suicidio, los tiroteos masivos e indiscriminados, la depresión y la
obesidad mórbida, afectan a una población que ha caído en una aguda
desesperación. La profunda desilusión y la rabia que condujeron a
la elección de Donald Trump –una reacción al golpe de estado
corporativo y debido a la pobreza que aflige al menos a la mitad del
país– han destruido el mito de una democracia que funciona. Los
tweets y la retórica presidencial celebran el odio, el racismo y la
intolerancia y provocan a los débiles y vulnerables. En un discurso
ante las Naciones Unidas, el presidente Trump amenazó con aniquilar
a otra nación [RDPC] en un impúdico acto de genocidio. Somos objeto
mundial de ridículo y odio. Lo que el futuro presagia se expresa
en la masiva irrupción de películas distópicas, películas que ya no
pretenden perpetuar las supuestamente excepcionales virtudes estadounidenses o el mito
del progreso humano.
"La desaparición de los
Estados Unidos como poder global preeminente podría llegar mucho antes de lo que nadie imagina", escribe McCoy. "A
pesar del aura de omnipotencia que suelen proyectar los imperios, la
mayoría son sorprendentemente frágiles, carecen incluso de la
fuerza inherente de un modesto estado-nación. De hecho, un vistazo a
su historia debería recordarnos que los más grandes son
susceptibles al colapso por muy diversas causas, con las presiones
fiscales como factor primordial. Durante la mayor parte de dos
siglos, la seguridad y la prosperidad de del país ha sido el
objetivo principal de la mayoría de los estados más estables, que
prescindieron de aventuras foráneas o imperiales asignando a la
defensa nacional no más del 5 por ciento del su presupuesto. Sin el
financiamiento que surge casi orgánicamente en el seno de una nación
soberana, los imperios son notorios depredadores en su búsqueda
incesante de pillaje o lucro: lo atestigua la trata de esclavos en el
Atlántico, la codicia belga en el Congo, el comercio de opio en la
India británica, la destrucción perpetrada por el Tercer Reich en
Europa o la explotación soviética de la Europa del Este".
Cuando los ingresos se reducen o
colapsan, señala McCoy, "los imperios se vuelven frágiles".
"Tan delicada es su estructura de poder que, cuando las cosas empiezan a ir realmente mal, los
imperios se precipitan regularmente con una velocidad terrible: solo
un año para Portugal, dos años para la Unión Soviética, ocho años
para Francia, once años para los otomanos, diecisiete para Gran
Bretaña, y, con toda probabilidad, solo veintisiete años para
Estados Unidos, contando desde el crucial año 2003 [año en el que Estados
Unidos invadió Iraq]".
Muchos de los 69 imperios estimados
que han existido a lo largo de la historia carecían de un liderazgo
competente en su declive, habiendo cedido el poder a monstruosidades
como los emperadores romanos Calígula y Nerón, en los Estados
Unidos, las riendas de la autoridad pueden estar al alcance de los
primeros en una lista de depravados demagogos.
"Para la mayoría de los
estadounidenses, es probable que la década de 2020 se recuerde como
una década desmoralizante de aumento de los precios, de salarios
estancados y de una disminución de la competitividad internacional",
escribe McCoy. La pérdida del dólar como moneda de reserva mundial
hará que EE. UU. no pueda pagar sus enormes déficits vendiendo
bonos del Tesoro, que se verán drásticamente devaluados. En ese
momento, habrá un aumento masivo en el costo de las importaciones.
El desempleo se desbordará. Los enfrentamientos internos –a los que
McCoy irónicamente denomina "cuestiones insustanciales"– alimentarán un
peligroso hipernacionalismo que podría transformarse [que se ha transformado ya] en un fascismo
estadounidense.
Una élite desacreditada, sospechosa y
paranoica en una era de decadencia, verá enemigos en todas partes.
La gama de instrumentos creados para la dominación global, la
vigilancia masiva, la restricción de las libertades civiles, las
sofisticadas técnicas de tortura, la policía militarizada, el
sistema penitenciario masivo, los miles de drones y satélites
militarizados, serán empleados en la propia nación. El imperio
colapsará y el país se consumirá a sí mismo y consumirá nuestras vidas
si no arrebatamos el poder a quienes gobiernan el estado corporativo.
Las
señales más inequívocas que marcan la identidad del turista es
que, independientemente de su sexo, edad, o condición, es un
viajante que carga con una camarita de fotos o de vídeo, o las dos,
alternativamente o al mismo tiempo. Se trata de ir visualizándolo
todo y almacenándolo, aplazándolo para un futuro ideal donde
aquello que se mira pero no se ve (porque desde luego el que mira
difícilmente ve, pero más imposible es aún que vea si se filma o
graba) pueda ser visto después ya desactivado de cualquier temblor o
descubrimiento imprevisto, ya asimilado y domesticado, en condiciones
inofensivas: tranquilamente en casa y en papel o pantallita para que
así cualquier cosa, paisaje o rostro, sea lo más parecido al
reclamo publicitario que ya aparecía en el anuncio o el folleto
donde se te incitaba a ir al sitio que fuera. Con lo cual se ha
conseguido cerrar el ciclo sin que pase nada: lo que se ha conseguido
es reproducir por cuenta y gasto del viajante lo que ya estaba en el
folleto y para lo cual no hubiera hecho falta que moviésemos un solo
pié. En eso ha consistido básicamente su viaje, en la ilusión de
un futuro vacío. Es como si los ojos ya hubieran perdido su función
primordial de ver y tal función es sustituida por un mirar mediado a
través de un vidrio o pantallita que aplaza la visión directa y el
descubrimiento de cualquier cosa imprevista.
Esta impostura, esta
sustitución del viaje y las viejas curiosidades del mundo
desconocido, por la apropiación audiovisual de cualquier cosa, ya se
inició hace varias décadas con la imposición de la fotografía y
la compra de cámaras fotográficas. Aquel primer slogan publicitario
para nuestros padres “Vacaciones sin Kodak no son vacaciones” no
ha hecho más que progresar y refinarse; y ya no se trata de aquello
de la foto y el álbum para enseñar a los amigos, algo relativamente
inocente si lo comparamos con la depredación actual de la captura
audiovisual En mi último viaje a Roma me atreví a visitar de nuevo
y no sin miedo la Capilla Sixtina tras veinte años desde mi última
visita. El Vaticano, que es experto en los negocios del alma, sabe
que, en el progreso del régimen tecno-democrático, las almas y sus
cuerpos son entes audiovisuales por excelencia y así autoriza e
invita –eso sí, sin flaxes– a la toma fotográfica y digital de la
gloria eterna; porque si la fe de la vieja religión se asentaba en
aquello de “creer en lo que no se ve”, la fe democrática actual
bajo el imperio del Audiovisual, se fundamenta en “creer en lo que
se ve”, de tal forma que hoy día visión y fe es lo mismos. La
Realidad tal y como hoy se nos vende está perfectamente diseñada
desde los intereses del Capital por la creación de necesidades
falsas a través de la publicidad teniendo en cuenta esta relación
indisoluble entre visión y fe.
Esa
identidad y retroalimentación mutuas entre visión y fe es también
la que mueve en gran parte a las oleadas de turistas de un lado para
otro. Si existen Abisinia o Tomboctú, hay que verlo para creerlo, ir
hasta allá y verlo con nuestros propios ojos, o sea no verlo sino ir
a mirar y fotografiarlo, filmarlo, grabarlo y así ya tenemos los
testimonios en conserva, pero eso sí fidedignos e irrefutables de
que tales lugares existen ...Y de paso ¡esto en el fondo es lo
primero! así me confirmo que yo existo, de que yo soy yo, fulanito o
fulanita de tal, y ningún otro porque ¿recordáis aquello de la
naranjita de Mairena?: el único modo de que yo sea idéntico a mi
mismo es que sea el mismo aquí y acullá, porque es ese movimiento y
desplazamiento de mí mismo lo que va a confirmar mi mismidad. ¿Cómo
no voy a ser yo si desde Abisinia o Tomboctú llamo a mis parientes y
les digo que “Estoy aquí” y así ellos se enteran de que yo,
fulanita o fulanito de tal, soy más yo que nunca porque con tanta
distancia y en medio de tanta –ahora lo llaman diversidad–siendo
el mismo o la misma?
Era
de esperar –así lo marcan los tiempos– que a estas alturas de la
civilización y del progreso histórico el orden del individualismo
personalizado propio de las Democracias desarrolladas el cuidado y
hasta obsesión por la identidad personal requiera y use al máximo
los mecanismos y operaciones que más contribuyan a la confirmación
de esa identidad. Y desde luego no hay nada más eficaz que ese
movimiento uniformemente acelerado de las masas de individuos
personales sin descanso de un lado para otro. O sea el Turismo. Y a
esa condición de Turista es a la que se destina a cualquiera
habitante de este lado del mundo, del Régimen del Bienestar. Luego
están los otros del otro lado que esos si se mueven en oleadas para
alcanzar este paraíso del Bienestar son por razones muy distintas
pero desde luego sean las sagradas que sean sus razones y necesidades
serán aprovechados como muestras de la diversidad turística. Si no
son devueltos como animales a sus míseros lugares originarios serán
integrados y asimilados en las grandes Metrópolis como diversidades
folklóricas para satisfacer ese otro movimiento del Turismo intraurbano que consiste en ir a comer a un “senegalés” a Lavapies,
por ejemplo. Lo cual mueve también su dinerillo. No tanto desde
luego como los grandes Tour Operator que son con mucho una de las más
potentes maquinarias de mover Capital en el Régimen.
Sin
este tráfico constante del ir y venir de las Almas democráticas, el
Régimen se caería abajo. Es ese movimiento de dinero y personas el
que lo sostiene. Incluso su poderío de ilusión mayoritaria ha
llegado a cegarnos de su verdadero carácter de Trabajo. Pero eso sí
por gusto y voluntad personal, y además como señal de bienestar y
acomodo. Lástima da pensar que ahora que nadie trabaja ya de verdad
y que entre esa balumba de cachivaches mecánicos y burocracias
perezosas, la mayoría se escurría sin dar un palo al agua, tenga
que venir ahora a imponerse el trabajo más cansado, el más
disimulado con el envoltorio acaramelado del Turismo, cuando todos, o
por lo menos bastantes, (no me digan que no), después de las
obligadas y cortitas vacaciones que nos concede el Régimen, estamos
deseando llegar a casita para descansar de ellas. Todos sabemos
aunque no nos atrevamos a decirlo en voz alta que esto del Turismo es
trabajos forzados y que el turista no es más que un esclavo de la
última de las penitencias impuestas por el Régimen.
Desfilan ante vosotros y vosotras las fuerzas que os oprimen y lo celebráis vitoreándolas, saludando con admiración a sus mandos y banderas. Es como tener lepra y rendirle homenaje al bacilo de Hansen.
.
Por qué va este matón tan protegido, cuando es al mundo al que hay que proteger de él.. (Por el mar corre la liebre, por el monte la sardina) .
Desde
tiempo inmemorial, suele ser considerado merito y propiciado por las
altas jerarquías el hecho de convertirse en un montón de chatarra
amaestrada al servicio de la maquinaria del Estado.
.
“Nuestras derrotas lo único que demuestran es que somos pocos los que luchan contra la infamia. Y de los espectadores, esperamos que al menos se sientan avergonzados.” Bertold Brecht .
La
política migratoria de la UE es síntoma de una tendencia y reto
para una izquierda sin soluciones
En
el lento tránsito de la Unión Europa hacia su fragmentada y
disgregada inoperancia, asistimos a la coalición del neoliberalismo
con la extrema derecha política. Es lo que bauticé como la
“lepenización de Goldman-Sachs”. La cumbre de finales de junio
adoptó una política de extrema derecha en materia de refugiados:
1– Refuerzo de las fronteras exteriores de la UE vía la ampliación
de las competencias y el presupuesto de Frontex, la agencia europea
competente, 2– incrementar la repatriación de emigrantes
irregulares estableciendo campos de concentración en África del
Norte y en el interior de la UE, instalaciones que llevarán nombres
de camuflaje como “centros de control” o “plataformas de
desembarco”.
Mientras
los jefes de estado europeos alcanzaban –de
madrugada e in extremis, como viene siendo habitual– estas
resoluciones, la semana se saldaba con por lo menos 220 personas
ahogadas en el Mediterráneo, según la estimación de la agencia de
refugiados de la ONU. Desde 2014, 16.000 han perdido la vida tratando
de alcanzar Europa, unas 35.000 desde el año 2000, según la misma
agencia.
Lo
peor está por venir
Aunque
el actual flujo migratorio hacia Europa no es significativo para un
conjunto de 500 millones de habitantes –y comparado con la
situación en Líbano o Turquía es francamente insignificante–
logra potenciar la “lepenización” política en muchos países a
causa del encogimiento del estado social y de la competencia entre
pobres autóctonos y pobres foráneos, hasta el extremo de alterar
los mapas políticos nacionales.
Lo
que comenzó siendo un fenómeno francés con el éxito del Frente
Nacional de Le Pen, afecta ahora a muchos países europeos. La
novedad es que esta “lepenización” se ha instalado en Alemania.
La canciller Merkel, que en 2015 se marcó el brevísimo farol de
acoger emigrantes por una mezcla de razones de imagen y de falta de
mano de obra, ha visto como en dos años se formaba en su Bundestag
el mayor grupo parlamentario de extrema derecha de Europa (92
diputados). La derecha alemana no ha tenido ningún problema en
asumir el programa lepeniano, que ha llegado al poder en Italia, en
Austria y otros países, bajo el impulso de la retrograda CSU, el
partido que gobierna Baviera prácticamente sin interrupción desde
antes de que el Partido Comunista Chino llegara al poder en 1949.
Las
predicciones y proyecciones del calentamiento global sugieren que el
actual problema migratorio dejará de ser anecdótico. Unido a los
efectos del belicismo en Oriente Medio, del comercio injusto por
doquier y del neocolonialismo bajo otras formas en África y otros
lugares, el cuadro es inequívoco.
El
vector de esta política apunta hacia una división del mundo en dos
categorías, dos castas geográfico-sociales, en la que el estrato
superior que podría implicar al 20% de la población del planeta
podría vivir en un cuadro de relativa distribución, suficiente para
generar un consenso y una fuerza militar capaz de mantener al 80%
restante en una posición totalmente subyugada y paupérrima.
Evocando este escenario, el sociólogo Immanuel Wallerstein observa
con razón que, “el orden mundial que Hitler tuvo en mente no era
muy diferente”.
Actuar
sobre el conjunto
¿Qué
vamos a oponer a eso?, ¿el Open Arms y el elogio infantil del mundo
feliz sin fronteras, versión humanitaria de la mundialización
neoliberal del capital? Mantenerse en esa posición ha sido,
precisamente lo que ha llevado a millones de ciudadanos europeos a
emigrar electoralmente a la extrema derecha, desde la izquierda y la
socialdemocracia. En Francia y en Alemania (véase la discusión en
el último congreso de Die Linke) se comienza a tomar conciencia de
algo banal: por supuesto que es inaceptable la política de campos de
concentración y el holocausto mediterráneo, pero el problema –no el
actual, sino el que nos garantizan las proyecciones futuras y que
conduce a esa especie de reedición del mundo hitleriano– es
irresoluble sin actuar sobre el conjunto.
Acabar
con el orden desorden neoliberal-belicista, dejar de participar en él
y romper con las alianzas que lo promocionan, sería el primer
artículo del decálogo para cumplir con el mundo.
El
antibelicismo habría que conjugarlo con políticas contra el
crecimiento crematístico que está en el origen de tales desastres,
con el fin de las políticas comerciales basadas en la rapiña y el
abuso así como con los regímenes emplazados en el Sur para
garantizarlas, con la práctica del multilateralismo en la esfera
diplomática, con la denuncia de los acuerdos y relaciones
desiguales, con el coto al extractivismo y a la emisión desenfrenada
de gases responsables del efecto invernadero, con el respeto y
desarrollo de los acuerdos internacionales en la materia, con el
cumplimiento del insuficiente compromiso de la ONU de dedicar el 0,7%
del PIB a la ayuda al desarrollo, con la prohibición de la venta de
armas y la sanción al colonialismo, con la promoción del desarme de
los recursos de destrucción masiva comenzando por las cinco
potencias nucleares del consejo de seguridad de la ONU, etc., etc.
Solo
desde un programa político reformista y humanista que apuntara en
esa dirección, podría un estado nacional cerrar sus puertas a los
grandes flujos migratorios que están por venir, alegando su
compromiso práctico con un mundo viable y la necesidad de preservar
su estabilidad interna, sin la cual se pierde toda posibilidad de
acción política.
Solo
los gobiernos del Norte que cumplan con el mundo podrían cerrar sus
puertas al emigrante sin sentir la vergüenza que suscita la presente
política hipócrita de la Unión Europea, hablando por un lado de
derechos y valores mientras se organizan centros de detención de
emigrantes en África y se alimentan las hogueras globales con un
modo de vida inviable para todos y sostenido por el militarismo.
La
izquierda debería reflexionar sobre cómo abordar esto y dejar de
parapetarse en el “open arms” y el “mundo sin fronteras” que
nos vendieron los gringos junto con su globalización, un mundo en el
que los estados son sustituidos por ONG´s y la política por la
manipulable ideología de los derechos humanos.
De
la misma forma en que la solución a la desigualdad no es la caridad,
sino la nivelación social y una política fiscal acorde, el problema
de los emigrantes debe enfocarse en el marco de programas de cambio
general. Antes de que la lepenización de Goldman Sachs nos robe
todas las banderas.
Todo
comenzó el 8 de julio. Atacaron en el corazón del pueblo navarro,
Pamplona en plena fiesta de San Fermín. Al finalizar la corrida de
toros, ningún aviso, ninguna advertencia, el comisario Rubio y medio
centenar de policías antidisturbios irrumpen en la plaza, ante
20.000 personas atónitas por lo que veían, golpeando y disparando a
la multitud hasta desalojar la plaza llena de personas aterrorizadas.
Durante las manifestaciones que a continuación surgen
espontáneamente en las calles de Pamplona, bajo una indiscriminada y
brutal represión, cae muerto por las balas de la Policía
Armada, Germán Rodríguez. Era el comienzo de la más grave
provocación hasta ahora contra el pueblo de Euskadi. Después
siguieron Donosti y Rentería.
El
día 11, tras ser disuelta en San Sebastián una manifestación en
solidaridad con Pamplona, una ráfaga de metralleta de la Policía
Armada segó la vida de Joseba Barandiarián. El
día 13 una compañía especial antidisturbios, asola, roba y
destroza la localidad de Rentería.
Navarros,
guipuzcoanos, vizcaínas y alaveses, todo el pueblo vasco se puso en
pie para detener la provocación. Un grito, una exigencia unánime,
recorrió las asambleas, manifestaciones y concentraciones, “¡CASTIGO
A LOS CULPABLES!, ERRUDUNEI ZIGORRAL!” Conforme Euskadi era más
acribillada, más fuerte era la protesta y más viva la llama de la
exigencia de responsabilidades. Llama que se fue extendiendo día a
día al resto de los pueblos de España.