RED
VOLTAIRE – 09/11/2021
La COP26 no es más
que un show montado para desviar la atención del público de
lo que realmente se prepara en ese encuentro. El GIEC –el comité
de expertos de la COP que parece estar alertando a gobiernos
sordos sobre la catástrofe que se aproxima– está siendo
utilizado para dotar a esos gobiernos de un discurso que justifica
sus ambiciones políticas. Los presidentes de Rusia, Vladimir
Putin, y de China, Xi Jinping, ambos resueltamente hostiles a los
proyectos financieros que se cocinan en la COP, se negaron a
participar en esa reunión aunque los banqueros más conocidos del
mundo hablan allí de 100 000 millones de dólares en inversiones.

James Bond “generalmente
llega al clímax de sus muy lucrativos films hallándose frente a un
artefacto apocalíptico y tratando desesperadamente de saber cuál
cable tiene que cortar para desactivarlo, mientras que un reloj
numérico en rojo anuncia implacablemente una detonación que,
como sabemos, pondrá fin a la vida humana (…) Hoy estamos, mis
colegas dirigentes mundiales, casi en la misma situación que
James Bond, pero la tragedia es que esto no es una película y que
el dispositivo apocalíptico es real”. Eso dijo, con la mayor
seriedad del mundo, el primer ministro británico Boris Johnson al
abrir la COP26.
La «Conferencia de
las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático» viene siempre
acompañada de discursos apocalípticos pero nunca arroja
compromisos cuantificables ni verificables. Sólo da lugar a
promesas, que siempre se firman en medios de grandes despliegues
mediáticos pero también siempre redactadas en condicional.
La COP26 que actualmente
se desarrolla en Glasgow (Reino Unido), desde el 31 de octubre y
hasta el 12 de noviembre, no parece que vaya a escapar a esa
regla. Comenzó con un espectacular video, donde un dinosaurio
subía a la tribuna de la Asamblea General de la ONU para lanzar
una llamada de alerta sobre la posible extinción de la especie
humana, y prosiguió con el discurso de apertura del primer
ministro británico, Boris Johnson, sobre lo que haría James Bond
ante la amenaza del cambio climático. El show prosiguió en la
calle con una manifestación encabezada por Greta Thunberg, quien
declaró ilegítimos todos los gobiernos del mundo y denunció el
«fracaso» de la conferencia, que sólo estaba comenzando.
Los líderes políticos
que tanto llaman a salvar la humanidad de su extinción inminente son
los mismos que asignan miles de millones de dólares a la
fabricación y desarrollo de armas nucleares capaces borrar de la
faz de la Tierra la especie humana que tanto dicen querer defender
[1].
Lo mínimo que se puede
decir sobre la COP26 es que, en vez de ser una reunión diplomática
tendiente a lograr una disminución de la emisión de gases con
«efecto invernadero», se trata sólo de una farsa de
cierta calidad montada para los espectadores del mundo entero.
Pero entonces, ¿cuál es
la realidad que se esconde tras ese circo? ¿Y por qué participan en
él todos los Estados miembros de la ONU?
El geofísico yugoslavo
Milutin Milankovic (1879-1958) relacionó las variaciones
climáticas con las modificaciones de la órbita terrestre y la
inclinación del planeta. Inicialmente ridiculizada, la teoría de
Milankivic se convirtió en un análisis de referencia para explicar
las variaciones del paleoclima… y también podría explicar las
modificaciones, a menor escala, registradas en los últimos años.
EL «CALENTAMIENTO
GLOBAL»
Para responder a esas
preguntas tenemos que empezar por separarnos de varias “certezas”
erróneas sobre el llamado «calentamiento global».
Es un error creer que el
«calentamiento global» amenaza la supervivencia de la
especie humana. El clima siempre ha sufrido cambios, no de manera
linear sino por ciclos. Hace 7 siglos, la Tierra era un planeta
más caluroso que hoy en día. Por ejemplo, en Francia los glaciares
de los Alpes eran menos extensos que hoy –incluso había
camellos silvestres en lo que hoy conocemos como la región
francesa de Provenza– y ciertas partes del litoral de lo que hoy es
la Francia continental se adentraban en el mar más profundamente
que en la actualidad mientras que otros tramos de litoral, más
“retirados”, avanzaron con el tiempo.
Se ha comprobado que el
calentamiento climático en Europa coincidió con el momento de la
Revolución Industrial. Por eso “creemos” que las evoluciones
climáticas que hoy vemos se aceleraron como consecuencia de las
emisiones de gases de efecto invernadero provenientes de la
actividad industrial, durante los dos últimos siglos. Es posible,
pero la simultaneidad de dos hechos no indica necesariamente que
uno sea la causa del otro.
Existen otras hipótesis,
como la del geofísico yugoslavo Milutin Milankovic, que explican
esos cambios a partir de las variaciones de la órbita terrestre,
determinadas por la excentricidad de dicha órbita [2], entre
otros factores.
Al impulsar la creación
del GIEC (en 1988), la entonces jefa del gobierno británico,
Margaret Thatcher, aspiraba a encabezar una nueva revolución
industrial basada en el uso del petróleo y de la energía
nuclear. En la práctica, la política de Margaret Thatcher
consistió en cerrar gran parte de la industria británica y
financierizar la economía del Reino Unido, lo cual nos ha llevado
a la COP26 y a la actual retórica sobre el “calentamiento
climático” como medio de justificar el endeudamiento del Tercer
Mundo ante las grandes entidades financieras de la City.
Y MARGARET THATCHER
CREÓ EL GIEC
En 1988, los primeros
ministros de Canadá y del Reino Unido, Brian Mulroney y Margaret
Thatcher, convencieron a sus socios (Estados Unidos, Alemania,
Francia e Italia) para financiar un «Grupo Intergubernamental
de Expertos sobre el Cambio Climático» (GIEC, también
designado como IPCC debido a sus siglas en inglés), bajo los
auspicios de la Organización Meteorológica Mundial (OMM) y del
Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA). Poco
después, Margaret Thatcher declaró que los gases de efecto
invernadero, el hueco de la capa de ozono y las lluvias ácidas
exigían respuestas intergubernamentales [3].
Pero aquel lindo discurso
ocultaba objetivos políticos. La señora Thatcher estaba empeñada
–así lo confirmaron después sus consejeros– en acabar con
los sindicatos de los mineros de los yacimientos de carbón y en
promover una nueva revolución industrial, basada en el uso del
petróleo del Mar del Norte y en la energía nuclear [4].
El GIEC no es una
academia de sabios climatólogos sino, como su nombre lo indica, un
«grupo intergubernamental». En el GIEC no se habla de
climatología sino de política climática. La gran mayoría de
sus miembros no son científicos sino diplomáticos. En cuanto a los
expertos en climatología que pertenecen al GIEC, no están ahí
como científicos sino como expertos en el seno de su delegación
gubernamental, o sea como funcionarios. Todas sus intervenciones
públicas se hacen bajo el control de sus gobiernos. Es por
consiguiente grotesco hablar de consenso «científico»
para designar lo que en realidad es el consenso político que reina
en el seno del GIEC. Eso demuestra un desconocimiento total del
funcionamiento de las instituciones intergubernamentales.
Al contrario de lo que
cree Greta Thunberg, el GIEC no está augurando el apocalipsis a
gobiernos que hacen oídos sordos. En realidad obedece fielmente a
esos gobiernos y elabora, con sus climatólogos, una retórica
destinada a justificar una serie de cambios políticos que la gente
normal rechazaría sin los argumentos del GIEC.
Los trabajos del GIEC
sirven de base cada año a una «Conferencia de las Partes»
(COP) firmantes de la «Convención Marco de las Naciones
Unidas sobre el Cambio Climático» (CMNUCC). La 26ª edición
de esa conferencia es el encuentro de Glasgow (COP26).
Por cierto, en 1990,
el GIEC estimaba, en su primer informe, como «poco probable»
un claro recrudecimiento del efecto invernadero «en los
próximos decenios o más». En 2021, aquella verdad de 1990
se ha convertido en una herejía.
Las primeras COP se
dedicaban al trabajo de información y de sensibilización del
público sobre la evolución del clima. Estaba claro para todos
que ciertas regiones se harían inhabitables y que algunas
poblaciones tendrían que desplazarse. Pero con el transcurso del
tiempo comenzó a decirse que los cambios serían tan radicales
que podrían amenazar la supervivencia de toda la especie humana.
Como no se ha producido ningún descubrimiento científico inesperado
que venga a cuestionar abruptamente la verdad anterior, el cambio
de retórica tiene como única explicación la evolución de las
necesidades de los gobiernos.
La sociedad de consumo
está al borde del abismo porque no se puede seguir vendiendo a
alguien lo que ya tiene. Si se derrumban las industrias, se
pierden los empleos y los gobiernos se ven en peligro de ser
derrocados. Para evitar eso, hay una sola solución, que ya se
utilizó en el pasado.
A finales de los años
1990, la mayoría de las sociedades occidentales ya estaban
informatizadas y se hacía imposible seguir vendiendo
computadoras. Así que se inventó la historia del «error del
milenio», según la cual todos los sistemas informáticos del
mundo iban a entrar en crisis a las 00:00 horas del 1º de enero
del año 2000… y todo el mundo volvió a comprar nuevos
ordenadores y programas informáticos concebidos para enfrentar el
«Y2K». Por supuesto, no se cayeron los aviones en vuelo,
tampoco se cayó ningún ascensor ni hubo ordenadores con
problemas. Pero se detuvo la caída de las ventas y se salvó Silicon
Valley.
Hoy en día la solución
sería la «transición energética». O sea, en vez tratar de
vender otro automóvil a alguien que ya tiene uno, habrá que
venderle un vehículo eléctrico para reemplazar su automóvil que
funciona con gasolina. Por supuesto, la electricidad se genera
utilizando petróleo y exige el uso de baterías que actualmente
no son reciclables. En definitiva, con la «transición
energética» el planeta se verá más contaminado que antes
pero… ¡ahora no hay que pensar en eso!
La teoría del origen
humano del calentamiento global garantiza el enriquecimiento
personal del ex vicepresidente estadounidense Al Gore, quien es su
principal promotor. A finales de los años 1990, fue precisamente
Al Gore quien montó el cuento del “error del milenio”,
contribuyendo así a la fortuna de Bill Gates y preservando los
intereses de Silicon Valley.
LA «BOLSA DEL
CLIMA», ÚNICA REALIZACIÓN DE LA COP
Bajo la presidencia de
Bill Clinton, Estados Unidos tomó el control del GIEC e impuso el
Protocolo de Kioto (COP3)… documento que Washington nunca firmó.
El vicepresidente Al Gore estaba entonces a cargo de la política
energética de Estados Unidos y así aprobó la guerra en Kosovo
para poder construir un oleoducto a través de los Balcanes. Pero,
como el Protocolo apuntaba originalmente a limitar las emisiones
de 5 gases de efecto invernadero y de 3 sustitutos de los
clorofluorocarbonos, Al Gore promovió la creación de unos
«derechos de emisión de CO₂» para las industrias y se
olvidó de los demás gases.
Ya como ex vicepresidente
de Estados Unidos, Al Gore fundó, junto a varios banqueros de
Goldman Sachs y con financiamiento de Blackrock, la Chicago
Climate Exchange (Bolsa del Clima de Chicago). Como Estados Unidos
nunca firmó el Protocolo de Kioto esa entidad funcionó mal, así
que Al Gore abrió en los otros cuatro continentes sucursales que se
desarrollaron rápidamente. Hoy Al Gore percibe una remuneración
por cada intercambio de derechos de emisión de CO₂. Para
desarrollar su negocio, Al Gore se convirtió en “militante” de
la causa climática y produjo el film An Inconvenient Truth
(Una verdad que molesta). Le dieron entonces el premio Nobel de la
Paz, aunque ese film, presentado como un documental científico, es
sobre todo un largo spot publicitario para su “bolsa del clima”
[5].
Entre paréntesis, el
redactor de los estatutos de la Bolsa del Clima fue un joven jurista
desconocido… un tal Barack Obama, que luego se incorporó al
mundo de la política en Chicago y resultó electo presidente de
Estados Unidos, sólo 4 años después. Ya en la Casa Blanca, Barack
Obama elaboró el proyecto de utilizar la histeria sobre el clima
para reformar el sistema financiero global. Ese fue el proyecto
que se adoptó en la COP21, en París, y que debería ponerse en
marcha con la COP26 de Glasgow.
Estamos ante el negocio
del siglo. Para aplicar las resoluciones de la COP26, los Estados
tendrán que adaptar su industria y… endeudarse. Todavía no se
sabe bien si el calentamiento global es causado por la actividad
humana pero no hay dudas sobre el origen del saqueo de las
economías. Global Banking & Finance Review
PRÓXIMO OBJETIVO DE
LA COP: “COLOREAR DE VERDE” LA GRAN FINANZA
La COP26 está organizada
por Reino Unido con ayuda de Italia. Cuatro británicos están a
cargo de ese encuentro: dos ex ministros, Alok Sharma (ex ministro
de Economía, Industria y Estrategia Industrial) y Anne-Marie
Trevelyan (ex ministra de Desarrollo Internacional), Mark Carney
(ex gobernador de los Bancos del Reino Unido y Canadá) y el
cabildero Nigel Topping. Ninguno sabe absolutamente nada de
climatología pero los cuatro defienden un proyecto de reforma de
las instituciones de Bretton Woods –el Fondo monetario
International (FMI) y el Banco Mundial.
Si los presidentes de
Rusia y China, Vladimir Putin y Xi Jinping, no participan en la COP26
no es porque estén en desacuerdo con la lucha contra la
contaminación del medioambiente sino porque se oponen a ese
proyecto financiero.
El sitio web de la COP26
explica que se trata de:
«Movilizar
financiamiento. Para alcanzar nuestros objetivos, los países
desarrollados deben mantener su promesa de movilizar al menos 100
000 millones de dólares de financiamiento climático. Las
instituciones financieras internacionales deben desempeñar su
papel y nosotros debemos trabajar para liberar los miles de millares
de millones de dólares de financiamiento del sector privado y del
sector público necesarios para el cero neto mundial.»
Lo que se firmaría al
final de la COP26 es la creación de una instancia que, para
movilizar esos fondos, agruparía
el Banco Asiático de
Desarrollo,
el Banco Africano de
Desarrollo,
el Banco Asiático de
Inversión en Infraestructura,
el Banco Caribeño de
Desarrollo,
el Banco Europeo de
Inversiones,
el Banco Europeo para la
Reconstrucción y el Desarrollo,
el Banco Interamericano
de Desarrollo,
el Banco Islámico de
Desarrollo,
el Banco Mundial
y 450 grandes empresas.
Es importante entender
que el Banco Mundial y sobre todo el Fondo Monetario Internacional
(FMI) han perdido toda credibilidad, a tal extremo que ya no es
posible seguir endeudando a los países pobres… pero hay que
encontrar cómo mantener a esos países bajo control. Todos los
gobiernos saben ya que las “donaciones” y préstamos de las
instituciones internacionales vienen acompañados de condiciones
leoninas que hacen que sus países sean más vulnerables y que cuando
llegue el momento del reembolso el país ya no será dueño de
nada.
Con la COP26, los
banqueros podrán prestar dinero para “salvar el planeta” y
convertirse de paso en dueños de los países cuyos dirigentes
hayan confiado en ellos [6].
Notas:
[1] «Defienden
el clima mientras nos preparan el fin del mundo», por Manlio
Dinucci, Il Manifesto (Italia), Red Voltaire, 4
de noviembre de 2021.
[2] Si bien la
Tierra gira alrededor del Sol, este último no está exactamente en
el centro de la órbita terrestre, lo cual hace que la distancia
entre la Tierra y el Sol no sea siempre la misma. Nota de Red
Voltaire.
[3] Speech to
the Royal Society, Margaret Thatcher, 27 de septiembre de
1988.
[4] “El pretexto
climático”, «1982-1996:
La ecología de mercado», por Thierry Meyssan, Оdnako (Rusia) ,
Red Voltaire, 25 de abril de 2010.
[5] “El pretexto
climático”, «1997-2010:
La ecología financiera», por Thierry Meyssan, Оdnako
(Rusia), Red Voltaire, 28 de abril de 2010.
[6] «Les
nouvelles armes financières de l’Occident», par Manlio
Dinucci, Traduction Marie-Ange Patrizio, Il Manifesto
(Italie), Réseau Voltaire, 9 novembre 2021.