Además de los
daños materiales, la crisis económica provoca que, al pensar y expresarnos,
interioricemos los eufemismos de la lógica financiera. El lenguaje es una
herramienta sin dueño; por eso conviene ponerse en guardia cuando alguien se la
apropia. La capacidad de asombro, reacción o rechazo está directamente
relacionada con la sensibilidad verbal. Esa es una de las funciones políticas
de los estudios de lengua y literatura. Ya sabemos que, cuando alguien susurra ajuste,
quiere decir empobrecimiento. Que, si conjuga el verbo sanear, no se
refiere a la salud pública. Que, cuando esgrime la palabra crecimiento,
está hablando de pactos con la banca. El Gobierno español celebra últimamente
las presuntas buenas noticias que empieza a recibir en materia económica. El
empleo sigue hundido. Los sueldos no suben. La deuda no baja. La inversión
pública desaparece. De las pensiones, ni hablemos. Pero, atención, sorpresa: el
trimestre pasado el país creció un 0,1 %. El vacío, una coma, luego un uno. Una
pestaña por encima de la nada. Así valen la pena todos los sacrificios. Como
exclamó Cervantes ante el monumento funerario de Felipe II, ¡voto a Dios que me
espanta esta grandeza! La confusión entre micro y macroeconomía es una
estrategia de distracción política, pero también una manera de ver y nombrar el
mundo. Cuando el ministro Montoro afirma que España es un referente mundial en materia de
ajustes, omitiendo sus consecuencias en cada ciudadano, el ministro no se está
limitando a mentir: está confirmando una gramática de la distorsión que se
extiende a todos los ámbitos. Las empresas, por ejemplo, ya no te venden
productos. Lo que hacen a cada rato, insoportablemente, es ofrecerte soluciones.
Soluciones, claro está, anteriores a la existencia misma del problema. El
incesante Aristóteles distinguía entre lo económico y lo crematístico. Lo
económico aludía a la justa administración de los bienes comunes. Lo
crematístico, a los intercambios cuyo único objetivo era el beneficio
individual. He ahí la trampa aristotélica de las políticas estatales: en vez de
gabinetes económicos, tienen ranchos crematísticos.
"La muerte por abandono de miles de desplazados en las orillas de Europa, la plaga del feminicidio, el empobrecimiento extendido en plena expansión de corporaciones trasnacionales que concentran gran parte de la riqueza social, la precarización laboral generalizada y el desempleo elevado, la multiplicación de las guerras neocoloniales que se ensañan contra cientos de miles de personas inocentes, el crimen organizado a escala internacional, la escalada del autoritarismo en presuntos estados de derecho y la criminalización de la disidencia política, los suicidios perpetrados por un sistema bancario que desahucia a los que prometió albergar, la corrupción estructural que perpetúa los privilegios de las élites dominantes, el predominio de la rapiña financiera en la economía mundial, el racismo y la xenofobia institucionalizados contra las minorías, las hambrunas y las desigualdades recurrentes planteadas como inevitables, la imposición ideológica de la “economía de mercado” a sus víctimas, los desastres ecológicos periódicos que expulsan a millones fuera de sus hogares, la violación sistemática de los derechos humanos de dos tercios de la humanidad, la hegemonía cultural del individualismo más mortífero, entre otros elementos sobredeterminados, participan en un proceso social de «otrificación» que exime a los “propios” no sólo de la responsabilidad de protección y asistencia a las personas damnificadas sino también del deber de cambiar el mundo que sostiene este régimen de desigualdades".
Cita extraída de La tele-evidencia del mal: el crimen naturalizado. Leer artículo completo, de Arturo Borra, en Archipiélago de resistencia
Domina la sociedad humana una
voluntad o necesidad de ordenar, lo primero, esa misma sociedad, para que cada
vez esté mejor regida, así como cada uno de los individuos componentes, para
que funcione cada vez mejor, y luego, como el Hombre sigue siendo el centro y
razón del mundo, ordenar asimismo el resto de la realidad, de modo que sus
leyes sean cada vez más visibles y manejables para el Hombre, y el mundo, todo
de verdad un Kósmos, Orden.
No me negarán los lectores que
ese ideal domina por todos lados la existencia: ¿para qué, si no, están los
gobiernos de los Estados?, ¿para qué las cuentas cada vez más rigurosas y
ambiciosas de los dineros del mundo y de sus almas?, ¿para qué, si no, sigue
Vd. mismo las normas de la Higiene o hace gimnasia o guarda régimen o se
chequea?, ¿para qué la Ciencia se empeña en probar la verdad matemática de las
cosas y sus movimientos, de modo que eso permita una aplicación más amplia y
más certera a las industrias de los hombres?
A Vd. lo han convencido (a) de que
debe Vd. cuidarse, porque, si no se cuida, ¿qué iba a ser de Vd.?, (b) de que
algún Gobierno o Administración es necesario, porque, si no, ¿qué?: la
anarquía, el caos, (c) que la Ciencia o sus doctores, alguien en lo Alto, saben
lo que dicen cuando echan sus cuentas sobre el mundo y saben lo que hacen
cuando proceden en consecuencia, porque, si no, el abismo de lo desconocido.
Los resultados de eso Vd. los
padece conmigo cada día: la mayoría de sus fastidios, molestias, sufrimientos
de hoy consisten en los cuidados, terapias, consultas, exámenes, miedos,
regímenes, profilaxis a que se somete en aras de la salud futura; si se asoma a
la calle en cualquier metrópolis o a los suburbios millonarios formados en
torno a ella, el solo caos que de verdad se topa es el tráfico ciclónico, la
legislación volcánica, relámpagos y estrépitos de información acribillando ojos
y oídos; y no tiene más que meter el cuezo en una Universidad o Centro de
Ciencia para palpar lo que es caos y barullo administrativo de saberes y disciplinas.
No te voy a pedir, lector, que te
tomes esos sufrimientos tuyos y del mundo como prueba del error funesto del
ordenar y organizar las cosas desde Arriba, pero me atrevo a prometerte, sólo
con que renuncies un poco a la fe en ese ideal, manantiales de inteligencia y
de salud, que vienen a ser lo mismo.
Declaración judicial de Mary Kelly, activista irlandesa juzgada por causar considerables daños a un avión de guerra norteamericano.
"Entré en el aeropuerto de Shannon el 29 de enero de 2003 a las 4 de la madrugada porque considero que es mi deber como ciudadana responsable liberar un aeropuerto civil de los aviones de guerra de los Estados Unidos. La presencia de dichos aviones viola la constitución [irlandesa], en su artículo 28 (3) (1), que es la ley suprema de nuestro país. Me niego a ser cómplice de que se suministre combustible a esa máquina de guerra. No estoy dispuesta a explicar cómo entré en las pistas de aviación. Estuve allí yo sola, vi que había tres aviones, vi un avión del ejército de los Estados unidos al que ocasioné daños. Vi los nombres de varias compañías aéreas y servicios auxiliares de transporte aéreo. Atravesé la pista de aterrizaje hasta el avión de combate estadounidense. Golpeé el morro del avión con un hacha. Dañé los cables próximos al tren de aterrizaje delantero y dañé la cubierta de uno de los motores. Acudí al aeropuerto de manera deliberada con el fin de realizar esta acción y he declarado las razones que me movieron a ello. Me niego a permanecer impasible mientras nuestro gobierno permite de manera ilegal que los aviones de guerra estadounidenses utilicen nuestras instalaciones para repostar combustible en el aeropuerto de Shannon. El hacha que llevaba era mía y estoy dispuesta a decir si la compré o no la compré. Me arrestó el detective / garda [policía de la República de Irlanda] John Geoghegan en el avión. Esta declaración ha sido leída y es correcta".
Los dirigentes
de varios países del sur europeo celebraron en Madrid un encuentro en el que
escenificaron un nuevo esperpento “democrático”, tras haber apoyado la
violación del derecho internacional perpetrado por el gobierno de Donald Trump.
Para continuar
en esa línea, los líderes de Italia, Francia, Grecia, Chipre, Portugal y Malta
se reunieron en franca armonía con Mariano Rajoy, jefe de uno de los partidos
más corruptos del continente, asegurando que lucharán contra el terrorismo y
apoyarán cualquier acción militar de EE.UU. contra Siria.
Para ello, el
gobierno español decidió continuar con sus envíos de armas a Arabia Saudita,
principal financiero del ISIS, Al Qaeda, Al Nusra y todos los colectivos que
asolaron Libia, Irak y Siria.
Una forma muy
particular de combatir esa plaga y asegurar que los yihadistas sigan matando en
París, Estocolmo, Berlín, Bruselas o Madrid, para mantener un estado de
excepción generalizado.
En contraste con
esa miserable hipocresía, destaca la valentía y dignidad de un miembro del
cuerpo de Bomberos de la Diputación de Bizkaia que, hace menos de un mes, se
negó a participar en la supervisión de los trabajos de carga de 26 contenedores
con armas y explosivos con destino a Arabia Saudita, por lo que se enfrenta a
una sanción de entre dos y cuatro años de suspensión de empleo y sueldo, lo que
le provocaría una situación económica muy compleja.
Una vez más, un
humilde trabajador da lecciones de ética y dignidad a los canallas que
gobiernan Occidente.
Durante un debate en una universidad estadounidense, el 23 de octubre del 2000, el exgobernador del Distrito Federal y más tarde ministro de Educación de Brasil, Cristovam Buarque, fue interrogado sobre qué pensaba de la internacionalización de la Amazonia, una tesis sostenida por los círculos de poder de Washington. El joven que hizo la pregunta dijo que esperaba la respuesta de un humanista y no la de un brasileño. Esta fue la respuesta de Cristovam Buarque:
De hecho, como brasileño yo simplemente estoy en contra la internacionalización de la Amazonia. Por más que nuestros gobiernos no tengan el debido cuidado con este patrimonio, la Amazonia es nuestra. Ahora, como humanista, sabiendo del riesgo de degradación ambiental que sufre la Amazonia, puedo imaginar su internacionalización, como también de todo lo demás que tiene importancia para la Humanidad.
Si la Amazonia, desde el punto de vista de una ética humanista, debe ser internacionalizada, internacionalicemos también las reservas de petróleo del mundo entero. El petróleo es tan importante para el bienestar de la Humanidad como la Amazonia para nuestro futuro. A pesar de eso, los dueños de las reservas se sienten en el derecho de aumentar o disminuir la extracción de petróleo y de subir o no su precio. De la misma forma, el capital financiero de los países ricos debería ser internacionalizado.
Si la Amazonia es una reserva para todos los seres humanos, ella no puede ser quemada por la voluntad de un propietario o de un país. Quemar la Amazonia es tan grave como el desempleo provocado por las decisiones arbitrarias de los especuladores globales. No podemos dejar que las reservas financieras sirvan para quemar países enteros en medio de la especulación.
Antes que la Amazonia, me gustaría ver la internacionalización de todos los grandes museos del mundo. El Louvre no debe pertenecer apenas a Francia. Cada museo del mundo es el guardián de las más bellas piezas producidas por el genio humano. No se puede dejar que ese patrimonio cultural, como el patrimonio natural amazónico, sea manipulado y destruido por el gusto de un propietario o de un país. No hace mucho, un millonario japonés decidió enterrar su cuerpo con un cuadro de un gran maestro. Antes que eso, aquel cuadro debería haber sido internacionalizado.
Durante este encuentro, las Naciones Unidas están realizando el Forum del Milenio, pero algunos presidentes de países tuvieron dificultades para asistir por restricciones en la frontera de los EE.UU. Por eso yo pienso que Nueva York, como sede de las Naciones Unidas, debe ser internacionalizada. Por lo menos Manhattan debería pertenecer a toda la Humanidad. También París, Venecia, Roma, Londres, Río de Janeiro, Brasilia, Recife… Cada ciudad del mundo, con su belleza específica, su historia, debería pertenecer al mundo entero.
Si los EE.UU. quieren internacionalizar la Amazonia, por el riesgo de dejarla en las manos de los brasileños, internacionalicemos todos los arsenales nucleares de los EE.UU. Ellos ya demostraron que son capaces de usar esas armas, provocando una destrucción millares de veces mayor que las lamentables quemazones hechas en las florestas del Brasil. En los debates los actuales candidatos a la presidencia de los EE.UU. han defendido la idea de internacionalizar las reservas forestales del mundo como canje de la deuda. Comencemos usando esa deuda para garantizar que cada niño del mundo tenga posibilidad de comer y de ir a la escuela. Internacionalicemos a los niños, tratándolos a todos -no importando el país donde nazcan- como patrimonio que merece cuidarse en el mundo entero, aún más de lo que Brasil merece la Amazonia. Cuando los dirigentes traten a los niños pobres del mundo como un patrimonio de la humanidad, no dejarán que trabajen cuando deberían estudiar, ni que mueran cuando deberían vivir.
Como humanista, acepto defender la internacionalización del mundo. Pero, mientras el mundo me trate como brasileño, lucharé para que la Amazonia siga siendo nuestra. ¡Sólo nuestra!
El Agente Naranja sigue matando en Vietnam cuarenta años después.
Que no te engañen: recuerda.
EE.UU. no está legitimado para llevar a cabo "acciones justicieras" basadas en supuestos casos de guerra química. Desde el hundimiento del Maine, pasando por la invasión de Irak hasta la intervención en Siria, sus sucesivos gobiernos han basado su política bélica e imperialista en mentiras. Atacando a Siria, en base a un hecho no demostrado y del que cabe sospechar otro vergonzoso montaje, pretende justificar, una vez más, un ataque tan criminal como ilegítimo e ilegal. Los medios de incomunicación y propaganda imperialista aplauden al glorioso 7º de caballería, y, como siempre, los indios son los malos de esta larga y sanguinaria película.
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Se estima en
unos 500.000 casos la cifra de niños afectados por el Agente Naranja en Vietnam.
El Agente
Naranja, del que se irrigaron más de cuarenta millones de litros entre 1962 y
1970 desde aviones estadounidenses sobre los bosques de Vietnam era un poderoso
herbicida compuesto por una mezcla de dos productos químicos: el 2,4,5-T y el
2,4-D. El primero de ellos provoca la aparición de minúsculas cantidades de
dioxina conocida como TCDD, el veneno más tóxico de los elaborados por el
hombre, que en tiempos de la guerra nadie se preocupó de depurar.
El defoliante
destruía la foresta prácticamente en 24 horas, pero sus efectos iban a perpetuarse
mucho más allá de que en esos terrenos no volviera a formarse una jungla. En
los primeros años de la posguerra se dieron la aparición de un número inusual
de tumores raros de cáncer en las zonas donde se había irrigado con el
herbicida. Paralelamente se dispararon los casos de bebés nacidos con
malformaciones muy graves: cabezas enormes, brazos que eran muñones terminados
en dos o tres dedos, bocas sin paladar, ojos ciegos, síndromes nerviosos,
parálisis, etcétera. Y también se multiplicaron los inusuales nacimientos de
siameses. En muchos casos, los padres no habían padecido ni un dolor de cabeza,
pero su ADN había sido dañado por la dioxina, un veneno del que basta un
microgramo ingerido directamente para causar la muerte.
Además del
Agente Naranja, EE UU fumigó las selvas de Vietnam con unos 30 millones de
litros de otros defoliantes de efectos dañinos: el Agente Blanco y Agente Azul.
Todo un arsenal de armas químicas que acompañaron al tristemente célebre napalm
que dejó a miles de víctimas con gravísimas quemaduras en las aldeas de este
hermoso país.
- Es un producto
químico inventado por EEUU durante la Guerra de Vietnam, con el propósito de
eliminar la jungla vietnamita. Las guerrillas se movían como pez en el agua en
la espesa vegetación, causando estragos en las tropas estadounidenses.
El Agente
Naranja contiene una sustancia llamada dioxina, considerada la sustancia
química más dañina jamás inventada por el hombre. Esta sustancia se filtró en
la tierra, pasando al agua, a los cultivos, a los animales, y provocando cáncer
y deformaciones no sólo en esa generación, sino en las posteriores hasta la
actualidad. Es capaz de alterar el ADN, y no se sabe con certeza cuándo
desaparecerán sus efectos. Hoy día siguen naciendo decenas de niños con
deformaciones inimaginables por todo el país.
Idlib: ni un ataque químico del gobierno, ni un ataque terrorista de falsa bandera.
"Hay que ser muy cínico para alegar “desconocimiento” desde una responsabilidad política de tan alto nivel, cuando existen pruebas contundentes del uso de armas químicas por parte de los terroristas en Siria. Sin ir más lejos, en agosto de 2016 en Alepo, cuando los “rebeldes” que patrocina el propio Reino Unido y la OTAN, bombardearon con gas sarín a la población civil de Alepo de la zona controlada por el gobierno sirio. Este ataque (y otros semejantes) no tuvo la misma repercusión mediática ni política, lógicamente. Además, la alta funcionaria de la ONU Carla del Ponte, cuando dirigía la Comisión Internacional de la ONU sobre Siria a principios del año 2013, afirmó que eran los “rebeldes” y no el gobierno quienes estaban utilizando gas sarín contra los civiles en Siria en aquel momento. La Organización para la Prohibición de las Armas Químicas (OPCW, por sus siglas en inglés) no tuvo más remedio que reconocer, dos años y medio después de iniciar su investigación, que fueron los “rebeldes” y no el gobierno quien llevó a cabo el famoso y tan manipulado ataque con gas sarín en la Ghouta oriental de Damasco en agosto del año 2013".
A mediados de
marzo de este año, el coordinador de la ONU para Asuntos Humanitarios, Stephen
O’Brien, lanzó la voz de alarma: en Yemen, Somalia, Sudán del Sur y Nigeria, se
corre el riesgo de que estallen grandes hambrunas, añadidas a la grave situación
en que vive la población de esos países. No son los únicos, pero sí los más
graves: no hay que olvidar que, pese al proceso de paz abierto en Astaná, la
feroz guerra impuesta a Siria sigue destruyendo miles de vidas y provocando
decenas de miles de refugiados.
En esos cuatro
Estados citados por O’Brien, veinte millones de personas corren peligro. El
funcionario internacional había visitado esos países, excepto Nigeria, e
informó al Consejo de Seguridad de la ONU de la inminente catástrofe,
además de los riesgos asociados a enfermedades y epidemias como el cólera que
ya ha causado muertes en Sudán y personas afectadas en Somalia, si no se
adoptaban medidas inmediatas.
En Somalia,
seis millones de personas, más de la mitad de su población de diez millones de
habitantes, necesitan ayuda alimentaria urgente. También la FAO, el
organismo de la ONU para la alimentación y la agricultura, alertó sobre una
catástrofe inminente en Yemen si no llega ayuda internacional.
Ilustra la
gravedad del momento el hecho de que, según la FAO, nunca se había dado una
situación de emergencia tan grave en cuatro países a la vez. O’Brian, ante el
Consejo de Seguridad, calificó la circunstancia como “la peor crisis
humanitaria desde la Segunda Guerra Mundial”, e insistió en que para enviar la
ayuda humanitaria imprescindible necesitaban conseguir antes del verano 4.400
millones de dólares. O’Brien expuso la necesidad de conseguir 1.500 millones de
dólares para atender a la crisis en el Lago Chad, y que para Sudán se precisan
1.600 millones.
El propio
secretario general de la ONU, António Guterres, visitó Somalia en marzo
para evaluar los peligros. Guterres, que se reunió con el nuevo presidente
somalí, Abdullahi Mohamed, se hizo eco de la conjunción de riesgos en el cuerno
de África: “Conflicto, sequía, cambio climático, enfermedad, cólera”.
La crisis es
especialmente grave en el suroeste del país, donde en las últimas semanas han
muerto de hambre más de cien personas, aunque las cifras son provisionales y,
con toda probabilidad, muchos más somalíes han perecido.
La sequía afecta
también a zonas de Etiopía y Kenia. Los organismos humanitarios
de la ONU tratan de conseguir 825 millones de dólares para la emergencia en
Somalia que alcanzarían para aliviar la situación durante los próximos meses,
aunque la dramática conjunción de guerras, pobreza e imperialismo no invitan al
optimismo a corto plazo. Guterres afirmó que las crisis en esos cuatro países
son evitables, porque surgen de conflictos que el mundo y la diplomacia pueden
resolver.
El norte de Nigeria
vive el conflicto bélico con el movimiento yihadista Boko Haram, con
frecuentes asaltos terroristas a poblados, con secuestros y matanzas, y sufre
también riesgo de hambrunas: se han abierto numerosos campos de refugiados,
precarios y sin recursos, para miles de desplazados por la guerra.
En Sudán del
Sur, algunas regiones han sido declaradas oficialmente en estado de
hambruna y la situación se deteriora con rapidez: un millón de personas padece
hambre, y casi seis millones más soportan graves riesgos inmediatos. En los
tres últimos años, dos millones de sudaneses se han convertido en refugiados
internos y un millón y medio ha huido a los países vecinos.
El nuevo país
tiene una población de apenas diez millones de habitantes, de manera que las
tres cuartas partes de sus ciudadanos están en peligro, y los combates entre el
gobierno y los rebeldes agravan la situación. Además, la ayuda encuentra
obstáculos para llegar a los necesitados debido a los enfrentamientos armados y
a la falta de organización en los países desarticulados por la guerra.
Asimismo, tanto
en Nigeria como en Sudán, son frecuentes los ataques armados a los equipos de
ayuda humanitaria.
En Yemen,
es donde más alarmantes son las amenazas inmediatas para los ciudadanos: de un
total de 25 millones de habitantes, la deficiente alimentación afecta ya a 19
millones de personas; falta incluso el agua en muchas ciudades y regiones, y la
guerra afecta directamente a más del ochenta por ciento de la población.
Los combates han
desarticulado por completo las estructuras del país y los mecanismos de
cooperación y distribución. Más de dos millones de niños corren riesgos, y de
ellos, quinientos mil padecen una desnutrición grave que afectará a su
desarrollo futuro, causando serios daños en su organismo.
La guerra en
Yemen, causa directa de esa situación, exige un embargo inmediato de armas y la
prohibición por parte del Consejo de Seguridad de la ONU de que Arabia Saudi
continúe bombardeando a la población civil del país, que Riad ha llevado a cabo
con tácito apoyo del gobierno norteamericano, ayer con Obama, hoy con Trump.
Hace ya dos años
que la coalición dirigida por Arabia bombardea regularmente el Yemen, sin que
Estados Unidos haya mostrado ninguna crítica a Riad: en el complejo escenario
estratégico de Oriente Medio, la Casa Blanca prefiere reforzar el poder de su
aliado saudí, frente a Irán, antes que intentar poner fin a la guerra.
Mientras eso
ocurre, Trump y la extrema derecha, Estados Unidos y muchos gobiernos europeos,
además de bastantes partidos conservadores, impasibles ante el sufrimiento
humano, exigen cerrar las puertas a la inmigración y a los refugiados.
La receta que
llega de Washington habla de destinar más dinero para el ejército y menos para
la diplomacia, de aplicar una mayor dureza contra los inmigrantes pobres y de
dar más facilidades para las empresas, que se benefician de subvenciones que
podrían dedicarse a paliar el sufrimiento humano: Trump quiere reducir la
aportación norteamericana al Programa Mundial de Alimentos de la ONU,
además de los recursos dedicados al Comisionado para los refugiados y a UNICEF.
Los cuatro
países en riesgo citados por los organismos humanitarios padecen guerras, de
diferentes significados e intensidad, aunque con evidente responsabilidad de
las potencias occidentales, sobre todo de Estados Unidos.
Aunque esos
administradores de la ONU hayan dado la voz de alarma, nada invita al
optimismo: el nuevo gobierno Trump apuesta por la reducción del presupuesto
dedicado a la diplomacia y a la ayuda internacional, mientras defiende el
aumento de los recursos dedicados al Pentágono, en un momento en que
prosiguen las guerras en Oriente Medio y el norte de África, y nuevos focos de
tensión aparecen en el horizonte: el Mar de la China meridional y la
península de Corea.
Rex Tillerson,
el nuevo secretario de Estado norteamericano, ha manifestado en relación a
Corea del Norte que “todas las opciones están sobre la mesa”, y esas insensatas
palabras amenazan con otra guerra.
Las hambrunas
en el mundo no son ninguna maldición bíblica ni una fatalidad que haya que
soportar, porque el mundo dispone de recursos suficientes para hacerles frente,
si conseguimos (presionando a los gobiernos, insistiendo en la exigencia de
justicia y solidaridad, combatiendo al imperialismo) que la ceguera de
Occidente ante los desastres de las guerras deje paso a la maltratada,
generosa, imprescindible fraternidad humana.
“EEUU enchufa el
ventilador mediático para ocultar la carnicería de 10.000 asesinatos de sus
drones en Yemen al servicio de ARAMCO. EEUU y Arabia Saudí matan de hambre a
más de 320.000 niños yemeníes”.
Las Naciones ya no lo son, aunque aún no se hayan percatado de ello sus respectivos gobiernos. Sus banderas y emblemas nacionales lucen raídos y descoloridos. Destruidos por la globalización de arriba, enfermos por el parásito del Capital y con la corrupción como única señal de identidad, con torpe premura los gobiernos nacionales pretenden resguardarse a sí mismos e intentar la reconstrucción imposible de lo que alguna vez fueron.
En el compartimento estanco de sus murallas y aduanas, el sistema droga a la medianía social con el opio de un nacionalismo reaccionario y nostálgico, con la xenofobia, el racismo, el sexismo y la homofobia como plan de salvación.
Las fronteras se multiplican dentro de cada territorio, no sólo las que pintan los mapas. También y, sobre todo, las que levantan la corrupción y el crimen hecho gobierno.
Las fronteras siguen siendo lo que siempre han sido: cárceles.
La destrucción y la muerte son el combustible de la gran máquina del Capital.
Y fueron, son y serán inútiles los esfuerzos por “racionalizar” su funcionamiento, por “humanizarlo”. Lo irracional y lo inhumano son sus piezas claves. No hay arreglo posible. No lo hubo antes. Y ahora ya tampoco se puede atenuar su paso criminal.
La única forma de detener la máquina es destruirla.
Quienes todavía pretenden “arreglar” o “salvar” al sistema, en realidad nos proponen el suicidio masivo, global, como sacrificio póstumo al Poder.
No hay “crisis” alguna de la que haría falta salir, hay una guerra que nos hace falta ganar.
El desierto no puede crecer más: está
por todas partes.
Pero aún puede profundizarse.
Frente a la evidencia de la
catástrofe, están los que se indignan y los que toman nota, los que denuncian y
los que se organizan. Nosotros estamos del lado de los que se organizan.
Escolio
Esto es un llamamiento. Es decir que
se dirige a los que lo escuchan. Nosotros no nos tomaremos la molestia de
demostrar, de argumentar, de convencer. Nosotros iremos a la evidencia.
La evidencia no es, primero que nada,
una cuestión de lógica, de razonamiento.
La evidencia está del lado de lo
sensible, del lado de los mundos.
Cada mundo tiene sus evidencias.
La evidencia es lo que se comparte
o lo que parte.
A partir de lo cual toda comunicación
vuelve a ser posible, deja de ser postulada, está por construirse.
Y eso, esa red de evidencias que nos
constituyen, se nos ha enseñado muy bien a ponerlo en duda, a esquivarlo, a
silenciarlo, a guardarlo para nosotros, se nos ha enseñado muy bien que todas
las palabras nos hacen falta cuando queremos gritar.
En cuanto al orden bajo el cual
vivimos, cada uno sabe a qué atenerse: el imperio salta a la vista.
Que un régimen social agonizante no
tenga ya otra justificación para su arbitrariedad que su absurda determinación
—su determinación senil— de, simplemente, durar;
Que la policía, mundial o nacional,
haya recibido un pleno uso para poner en su lugar a los que se salgan de la
raya;
Que la civilización, herida en su
corazón, no encuentre en ninguna parte, en la guerra permanente a la que se ha
lanzado, otra cosa que sus propios límites;
Que esta fuga hacia adelante, ya casi
centenaria, no produzca ya sino una serie ininterrumpida de desastres cada vez
más próximos;
Que la masa humana se acomode a golpe
de mentiras, de cinismo, de embrutecimiento o de pastillas a este orden de las
cosas.
Nadie puede pretender ignorarlo.
Y el deporte que consiste en describir
interminablemente, con una complacencia variable, el desastre presente, es sólo
otro modo de decir: “Es así”; el premio a la infamia les corresponde a los
periodistas, a todos aquellos que, cada mañana, hacen como si descubrieran
nuevamente las inmundicias que constataron el día anterior.
Pero lo sorprendente, a estas alturas,
no son las arrogancias del imperio, sino más bien la debilidad del
contra-ataque. Es como una colosal parálisis. Una parálisis masiva, que unas veces
dice que no hay nada que hacer, al mismo tiempo que habla, y otras veces
admite, exasperada, que “hay tanto por hacer…”, lo cual no se distingue en
nada. Y después, al margen de esta parálisis, está el “hay que hacer algo,
cualquier cosa” de los activistas.
Seattle, Praga, Génova, la lucha
contra los organismos genéticamente modificados o el movimiento de los parados:
nosotros hemos tomado nuestra parte, hemos tomado nuestro partido en las
luchas de los últimos años;
y ciertamente no del lado de attac o
de los Tute Bianche.
El folclore protestatario nos ha
dejado de distraer.
En la última década, nosotros hemos
visto al marxismo-leninismo retomar su aburrido monólogo en bocas todavía
estudiantiles.
Hemos visto al anarquismo más puro
rechazar incluso aquello que no comprende.
Hemos visto al economicismo más plano
—el de los amigos de Le Monde diplomatique— convertirse en la nueva
religión popular. Y al negrismo imponerse como única alternativa a la derrota
intelectual de la izquierda mundial.
En todos partes, el militantismo se ha
entregado de nuevo a edificar sus construcciones tambaleantes,
sus redes depresivas,
hasta el agotamiento.
Han bastado sólo tres años a los
policías, sindicatos y otras burocracias informales para dar cuenta del breve
“movimiento anti-globalización”. Para cuadricularlo. Dividirlo en “terrenos de
lucha”, tan rentables como estériles.
En este momento, de Davos a Porto
Alegre, del Medef a la CNT, el capitalismo y el anti-capitalismo describen el
mismo horizonte ausente. La misma perspectiva mutilada de gestionar el
desastre.
Lo que se opone a la desolación
dominante es meramente, en definitiva, otra desolación más, bastante menos
abastecida. En todas partes la misma idea tonta de la felicidad. Los mismos
juegos tetanizados de poder. La misma desarmante superficialidad. El mismo
analfabetismo emocional. El mismo desierto.
Nosotros decimos que esta época es un
desierto, y que este desierto se profundiza sin cesar. Esto, por ejemplo, no es
poesía: es una evidencia. Una evidencia que contiene muchas otras. En
particular la ruptura con todo aquello que protesta, todo aquello que denuncia
y glosa sobre el desastre.
Quien denuncia, se exime.
Todo ocurre como si los izquierdistas
acumularan las razones para rebelarse de la misma manera que el manager acumula
los medios para dominar. De la misma manera, es decir, con el mismo goce.
El desierto es el progresivo despoblamiento del mundo.
La costumbre que hemos adquirido de
vivir como si no estuviéramos en el mundo. El desierto se
encuentra tanto en la proletarización continua, masiva y programada de las
poblaciones, como en el suburbio californiano, ahí donde la miseria consiste
precisamente en el hecho de que nadie parece sentirla ya.
Que el desierto de la época no sea
percibido verifica aún más el desierto.
Algunos han tratado de nombrar el
desierto. De designar lo que hay que combatir no como la acción de un agente
extranjero, sino como un conjunto de relaciones. Han hablado de espectáculo, de
biopoder, de imperio. Pero también eso se ha sumado a la confusión reinante.
El espectáculo no es una cómoda
abreviación de sistema mass-mediático. El espectáculo reside de igual modo en
la crueldad con la que todo nos remite sin cesar a nuestra imagen.
El biopoder no es un sinónimo de
Seguridad, de Estado del bienestar o de industria farmacéutica, sino que se
aloja gustosamente en el cuidado que prodigamos a nuestro cuerpo precioso, en
medio de una cierta extrañeza física tanto de sí mismo como de los
otros.
El imperio no es una especie de
entidad supra-terrestre, una conspiración planetaria de gobiernos, de redes
financieras, de tecnócratas y de multinacionales. El imperio está en todas
partes donde no pasa nada. En todas partes donde ello
funciona. Ahí donde reina la situación normal.
Es a fuerza de ver al enemigo como un
sujeto que nos hace frente —en vez de experimentarlo como una
relación que nos contiene—, que uno se encierra en la lucha contra el
encierro. Que uno reproduce, bajo el pretexto de “alternativa”, la peor de las
relaciones dominantes. Que uno se pone a vender la lucha contra la mercancía.
Que nacen las autoridades de la lucha anti-autoritaria, el feminismo con
grandes cojones [couilles] y las cacerías [ratonnades]
antifascistas.
Formamos parte, en todo momento, de
una situación. En su seno, no hay sujetos y objetos, yo y los demás, mis
aspiraciones y la realidad, sino el conjunto de las relaciones, el conjunto de
los flujos que la atraviesan.
Hay un contexto general —el
capitalismo, la civilización, el imperio, como se quiera—, un contexto general
que no sólo pretende controlar cada situación sino que, peor aún, intenta que
por lo general no hayasituación. se han condicionado las calles y las
casas, el lenguaje y los afectos, y aún el tempo mundial que todo esto implica, con
ese único fin. se actúa por todas partes de modo que los mundos se deslicen
unos sobre otros o se ignoren. La “situación normal” es esta ausencia de
situación.
Organizarse quiere decir: partir de la
situación, y no recusarla. Tomar partido en su seno. Tejer en él
las solidaridades necesarias, materiales, afectivas, políticas. Es lo que
sucede en cualquier huelga que se da en cualquier oficina, en cualquier
fábrica. Es lo que hace cualquier banda. Cualquier maquis. Cualquier partido
revolucionario o contrarrevolucionario.
Organizarse quiere decir: hacer
consistir la situación. Volverla real, tangible.
La realidad no es capitalista.
La posición tomada en el seno de una
situación determina la necesidad de aliarse y, por ello, de establecer ciertas
líneas de comunicación, circulaciones más amplias. A su vez, estas nuevas
ilaciones reconfiguran la situación.
A la situación que nos ha sido dada,
nosotros la llamaremos “guerra civil mundial”. Donde ya nada está en
condiciones de limitar el enfrentamiento de las fuerzas presentes. Ni siquiera
el derecho, que entra más bien en el juego como otra forma del enfrentamiento
generalizado. El nosotros que se expresa aquí no es un nosotros delimitable,
aislado, el nosotros de un grupo. Es el nosotros de una posición. Esta
posición se afirma en esta época como una doble secesión: por un lado, secesión
con el proceso de valorización capitalista, y por otro, secesión con todo lo
que la simple oposición al imperio, por ejemplo extraparlamentaria, impone de
esterilidad; secesión, por consiguiente, con la izquierda. Aquí “secesión” no
indica tanto el rechazo práctico de comunicar como una disposición a formas de
comunicación tan intensas que arrebaten al enemigo, ahí donde se establezcan,
la mayor parte de sus fuerzas.
Para ser breves, diremos que tal
posición toma de los Black Panthers la fuerza de irrupción, de la
autonomía alemana los comedores colectivos, de los neo-luditas ingleses las
casas en los árboles y el arte del sabotaje, de los feministas radicales la
elección de las palabras, de los autónomos italianos las autorreducciones
masivas y del movimiento del 2 de junio la alegría armada.
Ya no hay amistad, para nosotros, que
no sea política.