02 agosto, 2016
31 julio, 2016
Una España como la de Los Santos Inocentes, pero con Smartphones.
artículo completo en: esencial o menos
"Cuando el PSOE llegó al poder en el 82 Alfonso Guerra dijo que “A España no la va a conocer ni la madre que la parió”. Pasados cerca de 40 años de democracia en España, a día de hoy, no sólo no ha cambiado sino que las diferencias sociales se han agrandando y se ha profundizado en la división del pueblo. Una España como la de Los Santos Inocentes pero con Smartphones.
Porque la clase dominante, antes apoyando a Franco y ahora demócrata de toda la vida pero siempre manejando los hilos del poder, ha impuesto su discurso ideológico y el relato de su historia. Así, en este paradigma las clases no existen, son un invento de la izquierda trasnochada. Porque, en todo caso, se admite la existencia de una gran clase media con aires de grandeza que repudia su propio origen. Porque ha sido generalizado el convencimiento de que una persona que tiene un bar con dos camareros contratados y trabajando 14 horas diarias es un empresario (un emprendedor) y, por tanto, tiene más en común con la idea de empresario tipo Florentino Pérez que con su vecino reponedor en el Carrefour, con el inmigrante marroquí que se cruza todos los días camino del trabajo y vino a España a buscarse un futuro mejor o con los jóvenes que abarrotan las oficinas de (des)empleo buscando acceder en unas condiciones dignas al mercado laboral. Se cree que sus intereses de clase están más próximos a los empresarios simplemente porque puede financiarse a plazos un viaje de vacaciones con su familia a la Riviera Maya. Y además hemos llegado a esta situación por convencimiento propio. Se dice que no hay nada más estúpido que un obrero de derechas, a lo que yo añado de derechas sí, pero además convencido y contento."
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27 julio, 2016
Urbanización y defensa del territorio - Miquel Amorós
“Digan ustedes lo que quieran, llámenlo
tonto, infantil, lo que quieran, pero ¿no les entran ganas de vomitar a veces
de ver lo que estan haciendo con Inglaterra, con sus estanques de cemento y sus
enanitos de yeso, con sus duendes y sus basuras en los lugares donde antes
estaban los hayedos?… Subir a por aire... ¡Si no hay aire!”
(George Orwell, Subir a por aire)
Toda
sociedad, en la medida en que reposa sobre un hábitat, es una apropiación del
territorio. Éste, en el curso de los años, es modificado lentamente por la
actividad humana, y a su vez, debido a sus peculiaridades geográficas,
determina dicha actividad. No hace falta recalcar el papel que los lugares han
tenido en la formación de las sociedades para afirmar que Historia y Geografía
–o Sociedad y Naturaleza– se han condicionado mutuamente. La Revolución
Industrial alteró profundamente esa reciprocidad, liberando a la sociedad de los
condicionantes territoriales, pero a muy alto precio. Por un lado, la
ordenación territorial, gracias al urbanismo, se convirtió en un medio de
acumulación de capital; por el otro, la posesión del territorio por el capital,
es decir, su transformación en mercancía, acarreó su arrase. Recuérdense por
ejemplo el estado deplorable de las zonas industriales o mineras de antaño.
Bajo el dominio del capital, la liberación de la sociedad de las constricciones
impuestas por la naturaleza fue terrorista. Sin embargo, el proceso no se
desarrolló simultáneamente en todas las direcciones. En sus inicios, el espacio
del capital era fundamentalmente territorio urbano. Las gentes que vivían en el
campo, no realizando sino ocasionalmente intercambios con dinero, quedaban en
gran parte fuera de las leyes de la economía. Pero en un periodo relativamente
corto de la Historia esto dejó de ser así, de forma que, en la actualidad, todo
el territorio sufre las consecuencias de la mundialización de la economía y,
por consiguiente, todo el territorio es real o potencialmente urbano. Europa se
convierte en una red de manchas metropolitanas en expansión, tendiendo a formar
una megalópolis continental dispersa. En esas condiciones, la apropiación
social del territorio es inseparable de su degradación y de su destrucción.
El
fin de la agricultura tradicional, la última barrera a la descomposición
territorial, significó la constitución de un mercado global del territorio.
Arrancado a su existencia casi extraeconómica –como el agua o el aire–, el
territorio será “clasificado” y entregado al mercado. La motorización de la
población y la apertura de accesos posibilitaron que las ciudades perdieran sus
límites y que las segundas o terceras residencias, reflejo de la prosperidad de
determinados sectores, desplazaran a las actividades rurales. De este modo,
irían cayendo todos los obstáculos físicos, lingüísticos, culturales,
psicológicos, morales, etc., que definían la identidad territorial, dando como
resultado la desaparición del lugar, la muerte de su carácter y de su
singularidad. En un espacio integrado, el territorio no urbano es, o bien,
reserva “no programada” de lo urbano, o bien decorado naturalista de lo urbano.
Ello ha comportado tal dislocación en las formas de vida, tal trivialización de
lugares y gentes, tales amenazas a la seguridad o a la salud, que el
cuestionamiento de los responsables ha sido inevitable. La voluntad de resistir
al proceso de banalización generalizada (a la proletarización del hábitat) y a
sus consecuencias nocivas subyace en cada contienda territorial, pero no
obstante, esa voluntad casi nunca llega a expresarse con claridad, ya que se
halla mediatizada por los intereses creados en las primeras fases del
conflicto, en el tránsito de una economía agrícola a una economía de servicios.
Estos intereses parciales redefinen una “identidad local” que trata de
presentarse como auténtica, tras la que se esconde un grupo social concreto. En
efecto, el cambio económico en el campo ha supuesto a la vez que la
desaparición del campesinado strictu sensu, la aparición de una clase media
neorrural formada a partir de la compraventa de tierras y de la economía
generada por los habitantes de las urbanizaciones residenciales (los
“domingueros”). No se trata de un campesinado de nuevo cuño, ni tiene demasiado
que ver con el sindicalismo agrario, aunque sí con la política local. La
componen tanto pequeños productores como funcionarios, estudiantes,
comerciantes o trabajadores por cuenta propia. Esta nueva clase es consciente
de su origen, la terciarización de la economía, por lo que no cuestiona el
proceso que la hizo nacer, pero sí, en cambio, cuestiona sus excesos. Ni
siquiera desea volver atrás, a situaciones menos ruinosas. La destrucción
presente vale, la futura, ya no; sí a los adosados, no a su proliferación más
allá de un límite y así sucesivamente. La dinámica uniformadora y destructora
de los procesos urbanísticos pone en peligro su prosperidad y la impulsa a la
acción, canalizada por un tipo de organización determinado llamado “plataforma
cívica”.
De
modo general, las plataformas consideran el territorio como naturaleza y no
como lugar donde vive gente. Por eso para ellas lo importante es “conservar el paisaje como un elemento clave
de la identidad colectiva” (Declaración de Figueres, Primera Trobada
d’Entitats i Plataformes en Defensa del Territori, octubre 2003) y no recrear
las asambleas comunales y las formas de cooperación no capitalistas, la
verdadera base de la identidad perdida. La identidad parece no ser un hecho
histórico, sino un acontecimiento intemporal y eterno. Sobre los espacios
naturales reposa algo así como una denominación de origen. Así pues, el
territorio puede soportar cualquier actividad económica extraña, a condición de
ser planificada y diversificada por un consejo asesor, amparándose en leyes
proteccionistas y financiándose con tributos verdes. Los incumplimientos
deberían ser perseguidos por una fiscalía específica y castigados por un
juzgado ambientalista. Según tal programa, no parece que haya conflicto territorial,
sino alteraciones sin demasiada importancia de la buena marcha de la economía
que pueden corregirse con una burocracia juridicopolítica. Más concretamente,
con la presencia de las plataformas en los centros de decisión. No piden, por
lo tanto, éstas, el cese de las decisiones tomadas desde el exterior por la
administración y las empresas, y mucho menos la toma asamblearia municipal de
decisiones, sino “la participación ciudadana en la toma de decisiones que
afectan al territorio como elemento clave de un modelo realmente democrático”.
Esta democratización “completa”, definida en las agendas 21, a la vez que ahoga
la posibilidad de una expresión directa legitima la destrucción del territorio,
evitando el planteamiento de la cuestión social en el seno del conflicto, y,
por lo tanto, evitando la formulación de una estrategia defensiva. Las
plataformas no aspiran a mediar en el conflicto territorial, sino a sublimarlo.
Y ya
que no desean enfrentarse a nadie, no van a fomentar la autoorganización de los
afectados, cosa que equivaldría a promover la revuelta territorial, sino a
institucionalizar un diálogo con los responsables de la destrucción. Se
trataría pues, de negociar los niveles de degradación “racionalizando” la
oferta territorial; en suma, de homologar la destrucción, determinar el grado
de la misma y garantizar el control. Retocar la forma, respetar el fondo. Los
mismos responsables del poder dominante han de corregir las consecuencias de su
desarrollismo urbanizador con paliativos consensuados con los dirigentes de las
plataformas, como por ejemplo reservas naturales, turismo rural, auditorías y
moratorias urbanísticas, subvención de cultivos, plantas de reciclaje, revisión
de planes, etc., pero sin afrontar las verdaderas causas, comenzando por el
citado desarrollismo, ni atacar a los verdaderos responsables, los promotores,
las inmobiliarias, la administración, los operadores turísticos y los
compradores de las ciudades. La defensa del territorio queda reducida a
simulacro merced a la desaparición de los enemigos, meros símbolos abstractos
(p. e. la contaminación, la especulación, el incivismo), y merced a la
evaporación del combate, sustituido por gestos afectados y momentos
teatralizados (p. e. los almuerzos, las claxonadas, la entrega de firmas,
etc.). La acción de las plataformas tiene más de campaña de sensibilización comercial,
mediática, que de lucha efectiva. Esa clase de actuación transforma a los
afectados en espectadores de su propia causa el control de la cual está en
manos de portavoces o de alcaldes, en el redil asociativo o en el político. Sus
verdaderos intereses, esencialmente antieconómicos, no llegan a formularse.
Desde el principio la opinión plataformil acepta la mercantilización del territorio,
pero exige una gestión más eficaz a largo plazo (un nuevo modelo de
crecimiento, de movilidad, de urbanismo, etc.) y una reinversión de parte de
los beneficios producidos, por así decir, un reciclaje de las plusvalías. La
“nueva cultura del territorio”, o nueva manera de uso y consumo territorial,
eslogan en boca tanto de los ecologistas como de los ejecutivos, simplemente
proclama que en la nueva economía global el impacto medioambiental ha de
incluirse en el precio.
El
hecho de que políticos y empresarios sostengan un parecido lenguaje indica que
el poder económico está dispuesto a dirigir la defensa del territorio, es
decir, a controlar su destrucción, puesto que su conservación paisajística es
tan rentable como lo fue antes su devastación. No es por casualidad que las
mayores inversiones después de las del AVE sean las destinadas a la energía
eólica. El poder se crece con las crisis. Si la destrucción del territorio
mediante la urbanización es el principal recurso para la formación del capital,
también lo está empezando a ser su reconstrucción ajardinada. Poder y
plataformas comparten un espacio común. Por eso las plataformas de La Noguera
(Lleida), que trabajan “por una nueva
cultura de la energía, han solicitado a los diferentes responsables de los
departamentos de Medio Ambiente y de Industria poder colaborar en una comisión
conjunta, entre empresas, municipios y Generalitat, que racionalice la oferta
energética” (Xavier Garcia, Catalunya
es revolta). Las plataformas ecologistas imploran un diálogo con el poder
en el momento en que éste se vuelve ecologista; forzoso es que se encuentren,
primero en los consistorios, después en la administración (p. e. en los
gabinetes de medio ambiente), finalmente, en las asesorías privadas y en
consejos de empresa. La destrucción, sin embargo, no se detiene, sólo que ahora
se la califica de “sostenible”, y, en la medida en que los representantes de
las plataformas la fiscalizan, de “gestión democrática”. Es la “nueva cultura
del territorio”. Las plataformas se interesan en la democracia cuando no es más
que un espejismo. Porque si algún adjetivo merece el actual régimen político de
las sociedades donde reina el espectáculo, es el de fascista. No vivimos en una
sociedad de ciudadanos, sino en una de masas, en las que los impulsos
consumistas y la asistencia tecnológica desempeñan el papel controlador y
movilizador otrora atribuido al Estado totalitario y al partido único. Esta
nueva modalidad de fascismo no se sostiene con un expansionismo bélico al
servicio de un Estado cualquiera, sino mediante un expansionismo económico en
guerra contra el territorio y sus habitantes, vigilado por un Estado policía.
En estas circunstancias, la formulación de un interés público desde instancias
estatales es pura falacia. Bajo el fascismo, todos los partidos son piezas de
un único partido, el del orden. Y todos los políticos defienden el predominio
de los intereses privados sobre el interés público, o dicho de otra manera, la
economía de mercado. En consecuencia ni la política ni la administración pueden
ser neutrales y mediar entre dichos intereses. Ambas forman parte de la clase
dirigente. Ambas acostumbran a financiarse con la recalificación del suelo. El
capitalismo globalizador se basa en la gestión y no en la propiedad, igual que
los partidos, por lo que cuando nos paramos ante la política o ante la
administración, nos paramos ante empresas. Ahora mismo nos lo podrían decir los
trabajadores de Parques y Jardines de Barcelona, puesto que el ayuntamiento va
a privatizar la institución municipal de la que dependen. Ante una realidad
así, los habitantes no son dueños de su territorio ni de sus ciudades: son
clientes de quienes los gestionan. Clientes sin opción a elegir, con un solo
plato en el menú.
La
administración no es parte de la solución, sino parte del problema. En la
mayoría de los casos, esté en manos de la derecha o de la izquierda política,
es la principal valedora de las agresiones al territorio, sean ya túneles,
trazados para la alta velocidad, pistas de esquí o megapuertos. Una defensa del
territorio –una defensa de sus habitantes– ha de tener claro que la
administración es el enemigo y abandonar toda tentación política. Los temas que
un movimiento en defensa del territorio ha de plantearse, como la reapropiación
de la decisión por parte de los habitantes, el derecho a ser los únicos en
decidir sobre su hábitat, son abiertamente antipolíticos. La detención de todos
los planes generales de ordenación urbana, la desclasificación del suelo como
urbanizable o los proyectos desurbanizadores, con demoliciones incluidas, están
en flagrante contradicción con los principios en los que se sustenta la política
y para asumir esos objetivos con eficacia se necesitará transitar la mayoría de
las veces lejos de la normativa y de las instituciones. Los partidos y las
instituciones administrativas no pueden representar el interés público porque
forman parte del sistema, porque ellos mismos representan intereses privados, y
porque son instrumentos contra la formación de los mecanismos de decisión
colectiva y las movilizaciones. Aseguran el mango de la sartén. Con ellos nunca
podrán afrontarse las medidas necesarias para reducir severamente la movilidad
de la población o acabar con el despilfarro de agua y energía. Mucho menos se
podrá recuperar el mundo rural y se podrá poner límite a las ciudades. Tal como
están hoy los movimientos en defensa del territorio, contaminados hasta las
cejas de esporas políticas y ciudadanistas, no tienen demasiado porvenir. Si
aquéllas germinan y se desarrollan, convertirán la defensa del territorio en un
factor subalterno de su destrucción más o menos encauzada. Pero si saben sacudirse
tales deshechos, si se convierten en polos de agrupación y llegan a formular un
interés general apoyado en las medidas antes mencionadas, pueden ser un factor
determinante de cambios revolucionarios. Han de aprender de los fracasos del
movimiento obrero y no caer, ni en la trampa gestionista vecinal, ni en el
sindicalismo territorial. Nunca enajenar su voluntad en manos de representantes
no elegidos y ni revocables. No permitir la especialización política, excluir a
los dirigentes. En eso consiste la autoorganización. La defensa ha de iluminar
bien la lucha por el territorio, reflejar los antagonismos, señalar con nombres
y apellidos a los adversarios, ensanchar los puntos de ruptura. No ceder al
acoso ni a la seducción. Su irrenunciable objetivo ha de ser la liberación del
territorio de las determinaciones mercantiles, y eso significa acabar con el
territorio como territorio de la economía.
A
fin de cuentas, ha de establecer una relación respetuosa entre el hombre y la
naturaleza, sin intermediarios. En definitiva, se trata de reconstruir el
territorio y no administrar su destrucción. Esa tarea compete a los que viven
en él, no a los que invierten en él, y el único marco donde esto es posible es
el que proporciona la autogestión territorial generalizada, es decir, la
gestión del territorio por sus propios habitantes a través de asambleas
comunitarias.
Miquel
Amorós
30
de julio de 2004. Charla en la Acampada contra el TAV de Alonsotegui (Bizcaia).
26 julio, 2016
"Con la actual correlación de fuerzas es imposible cambiar algo en nuestra sociedad a través del voto" - Ángeles Diez
Canarias Semanal entrevista a la socióloga y profesora de la UCM Ángeles Diez.
Casi un mes después de las elecciones generales del pasado 26J, las informaciones acerca de los resultados de estos comicios parecen haber caído en una suerte de bucle temporal, en el que se repiten, las mismas cábalas acerca de los posibles pactos que podrían alcanzarse para la formación de un gobierno. Para ir más allá de estas aproximaciones superficiales a la realidad política del Estado español, tratando de profundizar en los factores y las causas que permiten comprenderla, entrevistamos a la doctora en Sociología y Ciencias Políticas, y profesora de la Universidad Complutense de Madrid, Ángeles Diez.
Algunos titulares de la entrevista:
"Las elecciones se parecen mucho a la compra de un producto en el supermercado. Puedes optar entre diversas marcas, pero no decidir sobre los contenidos. No tienes ninguna capacidad de elección real"
"Mucha gente ha descubierto que Podemos es un partido homologable al PSOE, el PP o Ciudadanos, que no existen entre ellos verdaderas diferencias sustantivas"
"Los medios de comunicación de masas son una parte del poder, no existe ningún ningún margen para utilizarlos al servicio de las clases trabajadoras"
"La crisis económica y la crisis de legitimidad del sistema político obligaron al poder a recurrir a una tercera opción que recogiera todo el malestar e hiciera digerible una salida institucional para toda la movilización social"
"Para los medios de comunicación de masas, la opción de Podemos fue interesante para construir esa tercera vía que sacara a la gente de las calles y lograra la desmovilización"
"La izquierda revolucionaria debe trabajar en la base, volver a reconstruir los lazos comunitarios de reflexión y acción, y facilitar que se empiece a entender como funciona el Sistema".
24 julio, 2016
Directivos mafiosos de la OTAN cantando «We are the world» («Somos el mundo»)
"Estambul, 13 de mayo de 2015. Al final de un festín, al parecer bien regado con alcohol, los dirigentes de la OTAN, en una especie de burla a los cretinos que todavía toman al pie de la letra sus discursos sobre la paz, no encuentran nada mejor que entonar a coro “We are the World”. En este indecente video aparecen el general estadounidense y entonces jefe supremo de las fuerzas de la OTAN en Europa Philip Breedlove, el secretario general de la alianza Jens Stoltenberg, la responsable de Relaciones Exteriores de la Unión Europea Federica Mogherini y numerosos ministros de Defensa".
"La OTAN funciona como una vulgar sucursal de la mafia, el que no paga se expone a ser víctima de atentados terroristas". Thierry Meyssan
_____________
Las casualidades no existen: la nueva sede de la OTAN evoca simbología Nazi.
La sospechosa semejanza del nuevo edificio de la sede del Consejo de la OTAN en Bruselas y un símbolo nazi no ha pasado desapercibido para los usuarios rusos de las redes sociales.
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20 julio, 2016
"Yo acuso" - Denuncia y llamamiento de Michel Collon
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19 julio, 2016
Fascismo S.A. - Aris Chatzistefanou
publicado por: http://sobrelaluchadeclases.blogspot.com.es/2015/02/fascismo-sa.html
"Fascism, Inc." (Fascismo, S.A.) es el último documental del periodista y director griego Aris Chatzistefanou, el cual culmina así su trilogía sobre las causas y los efectos de la crisis financiera en Grecia, que incluye los anteriores documentales "Debtocracy" y "Catastroika" (más información sobre la trilogía completa: Deudocracia, Catastroika y Fascismo S.A. - Imperialismo y crisis capitalista en Grecia). Ha sido estrenado recientemente y puesto a libre disposición en Internet.
El documental expone abiertamente las conexiones históricas del gran capital con los movimientos fascistas europeos desde sus inicios hasta la realidad actual de la creciente amenaza fascista encarnada en Grecia por el partido neonazi Amanecer Dorado. Estos inicios son situados el 23 de marzo de 1919 en una reunión celebrada en la sede de la Alianza Industrial de Milán, durante la cual el líder fascista Mussolini prometía, ante los grandes industriales allí congregados, declarar la guerra al socialismo, a los pequeños agricultores y a la clase obrera con sus sindicatos. Con las aportaciones de historiadores expertos en la materia, Chatzistefanou va desgranando cómo la gran burguesía industrial de la época no solo toleró, sino que financió activamente las dictaduras de Hitler y Mussolini, contribuyendo decisivamente al estallido de la guerra más bárbara y mortífera que la humanidad haya sufrido a lo largo de su historia, mientras participaba alegremente del florecimiento industrial y de los beneficios que le aportó incluso la mano de obra gratuita obtenida en los campos de concentración nazis. También ofrece importantes y reveladores datos sobre la protección brindada por las potencias occidentales vencedoras en la II Guerra Mundial, especialmente por los EEUU, a los capitalistas alemanes implicados en los crímenes de guerra, y que fueron juzgados y condenados en piezas separadas de los Juicios de Nuremberg entre 1947 y 1948 ante tribunales militares norteamericanos, no ante la Corte Militar Internacional que juzgó a los dirigentes nazis, y que curiosamente en 1951 habían abandonado en su totalidad la cárcel. Resulta muy interesante en el mismo sentido la lectura que hacia la parte final hace el escritor, historiador y cineasta pakistaní Tariq Ali de los elogios que en su momento expresó el reverenciado primer ministro británico Winston Churchill sobre Mussolini y Hitler. En la segunda parte el documental repasa las tres dictaduras fascistas que ha sufrido Grecia entre 1936 y 1974 y las implicaciones de la gran burguesía en las mismas, así como la resistencia antifascista contra la ocupación alemana, la revolución y la guerra civil griega (1941-50), y termina con un amplio catálogo de evidencias sobre las conexiones entre el fascismo y el capital que llegan hasta nuestros días, mostrando cómo las actuales políticas y presiones de la UE representan claramente los intereses de esas élites económicas tan poco escrupulosas a la hora de utilizar al fascismo en su defensa y provecho cuando las crisis capitalistas alcanzan sus fases más intensas y destructivas, con el consiguiente aumento de la protesta social y la movilización de las clases trabajadoras.
En palabras del propio Aris Chatzistefanou durante la presentación de su documental en noviembre de 2014 en la Universidad de Portsmouth, Reino Unido, dentro de la celebración anual del festival de humanidades "Being Human", "una crisis económica puede existir sin el fascismo, pero el fascismo no puede existir sin una crisis económica", por lo que su propuesta quiere contribuir a demostrar que el fascismo griego y el partido Amanecer Dorado son utilizados por políticos, empresarios y medios de comunicación para alcanzar sus propios intereses. "Fascism, Inc." es por tanto un documental imprescindible para la militancia de izquierda más comprometida con la lucha anticapitalista, y muy recomendable igualmente para toda persona preocupada por comprender mejor las razones y las raíces históricas de la realidad sociopolítica y económica actual. Un valiente trabajo de investigación que expone con datos y señales, tan soslayados u ocultados generalmente a la opinión pública, y con un estilo visual muy atractivo y un relato fluido y apasionante, lo que para muchos es una verdad incuestionable: que el fascismo es el hijo natural del capitalismo, aunque como su brazo ejecutor armado termina siendo su más vil y sanguinario hijo bastardo.
Página oficial del documental:
Blog del festival Being Human:
Ver en youtube en versión original subtitulada:
___________________________________
¿Pero qué esperáis?
¿Que los sordos se dejen convencer
y que los insaciables
os devuelvan algo?
¿Que los lobos os alimenten, en vez de devoraros?
¿Que por amistad
los tigres os inviten
a que les arranquéis los dientes?
¿Es eso lo que esperáis?
(En: Brecht, Poemas 1913-1956.
Edit. Brasiliense, 1986. Traducción A. Marcos)
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17 julio, 2016
Decrecimiento / anticapitalismo - Carlos Taibo (Santiago - Chile)
transcripción
del audio 1: Loam
Me
parece que es fácil enunciar cuales son los rasgos de la crítica libertaria de
la pseudo-democracia liberal. Los enuncio telegráficamente así: esa forma de
pseudo-democracia, en primer lugar, se asienta en un escenario marcado por
lacerantes desigualdades. Obedece en realidad al propósito de ratificar esas
desigualdades. Bebe de artificiales mayorías que son el producto de una
dramática distorsión de las creencias de la población. En su trastienda operan,
bien lo sabéis, formidables corporaciones económico-financieras que son las que
dictan las reglas del juego en las materias realmente importantes. Por si poco
fuera todo lo anterior, cuando las cosas vienen mal dadas, esa forma de
pseudo-democracia no duda en hacer uso de la fuerza a través de lo que
conocemos en forma de represión en nuestras calles, o a través de golpes de
estado asestados en países del sur que tienen la mala fortuna de contar con
materias primas razonablemente golosas.
Creo
que, frente a esta crítica de la democracia liberal, los libertarios proponemos
tres grandes conceptos: el primero de ellos se llama democracia directa.
Rechazamos las formas de democracia representativa y delegativa, y rechazamos
también, y esto es importante subrayarlo, liderazgos y personalismos. En uno de
esos libros que se ha mencionado antes, en Repensar la anarquía, en un momento
determinado, acometo una reflexión lingüístico-terminológica que me invita a
recordar que no deja de ser llamativo que la mayoría de las corrientes de
pensamiento, no todas, pero la mayoría, derivadas de la obra de Marx, se
vinculen con nombres de personas: hablamos de marxismo, de leninismo, de
estalinismo, de trotskismo, de luxemburguismo, de castrismo, de guevarismo, de
maoísmo. Esta es una práctica, creo yo, afortunadamente desconocida en el mundo
libertario. Es verdad que en la España del siglo XIX se hablaba de los bakuninistas,
pero llamativamente fue un término ideado por los detractores de los
bakuninistas. Defendemos, en segundo lugar, la acción directa. ¿Qué significa
esto? Que queremos retener en todo momento y lugar una plena capacidad de
control sobre lo que hacemos, y que procuramos, por añadidura, que en lo que
hacemos haya una relación directa entre los medios que desplegamos y los fines
que deseamos alcanzar. Defendemos, en fin, la autogestión. El término parece
que es de introducción relativamente reciente, se extendió al calor del mayo
francés de 1968. Pero cuando uno lee las resoluciones de los diferentes
congresos de la CNT española anteriores a la guerra civil de 1936, descubre
que, aunque la palabra no está ahí, el concepto está claramente presente. Permitidme
que subraye que en España, antes de la guerra civil, las prácticas y la cultura
autogestionarias tenían un peso ingente. A buen seguro que habéis escuchado
hablar, más de una vez, de las colectivizaciones libertarias en el campo
aragonés y en la industria catalana en 1936 y en 1937. El adjetivo me parece
que no es muy adecuado, ¿por qué?, porque en esas colectivizaciones había
también muchos militantes de la UGT socialista. Me interesa subrayarlo para
llamar la atención sobre el hecho de que la cultura y las prácticas
autogestionarias rompían las fronteras del propio mundo libertario. Estoy
obligado a preguntarme sobre qué ha quedado de esa cultura y de esas prácticas:
me temo que muy poco. Bastará con acometa una rapidísima reflexión sobre la
condición de los dos sindicatos hoy mayoritarios en España. Cuentan con
centenares de miles de afiliados, con recursos económicos razonablemente
importantes, ¿qué tipo de proyecto autogestionario han sido capaces de
desplegar en el transcurso de los últimos 35 años?: una modestísima agencia de
viajes, algo que, me temo, retrata fidedignamente la deriva dramática de buena
parte del movimiento obrero español.
Segunda
observación que quiero haceros. La propuesta libertaria tiene que ser
orgullosamente anticapitalista. Creo que lo he dicho bien. No basta con que sea
meramente anti neoliberal. No es lo mismo ser anti neoliberal que ser
anticapitalista. Uno puede rechazar el neoliberalismo por entender que es una
versión extrema e indeseable del capitalismo, pero aceptar al mismo tiempo la lógica
del fondo de este último. O puede rechazar por igual el neoliberalismo y el
capitalismo, que creo que es lo que hacen los libertarios. En esta dimensión,
me parece que estamos obligados a rescatar el concepto de lucha de clases, en
el buen entendido de que el debate correspondiente presenta hoy perfiles
diferentes que los que exhibía hace 100 años. La principal concreción orgánica,
en España, de un proyecto anticapitalista en el mundo libertario es lo que
llamamos anarcosindicalismo. Siempre que digo esto de la principal concreción
orgánica, me da por recordar unas palabras de esta estimulante figura
intelectual que es el ministro del interior español, quien hace unos meses
afirmó que había sido desactivado un grupo anarquista sorprendentemente bien
organizado. Este buen señor, debería leer un manual de teoría política
elemental: los anarquistas no están contra la organización, están contra las
formas coactivas o coercitivas de la organización, que es algo “un poco
diferente”. Siempre que tengo la oportunidad, subrayo que, desde mi punto de
vista, un trabajador en general, un sindicalista en particular, debe hacer tres
grandes preguntas: la primera es la relativa a cómo trabajamos. Las palabras
alienación y explotación han desaparecido llamativamente de lenguaje de los
sindicatos mayoritarios en España cuando definen, y poderosamente, nuestra vida
cotidiana dentro y fuera de los centros de trabajo. La segunda gran pregunta es
la relativa a para quién trabajamos. Era la pregunta principal que se hacían
los sindicalistas de la CNT en España antes de 1936, cuando su objetivo mayor,
con toda evidencia, era acabar con el capitalismo. Hoy, a los ojos de las
cúpulas directoras de esos sindicatos mayoritarios españoles, pareciera como si
el capitalismo fuese el aire en el que inexorablemente tenemos que movernos. La
tercera y última pregunta, en fin, es la relativa a qué hacemos, qué bienes
producimos, qué servicios generamos, no vaya a ser, por ejemplo, que lo que
hacemos hoy ponga en peligro los derechos de ls integrantes de las generaciones
venideras.
Tercer
elemento que quiero considerar. La propuesta libertaria plantea, inexorablemente,
una discusión relativa a la institución Estado. En este caso, me siento en la
obligación de llamaros la atención sobre dos riesgos que entiendo que están
ahí. El
primero asume la forma de una obsesión tal con la institución Estado que perdemos
un poco el rumbo. Hay muchas formas de alienación y de explotación que no pasan
por la institución Estado. Si asumimos que el Estado es un aparato al servicio
de la clase dominante, tendremos que preguntarnos por los otros muchos
mecanismos de dominación que emplea esa clase. Me preocupa muchísimo más, sin
embargo, el otro riesgo que asume la forma de una excelsa superstición, la de
que el Estado es una institución que en esencia lo que hace es protegernos.
Frente a esto, lo primero que hay que oponer es el recordatorio de algo
evidente: la dimensión burocrática, militar, carcelaria, represiva que exhibe
de siempre y en todos los escenarios la institución Estado. Pero admitiré de
buen grado que el debate principal que se refiere a esto, en Europa hoy, es el
relativo a los llamados estados del bienestar. No sé si habéis caído alguna vez
en la cuenta de este curioso término que embellece gratuitamente la realidad
correspondiente: estados del bienestar. Creo, de nuevo, que es fácil enunciar los
términos de la crítica libertaria de los estados del bienestar. Lo hago así:
son formas de organización económica y social propias y exclusivas del
capitalismo, por completo desconocidas fuera de éste. Segundo: dificultan hasta
extremos inimaginables el despliegue de prácticas de autogestión desde abajo.
Tercero: beben de la filosofía mortecina de la social democracia y del
sindicalismo de pacto. Cuarto: no han venido a liberar, como anunciaban, a
tantas mujeres que son hoy víctimas de una doble o de una triple explotación.
Quinto: no tienen ninguna condición ecológica solvente, tanto más cuanto que la
figura “estado del bienestar” en Europa emergió en un momento cronológico, la
llamada era del petróleo barato, que visiblemente ha terminado. Sexto y último:
no exhiben ninguna condición solidaria con los habitantes preteridos,
castigados, explotados de los países del sur.
Conviene
que no extraigáis ninguna conclusión precipitada de lo que acabo de decir. Yo
no le estoy pidiendo a un anciano, en España, que renuncie a la pensión que
recibe y a la atención que le dispensan en un hospital de la seguridad social.
Creo que los libertarios no estamos contra lo público, estamos por la
autogestión y la socialización de lo público cuando ello sea posible, que es
verdad que no siempre es posible. Lo digo de la mano de un ejemplo personal.
Hace, qué sé yo, media docena de años, se produjeron en España movilizaciones
estudiantiles contra la LOE, la Ley Orgánica de Educación. Cuantas veces tuve
oportunidad, al calor de esas movilizaciones, me pronuncié en favor de una
enseñanza pública, universal, gratuita, laica y de calidad, pero un buen día,
mientras enunciaba toda esta retahíla de adjetivos recordé que cuando yo era un
estudiante universitario criticábamos agriamente la enseñanza pública porque
entendíamos que era un mecanismo central de reproducción de la lógica del
capital, y ¡ojo, que no íbamos desencaminados! ¿Qué es lo que ha ocurrido en
los 30 últimos años en España?, que hemos ido retrocediendo tanto que en un
momento determinado, creo yo que cargados de repetabilísima razón, decidimos
cavar una trinchera y salir en defensa de la enseñanza pública. Bien está que
lo hagamos, pero repito, tendremos que etiquetar, tendremos que adjetivar esa
defensa y hablar de lo público autogestionado y socializado. Lo digo de una
manera más. Yo trabajo, os he dicho antes, en un departamento de ciencia
política en una universidad pública en España. Si alguien me pidiese la
elaboración de un informe relativo a las actividades de cariz social,
alternativo, solidario desplegadas por mi departamento, yo le entregaría un
puñado de hojas en blanco, lo público por sí sólo, infelizmente no es garantía
de nada o es garantía de muy poco.
Cuarta
observación que quiero haceros. Cuando uno defiende la democracia directa es
muy común que se encuentre con una réplica que, mal que bien, dice: eso de la
democracia directa está muy bien, es muy bonito, pero infelizmente es un
proyecto irrealizable en sociedades complejas como las que tenemos. Cuál
entiendo yo que debe ser la réplica a ese argumento: no estamos defendiendo
sólo la democracia directa, estamos reclamando una transformación radical de
nuestras sociedades que en una de sus dimensiones fundamentales obedece al
propósito de permitir el despliegue de la democracia directa. Si tengo que
resumir pedagógicamente cómo veo yo el sentido de fondo de esa transformación,
me serviré de cinco verbos: decrecer, desurbanizar, destecnologizar,
despatriarcalizar y descomplejizar nuestras sociedades. ¿Por qué decrecer? Si
vivimos en un planeta con los recursos limitados no parece que tenga mucho
sentido que aspiremos a seguir creciendo ilimitadamente, tanto más, cuanto que
sobran las razones para concluir que hemos dejado muy atrás las posibilidades
medioambientales y de recursos que la tierra nos ofrece. Pensad, que la huella
ecológica española es de 3,5. ¿Qué significa esto? Significa que para mantener
las actividades económicas hoy existentes en España precisamos tres veces y
media el territorio español. La huella ecológica chilena, si no estoy
equivocado, corregidme, está por un 2,3., no es tan alta como la española, pero
es visiblemente excesiva. Qué implica esto, implica que estamos reduciendo
dramáticamente los derechos de los integrantes de las futuras generaciones y
que estamos en el norte opulento ratificando la situación dramática de muchos
de los países del sur.
En este sentido, la perspectiva del decrecimiento nos dice que en el norte opulento, inexorablemente, tenemos que reducir los niveles de producción y de consumo. Pero nos dice otras muchas cosas: que tenemos que recuperar la vida social que hemos ido perdiendo, absorbidos como estamos por la lógica de la producción, del consumo, de la competitividad; que tenemos que apostar por el ocio creativo, que tenemos que repartir el trabajo, que tenemos que reducir las dimensiones de muchas de las infraestructuras que empleamos, que tenemos que restaurar la vida local en un escenario de reaparición de fórmulas de democracia directa y autogestión, o en fin, que en el terreno individual tenemos que apostar por la sobriedad y por la sencillez voluntaria. Más fácil es explicar el sentido del segundo verbo: desurbanizar. En España, como en Chile, muchos de nuestros abuelos abandonaron el medio rural hace bastantes años porque entendían, legítimamente, que en las ciudades se vivía mejor, hoy asistimos incipientemente a un proceso de signo contrario, las ciudades son cada vez más difícilmente habitables, y hay mucha gente, mucha gente… hay alguna gente, que empieza a retornar al campo. En cualquier caso, las personas que son conscientes del riesgo de un colapso inminente del sistema, saben que una de las pocas respuestas eficientes que tenemos ante esto es la que pasa por reconstruir muchas de las prácticas cotidianas y muchos de los elementos de sabiduría popular del medio rural.
En este sentido, la perspectiva del decrecimiento nos dice que en el norte opulento, inexorablemente, tenemos que reducir los niveles de producción y de consumo. Pero nos dice otras muchas cosas: que tenemos que recuperar la vida social que hemos ido perdiendo, absorbidos como estamos por la lógica de la producción, del consumo, de la competitividad; que tenemos que apostar por el ocio creativo, que tenemos que repartir el trabajo, que tenemos que reducir las dimensiones de muchas de las infraestructuras que empleamos, que tenemos que restaurar la vida local en un escenario de reaparición de fórmulas de democracia directa y autogestión, o en fin, que en el terreno individual tenemos que apostar por la sobriedad y por la sencillez voluntaria. Más fácil es explicar el sentido del segundo verbo: desurbanizar. En España, como en Chile, muchos de nuestros abuelos abandonaron el medio rural hace bastantes años porque entendían, legítimamente, que en las ciudades se vivía mejor, hoy asistimos incipientemente a un proceso de signo contrario, las ciudades son cada vez más difícilmente habitables, y hay mucha gente, mucha gente… hay alguna gente, que empieza a retornar al campo. En cualquier caso, las personas que son conscientes del riesgo de un colapso inminente del sistema, saben que una de las pocas respuestas eficientes que tenemos ante esto es la que pasa por reconstruir muchas de las prácticas cotidianas y muchos de los elementos de sabiduría popular del medio rural.
He
hablado en tercer término de la urgencia de destecnologizar nuestras
sociedades. Asumiré de buen grado que el término tiene cierta dimensión
provocadora. Si quiero enunciar el argumento de forma más mesurada diré que
tenemos que analizar hipercríticamente cuál es la condición aparentemente
emancipadora de muchas de las tecnologías que el sistema nos regala. John
Zerzan es el principal teórico de lo que se llama el anarco-primitivismo. Es un
pensador desmesurado, pero por momentos tengo la impresión de que sólo los
pensadores desmesurados son interesantes. Zerzan afirma que todas las
tecnologías creadas por el capitalismo llevan por detrás la impronta de la
división del trabajo, de la jerarquía y de la explotación. Es un argumento
serio que merece ser escuchado. Yo ya he dicho que no voy tan lejos, me limito
a examinar críticamente algunas de las ilusiones ópticas que se derivan de
nuestro empleo de tecnologías aparentemente liberadoras. Facebook, por ejemplo.
Yo tengo 5000 amigos en Facebook, alguien podría pensar que mi vida social es
inmensamente rica… bueno, ya sabéis que la realidad es un poco más compleja,
llega uno por la noche a su casa, enciende el computador, entra en Facebook y
puede dejarse llevar por la impresión de que el país se encuentra inmerso en
una plena ebullición revolucionaria.
He
hablado en cuarto término de la necesidad de despatriarcalizar nuestras
sociedades. Dentro de un momento voy a defender la construcción de espacios
autónomos, autogestionados, desmercantilizados, y despatriarcalizados. Estos
espacios existen ya en España y a buen seguro que también en Chile, han
progresado, en efecto, en el camino de la autogestión y de la
desmercantilización, y sin embargo en muchos casos mantienen todas incólumes
las reglas de la sociedad patriarcal. Para explicar esto utilizo siempre un
argumento que pretende contraponer la percepción libertaria de la propia de lo
que voy a llamar, tal vez con alguna ligereza, la izquierda tradicional. Para
la izquierda tradicional, el problema principal se resume de manera fácil: aquí
estamos nosotros, ahí está el sistema, tenemos que demostrar que somos más
numerosos y más fuertes que el sistema. La percepción libertaria es parecida,
pero con un agregado importante, dice: aquí estamos nosotros, ahí está el
sistema, tenemos que demostrar, en efecto, que somos más numerosos y más
fuertes que el sistema, pero no debemos olvidar nunca que formamos parte de ese
sistema que queremos echar abajo, de tal suerte que su lógica, sus principios y
sus valores influyen poderosamente en nuestra conducta cotidiana. Me limito, en
este caso, a rescatar un dato entre muchos que retrata sólo una dimensión de la
cuestión: el 70% de los pobres que hay en el planeta son mujeres. Es un
porcentaje muy llamativo. No estoy hablando de un 52% de mujeres pobres,
contrapuesto a un 48% de hombres, me estoy refiriendo a la distancia abismal
que separa a un 70 de un 30%. Quien afirme que los problemas de marginación,
simbólica y material de las mujeres, están en vías de resolución, me parece que
le está dando la espalda a la realidad.
He
hablado, en fin, de la urgencia de descomplejizar nuestras sociedades, hemos
aceptados sociedades cada vez más complejas con una consecuencia muy delicada:
cada vez somos más dependientes, cada vez somos menos independientes. Mi buen
amigo Ramón Fernández Durán falleció en Madrid hace cinco años. En sus dos
libros póstumos llamaba la atención sobre una paradoja que me interesa
rescatar, decía: muchos de los desheredados del planeta, habitantes de los
países del sur, se encuentran paradójicamente en mejor posición que la nuestra,
la de los habitantes del norte, para hacer frente al colapso que se avecina.
¿Por qué? Viven en pequeñas comunidades humanas, han mantenido una vida social
mucho más rica que la nuestra, han preservado una relación mucho más fluida con
el medio natural, y en último término son, paradójicamente, mucho más
independientes. Quiero preguntarme qué podría ocurrir en España si dejasen de
llegar los suministros de petróleo. Todo se desmoronaría de la noche a la
mañana. Si queremos recuperar independencia, inexorablemente tendremos que
apostar por sociedades cada vez menos complejas.
Quinta
observación que quiero haceros. He contado muchas veces que hace unos años se
publicó en Francia un libro que subrayaba que existen muchas semejanzas entre
la crisis del año 1929 y la de los últimos tiempos. A buen seguro que, cuando
este ensayista francés acometía esa comparación, en modo alguno deseaba
transmitirnos un mensaje tranquilizador, no olvidéis que la crisis de 1929
estuvo en el origen de los asentamientos de los fascismos en Europa en la
década siguiente. Estuvo en el origen, si así lo queréis de la propia segunda
guerra mundial. Yo tengo, sin embargo, la impresión de que el argumento se
queda un tanto corto. ¿Por qué? Nos hemos acostumbrado a utilizar la palabra
crisis para identificar la manifestación financiera del fenómeno, y olvidamos
que en la trastienda hay otras crisis, ahora en plural. ¿En qué estoy pensando?
En el cambio climático, que es una realidad que ya está ahí y que no tiene
ninguna consecuencia saludable. En el agotamiento inevitable, en el medio
plazo, de todas las materias primas energéticas que empleamos. En los problemas
demográficos que castigan en singular a determinadas regiones del planeta. En
el mantenimiento, lo he dicho hace un momento, de la situación de postración
que padecen tantas mujeres. O, en fin, en la prosecución del expolio de los
recursos de los países del sur. Si cada una de estas crisis por separado es
suficientemente inquietante, la combinación de todas ellas, a mi entender,
resulta literalmente explosiva. ¿Cuál es el escenario de fondo de este debate?
El capitalismo es un sistema que históricamente ha demostrado una formidable
capacidad de adaptación a los retos más dispares. La gran pregunta hoy es la
relativa a si no estará perdiendo, rápida y dramáticamente los mecanismos de
freno que en el pasado le permitieron salvar la cara. Si llevado, por decirlo
de otra manera, de un impulso al parecer incontenible, encaminado a acumular
espectaculares beneficios en un periodo de tiempo muy breve, no estará cavando
su propia tumba, con el agravante, ciertamente, de que dentro de la tumba
estamos nosotros y puede desmoronarse sobre nuestras cabezas. Lo digo de otra
manera: uno puede y debe criticar agriamente al capitalismo, por entender que
ha sido de siempre un sistema injusto, explotador y excluyente, pero
reconozcamos al mismo tiempo que ha sido un sistema razonablemente eficiente.
¿En qué sentido? En el sentido de que ha permitido garantizar que la mayoría de
los empresarios obtuviesen los beneficios que deseaban alcanzar: hoy, ni
siquiera esto es evidente.
Estos neoliberales que han rechazado orgullosamente toda intervención de los poderes públicos en la economía, ¿qué es lo primero que han hecho cuando las cosas han venido mal dadas?, utilizar el teléfono para pedir las ayudas preceptivas de los ministerios, de las municipalidades, de las consejerías: ¡qué mejor indicador de pérdida de eficiencia básica! La propia imprevisión con la que el capitalismo obsequia la crisis ecológica, creo que nos emplaza delante de la conclusión de que el sistema se adentra a marchas forzadas en una etapa de corrosión terminal. No olvidéis que hay un consenso abrumador en la comunidad científica internacional, en lo que se refiere al hecho de que es inevitable que la temperatura media del planeta suba al menos dos grados con respecto a los niveles propios de la era pre-industrial. Cuando alcancemos ese momento, nadie sabe lo que viene después, pero nada bueno. El consenso no es tan abrumador, pero es muy amplio en lo que respecta a la idea de que el llamado pico del petróleo ha quedado ya atrás. En lenguaje más llano: la producción inevitablemente empezará a descender, y los precios comenzarán a subir, Debo, con todo, tirar una piedra sobre mi propio tejado. Acabo de sugerir que no veo en el capitalismo contemporáneo ninguna conciencia en lo que respecta a los retos derivados de la crisis ecológica: no es completamente cierto. Hace bastantes años, se tradujo en España un libro de un periodista alemán llamado Carl Amery, el libro se titula Auschwitz, ¿comienza el siglo XXI?, entre signos de interrogación. La tesis principal que maneja Amery en esa obra señala que estaríamos muy equivocados si concluyésemos que las políticas que abrazaron los nazis alemanes ochenta años atrás remiten a un momento histórico singularísimo, coyuntural y, por ello, afortunadamente irrepetible. Amery nos invita, antes bien, a estudiar en detalle esas políticas ¿por qué?; porque bien pueden reaparecer en los años venideros, no defendidas ahora por ultra marginales grupos neonazis, sino postuladas por algunos de los principales centros de poder político y económico cada vez más conscientes de la escasez general que se avecina, y cada vez más firmemente decididos a preservar esos recursos escasos en unas pocas manos, en virtud de un proyecto de lo que algunos llaman ecofascismo, otros describen como darwinismo social militarizado.
Creo yo, que el grueso de las políticas que abrazan los sucesivos presidentes de los Estados Unidos, hunde sus raíces en un proyecto de esta naturaleza. Como creo yo, por rescatar otro ejemplo, que muchas de las medidas que la Unión Europea aplica de un tiempo a esta parte a los inmigrantes pobres que llegan a nuestras costas y aeropuertos hunden sus raíces, de nuevo, en un proyecto de esta naturaleza. En España hay una palabra que falta, llamativamente, en el discurso de todos los responsables políticos, incluso de los aparentemente alternativos, me refiero a la palabra colapso. En los círculos en los que yo me muevo, lo del colapso suscita dos respuestas diferentes, la primera es crudamente realista y dice: no nos queda más remedio que aguardar a que llegue el momento del hundimiento del sistema. ¿Por qué? Porque será la única manera que permita que la mayoría de nuestros conciudadanos tomen nota de sus obligaciones. Esta primera perspectiva es, sí, crudamente realista, pero no nos engañemos, es profundamente desalentadora. El colapso, por definición, se traducirá en una multiplicación espectacular de los problemas y una reducción paralela de la posibilidad de resolverlos. La segunda de las respuestas tiene un cariz voluntarista y dice: tenemos que salir con urgencia del capitalismo, y lo que hoy está a nuestro alcance pasa por construir espacios autónomos, autogestionados, desmercantilizados y despatriarcalizados.
Este es un debate que ha dividido en dos desde el principio al movimiento del 15 de mayo en España, había una parte de ese movimiento que entendía que el cometido mayor del 15M consistía en elaborar propuestas en la confianza de que serían escuchadas por nuestros gobernantes. Hay otra parte, la que pervive del 15M, que desde el principio ha entendido que el cometido de ese movimiento estribaba en abrir espacios autónomos. Estoy pensando en lo que suponen los grupos de consumo, las ecoaldeas, las cooperativas integrales, las formas de banca ética y social que han ido germinando o el incipiente movimiento de trabajadores que en régimen autogestionario cooperativo se han hecho con el control de empresas que estaban al borde la quiebra. Entiendo yo, que el trabajo de esos espacios autónomos no tienen sentido si se consideran como meros islotes, que hay que trabajar por su federación y que hay que trabajar por acrecentar su dimensión de confrontación con el capital y con el Estado, en el buen entendido de que admito, me remito a la discusión anterior, que esos espacios tanto pueden servir en la cabeza de unas personas para esquivar el colapso, como para prepararnos para el momento posterior al colapso.
Estos neoliberales que han rechazado orgullosamente toda intervención de los poderes públicos en la economía, ¿qué es lo primero que han hecho cuando las cosas han venido mal dadas?, utilizar el teléfono para pedir las ayudas preceptivas de los ministerios, de las municipalidades, de las consejerías: ¡qué mejor indicador de pérdida de eficiencia básica! La propia imprevisión con la que el capitalismo obsequia la crisis ecológica, creo que nos emplaza delante de la conclusión de que el sistema se adentra a marchas forzadas en una etapa de corrosión terminal. No olvidéis que hay un consenso abrumador en la comunidad científica internacional, en lo que se refiere al hecho de que es inevitable que la temperatura media del planeta suba al menos dos grados con respecto a los niveles propios de la era pre-industrial. Cuando alcancemos ese momento, nadie sabe lo que viene después, pero nada bueno. El consenso no es tan abrumador, pero es muy amplio en lo que respecta a la idea de que el llamado pico del petróleo ha quedado ya atrás. En lenguaje más llano: la producción inevitablemente empezará a descender, y los precios comenzarán a subir, Debo, con todo, tirar una piedra sobre mi propio tejado. Acabo de sugerir que no veo en el capitalismo contemporáneo ninguna conciencia en lo que respecta a los retos derivados de la crisis ecológica: no es completamente cierto. Hace bastantes años, se tradujo en España un libro de un periodista alemán llamado Carl Amery, el libro se titula Auschwitz, ¿comienza el siglo XXI?, entre signos de interrogación. La tesis principal que maneja Amery en esa obra señala que estaríamos muy equivocados si concluyésemos que las políticas que abrazaron los nazis alemanes ochenta años atrás remiten a un momento histórico singularísimo, coyuntural y, por ello, afortunadamente irrepetible. Amery nos invita, antes bien, a estudiar en detalle esas políticas ¿por qué?; porque bien pueden reaparecer en los años venideros, no defendidas ahora por ultra marginales grupos neonazis, sino postuladas por algunos de los principales centros de poder político y económico cada vez más conscientes de la escasez general que se avecina, y cada vez más firmemente decididos a preservar esos recursos escasos en unas pocas manos, en virtud de un proyecto de lo que algunos llaman ecofascismo, otros describen como darwinismo social militarizado.
Creo yo, que el grueso de las políticas que abrazan los sucesivos presidentes de los Estados Unidos, hunde sus raíces en un proyecto de esta naturaleza. Como creo yo, por rescatar otro ejemplo, que muchas de las medidas que la Unión Europea aplica de un tiempo a esta parte a los inmigrantes pobres que llegan a nuestras costas y aeropuertos hunden sus raíces, de nuevo, en un proyecto de esta naturaleza. En España hay una palabra que falta, llamativamente, en el discurso de todos los responsables políticos, incluso de los aparentemente alternativos, me refiero a la palabra colapso. En los círculos en los que yo me muevo, lo del colapso suscita dos respuestas diferentes, la primera es crudamente realista y dice: no nos queda más remedio que aguardar a que llegue el momento del hundimiento del sistema. ¿Por qué? Porque será la única manera que permita que la mayoría de nuestros conciudadanos tomen nota de sus obligaciones. Esta primera perspectiva es, sí, crudamente realista, pero no nos engañemos, es profundamente desalentadora. El colapso, por definición, se traducirá en una multiplicación espectacular de los problemas y una reducción paralela de la posibilidad de resolverlos. La segunda de las respuestas tiene un cariz voluntarista y dice: tenemos que salir con urgencia del capitalismo, y lo que hoy está a nuestro alcance pasa por construir espacios autónomos, autogestionados, desmercantilizados y despatriarcalizados.
Este es un debate que ha dividido en dos desde el principio al movimiento del 15 de mayo en España, había una parte de ese movimiento que entendía que el cometido mayor del 15M consistía en elaborar propuestas en la confianza de que serían escuchadas por nuestros gobernantes. Hay otra parte, la que pervive del 15M, que desde el principio ha entendido que el cometido de ese movimiento estribaba en abrir espacios autónomos. Estoy pensando en lo que suponen los grupos de consumo, las ecoaldeas, las cooperativas integrales, las formas de banca ética y social que han ido germinando o el incipiente movimiento de trabajadores que en régimen autogestionario cooperativo se han hecho con el control de empresas que estaban al borde la quiebra. Entiendo yo, que el trabajo de esos espacios autónomos no tienen sentido si se consideran como meros islotes, que hay que trabajar por su federación y que hay que trabajar por acrecentar su dimensión de confrontación con el capital y con el Estado, en el buen entendido de que admito, me remito a la discusión anterior, que esos espacios tanto pueden servir en la cabeza de unas personas para esquivar el colapso, como para prepararnos para el momento posterior al colapso.
Sexta
y última observación que quiero haceros en forma de dos rápidas conclusiones.
Qué dice la primera. Hay una crítica vertida sobre el mundo libertario que
merece ser escuchada porque plantea un problema real. Más o menos viene a
decir: los libertarios sois muy sagaces a la hora de criticar la miseria
existente, pero no lo sois tanto cuando llega el momento de articular opciones
alternativas en la realidad. Es verdad. Recordaréis que hace unos minutos llamé
la atención sobre la condición de los sindicatos mayoritarios en España y
subrayé cómo, con los recursos ingentes de los que disponen no se les ha
ocurrido que tienen posibilidades objetivas de desplegar proyectos
autogestionarios. Estoy obligado, sin embargo, a formular la misma pregunta
sobre nuestros libertarios, ¿estamos a la altura de las circunstancias, o por
el contrario lo que hacemos deja mucho que desear, como me temo? Hay un concepto
que utilizaban con profusión en España nuestros abuelos y bisabuelos
anarquistas y anarcosindicalistas, que fue cayendo en desuso, tal vez porque
alguno de sus significados era un poco abstruso, me refiero a lo que llamaban
propaganda por el hecho. Qué entiendo yo que nos estaban diciendo. Nos estaban
diciendo: está muy bien organizar actos como este, publicar revistas, editar
libros, convocar manifestaciones y concentraciones, pero lo más interesante que
podemos hacer pasa por intentar llevar a la realidad económica y social
nuestras ideas.
Es verdad, para decirlo todo, que si aquí estuviese uno de esos abuelos o bisabuelos que acabo de mencionar, probablemente recibirían con algún recelo esa propuesta de construcción de espacios autónomos, diría, está bien, pero nosotros, antes de 1936 nos entregábamos directamente a la expropiación del capital. Es verdad. Yo creo que el momento simbólicamente más glorioso de la historia española del primer tercio del siglo XX se produce cuando en un pequeño pueblo de Aragón, los anarquistas locales, o quienes fueren, porque poco me importa, deciden instaurar el comunismo libertario. ¿Qué es lo primero que hacen? Queman el registro de la propiedad. Ahí no hay trampa ni cartón, el proyecto es muy evidente. ¿Qué nos ocurre a nosotros? Que hemos ido retrocediendo de tal manera que nuestras capacidades son muy limitadas. Pero quiero yo pensar que, si lo hacemos bien, esos espacios autónomos pueden convertirse en el fermento de un proyecto que permita recuperar las prácticas de esos viejos abuelos y bisabuelos anarcosindicalistas. En Barcelona, en 1933, había barrios enteros en los cuales la policía y la guardia civil no se atrevía a entrar, eso si que eran espacios autónomos. Pero, repito, infelizmente nuestras capacidades son hoy más limitadas.
Es verdad, para decirlo todo, que si aquí estuviese uno de esos abuelos o bisabuelos que acabo de mencionar, probablemente recibirían con algún recelo esa propuesta de construcción de espacios autónomos, diría, está bien, pero nosotros, antes de 1936 nos entregábamos directamente a la expropiación del capital. Es verdad. Yo creo que el momento simbólicamente más glorioso de la historia española del primer tercio del siglo XX se produce cuando en un pequeño pueblo de Aragón, los anarquistas locales, o quienes fueren, porque poco me importa, deciden instaurar el comunismo libertario. ¿Qué es lo primero que hacen? Queman el registro de la propiedad. Ahí no hay trampa ni cartón, el proyecto es muy evidente. ¿Qué nos ocurre a nosotros? Que hemos ido retrocediendo de tal manera que nuestras capacidades son muy limitadas. Pero quiero yo pensar que, si lo hacemos bien, esos espacios autónomos pueden convertirse en el fermento de un proyecto que permita recuperar las prácticas de esos viejos abuelos y bisabuelos anarcosindicalistas. En Barcelona, en 1933, había barrios enteros en los cuales la policía y la guardia civil no se atrevía a entrar, eso si que eran espacios autónomos. Pero, repito, infelizmente nuestras capacidades son hoy más limitadas.
Segunda
de las conclusiones, mucho más rápida. Desde hace un tiempo, confieso que me
encuentro inmerso en una lucha sin cuartel contra los proyectos… realistas.
Cuando escucho que alguien dice: es que eso que estáis revindicando no es
realista, inmediatamente me sublevo. No hay mejor retrato del realismo que la
transición política española de hace treinta años. Materializada, y algo de
esto sabéis aquí en Chile, en dos grandes partidos que se turnan en el gobierno
y que en sustancia hacen lo mismo, en dos cúpulas sindicales que no se oponen a
nada y en una plétora de medios de comunicación que emiten, monocordes, las
mismas monsergas. Hay una frase muy sonora, un poco descortés y políticamente
incorrecta de Bernanos, el novelista católico francés, que creo da en el clavo
de la cuestión. La frase dice: el realismo es la buena conciencia de los hijos
de puta. Invocan la realidad como si les viniese dada por la naturaleza, de tal
manera que fuese inmodificable, cuando con toda evidencia es la realidad que
ellos mismos han perfilado en descarado provecho de sus intereses más obscenos.
En este orden de cosas, me parece que tenemos que ser orgullosamente no
realistas. Gracias por haberme escuchado.
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15 julio, 2016
¿De qué terrorismo hablamos? - Loam
Noam Chomsky: “La peor campaña terrorista en el mundo es la que está
siendo orquestada en Washington”
Según la RAE:
terrorismo1. m. Dominación por el terror.
2. m. Sucesión de actos de violencia ejecutados para infundir terror.
3. m. Actuación criminal de bandas organizadas, que, reiteradamente y por lo común de modo indiscriminado, pretende crear alarma social con fines políticos.
Cabría, pues, denominar como
terrorismo un sinfín de actos perpetrados individual o colectivamente. Así,
podríamos aplicar el término al maltratador/a de género que aterroriza a su
pareja para dominarla o que directamente la asesina. Qué decir de esas prácticas publicitarias a todas luces engañosas, auspiciadas por ciertas industrias y encaminadas a
establecer una lucrativa clientela de envenenados y amedrentados adeptos. O, en este mismo
sentido, la pavorosa amenaza doctrinal con que ciertas religiones aterrorizan a
sus fieles con el fin de mantenerlos en “el buen camino”. O el mismo paro,
utilizado por el Estado y la patronal como amenaza para aterrorizar a la población
con el fin de someterla e imponerle sus tiránicas condiciones. Y qué decir de
la banca, de su implacable usura, cuántas vidas quebradas y suicidios no habrá
propiciado su abusivo proceder. La lista de actos terroristas, cometidos en
nombre de dios, del Estado, del lucro, de la competitividad, de la sanidad, de
la industria farmacéutica, alimentaria, automovilística, etc., sería realmente
extensa y fundada. Sin embargo, no es bajo tal denominación (terrorismo) que dichos actos son
contemplados por la sociedad ni por los llamados medios de comunicación.
Ciertamente, cabe plantearse lo mismo
con otros términos tales como crimen, robo, estafa, violencia… Pero es
el terrorismo el que actualmente ocupa y protagoniza, de manera más que sospechosa, titulares, artículos, minuciosos análisis e innumerables
tertulias mediáticas que siempre suelen desembocar en las mismas conclusiones:
los terroristas no somos “nosotros”, son ellos. Quien paga manda y quien se vende pregona su consigna.
Y sin embargo, el o la Terrorista, que
no sus manipulados peones, pues incluso en esto hay clases, es un personaje respetado,
recibido con honores de Estado y agasajado por sus pares, aclamado y votado por
la multitud, e incluso poseedor del Premio Nobel de la Paz.
14 julio, 2016
09 julio, 2016
A los Estados - Walt Whitman
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